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Real de Azúa un “uruguayo viejo” y radical
Por el historiador Gerardo Caetano
Nuevo libro de la socióloga Susana Mallo, editado por Banda Oriental
El viernes 2 de diciembre se presento en la Facultad de Ciencias Sociales el libro “Carlos Real de Azúa. Un intelectual inasible. El papel del intelectual, la política y los vaivenes del Uruguay y la región en la segunda mitad del siglo XX”, su autora, la actual decana de la Facultad de Ciencias Sociales (FCS) -Udelar, Susana Mallo.
Intervinieron en el acto Heber Raviolo principal de Banda Oriental, editora del libro, Hugo Achugar - director nacional de Cultura, la senadora Lucía Topolansky y Gerardo Caetano, historiador y actual coordinador del Observatorio Político de la Udelar. Lo que sigue son los pasajes fundamentales de la exposición del historiador Gerardo Caetano, quien definio a Real de Azúa, como un “observador participante, curioso, que nunca rehuyó el compromiso, lector voraz, tartamudo, un poquito charlatán”, simpatizante de un proto-fascismo que abdicó, y que termina siendo uno de los impulsores
del Frente Amplio.
Yo, por razones de edad, no fui alumno de Carlos Real de Azúa, ni lo conocí. Pero lo he leído tanto y lo hemos discutido tanto, que forma parte de esos conocidos que uno conoce sin haberlos visto nunca. Por eso le agradezco a Susana, no solamente la invitación a presentar su libro. Este libro forma parte de una trayectoria larga de conversaciones que tenemos con Susana. Su tesis tiene un anexo realmente extraordinario, con muchas entrevistas a personas que - de un modo u otro - conocieron o han trabajado sobre Real de Azúa. Yo abogo para que algún día ese tomo - que son bastantes más páginas que el libro editado - se publique, porque fue un sustento muy importante de la tesis de Susana y creo que sería muy útil conocerlo.
En primer lugar, creo efectivamente que el texto de Susana es una biografía intelectual que apunta al núcleo de lo que Hugo Achugar señalaba, que es el papel intelectual. Realmente, Real de Azúa fue un intelectual cabal y que cumplió, radicalmente - porque era un hombre de ir a la raíz de sus compromisos - con una serie de elementos sustantivos en el oficio de un intelectual. Y no le fue sencillo. En primer lugar él se definía como un “observador participante”. Y es lo que él era, era una visión muy precisa.
Él observaba, era un “Voyeur”, eso que todo investigador - de alguna manera - es. Alguien curioso, que mira desde lugares no usuales, pero al mismo tiempo, muchos compromisos que venían de muy lejos, lo hacían ser participante. No podía, simplemente, observar. Era un “observador participante”. Por eso, como intelectual, nunca reguló el compromiso público. Es impensable - y él lo sabía - verlo a Carlitos manejando una oficina o dirigiendo una política pública. Aborrecía dirigir una clase y los cuentos sobre cómo daba las clases, y cómo desarmaba las clases, y cómo interrumpía las clases que daba a las 8 para escuchar el informativo, y cómo muchas veces se acostaba en la mesa de la tarima, y cómo - por ejemplo - interrumpía a los estudiantes cuando estaban dando examen. Es impensable verlo ordenando, gobernando. ¡Es impensable! Pero también es impensable verlo ascéptico, verlo al margen de una discusión y - en ese sentido - probó que un intelectual, siendo cabalmente un intelectual, puede hacer un enorme servicio público. Y que, para hacerlo, muchas veces tiene que correr el riesgo - como él mismo señalaba - de ser mal entendido.
Él decía: “si hay uno que entiende y hay cien que no entienden, valió la pena”. Claro que, para hacerlo, debía ser extremadamente riguroso. Acerca de él había muchas leyendas. Una de ellas era que había leído todos los libros. Por supuesto que no era cierto, pero la leyenda es verosímil. Porque realmente tenía una capacidad de lectura y tenía una biblioteca absolutamente gigantesca y, además, muy diversa. Porque le despertaban curiosidades muchas cosas y, en todas ella, era un lector voraz.
