LA MUJER
Otto Weininger. Un caso
de misoginia revelador

Por el Dr. Alfredo E. Allende*

A pesar del terreno ganado por la mujer en el siglo XX en muchas latitudes, los vaivenes de los procesos históricos nos demuestran que también han ocurrido retrocesos sorprendentes con relación a su reivindicación en plena Europa. Un ejemplo impresionante lo proporcionó Otto Weininger, nacido en Viena en 1880, quien en 1903, Sexo y carácter; una obra de inmediato traducida a varios idiomas teniendo, rápidamente, una difusión enorme que su autor no llegó a conocer pues se suicidó en el mismo año, en la casa que había habitado Beethoven, al que estimaba como uno de los más grandes genios de la humanidad.

La tragedia estimuló la curiosidad en derredor del muy joven pensador austríaco, al tiempo que su profunda misoginia, su abierto antisemitismo y las características generales del trabajo influyeron en el sentimiento racista que se fortaleció culturalmente en Europa a través de este atrapante estudio de las personalidades, de los caracteres, que si bien posee faltas de profundidad en varios aspectos, denota, un esfuerzo de sistematización de sus tesis principales para nada despreciable. Weininger coronó y superó una corriente alimentada por siglos de cultura intolerante y segregacionista, a pesar de ser él miembro de una familia judía y muy probablemente un homosexual. Comentan los eruditos que tuvo una gran influencia en otros pensadores de nota como es el caso de Ludwig Wittgenstein.

Parte, en Sexo y carácter, negando la existencia real del varón absoluto y de la mujer absoluta; existe el intersexualismo, las innumerables gradaciones que toleran la presencia del hombre afeminado y de la mujer varonil; no habría seres vivos unisexuales y de sexo determinado, sino que prevalece universalmente el bisexualismo (idea que estuvo desarrollada por los griegos y que en Platón se percibe con claridad en su Banquete). El macho y la hembra son “algo así como dos sustancias que se mezclan en diferentes proporciones”. Todos son de alguna manera heterosexuales y todos homosexuales; esta última tendencia no significa un retroceso, no es un defectuoso desarrollo del sexo, sino que forma parte de los grados intermedios que se extienden ininterrumpidamente desde los extremos, hombre absoluto, mujer absoluta, que constituyen únicamente polos ideales no concretados en la vida. Weininger da el ejemplo de los toros que encerrados sin vacas, encuentran satisfacción practicando la homosexualidad porque “se comportan igual que la especie humana en las cárceles, internados y conventos”.

Los tipos ideales -macho, hembra- al no replicarse en la realidad ocasionan serios disturbios individuales, pues la ecuación puede estar mayormente masculinizada en un cuerpo femenino o al revés, feminizada en un físico de hombre. Ello da pie al autor para internarse en el tema de la emancipación femenina que, en su época, hacia el 1900, causa mayor disgusto, palpándose el escándalo entre la gente tradicionalista. Sostiene el austríaco que a medida que la personalidad de una mujer se avecina al polo femenino -a la mujer absoluta- no desea la emancipación, no sólo no le interesa sino que la rechaza y no anhela el feminismo.

El llamado “ser femenino”, la mujer más o menos cercana a la mujer absoluta, a medida que se acerca a “su” polo tiende al tipo ideal, a contener los caracteres propios de esa naturaleza en puridad: preocupación absorbente por los hijos, la ausencia de visión de Estado, la necesidad de sentirse protegida, la amoralidad. El hombre tiene un pene, dice el joven pensador, pero la vagina tiene a la mujer. Ella es sexo en el sentido amplio de la expresión, ella vive obsesionada por lo que denomina la “tercerización”: ambiciona desde el fondo de sus entrañas que los jóvenes se enlacen, practiquen el coito, funden familias; la mujer no inventa nada, no descubre nada, no hace ningún aporte a la civilización, su contribución consiste en la tarea de tercerización, de intermediar entre hombres y mujeres a fin de que la especie perviva. La mujer es especie, no individuo, su materialismo radica en luchar por la multiplicación de los seres humanos. Es celestina por destino.

