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¿Quién "salvará al mundo"?
Por el Luiz Carlos Bresser-Pereira*
Los dirigentes de los países ricos no lograron convencer a los países en desarrollo de apreciar sus monedas
Los países pobres están siendo llamados a salvar el mundo. Es esto lo que nos dicen Jean-Michel Severino y Olivier Ray en el artículo "¿Los pobres pueden salvar el mundo?" ("Valor", el 16 de marzo). Según los autores, los países ricos están en una gran dificultad financiera - lo que es verdad, porque su modelo [neoliberal] de crecimiento "amplió desigualdades y excluyó a una proporción cada vez mayor de sus poblaciones del mercado de trabajo".
Para "contener los efectos del aumento de la desigualdad y menor crecimiento, los países de la OCDE impulsaron el consumo cayendo en deudas" que llevaron a la crisis. ¿Quiénes fueron sus acreedores? Los emergentes de Asia que lograron grandes superávits comerciales y en cuenta corriente. Mientras crecían de forma acelerada, mostraron no precisar del capital de los países ricos.
Frente a este hecho, nuestros dos autores quedaron perplejos. Pensaron que el problema sería temporario, aunque percibieron que no era así.
Por otro lado, los dirigentes de los países ricos no lograron convencer a estos países de apreciar sus monedas, aumentando salarios y consumo y dejando de ser superavitarios con relación a los países ricos.
¿Que hacer, entonces? Nuestros dos autores tienen, entre otras, una solución tan curiosa como significativa. "La adopción de nuevos modelos de crecimiento en el mundo en desarrollo - las partes del Sudeste Asiático, América Latina y África que no adoptaron estrategias impulsadas por las exportaciones pueden proporcionar, por lo menos en parte, la demanda en falta que la economía mundial precisa tan urgentemente."
No es casual, que son estos los países que menos crecen. Ni todos son pobres (Brasil tiene una renta media), pero son todos países necios, que creen que para crecer es necesario superar la "restricción externa" buscando financiamiento externo.
No perciben que no es capital lo que les falta; por el contrario, les sobra. Más allá de la educación, tecnología e inversiones en infraestructura, precisan de una tasa de intereses decente y de un tipo de cambio competitivo, que permita que sus empresas inviertan y exporten. Algo que sólo es posible cuando el país neutraliza su enfermedad holandesa y limita fuertemente la entrada de capitales de cualquier índole en su economía.
La propuesta de los dos autores implica mantener a los países en desarrollo en la trampa de intereses altos y tipo de cambio sobrevaluado. Pero coincide tanto con la opinión de la ortodoxia neoliberal local, que encuentra innecesario o imposible administrar el tipo de cambio, como de los desarrollistas, que creen que es posible desarrollar el mercado interno sin equilibrar el tipo de cambio y exportar.
Según lo demuestra la macroeconomía estructuralista del desarrollo, los países en desarrollo que neutralizan su enfermedad holandesa y no recurren al endeudamiento externo, crecen más rápidamente, al mismo tiempo en que alcanzan superávit en cuenta corriente. Esto ya fue comprendido por los países asiáticos dinámicos.
Tarde o temprano será comprendido por parte de los demás países en desarrollo. Enseguida, los países ricos tendrán que encontrar otra forma para desarrollarse. No es razonable esperar que los países pobres salven el mundo.
*Economista brasilero
Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte
LA ONDA® DIGITAL
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