Él, que era tartamudo y un poquito charlatán - como todos los que lo conocieron dicen - un día hablando de otro charlatán que era el “Tucho”, dijo que el “Tucho” era la demostración uruguaya de la existencia de Dios: “un tartamudo charlatán”.
Pero él también lo era. Y era un chusma, como todo intelectual lo es, en algún sentido, lo diga o no lo diga. Le gustaba saber, le gustaba hurgar. Por eso, libros absolutamente fundamentales como “El Patriciado Uruguayo” que, en muchos aspectos, anticipa una metodología de la biografía y de las biografías del colectivo, este es un método que los historiadores utilizamos mucho - leyendo necrológicas.
Por lo general, los intelectuales que no lo son historiadores, temen a la lectura de las necrológicas, porque - aparentemente - uno empieza a leer la necrológica cuando sus amigos empiezan a morir y cuando se acerca la Parca. En realidad, los historiadores siempre leen necrológicas, desde muy jóvenes. ¿Por qué? Porque la necrológica es un documento maravilloso, absolutamente maravilloso. Y permite ver las urdimbres de una sociedad, ver las redes, ver los vínculos e incluso, muchas veces, los vínculos invisibilizados. En ese sentido, lo primero que hay que destacar de Real de Azúa, es que fue un intelectual cabal, comprometido con su tiempo.
A mi me aterroriza (no me atemoriza, me aterroriza) que - por ejemplo - un cientista social uruguayo haga su trayectoria, se convierta en politólogo, sociólogo o trabajador social, sin haber leído a Real de Azúa. Y a veces, lamentablemente, algunas visiones dogmáticas de lo que es Ciencia Social… Porque, en general, es absurdo que un científico uruguayo que quiera conocer a su sociedad y que quiera conocer su tiempo, se saltee a Real de Azúa. ¡Sería tremendo! ¡Pero, además, es una pesadilla que un científico social no lea a Real de Azúa! Porque leyendo a Real de Azúa, ¿qué es lo que uno encuentra? Encuentra esa dimensión fronteriza de un hombre inclasificable, de un hombre que para reconstruir historia, leía muchísima literatura. Que para hacer crítica literaria - de la buena - y para reflexionar sobre la estética, leía filosofía y ciencia política.
O que cuando al final de su vida descubrió… Y era un entusiasta y muchas veces sus descubrimientos eran enamoradizos y, entonces, lo llevaban a comprar demasiado rápido algunos paquetes demasiado cerrados. Eso es lo que le pasó, al final, con la ciencia política norteamericana.
Pero, sin embargo, él tenía un antídoto contra el dogmatismo que era - justamente - esa capacidad de tener curiosidades múltiples, de tener una curiosidad que no podía clasificarse en una única disciplina, de caminar por las fronteras. Y es más, de animarse a escribir - como él mismo decía - “escribir a todo riesgo”, como ha escrito todo, que es a escribir pensando y sin temor a avanzar. No cultivaba el ídolo de la coherencia. Cuando un intelectual se precia de ser coherente, de pensar lo mismo que hace 30 años, a mí me genera una sospecha enorme. Porque un investigador es alguien que, por definición, no se enamora de sus ideas y las pone siempre sometidas al bombardeo de la documentación contraria - en particular de la masa - de la más contraria. Y entonces, un intelectual tiene que aprender a ser una aguja de navegar diversidades, como muy bien dijo Galperini respecto de Real de Azúa.
Real de Azúa, además, siendo un crítico implacable de su país (fue uno de los críticos más duros del Uruguay), era un uruguayo irredimible. Y su manera de amar al Uruguay, fue criticándolo, asumirlo radicalmente. Y es muy interesante ver cómo esta faceta de ese uruguayismo crítico, nos la puede traer también Susana, esta argentina oriental. Que nos devela mucho de lo que los uruguayos somos y que muchas veces, por provincialismo, no vemos.
Porque Susana - por ejemplo - nos puede dar, como también nos daba Real de Azúa, un espejo que a nosotros no nos gusta, que es el espejo del “peronismo”: ¿hay más gorila que el Uruguay? Difícil. Nos da el espejo - Real de Azúa también lo daba - del único rasgo nacionalista que tenemos, que es el anti-porteñismo, el anti-argentinismo.
