1492 expulsión de los judíos de España
Un acto que convoca la historia, la
memoria y la identidad de ustedes

Por el contador Enrique Iglesias

El miércoles 2 de mayo se realizó en la Comunidad Israelita Sefaradí de Uruguay, el acto recordatorio del edicto de expulsión de los judíos de España promulgado en marzo de 1492. La actividad contó con la oratoria central del contador Enrique Iglesias, Secretario General Iberoamericano, ex presidente del Banco Interamericano de Desarrollo y ex canciller uruguayo. Aquí los tramos fundamentales de su disertación, tomados del audio recogido por La ONDA digital.

“Yo quisiera comenzar por agradecer esta invitación. Agradecerla primero, por supuesto, como uruguayo, pero agradecerla, también, para sumarme a recordar con ustedes un evento tan doloroso, o tan impactante en la historia y tan ligado a vuestra identidad, pero también, a la identidad de todo lo que es hispánico. Y de alguna manera, mi condición actual de servir a la Comunidad Iberoamericana, me hace sentirme con mucho gusto en asociarme a este evento en el día de hoy. No voy a hablar a ustedes mucho de los aportes y experiencia de los judíos en España en los siglos de diáspora, ni tampoco de las responsabilidades históricas, que también conocemos. Pero sí, de alguna manera, reflexionar sobre esa historia que estamos recordando, sobre la memoria como tal, del verdadero significado de la memoria en estos casos y cómo todo eso se refleja en la identidad, en esa identidad que los caracteriza como miembros de esa sufrida, pero también vigorosa comunidad que ustedes representan. Ciertamente la historia es una historia triste. El “caris” que acabamos de celebrar, es un “caris” por todos sepultado, por el drama y la violencia que tuvieron que sufrir, un “caris” por la pérdida de raíces de una tierra que fue muy hospitalaria por muchos siglos y que un día dejó de serlo, súbitamente. Un “caris” por los que se quedaron ocultos en el camino, un “caris” por los hijos no nacidos en Sefarad y por toda la memoria que se perdió.

Un lamento también por España, por una Península Ibérica que perdió una buena parte esencial de su vida y de su vigor. Cuando buena parte de Europa estaba sumida en la noche triste del medioevo, tuvo en Sevilla, en Córdoba, en Toledo, una creatividad sin precedentes en la Europa de aquellos siglos. En esas comunidades florecían en el espacio iberoamericano, artesanos de metales preciosos, dibujantes de mapas, matemáticos, filósofos, médicos (médicos del cuerpo y médicos del alma), poetas y artistas. La Torah se leía en todas las ciudades y en todas las villas de la Península. Octavio Paz dijo un día - y lo dijo muy bien, como todas las cosas que decía - que es imposible conocer la historia de Portugal y de España, así como el carácter único de su cultura, si se olvida que durante siglos convivieron en paz, musulmanes, judíos y cristianos. Tras el trágico edicto de expulsión, se empobreció la tierra que los expulsó, que también fue injusta con las comunidades musulmanas que allí habitaban. Los judíos del Sefarad, dejaron con desgarro las tierras de la Península y se dispersaron por los países de la Cuenca del Mediterráneo, en sus riberas norte y sur, en los dominios del Imperio Otomano, que rápidamente entendió que recibir a estas comunidades, era un aporte invalorable, económico y cultural. Ciudades como Salónica, Esmirna, Constantinopla o Fez, fueron así receptores de grandes contingentes de médicos, de impresores, de embajadores, de filósofos, que - de alguna manera - constituyeron activos irreproducibles en el tiempo en que llegaron. Por todas aquellas riberas y ciudades se expandió el sonido del judeo-español, el “ladino”, una concepción reflexiva de la vida, siempre llena de afecto y con cierto toque de humor y, también, de escepticismo.

Mientras tanto, las juderías de España, quedaron desvastadas y en el silencio y en la pérdida de estas minorías integradas, sería - ciertamente - una de las causas de la posterior decadencia del imperio español. En la lengua contemporánea en Israel se dice, cuando algo es muy bello o difícil de conseguir, se trata de un “sefaradí halon”, un “sueño español”.

A esa realidad y a esos hechos históricos no escapó América Latina. América Latina ha conformado su identidad bajo el influjo y los aportes de etnias y culturas provenientes de las culturas originarias, de las culturas europeas y de las culturas africanas. Y ciertamente, en esa mezcla radica - en cierta manera - el gran activo, esa diversidad étnica y es el gran capital que tiene hoy América Latina. Yo creo que - de alguna manera - también a esas colectividades se sumaron, en sus condiciones humanas, las comunidades judías, que llegaron y se integraron a algunas tierras en las que todos estamos en tránsito. Y se fueron desplegando y se fueron repartiendo en alguna parte del continente americano. Esos son los datos de la historia que nos recuerda, por el día de hoy, con la firma del famoso y trágico edicto.

