Los grandes pensadores y la cuestión femenina
Por el Dr. Alfredo Allende*

Pasando somera revista alas reflexiones
de grandes pensadores acerca del
tema femenino, a pesar de la
Revolución Francesa

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La mujer, perpetua ironía de la comunidad: Para Friedrich Hegel (1770-1830), en sede humana coexisten dos normas cuyas secuencias y contradicciones conforman el desenvolvimiento de la Historia. Una es la masculina y estatal, la de la luz del día, y la otra, femenina y familiar, la ley de las sombras. Sus maneras de manifestarse son normativas y no naturales ya que los sexos existen en comunidades regidas por normas, en la “eticidad”, como lo expresa en su Fenomenología./1 Únicamente colmada y verdaderamente innegable es la sustancia viviente, el Espíritu. Los sexos, poseen sin duda realidad natural pero se manifiestan en el mundo espiritual, ya que cualquier conciencia pertenece a una de esas dos formas o principios o leyes: se es varón o se es mujer. El colectivo masculino es diferenciado y consciente, en tanto el femenino es genérico, es “lo consciente de lo inconsciente”; carecen sus integrantes de plena individualidad, están referidas como madres, hijas, esposas, de alguien que posee individualidad, quedan remitidas a algún varón que es el hijo, el padre o el esposo. La madre, “en el hijo que ha dado a luz, ha traído a su señor”. Dentro de su dimensión legal, lo femenino no posee intereses universales y obviamente está fuera de toda ciudadanía. Las mujeres se hallan en la sociedad estatal pero no lo reflexionan; son, por lo tanto, “la perpetua ironía de la comunidad”, frase que ha gozado de enorme difusión.

Según la interpretación que otorga Hegel a la tragedia Antígona, su pensamiento en la materia resulta aleccionador. La ley femenina de la sombras es representada por aquélla, en disputa con el rey Creonte significante de la ley luminosa del Estado. Antígona quiere enterrar a su fallecido hermano Polineces que ha luchado contra el derecho de la sociedad a dejar enhiesto al Estado. Ella pretende hacer prevalecer la ley de la familia, y no tiene en cuenta a la colectividad estatal que puso en riesgo Polineces. Creonte, que se niega a esa ceremonia, y Antígona, encarnan dentro de esta exégesis, las leyes o principios primordiales que no pueden coexistir en paz entre ellos. En resumen, los varones tienen como finalidad vivir para el Estado, suprema creación espiritual en la comunidad, pero las mujeres lo caricaturizan, convirtiéndolo en su antítesis: lo entienden como asunto de familia; aquel, el Estado, es en cambio la superación de la familia, constituye en sentido filosófico dialéctico, su negación. Si por actitudes individuales los varones no maduran -pensaba Hegel- y se estancan en su primera juventud dejando de lado las labores de la adultez, se hace necesario, mediante la guerra, incorporarlos a sus grandes tareas específicas, cancelando en ellos todo sentimiento femenino o familiar; de lo contrario la decadencia sobreviene a la sociedad. Final darwiniano y tono wagneriano en la concepción de Hegel; a fin de eludir la feminización de la raza humana, nada mejor que la matanza, especialmente la guerra de los Estados para hacer desaparecer los rastros prevalecientes de femineidad. Hegel no hace alusión al devenir en este tema, las mujeres serían así siempre, pobres almas reducidas a sus “tareítas” -como cuenta Platón que Sócrates decía-, encerradas en sus mundillos de ámbitos reducidos, materiales e inferiores. No podían tener grandeza de miras; el filósofo alemán reproducía lo que él vivenciaba: las señoras de su entorno, educadas para el servicio de sus hombres, sólo se proyectaban hasta el limitado horizonte de su familia íntima.

Pero la interpretación hegeliana, pensamos, esquiva otro tipo de antítesis que asoma en el enfrentamiento de los personajes, pues bien podríamos sostener, pensamos, que Antígona respondía a los elementos trascendentales, porque rendía culto a la divinidad con su obstinada voluntad de dar el debido entierro a Polineces, mientras Creonte no trascendía, permanecía en el empeño de la defensa de Tebas, ciudad terrena, haciendo caso omiso de la relación mística con las divinidades subterráneas representadas por el sepulcro, vehículo de contacto con las potencias eternales. Tal explicación hubiera significado elevar la condición femenina más allá de lo tolerado por la cultura, la tradición y la misoginia subyacente. El pensamiento hegeliano es el que mejor representa la sociedad burguesa en su conjunto/2. Florece con el poder ya visible e irreversible -dentro de su período histórico pleno- de este tipo de sociedad, por lo que su perspectiva de la conducta de Antígona lo ve sólo a través del colorido impreso a sus anteojos de ideólogo de su presente, por más que su genio fuera capaz de una de las hazañas intelectuales más notables de la filosofía.