Todos los historiadores nacionalistas de toda la historia del país, hasta el día de hoy, cuando quieren que el auditorio se ponga de su lado, critican a la Argentina. Por supuesto, luego, consumen mucho a la Argentina. La observan, la viven. Pero, en público, lo políticamente correcto, es la crítica de la Argentina. Por lo tanto yo creo que Susana, en tanto argentina oriental, nos puede descubrir a este Real de Azúa, que era un uruguayo radical que, sin embargo, en su aguja de navegar diversidades, podía aprovechar y descubrir muy bien el espejo argentino. Eso le venía de cierto realismo intelectual que él también tenía. Que era el mismo realismo intelectual que tenía el “Turco” Methol. Y que es una manera de pensar que puede tener traducciones políticas muy diversas, pero que es una manera muy distinta de ver no solamente el país, sino la región y de ver al mundo. Y Real de Azúa participaba de eso.
Hace algunos años, quien fuera uno de los alumnos dilectos de Real de Azúa - leyó un papelito que había encontrado en su biblioteca y que lo había escrito el propio Real de Azúa de puño y letra y que era un autorretrato, era una auto-descripción que Real de Azúa había escrito. Y ese autorretrato, que es un documento maravilloso, decía de manera textual:
“Yo, Carlos Real de Azúa: 1º) tengo el gusto y el sentido del pasado y de la tradición; 2º) soy localista y sedentario; 3º) tengo la mirada abierta vívidamente a la comprensión y al servicio del contorno; 4º) soy uruguayo viejo; 5º) tengo una sensibilidad epidérmica a los vientos y a los meteoros del pensamiento; y 6º) por último, jamás sentí una nación alrededor mío”.
Este autorretrato que es maravilloso - al mismo tiempo - es dramático, porque el tema de la nación era un tema que le importaba y muchísimo a Real de Azúa. ¡Él buscó afanosamente una nación! Uno de sus temas - así como el tema permanente era el poder y por eso rastreó el patriciado uruguayo - fue la nación. Incluso, “Los orígenes de la nacionalidad uruguaya”, era el primer tomo de una saga pensada para cuatro tomos. Yo pude leer los originales, que estaban escritos - como casi todos sus documentos - en hojas de escrito del IPA. Allí estaba su letra y, por supuesto, sus interminables tachaduras y sus polleritas que escribía a los costados. ¡Era odiado por los correctores! Y, en “Marcha”, ya era leyenda cuando Real de Azúa se aparecía los jueves para dar un último pincelazo a lo que había escrito y los correctores le estaban sacando el texto, porque lo reescribía.
En ese primer tomo de una saga de cuatro, en realidad, él afirmaba esta contradicción. Lo había escrito en el año 75 - fíjense ustedes, “Año de la Orientalidad” - y fue un furioso crítico de toda la parafernalia historicista del sesquicentenario. Fue un crítico feroz de Pivel Devoto, a quien había admirado y con quien siempre se habían llevado mal, pero al que no le perdonó que en el año 75, en plena dictadura, compilara a los clásicos uruguayos totalmente sesgado a favor de la tesis independentista y afirmara una visión absolutamente nacionalista, sin incorporar la visión de la gente que no pensaba de esa manera. Por eso desarrolló una crítica feroz sobre Pivel, feroz.
¡Él, que había hecho un elogio extraordinario de PIvel en los 50 y, por ejemplo, en “Capítulo Oriental”, donde le dedica páginas - justas, por otra parte - donde ponía y reivindicaba esa capacidad extraordinaria que, a pesar de todo, Pivel Devoto tenía como un historiador fantástico, que también lo era.
Pero entonces, esa contradicción de ser y de saberse “uruguayo viejo” (era un hincha de Peñarol a muerte, era un “manya” fabuloso), fíjense lo que significó en los años 60 y, sobre todo, en la dictadura, que él sufrió, saber que no sentía una nación a su alrededor. Él murió en una soledad absoluta, absoluta. Destituido. Pero mantuvo hasta el final algunos pocos núcleos hospitalarios para su discusión. Uno de ellos es un milagro uruguayo que es la editorial “Banda Oriental”, en donde Real de Azúa iba y se encontraba con Heber, con José Pedro Barrán y con tantos otros en tertulias absolutamente extraordinarias. Hay, por ejemplo, un debate maravilloso entre Real de Azúa y José Pedro, que está recogido en cartas, a propósito de este tema de la nación, que tanto lo marcaba.
