Latinoamérica, aquel 27 de junio
Por Niko Schvarz*

La conmemoración del golpe de Estado del 27 de junio de 1973 en Uruguay estuvo este año entremezclada con dos acontecimientos latinoamericanos del mismo signo ubicados en fechas muy próximas: el golpe de estado del pasado 22 de junio en Paraguay y el tercer aniversario del golpe de estado del 28 de junio de 2009 en Honduras.

Todos ellos se inscriben en la contraofensiva de los sectores oligárquicos y las clases dominantes por revertir el cambio de época (valga la certera definición del presidente ecuatoriano Rafael Correa) advenido en América Latina desde el inicio del nuevo siglo y milenio, y que se caracteriza por el acceso al gobierno de las fuerzas de izquierda, democráticas avanzadas y progresistas, en un cuadro de unidad y compenetradas con los movimientos sociales, obreros y populares.

En el caso de Paraguay, una coalición de fuerzas de este tipo llevó a la presidencia a Fernando Lugo, lo que quebró el dominio incompartido del Partido Colorado durante más de 60 años en el ejercicio del poder, habiendo padecido el país durante 35 años la feroz dictadura de Alfredo Stroessner. Ello significó un cambio de honda raigambre, que colocó a Paraguay a diapasón de la nueva ola de América Latina. La conspiración del Partido Colorado paraguayo y la puñalada por la espalda del Partido Liberal Radical Auténtico de Federico Franco tiene por objetivo retornar al viejo estado de cosas, en beneficio sobre todo de la oligarquía terrateniente, gestora de la provocación de Curuguaty que sirvió de pretexto al fulminante golpe de estado parlamentario. Como ha revelado WikiLeaks, la embajada norteamericana en Asunción participó desde el origen en estas grandes maniobras, a partir del momento mismo de la elección de Lugo. Hoy el pueblo paraguayo sigue movilizado en lucha por la recuperación democrática, y esta causa ha promovido un despliegue de solidaridad en el mundo entero, en primer lugar de pueblos y gobiernos de América Latina, como se reflejó claramente en las Cumbres del Mercosur y de la Unasur en Mendoza, República Argentina, los días 28 y 29 de junio.

Un antecedente próximo es el golpe de estado en Honduras tres años atrás, en que las fuerzas armadas secuestraron en la noche al presidente Manuel Zelaya y lo sacaron del país, abriendo paso al régimen espurio de Roberto Micheletti; éste organizó elecciones en medio de la represión que condujeron al actual gobierno de Porfirio Lobo. Tampoco en este caso fue ajena a la maniobra golpista la base militar yanqui de Palmerola.

Hay antecedentes más lejanos, en que el golpe fue desbaratado. El primero en fecha fue el de Venezuela, en abril de 2002. En este caso también fue secuestrado el presidente Hugo Chávez, y se lo llevó a la isla de Orchila donde se proyectaba asesinarlo. Tras una sangrienta represión, usurpó la presidencia el titular de la principal cámara empresarial del país, Pedro Carmona Estanga (que hoy disfruta un dorado exilio en Estados Unidos), el cual disolvió el Parlamento y destituyó la Corte Suprema hasta que fue desalojado de Miraflores por un multitudinario movimiento en las calles y la decisión de militares fieles al bravo pueblo.

En Ecuador se registró en 2010 el intento de golpe de estado policial contra el presidente Rafael Correa y su “revolución ciudadana”. Secuestrado durante 24 horas, su vida corrió serio peligro, hasta que fue rescatado por un movimiento conjunto de civiles y militares. Por su parte, el presidente Evo Morales y el pueblo boliviano debieron enfrentar por largo período las embestidas secesionistas y los ataques armados de las fuerzas retrógradas de la “media luna”, principalmente de Santa Cruz, contra las organizaciones campesinas y contra el propio mandatario, en los cuales el atentado personal estuvo al orden del día. Ahora mismo, ante el violento motín policial (que acaba de ser conjurado) el presidente afirma que estaba vinculado a la preparación de un golpe de estado para sacarlo del gobierno.

Tal es el telón de fondo del golpe paraguayo. Son cuatro antecedentes, en esta primera década del siglo, de golpes de estado para revertir el curso de los cambios trascendentes en América Latina. Por lo mismo, el santo y seña de la hora es solidarizarnos con la lucha del pueblo paraguayo por la recuperación democrática. Así se expresó en las cumbres de Mendoza el 29 de junio, y también en un vasto movimiento solidario que se extiende en Europa, expresado en actos, manifestaciones y pronunciamientos de partidos y movimientos sociales.

