Los “Derechos del Hombre”
Por Alfredo Allende*

4°. 4. I.- Los Derechos del varón: La “Declaración de los Derechos del hombre y del Ciudadano” fue aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente de Francia el 26 de agosto de 1789, siendo uno de los documentos de la Revolución Francesa orientado a definir las capacidades personales y colectivas como facultades y potestades universales. Esta Declaración, aunque establece los derechos fundamentales de los ciudadanos franceses y de todos los hombres, no se refiere a la condición de las mujeres; se toma al pie de la letra la terminología tradicional: son sólo derechos reconocidos al varón, en realidad a ciertos varones, que fungen de auténticos hombres-ciudadanos con la plenitud de las prerrogativas otorgadas por el marco legal.

Dos mil años antes del Emilio de Rousseau, Sócrates tuvo un rapto de entusiasmo por la sumisión de la esposa de Isómaco exclamando el máximo elogio posible: “¡Por Juno! Que tu mujer, Isómaco, tiene entendimiento de hombre”. Las expresiones de éste filósofo y las del más renombrado fundador de las ideas acerca de los Derechos del Hombre muchos siglos después, no tienen mayor variación de apreciaciones des-valorativas respecto de la condición femenina. Véase lo que decía, en el siglo XVIII, Rousseau: “Las investigaciones sobre verdades especulativas y abstractas, los principios y axiomas de las ciencias -en pocas palabras, todo lo que tiende a generalizar nuestras ideas- no es competencia apropiada para las mujeres (...) Las obras de genio están por encima de su capacidad, y tampoco tienen la suficiente precisión o poder de atención para obtener éxito en las ciencias que lo requieren”. El género era, pues, un obstáculo infranqueable para las mujeres que intentaban dar coherencia al discurso sobre la igualdad; en síntesis, la “igualdad” se resolvía en un dominio oligárquico y discriminatorio de clases, sexos y etnias.

Ya el abate Sièyes, en 1788, en su célebre folleto ¿Qué es el tercer estado?, al producir tal alegato se convierte probablemente en el máximo defensor político de la burguesía en la que incluye todas las profesiones, desde las “más distinguidas hasta los menos estimado trabajos domésticos”. Allí se refiere en dos líneas a la categoría constitucional de la mujer. Como no puede haber una libertad o un derecho sin límites, señala que, por ejemplo, la ley debe fijar cuando un individuo será inhábil para representar a sus congéneres. Y da entre otros casos, el del vagabundo, el del pordiosero. “Así, las mujeres -puntualiza- están en todas partes, bien o mal alejadas de estas especies de procuraciones”, o sea, la tarea política resulta ajena al género femenino. Es una creencia que seguramente nace de observar el pretendido nulo interés de la política de las mujeres. Interpretamos que no habla de prohibición, pero sí de una autoexclusión que “bien o mal” practican. Y de tal manera se libera de la probabilidad de abogar por ellas o excluirlas expresamente, obturando casi elegantemente la participación de la mitad de la población de las actividades públicas. Podríamos parodiar las muy conocidas preguntas y respuestas que efectúa Sièyes al inicio de su folleto: “¿Qué es el tercer estado? Todo / ¿Qué ha sido hasta ahora en el orden político? Nada / ¿Qué pide? Llegar a ser algo”. Y en vez de estos interrogantes respondidos, deberíamos platearnos otros paralelos: “¿Qué son las mujeres? La mitad de la población / ¿Qué han sido hasta ahora en el orden político? Nada / ¿Qué piden? Llegar a participar igualitariamente del poder en todos sus aspectos”.

La mujer no era más ya en esos tiempos modernos la bestia pecaminosa de la Edad Media, y lograba ser apreciada por parte de adalides del progreso social “sólo” como una incapacitada mental. El voto femenino en las nacientes democracias no fue aceptado; las mujeres podían ser prostitutas, mano de obra en fábricas, hundirse en los socavones de las minas, trabajar en hospitales en calidad de enfermeras, ejecutar tareas de mucamas, internarse como monjas o devenir “señoras” de sus hogares comandados por el sistema patriarcal, pero de ahí a pretender escaños legislativos o sólo desear votar, mediaba una cerrada indisposición varonil y una carcajada despectiva.

