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Nuevo libro de Gerardo Molina Segunda fundación de La Floresta
Por Martín Bentancor*
De un poeta que le ha cantado a lugares tan disímiles como la Madre Patria (“Pasión de España”), Santiago del Estero (“Coplas a Santiago”) y la Quinta de Illa (“A la Quinta de Illa”), traduciendo en cada caso la particularidad geográfica a través de su especial sentir como creador, no era extraño esperar la llegada de Poemas de La Floresta, su particular homenaje al emblemático balneario de la Costa de Oro de Canelones. Lejos de quedarse en el mero monumento lírico al lugar, el libro recorre -e invita al lector a recorrer- la geografía, la historia y la esencia del lugar, haciéndolo partícipe de una suerte de segunda fundación del balneario.
Se dice que no hay pasión más encendida por un lugar que la del extranjero que se establece y vuelve suyo el ámbito que lo ha adoptado. Aunque Gerardo Molina no puede considerarse extranjero dentro de su propio departamento, nada más alejado de la topografía de La Floresta que la zona verde y ondulada de su ciudad, Los Cerrillos, y sus zonas de influencia, tales como El Colorado y Quinta de Illa. Y, aunque la relación de Molina con La Floresta no es la de habitante permanente sino la de visitante ocasional -veraneante- que llega todos los años, su sentir de la zona indica que el aire, la fragancia marina y el color de La Floresta le han calado muy hondo. Y Poemas de la Floresta es el resultado.
Organizado en tres secciones -“Poemas del Homenaje”, “Primera Época” y “Segunda Época”- por el libro desfilan las personalidades y los nombres fundamentales de La Floresta: desde el doctor Miguel Perea (el visionario abogado que comenzó sembrando árboles en la zona cuando el siglo veinte empezaba a andar) hasta La Virgen de las Flores (traída desde la ciudad italiana de Bra por Antonio Bersanino), pasando por el ex futbolista aurinegro Boncluw Pérez Lemes, ‘El Bomba’, quien se radicó en el balneario allá por la década del sesenta del pasado siglo.
“Génesis”, poema que inicia el libro, planta ante nuestros ojos la imagen de una zona virgen, inhabitada, una región que ajena al mundo de los hombres:
Estaba todo allí, el verde estaba y el gualda y el azul todos estaban. La bandera del viento y los médanos rubios despertando de un sueño de siglos junto al río como mar. Y allí estaba inculta aún, indígena la floresta cercana…
Poblada ya La Floresta, surgidas de entre sus arenas y su fronda, las casas de los habitantes permanentes y de los veraneantes, el poeta que recorre la playa no puede dejar de cautivarse ante la presencia poderosa, omnipresente, del mar. Gerardo Molina, que ya antes en su obra le ha cantado a esa inmensa corriente de agua, corazón líquido del planeta en continúa expansión y movimiento, vuelve a acercársele con el colosal “Almaimar”:
Proceloso, fosfórico, incendiario eres, a veces, mar como el alma tornátil del artista y otras, lívidamente inmóvil, la remansada superficie gris que esconde, sin embargo, una y otra pasión, volcán en cierne…
Molina fija la fecha de inicio de su relación con La Floresta sobre finales de la década del sesenta cuando, en compañía de su esposa, comenzó a visitar a sus compadres Margarita Merlo y Felisberto Lenzi, en la casa que éstos edificaron en la zona. Estos amigos, a quienes el bardo les dedica el libro, no solo oficiaron de anfitriones sino que incentivaron, con su relación prolongada y su carácter de moradores permanentes, el continúo regreso de Molina al lugar. A lo largo de los Poemas de La Floresta, se suceden los motivos y los temas que disparan la creación y ofician de musas para el poeta.
Desde el viento sobre la playa hasta las bondades de la flora nativa, desde la irrupción del otoño hasta la contemplación de un nombre escrito sobre la arena, todo, absolutamente todo el encanto de La Floresta está contenido en este bello libro que ha escrito alguien que ama el lugar sobre el que escribe y que, por eso mismo, se convierte en su mejor guía y visitante, en su mejor intérprete. O, como expresa Norma Suiffet en el prólogo, “ningún sentimiento tan entrañable para celebrar el centenario de La Floresta, como este poemario rebosante de amor y emoción”.
No encuentro mejor forma que cerrar esta breve reseña sobre Poemas de La Floresta, que compartiendo con los lectores el poema “La Floresta tiene…”, donde a través de una sucesión de “encantos diversos”, Molina traza la mejor presentación de una zona que invita a ser descubierta o redescubierta a través de los ojos y el corazón.
La Floresta tiene encantos diversos: lluvias en verano, sol tibio en invierno, quiméricas sendas y bosques espesos. El mar rumoroso, espigones, médanos barrancas y árboles que besan el cielo y ondeando en la arena ¡Dios mío, que cuerpos! La Floresta tiene encantos diversos. Gente acogedora, hogares abiertos, el ‘Bomba’ impagable, mi compadre ‘Berto’, muchos cerrillenses, muchos progreseños, asiduos minuanos, familias del Centro y entre los aldeanos algunos porteños.
Viejo Hotel, el Country, el Premier señero, y el ruido y la “onda”, renovado fuego para los más jóvenes que viven sus sueños. La Floresta tiene encantos diversos.
Pinares que cantan, arroyos serenos y para el romántico oasis de ensueño. Lluvias en verano, sol tibio en invierno, quiméricas sendas y bosques espesos, La floresta tiene encantos diversos…
Poemas de La Floresta, de Gerardo Molina. Editorial Kasca, Montevideo 2012. 72 páginas.
* Escritor uruguayo
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