39 años atrás
En nuestro país se ha recordado el golpe de estado de 39 años atrás, y en el entorno reseñado ha cobrado particular significación. En razón del tiempo transcurrido, muchos compatriotas no lo vivieron. Leí declaraciones de tres diputados que a esa fecha no habían nacido. Por cierto que tuvo amplia repercusión en el mundo, en el primer momento por las noticias de la huelga general contra el golpe, y luego por la vasta campaña de solidaridad y de denuncia de la dictadura desplegada en el mundo entero.

Quizá no esté de más recordar, ahora, hasta qué punto esa huelga general, decretada en la noche misma del golpe en el local de la Federación del Vidrio en La Teja, cavó un profundo abismo entre la dictadura y todo el pueblo, que hizo causa común con los trabajadores. Al respecto quisiera rememorar algunos episodios. Esa noche estaba yo en el Senado, en el pequeño despacho del senador Enrique Rodríguez, por el cual pasaban a cada rato legisladores de todos los partidos, siendo famosos sus diálogos chispeantes con el senador blanco Eduardo Víctor Haedo. A cierta altura llegó el senador batllista Luis Hierro Gambardella, una figura democrática de pura cepa. Venía azorado, diciendo que en Casa de Gobierno había visto, firmado, el decreto de disolución del Parlamento. No lo podíamos creer (yo al menos). Después, ya en la sesión del Senado oímos el alegato de Wilson Ferreira que terminó con un viva al Partido Nacional, los discursos de Enrique Rodríguez anunciando la huelga general, de Rodríguez Camusso, Juan Pablo Terra y otros legisladores, algunos de los cuales se retiraban de Sala después de hablar, en previsión de lo que se venía, mientras el presidente Lalo Paz Aguirre dejaba proseguir la sesión a pesar de que el Cuerpo se había quedado sin quórum. Ya en la madrugada entraron las tropas al mando del Goyo Álvarez y ocuparon el recinto de las leyes.

En la mañana debí asistir a la conferencia de prensa del ministro del Interior, coronel doctor Néstor J. Bolentini, en mi carácter de redactor responsable de El Popular. Yo tenía sobre las espaldas una serie de procesos de los ministerios del Interior y de Defensa Nacional, de la Asociación de Bancos y otros, hasta una docena, lo que me permitió conocer a una figura entrañable como el Dr. Carlos Martínez Moreno, que ejercía mi defensa (y que dictaba cátedra fuera de las aulas respondiendo a las preguntas sobre temas jurídicos de los actuarios y personal de los juzgados cada vez que concurríamos). La conferencia de prensa de Bolentini fue digna de figurar en la historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges. El ministro estuvo en el trance de explicar el decreto que prohibía “atribuir intenciones dictatoriales al Poder Ejecutivo”. Fue cuando Marcha ocupó su primera plana con el título: “No es dictadura”. Tuve que notificarme de ese decreto, y debí hacerlo en compañía del Dr. Daniel Rodríguez Larreta, redactor responsable de El País, que habría de ser, junto con El Día, el vocero de la dictadura y cometía la vileza de publicar los requerimientos de las Fuerzas Conjuntas y las fotos de los luchadores por la democracia. Después supe que ese decreto era la copia textual del que emitió el dictador Gabriel Terra tras el golpe de estado del 31 de marzo de 1933.

Luego vinieron los gloriosos 15 días de huelga general. En su transcurso se produjo la formidable manifestación del 9 de julio, a las 5 en punto de la tarde, tras la cual nuestro diario fue asaltado por las fuerzas militares y policiales que habían reprimido a la multitud, y terminamos todos presos en el Cilindro. Una placa recuerda el hecho en la esquina de 18 de Julio y Río Branco (ahora Wilson Ferreira Aldunate). Todos los años nos reunimos allí para recordar estos hechos, y así lo haremos en esa fecha.

Mirado ahora en perspectiva, la causa y el objetivo del golpe de Estado de 1973 en Uruguay fue impedir la llegada al gobierno del Frente Amplio, creado apenas dos años antes, el 5 de febrero de 1971. A esa altura no existía ningún otro motivo real. En las elecciones de noviembre 1971 el Frente había demostrado, no solo su poderío, sino las inmensas posibilidades abiertas de transformarse, por la vía de la unidad de todas sus fuerzas constituyentes y la ampliación de sus afluentes, en la fuerza política mayoritaria y con un fuerte arraigo en el corazón y la conciencia del pueblo. Para los sectores de la derecha, había que cortar de cuajo esa perspectiva. Transcurrió todo el lapso hasta 1985, en que el Frente fue la fuerza fundamental para unir en la acción a todas los sectores antidictatoriales, que sellaron la caída del régimen emanado del golpe. Sobrevinieron más adelante cuatro períodos de intensa brega política y de acumulación de fuerzas en el seno del pueblo hasta llegar a la conquista del gobierno por dos períodos consecutivos, y apuntando ahora al tercero.

*Periodista y escritor uruguayo

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