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Metas para seres humanos iguales
Por el profesor Luiz Carlos Bresser-Pereira*
Los pobres no deben renunciar a mejores niveles de vida; los ricos son quienes deben disminuirlos.
En los últimos 50 años la protección del medioambiente se tornó, históricamente, el quinto objetivo político fundamental de las sociedades modernas. Todas las sociedades, desde la antigüedad, buscaron seguridad.
Y a partir del siglo 18, agregaron a este objetivo cuatro objetivos más: la libertad, el bienestar o el desarrollo económico, la igualdad o la justicia social, y finalmente la protección de la naturaleza.
En la lucha por este quinto objetivo, el mundo se reúne hoy en Río de Janeiro, en la conferencia patrocinada por las Naciones Unidas, Río +20.
Ya sabemos que no es posible esperar mucho de esta reunión. Que ella se da en un momento difícil para todos los países, sobre todo para los ricos inmersos en la crisis profunda que heredaron de los 30 Años Neoliberales del Capitalismo (1979-2008).
Pero esto no significa que no habrá avances. Dos conquistas están bien encaminadas: el fortalecimiento de la Pnuma (la agencia de la ONU que vela por el medioambiente) y la definición de los Objetivos del Desarrollo Sustentable.
En el primer caso, se trata de mejorar el gobierno global; en el segundo, definir metas para el mundo y para los países como se estableció en los Objetivos del Milenio.
Se puede argumentar que no habrá un medio de exigir el cumplimiento de los objetivos, porque los países no van a estar dispuestos a adoptar metas nacionales compatibles y porque, aún fortalecido, el Pnuma no tendrá condiciones de forzarlos a adoptarlas. Esto es verdad. Sabemos que el problema fundamental de la protección de la naturaleza y del calentamiento global es la práctica de “subirse al carro”.
El problema es de todos porque los perjuicios evitados benefician a todos, pero cada uno quiere aprovecharse del esfuerzo de los otros y minimizar los suyos. Pero “subirse al carro de los otros” no es el único principio que impulsa tanto a los seres humanos como a los países.
Existen también valores morales compartidos, y espíritu de cooperación. El hecho es que el futuro de la humanidad - de nuestros hijos y nietos - está en riesgo. Y que, al definir objetivos y mejorar el gobierno global en el área del medioambiente, más allá de afirmar nuestra voluntad de cooperar, decimos que precisamos regular el presente y planificar el futuro.
Que la alternativa de dejar el problema "liberado al mercado", como aún veo afirmar a los economistas neoclásicos y neoliberales, no tiene el menor sentido.
Y que incluso el mercado del carbono tiene poco sentido. Tiene más sentido, a corto plazo, multar a las empresas y a las actividades contaminantes. Y, a mediano plazo, desarrollar sistemas de seguimiento y de ejecución de las metas acordadas.
Pero es importante ser razonable en la definición de las metas, porque desarrollo sustentable no es simplemente protección del medioambiente; es también crecimiento y disminución de las desigualdades.
El desarrollo sustentable debe ser económico, social y ambiental. Y no podemos repetir disparates como el de afirmar que los países en desarrollo no pueden reproducir los padrones de consumo de los países ricos.
Tal vez esto no sea posible, pero, si no, no son los pobres quienes deben renunciar a mejores niveles de vida, sino los ricos quienes deben disminuirlos. Y para esto sólo existe una solución: comenzar a discutir metas ambientales.
Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte *Docente y economista brasilero
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