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¿Acaso el gobierno argentino actual es un gobierno desarrollista?
Por el Dr. Alfredo E. Allende*
Estrictamente hablando, el desarrollismo es una concepción que partió de la necesidad de dotar al país de energía eléctrica en abundancia con los recursos naturales propios ya existentes (hidráulicos, de combustibles, maremotrices, eólicos), agregando la asociación que hiciera falta con el objeto de acceder a los recursos financieros en siderurgia, química, celulosa, promovidas en cantidad y calidad como para erigir la industria pesada y reemplazar en buena medida ese tipo de importaciones con alto valor agregado; la realización de autorrutas que vinculen el interior entre sí, y crear emprendimientos a fin de erigir grandes talleres ferroviarios, astilleros, fábricas de máquinas agrarias, y realizar esfuerzos para levantar establecimientos de máquinas herramientas.
La construcción de viviendas para los trabajadores con los servicio indispensables, debería iniciarse y continuarse sin treguas, pues el déficit habitacional argentino era y es monumental. Se eliminó la sangría que significaba la importación de combustibles mediante una política de inversiones que fue tan exitosa como para dar al país, en 3-4 años, el autoabastecimiento petrolero e hizo tecnificar zonas rezagadas de la Patagonia, integrándolas social, económica y culturalmente con el conjunto del país.
Tal paquete que debía realizarse (y así se hizo) de la manera más sincrónica posible, provocó una multiplicación de pequeñas y medianas empresas, y una plena ocupación laboral, por lo que el salario subiría, como en efecto fue sucediendo. Como el conjunto de medidas no se podían realizar sólo con el ahorro interno se convocaron los capitales externos privados y de organismos internacionales. Debía asegurarse la presencia del empresariado local, junto al externo, de los trabajadores organizados y de los profesionales.
Ahora bien, ¿qué tiene que ver este programa que inició su marcha a un ritmo vertiginoso con la actual política de parches, errática, que ha determinado entre otras cosas, por ejemplo, la disminución de las reservas petroleras en un 50% durante los últimos 10 años y una dependencia cada vez más grande de la importación de crudo y de gas? ¿Cómo puede llamarse desarrollista una política que deja de lado la prioridad caminera en nuestro vasto país? ¿Qué tiene que ver un esquema que deja al 25% de la población como mínimo en la pobreza con un margen de indigencia de horror, con la ocupación plena pregonada y efectivizada por el desarrollismo?
Que no se nos venga con el relato (es decir, con el cuento), de que las cadenas de producción son hoy internacionales; es cierto que lo que se produce Hong-Kong puede servir para incrementar eslabones de mercaderías internacionales, pero al país le interesa que en esa cadena conste la Argentina no con el 10% sino con un porcentaje que no nos signifique importar cada vez más. Y si hemos estado en un 90%, ¿por qué ahora debemos estar en una tasa reducidísima, cualitativamente inferior al punto de que las partes relevantes del artículo no se producen más en nuestro territorio, con un proceso consiguiente hacia la baja de la participación científica? Entonces, ¿hay que repetir punto por punto lo hecho entre el 58 y el 62? No, los tiempos han cambiado, pero nos queda el paradigma que no tiene razón en modificarse. Es que el usa Brasil, por ejemplo, convertida en potencia mundial, claro que lo viene haciendo desde hace varios lustros con políticas persistentemente congruentes. No sólo tienen una producción industrial varias veces superior a la Argentina sino que en materia agraria nos ha desalojado de nuestra posición de “canasta del mundo”: tienen más carne, soja, trigo, maíz producidos y para exportar que nosotros… - Se habla con menosprecio y bronca de los beneficios del campo, del mito agrario. Para sostener este enfoque se saltan etapas, se transporta el ayer al hoy y se lo proyecta al futuro. Es verdad irrefutable que el negocio agro-importador al predominar en los afanes de nuestros líderes -a pesar de las advertencias claras efectuadas entre otros por Manuel Belgrano en el alba de la nacionalidad-, fue nefasto con relación al desarrollo e integración del país en plenitud. Todo estaba al servicio de los centros productivos redituables agrarios, desde la actividad bancaria con sus créditos, hasta la gestión de la política exterior, pasando por la educación formadora de imágenes y mentalidades incompatibles con el verdadero adelanto. Se perdieron en este sentido décadas y sólo con lentitud exasperante se fueron levantando usinas eléctricas, se trazaron caminos (por lo demás, fundamental y casi únicamente encaminados hacia el puerto), se propagaron con cierta rapidez líneas ferroviarias con el mismo sentido y para ventaja especialmente de sus explotadores, en tanto las regiones periféricas -más de la mitad del área nacional- se las abandonó prácticamente a su propia iniciativa, aisladas como estaban, con sus enormes riquezas mineras, marítimas, forestales y agrarias. (La famosa nacionalización de los ferrocarriles de Perón no cambió un ápice el sistema de concentración en el puerto de Bs. Aires y el aislamiento de las ciudades del interior entre sí, agregando un déficit monumental para el sostenimiento de una red cada vez más obsoleta y dependiente de insumos del exterior).
- El tiempo ha pasado y las condiciones internas de la Argentina también han cambiado, como resultado de sus propias evoluciones y las del mundo.