Declaró Weininger que las mujeres son seres humanos, “incluso cuando ellas no lo pretendan”. Y agregó: la mujer y el hombre tienen iguales derechos, claro que en tanto y en cuanto se entienda que ella no es igual al hombre, sino que es resueltamente inferior. Pero ella integra la pareja humana desde su perfil material; mientras el hombre se interesa por todo, por la política, la vida espiritual, las ciencias y las artes, la mujer simula que le interesa algo de todo ello, cuando exclusivamente está inmersa en la procreación, no sólo propia sino también de la especie a través de su tarea de tercerización. Carece de un Yo, carece de alma, es decir de conciencia universalista y no siente la trascendencia, se reduce a su febril tarea de abeja hacendosa.

Como las mujeres son materia, la forma se la impregnan los hombres, los varones son los que crean a la mujer: he aquí el mensaje profundo de la Creación de Eva. Se pregunta el vienés cómo debe ser tratada la mujer por el hombre, pues se lo puede hacer conforme a la idea moral o cómo la propia mujer quiere. En la segunda probabilidad se debería hasta golpearla “ya que ella ansía ser golpeada.” Mas, “quien se proponga por el contrario tratar a la mujer como lo exige la idea moral, debe ver en ella un ser humano e intentar estimarlo.” Tal posición del autor está ligada a su pensamiento de que “la emancipación de la mujer es análoga a la de los judíos y a la de los negros.”

La causa principal de que estos pueblos sean esclavos, y no merezcan la menor consideración, es su predisposición servil pues “carecen de esa imperiosa necesidad de libertad que es propia de los indogermanos” (No queda en claro si las mujeres indogermanas, en la opinión del austríaco forman parte de los sectores serviles o merecen estar emancipadas, si constituyen una excepción entre las féminas del mundo. Me inclino a pensar que conformarían una atenuación de la tendencia general de la mujer). Si hay otras naturalezas que se le asemejan, además de la perteneciente a los negros -piénsese que estamos en pleno apogeo de expansión europea, incluso germana en África- es la de los judíos.

De acuerdo con Weininger, el judío más que una raza es una forma de ser, pero, en una probable contradicción en la que incurre, encuentra que hasta físicamente posee semejanzas con negros y mongoles en sus rasgos y cabellera, y también con las mujeres pues el judío es fláccido y su religión es de una pobreza pavorosa: el Antiguo Testamento no hace alusiones a la trascendencia, a la inmortalidad. El judío, como la mujer, no cree en nada, ni en sí mismo. Los valores morales son ajenos tanto a los judíos como sucede con las mujeres. No pueden espiritualizarse, jamás llegarán a ser como el varón ario. No tienen personalidad propia, se adaptan a la del entorno en la que están, aumentando así la semejanza con las mujeres.

El autor aclara que aunque las condiciones humanas estén taradas en los judíos -más aún en las mujeres y peor aún en los negros- no se trata de exterminarlos, siempre queda en algún recóndito lugar de los Hombres un destello humano. No se privó de alegar que el verdadero judío como la mujer, no poseen el Yo pues son rebaño, son especie; de aquí dedujo que tienen una ambición desordenada por los títulos, por los palcos muy visibles, por las grandes apariencias, por todo aquello que los muestre exteriormente con una calidad personal que en verdad no poseen. Siguió “descubriendo” semejanzas peyorativas para judíos y mujeres, con el ingenio propio de un individuo de gran formación cultural a pesar de su escasa edad, perturbado indudablemente, pero como ya lo señalamos, penetrante.

No hay un diablo femenino y es ajena a la conciencia judía la idea del demonio. Ni una ni otros tienen sentimientos de piedad ni de solidaridad, y cuando los judíos se preocupan por la persecución efectuada a otro de su raza, es porque teme que la sombra caiga sobre el judaísmo, sobre la idea del judaísmo. Las mujeres, a su vez, se despreocupan o incluso se alegran del mal inflingida a otra persona de su sexo, y sólo se inquietan si ello puede traer desprestigio sobre el sexo en general. En un caso se defiende a la especie y en el otro al sexo; nunca al individuo, perpetuamente al rebaño.