Recordemos a un miembro de la nobleza, matemático que figura en la historia de las ciencias, pensador y político de importancia, muerto en prisión en esas borrascosas etapas de la Revolución: el marqués de Condorcet (1743-1794), quien fue uno de los pocos varones que reclamó la igualdad cívica de las mujeres. "El hábito puede llegar a familiarizar a los hombres -explicaba- con la violación de sus derechos naturales, hasta el extremo de que no se encontrará a nadie de entre los que los han perdido que piense siquiera en reclamarlo, ni crea haber sido objeto de una injusticia”. Agregaba congruentemente con los fundamentos de la paridad: “¿No han violado todos ellos el principio de la igualdad de derechos al privar con tanta irreflexión a la mitad del género humano del derecho a concurrir a la formación de las leyes, es decir, excluyendo a las mujeres del derecho de ciudadanía? ¿Puede existir una prueba más evidente del poder que crea el hábito incluso cerca de los hombres eruditos, que el de ver invocar el principio de la igualdad de derechos (...) y de olvidarlo con respecto a doce millones de mujeres?”. No está de más mencionar que hasta el uso de la escarapela tricolor lo fue vedado a las mujeres, porque sólo eran insignias apropiadas para y por los varones ciudadanos.

Se suscitó alarma entre los custodios del androcentrismo, aun en los círculos de militantes de la izquierda más enérgica. De esta manera, habiéndose formado el “grupo Babeuf” en torno al revolucionario Francois Nöel Babeuf (1760-1797) que propendía a la colectivización de las tierras, Felipe Buonarroti (1761-1837), perteneciente al mismo sector y discípulo de su jefe político, comentaba que en lo tocante a la educación de las mujeres, su corriente política deseaba respetar la diferencia establecida por la naturaleza, a fin de facilitar la generación de hombres robustos y laboriosos: “Se debe asegurar una buena constitución en aquellas que la naturaleza destina a dar ciudadanos al Estado”. Como vemos, preferían proponer una revolución agraria colosal a sugerir el igualitarismo político-social de los sexos. Por consiguiente, la mujer debía quedar lejos de ser convocada a la ciudadanía puesto que, acotamos nosotros, su existencia se justificaba en la reproducción de gente sana, como sucedió en Esparta y como sucede con las hembras en los rebaños. El propio Babeuf (al que se lo llamó con nombre de Gracchus, en reemplazo de aquéllos de pila, lo que era toda una definición progresista) reclamó que a las mujeres se las tomara en cuenta, para no hacer de ellas petimetras de la monarquía y para evitar que no tengan una influencia nefanda a favor de la restauración del trono. Por razones utilitarias, las féminas deberían integrarse, pero claro, de una forma secundaria que, a pesar de ello, no las dejase enfadadas.

Con esa economía de palabras que describe un escenario a la par de un tratado de psicología y de sociología, Honoré de Balzac refiere la situación de una burguesa de la campiña durante el proceso revolucionario. El marido, cicatero ladino -como buena parte de los campesinos franceses que acababan de recibir las alquerías eclesiásticas tomadas por el Estado-, le entregaba una suma miserable por mes, después de lo cual le requería a su domada mujer que le “prestara” algunos céntimos de aquello mismo que él le había dado con reservas. Entonces, “la pobre mujer, sintiéndose feliz de poder hacer algo por un hombre a quien su confesor le presentaba como señor y dueño, le devolvía…”. Nacida para la obediencia, su confesor le recordaba las enseñanzas de la Iglesia establecidas a fin de mantener el orden androcéntrico puesto en peligro por los excesos revolucionarios.

Quien fue el redactor o uno de los autores principales en 1796 del Manifiesto de los Iguales -de avanzado contenido político y social-, Sylvain Maréchal, presentó un proyecto de ley que prohibió a las mujeres el aprendizaje de la lectura. Se creyó en algún momento de la crítica histórica que se trataba meramente de una broma. El contexto en el que fue publicado, la formalidad del proyecto, su contenido y los antecedentes del autor, desautorizan a pensar que se trató de una simple chanza.

