“J. Edgar”, la nueva película
de Clint Eastwood

Mauricio Santero

“Si los hombres fuesen ángeles, no se necesitarían gobiernos. Si los ángeles gobernasen a los hombres, no serían necesarios los controles externos e internos al gobierno. Al planificar un gobierno que será administrado por hombres, sobre hombres, la gran dificultad es esta: se requiere primero habilitar al gobierno a controlar a los gobernados y, en seguida, obligarlo a controlarse a sí mismo.”

Alexander Hamilton y James Madison, “Los Artículos Federalistas”

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“J. Edgar”, la nueva película de Clint Eastwood, es un ensayo sombrío con relación a los impactos del (abuso de) poder sobre el carácter de un hombre extremadamente experto y dedicado a su país, pero atormentado por fantasmas emocionales que empeoran con el paso de los años y lo transforman en una persona mala y mezquina, corrompida por la enorme influencia que tuvo a partir de su trabajo policial. Está lejos de ser la mejor película de Eastwood - existen problemas con el elenco y con el guión - pero es otro trabajo fuerte en su trayectoria como cronista e intérprete de la democracia en los Estados Unidos.

Es la biografía de John Edgar Hoover, que dirigió el FBI entre 1924-1972 y lo transformó de una insignificante oficina en el Departamento de Justicia en una de las fuerzas policiales más eficaces del planeta, una referencia en términos de ciencia y tecnología aplicadas a las investigaciones y con una historia de realizaciones en el combate al crimen organizado en los EE.UU. Con todo, Hoover también era responsable por muchos casos que involucraban delitos políticos y amenazas a la seguridad nacional y extrapoló, varias veces, los límites de la ley, de la ética y de sus responsabilidades - ocasionalmente en beneficio personal, en otros momentos por fanatismo y paranoia, que lo llevaron a ver maquinaciones comunistas en grupos democráticos que cuestionaban las acciones de los presidentes americanos, como el movimiento de los derechos civiles. Él no dudaba en chantajear a los ocupantes de la Casa Blanca en base a un enorme archivo personal secreto, con grabaciones, fotos y documentos incriminatorios sobre los gobernantes o sus parientes cercanos. Ninguno de ellos osó dimitirlo del cargo.

Hoover nunca se casó y vivió con su madre hasta que ella murió. Hubo muchos rumores sobre su sexualidad, atribuyéndole un romance homosexual con su principal asistente en el FBI e, incluso, el hábito de usar ropa femenina cuando estaba en su casa. La película toma estos rumores como verdaderos y los muestra de una forma más explícita de lo que yo consideraría necesario. El punto esencial es que se trataba de un hombre infeliz y amargado, con dificultades para relacionarse con las personas y con una formación moral muy rígida que se manifestaba, con frecuencia, en persecuciones a sus propios agentes en el FBI, prohibiéndoles usar ciertos tipos de traje, tener bigote o barba.

Fue un administrador eficiente, innovador y habilidoso en las disputas burocráticas con el Congreso y con otros departamentos del Ejecutivo. La película muestra su importancia en usar las impresiones digitales como una técnica de investigación, en crear laboratorios para apoyar la acción del FBI y conseguir la aprobación de leyes que permitiesen un mayor campo de acción para sus agentes, a veces aprovechándose de casos dramáticos que llevaron el pánico a los EE.UU., como los atentados de la extrema izquierda luego de la Revolución Rusa, o el secuestro del hijo del aviador Charles Lindbergh. También estaba atento a la importancia de la prensa y del arte, buscando contactos con periodistas, dibujantes de historietas y guionistas de Hollywood para que retratasen con simpatía las proezas del FBI.

Existen dos problemas significativos en la película. El primero es la fragilidad como actor de Leonardo Di Caprio para encarnar un personaje tan complejo. Él no encaja en el personaje. Me imaginé como hubiera sido tener un maestro de la actuación, como Phillip Seymour Hoffman o Gary Oldman en el papel de Hoover. Hoy tendríamos otra película, mucho mejor.

El segundo obstáculo es el guión. La narrativa es confusa, dividida en tres momentos: Hoover en la década de 1960, narrando su juventud a los agentes del FBI, después el propio período de sus años iniciales, 1919-1934, y posteriormente sus últimos meses de vida, ya durante el gobierno Nixon. Las idas y venidas son un tanto confusas y no funciona bien, desde el punto de vista dramático, la autojustificación de Hoover al narrar su propia trayectoria.

*Periodista, doctor en Ciencia Política y profesor universitario. Mis principales temas de interés son las relaciones internacionales, democracia, desarrollo, cine y literatura. Vivo en Río de Janeiro, después de haber vivido en Brasilia y en Buenos Aires. CV Lattes.

Fuente: Todos los Fuegos

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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