José Pacella, Bruja querido
Por Joselo Olascuaga*

-Aquella noche me terminé de matar -me dijo “La Bruja” José Pacella y ahora sí estaba hablando nada más que para mí, aunque mi gurí, Gastón, también escuchaba; me di cuenta y me concentré en el relato, en los detalles-. La reencontré en el local de Acevedo Díaz, ¿qué año sería? El 85. Me espera a que termine una reunión, salimos juntos, vamos caminando sin rumbo, charlando, y como a las quince cuadras le digo de tomar un café y nos metemos en un bar. Estábamos en Martín C. Martínez y Hoquart, a cuatro cuadras de dónde habíamos vivido. Ahí se quebró, me contó todo y se puso a llorar, pero antes de llorar me reprochó. “Me trajiste acá a propósito”. No era cierto. Yo no había tenido ningún plan, no lo pensé, caminamos para ahí yo que sé por qué y me sorprendí sinceramente, igual que ella, de que estuviéramos tomando un café en esa esquina tan nuestra. Lloró, lloró mucho, se deshizo en llanto y ahí me maté. Le acaricié el pelo -me muestra con una mano vertical acariciando el aire, que le acarició el pelo sobre una oreja, se detiene, detiene el relato y la mano, los congela…

Cinco segundos después, como si le hubiera costado recordarlo, José Pacella me dijo (no es que le costase recordarlo, es que se trataba de un momento que aún lo hacía revivir y hubiese querido tener tiempo de cambiarlo): y le dije “ya pasó, ya pasó…”

José y yo nos miramos, él y yo sabíamos que no precisaba más palabras, lo había comprendido todo. Se mató, se terminó de matar, que no hable más.

Pienso que si en ese momento él, acariciándole el pelo, le hubiera dicho “¿Y ahora?”, ella hubiese temblado un poco antes o después de dejar lentamente de llorar y en vez de afirmar con la cabeza y retraerse como lo hizo al final, al recobrar la respiración casi normal, se hubiera preguntado, le hubiera preguntado, sin dejar de retraerse, “¿Y ahora qué?”, entonces él no hubiera terminado de matarse, hubiera resucitado y en el mismo tono menor con que le dijo “ya pasó”, le hubiese dicho “¿qué sentís por mí?, entonces ella no hubiese tenido otra respuesta posible que un consabido, obvio, supuestamente inútil “yo te adoro” y él le hubiese contestado, dejando latir la vida, “y yo a vos”.

José Pacella pareció leer mis pensamientos, hubo otros cinco segundos detenidos en que nos estuvimos mirando y comprendiendo, entonces él se justificó ante la parte de reproche que tenía mi mirada de cariño, aquella que le dicía “está claro, mi viejo, el ser humano es turro”.

-Es que yo sufrí mucho -me explicó, ya no para mí solo, volviendo a hablar también para el gurí, que lo ha escuchado (¿todo?, no sé si los silencios) y andá a saber qué pensaba.

Había sufrido, sin soltar palabra, innumerables sesiones de tortura, años y años, porque cada vez que caía un dirigente nuevo, llevaban a José a la máquina para volver a supliciarlo. Solo, en los delirios del plantón o la colgada, antes de perder el conocimiento decía los nombres de su amada y de sus hijos, entonces los milicos caían por su casa de tanto en tanto, al pedo, pero molestos. El Partido sacó del país a la compañera y a los hijos de José hacia Brasil para que no volvieran a molestarlos. Ella volvió con otro amor, años después, cuando cayó la dictadura y él la encontró una noche en un activo en Acevedo Díaz y de allí salieron juntos caminando, sin proponérselo hacia el bar de Martín C. Martínez y Hocuart.

Después siguió hablando pero para mi gurí. Me di cuenta porque le dijo: “yo caí y siguió él”, señalándome.

Es mentira. Él cayó y entre él y yo había dos enganches, y esto yo no lo sabía en aquel momento, eran Ricardo y Nelson (no conocí a Ricardo y tampoco conocía a José), después de la caída de José, fueron Ana y Macedonia (no conocí a Ana), después cayó Ana, pero es cierto: los que quedábamos, mal o bien, seguíamos. Sin embargo, aunque de algún modo sea cierto, no me lo hubiese dicho a mí. De política estaba hablando para Gastón. Dijo, además, un montón de cosas que era totalmente innecesario que yo volviera a escucharlas y que no me las decía cuando estábamos solos. Yo había llevado a mi hijo a su casa porque el gurí estaba en la mesa de la FEUU e iban a hacer unos actos de “homenaje al pueblo uruguayo por el NO del 80”. Gastón conocía a José de verlo en mi apartamento e intercambiar un par de comentarios de actualidad, sabía quién era, así que ahora lo estaba enganchando para esos actos. Le explicó que lo organizaban con el PIT-CNT e iban a exhibir las Carta que José había editado aquel año. José le contó de la primera que editó personalmente. La había encontrado empezada por León, en febrero del 79, en una casa de la calle Lindolfo Cuestas. Conozco esa historia mínima con la que Muñoz Molina hubiese hecho una novela de interminables traiciones en la derrotada resistencia española, pero contada por José, en un apartamento austero, interior, en mitad de un pasillo al fondo de un barrio montevideano alejado del centro y de la costa, resulta insospechable.

-León cayó en Marzo. Un mes después, en medio del golpe represivo, Manolo Pérez, que estaba en el secretariado de la Juventud me dice que su hermana le preguntó qué hacer, porque en su casa (de la hermana de Manolo, que no militaba, en Lindolfo Cuestas, donde Manolo no vivía) se había quedado en algún momento, por algún tiempo, León Lev y había cosas suyas (de León). Yo estaba seguro que León no había cantado y fui a la casa. Encontré una Carta sin terminar (la Carta 91), un papel donde León había anotado los nombres de los que estaban cayendo y dólares (no una cantidad muy grande, pero importante).

La Carta y los nombres podían ser una ratonera, pero si había dólares era que los milicos no habían pasado por ahí. Todo siguió como si aquel golpe represivo que se llevó a un centenar de militantes del sector sindical no hubiese ocurrido. La Carta salió en fecha.

Escribí éstas y otras palabras para un libro que algún día publicaremos y se llamará 1980, pero ahora junto estas poquitas en esta nota porque me entero, tarde, que hoy murió José, el que se terminó de matar tantas veces y siempre estará vivo. Fue un hombre de muchas palabras sostenidas con el pellejo, pero basta una sola para recordarlo, la más breve y la más fácil de decir, ese NO que cada cual sabe cuánto costó, José, dejarlo escrito con letras indelebles en el cielo de la patria.

José Carmelo Pacella Giglio, falleció el 14 junio – 2012-

* Periodista y escritor uruguayo
Fuente: Blog La piedra en el charco

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