Sin abundar sobre los esmerados fundamentos de la citada ley, Maréchal aclaró el meollo de su posición, explicando que estaba contra la idea de una “gran escala de seres” porque todas “las producciones salidas de sus manos (de la naturaleza) son obras maestras”. Entonces la mujer era una obra también maestra, pero como tal, posee -explicaba Maréchal- la perfección de su propia condición y en esa condición; la naturaleza creó sexos disímiles, de manera que si una mujer imitase a un hombre sería horrible y lo mismo sucedería a la inversa. La diferencia entre mujeres y varones era esencial, definitiva e inmutable, apuntalando la superioridad masculina, conforme con el criterio de personas que… ¡querían cambiar el rumbo de la Historia!

La lectura sería un instrumento inútil para el género femenino, sostenía el legislador, porque no agregaría nada a su excelsitud. Hay que pensar que “la naturaleza misma, al proveer a las mujeres de una prodigiosa aptitud para hablar, parece haberles querido ahorrar el trabajo de aprender a leer y a escribir”. Y expresaba paladinamente que “casi siempre cuando las mujeres sostienen la pluma, es el hombre quien la talla”, Maréchal quiso decir que detrás de toda excepcional mujer, de existir algún caso recordable pues la “excelencia” en la mujer no podía llegar a contener altos valores culturales en las letras, buscad al varón -“cherchez l’homme”-, que vendría a ser la inversión de un dicho difundido precisamente desde el idioma francés a todo el mundo, “cherchez la femme”. Aclaremos que en tal caso el “buscar a la mujer” detrás del hombre significaba tener un respaldo moral, una musa inspiradora, un acicate al trabajo, pero jamás aquello que se entendería por buscar al hombre detrás de la mujer, que vendría a ser el verdadero autor del trabajo, o el realizador principal, que es lo que quiso decir Maréchal. Era peligroso que el intelecto de las mujeres fuera cultivado; sería como mudarse de la naturaleza a la que ellas pertenecían por entero, para trasladarse al mundo de la cultura en el cual serían siempre forasteras y necesariamente imitarían a los varones; no serían entonces perfectas, quedarían adulteradas. Entendemos que el tema de fondo, aquello que no quería puntualmente Maréchal, y seguramente una cantidad de sus cofrades y contemporáneos revolucionarios o no, radicaba en que las mujeres compitieran y coparticipasen en el poder. Las letras daban saber, y el saber, la información y el conocimiento de datos relevantes constituían -y constituyen-, un probable deslizamiento hacia el Poder.

Se trataba de una defensa masculina contra la incursión femenina en la literatura, fuera panfletaria o de ensayos, y aunque a los varones no les incomodaba el género privado femenino de correspondencia, sí perturbaba la presencia literaria en todo lo que transformase a una mujer en autora de ensayos políticos. El proyecto malogrado de Maréchal, no fue una advertencia en apariencia formal que sería evidentemente rechazado como documento con fuerza de ley; de manera socarrona elaboró una manifestación honda, y ciertamente grave, de resistencia a la paridad que se proclamaba en la voz igualdad para todo el mundo. Este luchador, ante la nivelación proclamada en el movimiento de Babeuf, deseaba hacer entender que los varones continuaban mandando, de manera menos despótica si se quiere, y con un sentido democratizador para ellos, que no alcanzaba al sexo femenino, proclamado perfecto en su puesto, en el lugar que la naturaleza lo ha querido instalar, con el huso y el cuidado interno del hogar. Chuscada hubo en este proyecto, sin lugar a duda alguna, pero fue puesta al servicio de un objetivo, de una sesuda argumentación que, en su exageración, convergentemente se hacía jugar la pulla y la reflexión profunda, reaccionaria y misógina.

Conf. Celia Amorós, Feminismo y filosofía y Adrián Ferrero en Feminismos de París a La Plata en el ensayo Narrar el feminismo. Catálogos, 2006.
¿Qué es el tercer estado?, traducción y notas de Francisco Ayala. Ed. Aguilar, Madrid, 1973.
Los dos hermanos Gracos, intentaron en el siglo 2° a. C. realizar una reforma agraria que favoreciese a los pobres en Roma. Fueron asesinados por sicarios de los poderosos.
Eugénie Grandet. Ed. especial para “La Nación” de Planeta, Buenos Aires, 2001.

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