Economía brasileña: la
ecuación no cierra

Luiz Carlos Bresser-Pereira

La apuesta del gobierno es que el mercado interno salvará la economía brasileña: que el aumento de los salarios por encima de la productividad, además de reducir la desigualdad, creará demanda para la industria y compensará el tipo de cambio sobrevaluado. En otras palabras, la misma receta que le dio buenos resultados al gobierno Lula podría ser repetida por el gobierno Dilma.

Pero esta vez tememos que la ecuación no cierre. Aún será posible subir los salarios reales sin que se produzca un alza de la inflación, porque el precio global de las commodities tiende a bajar, pero es exactamente esto lo que le resta espacio a la política económica del gobierno.

Durante el gobierno Lula, la tasa de crecimiento del PBI se duplicó, mientras que la disminución de la desigualdad económica, que ya se venía dando, se aceleró. Pero esto se alcanzó sin que el gobierno enfrentase el problema fundamental: el tipo de cambio sobrevaluado.

En lugar de esto, aprovechó la continua apreciación del real para mantener la inflación baja, al mismo tiempo en que los salarios aumentaban.

En este marco, la desindustrialización iniciada en 1990 prosiguió, pero el sector sobrevivió porque contó con el mercado interno doblemente animado: por el aumento del mínimo y por el aumento de los salarios reales debido a la baja del dólar. El país, que debería presentar un elevado superávit gracias al aumento del precio de las commodities, volvió al déficit en cuenta corriente.

A mediano plazo una política de crecimiento volcada hacia el mercado interno es tan inviable como la alternativa de una economía volcada hacia las exportaciones. El mercado interno y las exportaciones precisan crecer concomitantemente.

Una política que combina la apreciación del tipo de cambio con el aumento nominal de salarios es suicida a mediano plazo, porque en poco tiempo las empresas menos eficientes que las nuestras ocuparán nuestro mercado interno. Es lo que sucede actualmente.

Brasil deberá crecer menos del 3% este año y es poco probable que tenga un desempeño mejor en el próximo año. Los inversores no están siendo estimulados a invertir ni por parte del mercado interno ni por el externo. Este está en plena caída, empujado por Europa y seguido por China y por India.

En este panorama global adverso, y sin espacio interno para la política económica, lo más probable es que la economía continúe creciendo poco. Y siempre existe el riesgo de una fuerte caída en el precio de las commodities, que tendría un efecto desastroso.

Por el momento, el único gran gesto del gobierno Dilma en el área económica fue la baja de la tasa de interés, que abrió espacio para que el estado invierta más en infraestructura.

El fuerte aumento del salario mínimo, ya previsto por ley, será otro estímulo. Pero son insuficientes. El país continuará creciendo lentamente, y los economistas ortodoxos y las clases medias alienadas que ellos guían, continuarán atribuyendo la desindustrialización a la "ineficiencia" de las empresas brasileñas. Así como los conservadores atribuyen la culpa de la pobreza y de la exclusión a los pobres, los neoliberales están ahora atribuyendo la desindustrialización a los empresarios.

Es el reaccionario proceso de culpabilización de la víctima que se repite, aunque aplicado a víctimas muy diferentes. Y el gobierno parece paralizado ante este panorama.

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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