Yo quiero compartir con ustedes, sin embargo, aparte de estos hechos históricos, algunas breves reflexiones que tienen que ver con la memoria y con la identidad, que - me parece - que nos conciernen a todos y que será mi manera de participar y de contribuir a este encuentro. La memoria, como ustedes saben, no es lo mismo que la historia. La memoria es lo que queda marcándonos de hechos pasados, como queda una cicatriz en la piel. Es lo que elegimos recordar o - quizás - de todo lo que aconteció, aquello que no podemos olvidar. Es lo que pasa de generación en generación y va cimentando nuestra forma, la propia identidad de la comunidad, de un pueblo o de una nación. Elegimos conmemorar nuestro pasado, que nos reúne y nos permite seguir adelante juntos. Esa es la historia de ustedes: conmemorando el pasado, seguir adelante juntos. En ese sentido, el encuentro de hoy se inscribe en un excepcional acto de memoria, que atraviesa cinco siglos y dos décadas de historia. Los mismos fundadores, yo recuerdo las tradiciones, son componentes esenciales en la cohesión social y son los cimientos de la identidad colectiva. Pero también pueden ser líneas de fractura. Hay situaciones en que se afianza la identidad propia, porque se está frente a un enemigo común o es el mismo enemigo que atribuye esa identidad. Es lo que termina siendo: nosotros por un lado y los otros por otro. Y esto ha pasado de manera más marcada en períodos difíciles y en ocasiones trágicas. El pueblo judío ha tenido muchas oportunidades de sufrir las consecuencias de estas situaciones. Ha perdido muchas vidas y pagado duramente. Pero no sólo no ha perdido su identidad, sino que ha adquirido, de una forma muy poderosa y muy presente, identidad. No una identidad que le han atribuido desde afuera, sino una identidad que la han ido construyendo por sí mismos, basados - precisamente - en la continuidad de la memoria y de los valores.

En el excepcional espacio de la Comunidad Sefaradí, esta identidad lleva la componente española, perpetuada en su lenguaje, perpetuada en su cultura. Es quizás nada más que una anécdota, como un uruguayo nacido en Asturias, que me gustaría mencionarlo. En 1990 se le concedió a la Comunidad Sefaradí el Premio “Príncipe de Asturias”, que es una distinción muy apreciada, especialmente en España. Y en aquella premiación, se calificó a la comunidad - y lo cito - “…como parte entrañable de la familia hispánica, España itinerante que ha guardado, con celo, el legado cultural y lingüístico”. Y así fue como se inscribe ese premio, en la concordia entre las dos partes de la hispanidad. Yo comparto un sentimiento muy profundo, como si se aplicara a mí también. La sociedad y la cultura española llevan en sí, junto con los aportes de la cultura árabe, un importante componente sefaradí. Yo no quiero dejar de recordar, porque es ejemplar, el papel tan importante que ha jugado la Escuela de Traductores de Toledo, donde judíos, musulmanes y cristianos, recuperaron la sabiduría oriental antigua y griega clásica y permitieron una sustitución por toda Europa, primero en latín y luego en castellano, siendo ésta una de las razones por las cuales el castellano se volvió, realmente, el Idioma Español. Desde el año 1085, durante cuatro siglos, Toledo fue el más rico antecedente del renacimiento europeo. De alguna manera, lamentablemente, es en esa misma ciudad que Isabel de Castilla crea el Tribunal de la Inquisición que, siete años más tarde, llevaría a la expulsión de España de judíos y árabes, parte de la cruel realidad de la historia.

Como no cabe esperanza para decir que para esta realidad todo se ha perdido, quiero mencionar al Centro Internacional de Toledo para la Paz, hoy, existente en esta ciudad. Este Centro es hoy es una referencia para el logro de la paz, donde hay trabajando judíos, musulmanes y cristianos para la búsqueda, en las diferentes regiones del mundo, del diálogo y la capacidad de solución de los problemas del pasado. La conciencia, pues, el recuerdo de la memoria es cómo se ha ido proyectando a lo largo del tiempo lo que es, hoy, la identidad. La conciencia de la identidad propia, no sólo no cierra la visión universal de los hechos, sino que - por el contrario - la hace posible. Están más abiertos los ojos de quien tiene una idea que quién es, de quien se siente seguro de saber quién es. Es el caso del mismo pueblo judío y de su componente sefaradí, de donde han salido innumerables filósofos y políticos con visión y compromiso humanista, pensadores y luchadores, personalidades que han contribuido a través de la historia y en todos los continentes, y contribuyen constantemente en la ciencia, en el arte, en todas las disciplinas con alcance universal.

