Dependencia perversa de Asia
Por el economista Luiz Carlos Bresser-Pereira

En su última columna, Martin Wolf comentó el hecho que, desde 2007, los países asiáticos dinámicos crecieron un 60%, mientras que los países ricos, un 3%, y depositó las esperanzas económicas del mundo en Asia. Brasil, en este mismo período, creció un modesto 16%. También los brasileños dependen del crecimiento de la demanda asiática para crecer. La economía brasileña no está estancada como sí lo está la de los países desarrollados, pero, en términos de crecimiento, está más cerca de ellos que de países como China e India.

Mientras tanto, veo en los países ricos un panorama desalentador. Mucha gente ya no piensa más en el crecimiento, sino apenas en evitar el receso en sus economías. En la conferencia que Robert Gordon pronunció en Chicago, al ser homenajeado con una cena por parte de la Asociación de Economistas por la Paz y la Seguridad, argumentó que el desarrollo económico es un fenómeno histórico reciente poco duradero. De hecho, la tasa de crecimiento recién comenzó a darse a partir de la revolución industrial, pero él me sorprendió al afirmar que, si tomamos a los EE.UU. como parámetro, donde comenzó a caer en los años 1970, esta tasa tendería en breve a cero.

Lo que no pareció preocuparlo, ya que las grandes ganancias con el desarrollo económico - la mejora extraordinaria de la calidad de vida que la electricidad, el agua potable en los hogares, los antibióticos, el cine y la televisión - sucedieron hace mucho tiempo, y, aunque el progreso técnico continúe siendo acelerado, hoy implicaría un aumento relativamente pequeño en términos de esta calidad. Este razonamiento es hermano gemelo de la defensa que un número creciente de intelectuales europeos hace del "decrecimiento" por motivos ecológicos.

No estoy de acuerdo con esta visión paralizante. Es cierto que, en los países desarrollados, los ricos e incluso buena parte de la clase media, tienen poco que ganar -su padrón de vida ya es muy alto-, pero ¿y los pobres y desempleados?
¿Bastaría con transferir la renta de los ricos hacia los pobres? Aunque esto fuese deseable, siempre que se distinguiese a los empresarios de los grandes rentistas, y el costo de la redistribución recayese sobre los últimos, no creo que sería suficiente para garantizar un nivel de vida satisfactorio para todos.

En cuanto a los demás países, es claro que el desarrollo económico continúa siendo una prioridad. Y que el desempeño de Brasil y de los demás latinoamericanos está lejos de ser satisfactorio, cuando se compara con el de los asiáticos dinámicos. Y no apenas porque las tasas de crecimiento son menores. También porque son menos seguras, ya que su relativa aceleración a partir de 2004 se debió mucho más al aumento de los precios de las commodities que al aumento de la inversión y de la productividad industrial.

Los países asiáticos son dinámicos porque son desarrollistas, combinando la innovación de los empresarios con el control, por parte del Estado, de los sectores poco competitivos que dependen de planificación.

Como sucede con los países ricos, también Brasil depende de ellos. Pero es una dependencia perversa, porque ellos son competidores, que crean la demanda de commodities con bajo valor agregado per cápita, mientras destruyen la industria manufacturera. En vez de depender de ellos, es mejor imitarlos, y adoptar el desarrollismo con estrategia. Sin, naturalmente, descuidar la protección del medio ambiente.


Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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