Quiero destacar este libroy convocar a la lectura de este libro de Susana. Porque creo que no es - que ya sería muy importante - solamente un libro que vuelve a hacernos contemporáneo a Real de Azúa. Real de Azúa es un clásico. Fíjense ustedes que hace más de 34 años que murió y está entre nosotros. Suscita tesis de doctorados, suscita la conversación, suscita el recuerdo, nos ayuda para pensar el futuro del país. No solamente el pasado, nos ayuda para pensar el futuro. Es un clásico. Pero yo saludo, especialmente este libro de Susana, porque no es solamente eso (que ya sería muchísimo), sino que es una mirada nueva hacia Real de Azúa. Es una mirada distinta, es una interlocución intelectual que tiene mucho que ver con Real de Azúa pero también tiene mucho que ver con Susana Mallo. Susana, de alguna manera, dialoga con Real de Azúa también desde sus autores, también desde sus textos, también desde sus concepciones.
Por eso, por ejemplo, puede descubrir, que Real de Azúa pudo descubrir la libertad más efectiva de pensamiento, porque conocía muy bien desde la juventud, la tentación del totalitarismo. Él que tenía una proclividad totalitaria. La tenía desde su radicalismo católico, la tuvo desde su compromiso moral con aquel proto-fascismo, del que luego abdicó.
Y créanme, si no hubiera sido por Carlos Quijano que - como maravilloso intelectual que también era - abrió las páginas de “Marcha” para que allí Real de Azúa diera lo mejor de si y pudiera recuperarse y reincoporarse al debate intelectual uruguayo, a pesar de que venía de esos orígenes “non sanctos”. Y si ustedes quieren ver hasta qué punto se le cobraba ese pasado fascista - que era la polémica con Arturo Ardao, otro gigante de la época - esa polémica hoy sería impensable, por lo furibundo de los ataques, por la dureza del encono del enfrentamiento, pero al mismo tiempo, por la profundidad de los argumentos de uno y de otro.
Sin embargo, Quijano permitió que Real de Azúa retornara a la búsqueda intelectual, tuviera un auditorio tan extraordinario como lo era el de “Marcha” y pudiera seguir por un itinerario que también supo de una experiencia política en la que, Real de Azúa, fue también una aguja de navegar diversidades.
Apostó a la Unión Popular en el 62, fue uno de los intelectuales firmantes de la carta convocando - en el 71 - al origen del Frente Amplio. Y en los años de la dictadura escribió textos que - luego de restaurada la democracia se publicaron - en los cuales era absolutamente crítico de muchas cosas que él había amado mucho. Por ejemplo, tiene un texto extraordinariamente crítico sobre la Universidad de la República, que, con un grupo de amigos - ya restablecida la democracia - quisimos que fuera la propia Universidad de la República quien lo publicara. Lamentablemente no lo logramos y lo publicó otro centro académico que no tiene nada que ver con la Universidad de la República, lo cual nunca dejaré de lamentar. Porque si ese texto crítico hacia la Universidad de la República merecía ser publicado por una institución, era la Universidad de la República la que lo debía hacer.
Real de Azúa sigue estando entre nosotros y sigue convocándonos y sigue convocando a los jóvenes a esa trayectoria, difícil pero apasionante, que es la de ser intelectuales cabales. Y hay que saludar mucho a Susana Mallo que en su tesis de doctorado, con una rigurosidad y con un trabajo de muchos años y siendo ella misma - como lo es - como lo es siendo profesora y siendo decana, permitió un diálogo distinto, que nos recupera a un historiador entrañable, a un “uruguayo viejo”, que - sin embargo - vivió el drama de no encontrar una nación en su alrededor.
Carlos Real de Azúa -Montevideo, 15 de marzo de 1916 - 16 de julio de 1977-. Abogado, profesor de literatura y estética, crítico literario, historiador y ensayista uruguayo, considerado destacado iniciador de la ciencia política en Uruguay.
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