Quiero decir, el agro se ha convertido en un motor -quizá el principal en la hora actual- para el impulso general de la producción, del ingreso, de la tecnificación. No se lo debe abandonar a su suerte, hay que aprovechar la riqueza agraria argentina y sus subproductos industriales, al máximo. No se debe tratar más de meras riquezas para exportación a granel, sin valor agregado y se debe fortalecer las tecnologías vinculadas al campo. La industrialización de centenares de productos diversos primarios, las máquinas para llevar a cabo esa tarea, las forestaciones con derivados múltiples en trabajos varios, la química generadora de herbicida y fertilizantes, el área enorme de la pesca, las construcciones y mantenimiento de barcos pesqueros y frigoríferos, el trazado de 10.000 kilómetros de rutas para el tráfico interno (que, como sabemos, se puede efectuar mediante algo semejante al llamado “plan Laura”), la erección de centros de formación profesional a lo largo y ancho del país con fondos obtenidos de tasas mínimas con los ingresos provenientes del movimiento productivo y comercial, así como el persistente refinamiento de las razas animales, la concertación con los sectores en materia de retenciones que permita diversificar y mejorar los cultivos, son, casi todas ellas, tareas semi frustradas que aguardan la realización plena no sólo posible sino imprescindible.
- La sociedad argentina ha demostrado capacidades para emprendimientos en la energía atómica, en la cibernética, con eficiencia probada e instalaciones para el aumento de la producción de aceros y de tecnologías de punta. Podrá tener, como cualquier comunidad avanzada del mundo problemas, pero posee capacidades gigantescas de inicio de un desarrollo sostenido, vigoroso e integrador de las regiones geográficas culturales y de los sectores sociales. No se habla de paraísos, sino de un país normal con pretensiones de saltar en menos de dos décadas hacia el pelotón de la primera veintena de naciones adelantadas. (Aclaro que tengo 81 años de edad, ¿será posible que gente de edades maduras o juveniles no estén absorbidas por estos temas?)
Y no se trata de sueños o de proclamas demagógicas, sino de concretar lo que la civilización moderna exige para la vigencia concreta de los derechos humanos, de la justicia social, de las esperanzas para un futuro cada vez más asequible y de cotas espirituales y materiales más elevadas. Ni siquiera se trata de ambiciones nacionalistas, sino de sentido común para el bienestar de la comunidad; que los monopolios exportadores se queden con la parte del león, en vez de agrandar las inversiones agrarias, que las explotaciones mineras arrasen con nuestras riquezas implantadas en los suelos sin dejar valor agregado, que casi todas las transacciones financieras de los bancos extranjeros estén libres de retenciones mínimas, que deberían ser co-participables con las provincias y las regiones, no tiene razonabilidad, cuando se podrían hacer negociaciones, determinar cronologías, garantizar las inversiones de los beneficios obtenidos por tales actividades productivas en nuestro país y facilitar las remesas al exterior dentro de períodos convenientes, todo conversado, discutido en la mesa de la civilización que nos brinda el mundo intercomunicado de hoy día.
No tengamos resquemores ni miedo a las ganancias del capital puesto en actividad; estamos en una sociedad capitalista, no hemos hecho una revolución socialista; hay que elegir, y si nos quedamos en la etapa del capitalismo privado actuemos con la cordura que exigen las reglas de juego. El capitalismo ha dado márgenes de efectivo progreso en las comunidades que supieron armonizarlo con el desarrollo industrial, científico, tecnológico, social y cultural.
- El mero hecho de fijarse y cumplir una meta de un tanto por ciento de crecimiento, ejemplo un 5-6% anual, nos mantendrá en este atraso; el incremento como mínimo de ese monto, más un evolución cualitativa que involucre las industrias de punta, la industria pesada, la educación masiva y de calidad, se podrá alcanzar, en pocos años el sendero irreversible para una sociedad en pleno desarrollo. Y aunque parezca obvio, si partimos del logro agrario con sus ventajas comparativas ahorraremos tiempo y sacrificios. Nadie se asuste: no es necesario bajar drásticamente las retenciones de la soja, pero que no pasen del 25%, y que en cambio se vaya reduciendo hacia el 0% la producción de manera progresiva, de granos en general y de frutas. Que las adquisiciones de insumos argentinos, o sea de aquellas maquinarias, fertilizantes, herbicidas, con componentes nacionales de un 75% o más de su valor total, se puedan deducir de los impuestos a las ganancias. ¿Ninguno se da cuenta que los impuestos son suplantables a través de los ingresos que supone la creación de riquezas y de su circulación?
¿Queremos derechos humanos reales o que nazcan como en la actualidad tres bebés anémicos sobre diez y que poco menos que la mitad de los nacidos lo hagan en la indigencia? El nuestro es un país al garete, sin rumbo ni planes de conjunto, sin otra vocación que el electoralismo. Los llamados intelectuales no hablan sino de filosofía política y de derechos humanos (abstractos) no de programas concretos de realizaciones estructurales. (¿Son boludos o “se hacen” para seguir medrando a costa nuestra?) La matriz básica del subdesarrollo no ha cambiado en ciento cincuenta años y ahora se intensifica: granos por máquinas y combustibles. Peor ecuación que durante el régimen conservador y muchas menos obras. Pero ahora, por añadidura, menos granos que Brasil, menor competitividad, ausencia de infraestructura mínimamente adecuada agraria. No parecen saber que la profunda industrialización y la mayor y mejor producción agraria van de la mano.
- Las naciones avanzadas del norte de Europa, siempre tan invocadas, poseen poderosas industrias de vanguardia, innovaciones tecnológicas y laboratorios de primer orden en el planeta, y no son del Estado, sino que el Estado en todo caso, respaldan los emprendimientos particulares y de colosales consorcios. Y poseen producciones celulósicas, lácteas, pesqueras formidables, por no citar a Francia, Alemania e Italia con gigantescos resultados agrarios. ¿Qué sufren crisis cíclicas? Sí, obvio. Pero sus pobres serían integrantes de la clase media argentina.
Argentinos a las cosas, pero no a cualquiera cosa.
*Intelectual argentino, ex ministro del gobierno del doctor Frondizi
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