He tratado de señalar los rasgos salientes de esta obra admirada por los nazis, que tenía la ventaja para el machismo de emprendérselas no sólo contra los judíos, sino contra el sexo de la debilidad, de cuya mórbida influencia debía estar exenta la renovada raza de los varones germanos. Weininger se rehusó a considerar que “en otro tiempo” las conductas hayan sido diferentes, tomando la precaución de describir el presente, según lo explicitó. Por lo tanto esencializa la coyuntura por aberrante que ésta sea. Además, ¿todas las mujeres y todos y los judíos eran como él sostenía, o sólo se acercaban a su imaginación una minoría que pretendía fuese el todo? Y acaso, ¿no exagera hasta lo insólito la oscurecida pintura que efectúa de aquellos seres que considera inferiores? ¿No se le ocurrió que las relaciones sociales, educacionales y culturales moldean el alma de la gente? Sí, lo entrevió, pero llegó a afirmar que está en la naturaleza de la mujer su perversidad, su amoralidad, su inferioridad.

La falta de consistencia científica de sus apocalípticas conclusiones rebaja en sumo grado ciertos esfuerzos laudables que llevó a cabo en procura de mostrar recovecos de la psiquis humana, al punto de producirnos repugnancia varias de sus aserciones.

Una concepción semejante a la anterior fue la del Partido Alemán Nacionalsocialista de los Trabajadores -influido doctrinariamente entre otros por el mencionado Weininger- que recién nacido, en 1921, adoptó una decisión unánime de su conducción: “Una mujer nunca puede ser aceptada como parte de la dirigencia del partido ni para integrar el comité ejecutivo”. Jack Holland, en su Una breve historia de la misoginia, ha expresado que la línea nacionalsocialista seguía el mismo tema de los partidos conservadores, lo cual viene a ser la implantación para la mujer del lema “kinder, kücher, kirche” (hijos, cocina, iglesia).

El ejemplos, el de Weininger, predecesor del nazismo, demuestran que la meta no está alcanzada y que, a despecho de las efectivas mejoras alcanzadas en materia de derechos humanos, la historia padece de un zigzagueo que poco tiene que ver con una visión rectilínea del progreso, al menos este tema fundamental. El combate contra las segregaciones no es un asunto acabado. La discriminación ya estuvo en el Edén fabuloso -con la especial perversidad de Eva- y pervive en la realidad de hoy día en todas partes, con mayor o menor intensidad.

Hay una confusión -sin por ello despreciar los cambios operados en varias naciones en favor del status femenino- que ha llevado a creer en una drástica mejora de las mujeres operada en cuanto al fondo de su condición social y existencial; sin embargo, la realidad estructural suele conservarse intacta ya que la plena realización de la mujer con la multifuncionalidad que se le reclama, con las exigencias que se le plantean de ser buena hija, excelente esposa, maravillosa madre y además trabajadora fuera del hogar, con dedicación para ayudar al compañero y al desarrollo de su familia, mantiene aspectos del carácter de injusticia que le ha reservado la sociedad. El desconcierto radica en que se les permite alcanzar tareas antes impensables: ser presidentas de repúblicas, empresarias, comandantes de aviones o de naves espaciales de la NASA, profesionales universitarias, policías, generales, deportistas profesionales, etcétera sin por eso dejar de lado todos los demás papeles que hasta ahora venía cumpliendo Además de no tratarse de números equivalentes al de los varones, si se toma en consideración las cantidades proporcionales de cargos superiores distribuidos entre los géneros, la situación a que se las somete impide hablar de equidad en las relaciones sociales.

*Intelectual argentino con militancia en el radicalismo
ex ministro de la presidencia de Arturo Frondizi

1-Utilizamos el texto traducido al castellano por Felipe Giménez de Asúa, ed. Losada, España, 2004.
2-La contemporánea argentina Susana Covas ha insistido en sus libros y artículos sobre estos puntos, llamando “pseudos cambios” a los progresos que no alteran la básica estructura de sometimiento.

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