Creo, mis amigos, que la historia de la humanidad puede entenderse como la un lento y sobresaltado camino de identificación con el “otro”. Desde la horda primitiva del hombre paleolítico, en la que el “otro” puede ser percibido como una presa o como un alimento, pasando por todas las formas de esclavitud, hasta una sociedad moderna, capaz de ver a cualquiera como “igual”, hay un largo recorrido. Un largo recorrido que es, en mi opinión, el hilo conductor de la historia de la civilización. No se trata de disminuir la identidad propia, sino de aumentarla como reconocimiento del otro. Y diría más, identificarnos con todos los demás. Hugo Bergman, en el juicio de Eichman, decía que en cada uno de nosotros hay dos personas divididas, entre un aislacionismo nacionalista y una cultura humanista. Una que dice: “acuérdate de lo que te han hecho”; y otra que dice: “ama al prójimo como a ti mismo”. Creo que es así. Creo que este debe ser el momento que debe fomentar y vivir nuestra civilización, para hacer paz y vivir en paz y entendernos en paz en nuestras diferencias.

Yo sé que no es fácil entender que aceptar la diversidad nos hace a todos más iguales. Pero en particular, cuando uno acepta y reconoce la igualdad de todos en la diversidad, hay quienes son capaces de hacerlo. Creo que hoy, soy más optimista. Más optimista, porque la toma de conciencia de lo pequeño y frágil de nuestro planeta, de la magnitud de los fenómenos naturales y de los cambios climáticos que no sabemos dominar, incuso de la complejidad de los eventos históricos, económicos y sociales, nos hacen ver que somos todos parte de un mismo complejo, de una misma especie, que quiere sobrevivir en el planeta. El poder actuar todos juntos, es muy importante para nuestra sobrevivencia.

Estamos en un momento muy complicado del mundo, confuso. Eso se proyecta, evidentemente, sobre nuestra realidad y sobre la realidad mundial. Sobre nuestra realidad, yo diría, con muchos años detrás, en mi condición de uruguayo convencido, yo creo que en el fondo nosotros hemos logrado, a lo largo de los años, algunas cosas que es importante reconocer y preservar. Hemos avanzado mucho en el respeto, el respeto que nos debemos unos a otros. Y, sobre todo, hemos avanzado mucho en la tolerancia. Dos cosas que yo creo que son tan simples, tan importantes, pero - a veces - tan difíciles de conciliar en tantas partes del mundo. Hemos hecho eso todos. Creo que hay momentos de encuentros y desencuentros. Pero hoy estamos con problemas, como todas las comunidades del mundo, pero tenemos los valores muy arraigados en la conciencia de nuestros pueblos. Tenemos que defenderlo, eso, tenemos que defenderlo para poder convivir y vivir en paz y, en paz, construir el país y el mundo que nos merecemos y que le debemos dejar a los que vendrán después de nosotros. Eso es posible en nuestro país. Tenemos virtudes que bien conocemos de aquellos que, como yo hoy y ustedes, somos inmigrantes en este país. Construimos el país que vinimos a fundar, a ayudar a crecer y a fundarse en estos valores que son tan importantes para convivir.

Pero el mundo está complicado. Las opciones del mundo hoy, son confusas. Los caminos a seguir no son fáciles. Y yo creo que fundamentalmente hay una tarea que nos convoca a todos y, sobre todo, a las futuras generaciones. Porque somos hijos de una tradición judeo-greco-cristiana, de donde partieron los grandes valores de la llamada “civilización occidental”. Pero esos valores, en el mundo que vendrá, en el mundo donde se está dando la transferencia del poder económico más grande de la historia de la humanidad del Occidente al Oriente, van a tener que enfrentarse con otros valores. Serán mejores o peores, no lo sé, pero son otros valores. Armonizar esos valores que hemos aprendido con los otros valores, va a ser una tarea muy complicada. Yo creo que hay que abordarla para defender, en este ajuste, la convivencia en el mundo. Esa convivencia tan lacerada todos los días por conflictos de todo tipo, que no somos capaces de resolver, yo creo que es una de las grandes tareas que nos convoca. Y, a partir de nuestros valores, tratar de fundar los nuevos valores, que tendrán una síntesis, pero que serán la condición necesaria para poder convivir y vivir en paz.

Yo creo que en un acto como el de hoy, nos convoca la historia, nos convoca la memoria y cómo se fue creando esta identidad que ustedes tan dignamente representan, para todos juntos - de alguna manera pensar - que tenemos una responsabilidad compartida. Aprender a vivir en paz en un mundo tan convulsionado.

Fuente: audio tomado por La ONDA digital

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