II.- El “bello sexo” es inestético: En esta época denominada moderna, un caso especial lo representa Arturo Schopenhauer (1788-1860) por sus imprecaciones sin límites contra el sexo femenino. Ninguno lo supera en la ginecofobia de esta etapa. Bien está que su modo de ser expresivo no ahorra a casi nadie adjetivos duros, incluso a su propia nación germana de la que escribió estar avergonzado; es antes que nada un misántropo. (“Le gustaban las palabras furibundas, biliosas, verdinegras”, comenta Fiedrich Nietzche, agregando que Schopenhauer “necesitaba” de enemigos). Schopenhauer enlaza este desprecio-odio contra la mujer con su concepción filosófica que tiene una vertiente kantiana y otra oriental; es el primer gran pensador que incorpora a la filosofía Occidental la visión brahmánico-budista. Sintéticamente, su pensamiento establece que la vida no es más que sufrimiento, nacido éste del deseo o voluntad; la razón es hija de la voluntad de supervivencia del ser humano, siendo la voluntad el centro del ser. El deseo, el instinto que comanda la existencia nos impulsa a la generación, al amor y, de similar manera a la de los animales, buscamos desde el egoísmo, desde la satisfacción personal, la permanencia de la especie, incluso sin tenerlo en claro. El anonadamiento del ser debería ser el único objetivo para evitar el sufrimiento, en consecuencia para ello se precisa la abolición de la voluntad, de la voluntad de ser, de prolongarse en otros para un futuro sin sentido. En estos encadenamientos se encuentra el eslabón más peligroso: el de la mujer, con su avidez de mantener la especie; de aquí el soporte ideológico, el fondo, que sustenta la misoginia de Schopenhauer. Considera que la mujer es más débil de razón que el varón pero fuerte de instinto, y por ello nos empuja a la propagación de la vida que no tiene sentido más que como padecimientos sin esperanzas. Alcanzó en la forma y en el fondo a escarnios y vituperios pasmosos: “Sólo el aspecto de la mujer muestra que no está destinada a los grandes trabajos de la inteligencia ni a los grandes trabajos materiales”. Son las líneas iniciales de El amor, las mujeres y la muerte, con las cuales se lanza sobre su presa, a la que le reconoce una vida sufrida, pero insignificante. Aduce que cuando más acabada es una maduración, resulta más lenta: las mujeres llegan a su plenitud a los dieciocho años, los varones, una década después; ellas permanecen en su edad de “florecimiento”, porque nunca llegan a la maduración, no tienen un desarrollo ulterior, y por ende son siempre niñas; las mujeres sólo son naturaleza pues están incapacitadas a la maduración, a la elevación del espíritu a esferas superiores de la cultura.

Repudia la llamada belleza femenina: “sexo de corta estatura, estrechos hombros, anchas caderas y piernas cortas”. Únicamente el instinto empuja hacia ellas. “En vez de llamarle bello, hubiera sido mejor llamarle ‘inestético’.” Pertenecen al “sexos sequior”, el segundo sexo, “desde todos los puntos de vista”. La galantería, los buenos modales dirigidos a la mujer son consecuencia de la antigua moda francesa y “de la necedad germano-cristiana”. Sería una estúpida actitud que sólo tendría lugar en Occidente sobre todo a favor de las damas, las señoras de rango social superior, esos engendros que están sacados de la naturaleza a la que pertenecen esencialmente; lo racional es aquello que realizan los varones orientales, haciendo llevar los fardos a sus mujeres, mientras ellos andan en sus caballos. ¿Por qué tenerles miramientos que las hace imaginar tonterías y, lo que es peor, evadirse de sus papeles, de la sumisión y del servicio al varón soberano?

Expresa también, refiriéndose a las integrantes del sexo femenino que “No ven más que lo que tienen delante de sus ojos, se fijan sólo en el presente, toman las apariencias como realidad y prefieren las fruslerías a las cosas más importantes”. La mujer, absorta por el momento presente, goza más de él, es más jovial, con lo cual distrae y, a veces, reconoce el filósofo, consuela al varón, “abrumado de preocupaciones y penas”. El varón es reflexivo, la mujer, inmediata, él inteligente, ella astuta. El ser humano se distingue de la animalidad por la razón; el varón “confinado en el presente, se vuelve hacia el pasado y sueña con el futuro”. Pero la “débil razón de la mujer no participa de esas ventajas ni de esos inconvenientes. Padece miopía intelectual”. Se reitera el planteo de la Antigüedad: las mujeres son inferiores por su débil grado de razonamiento, que aun existente es prevalecido por las pasiones que las atenacean. Schopenhauer significa una contribución más, nada desdeñable para quienes en épocas de proclamadas igualdades perciben el peligro de otorgar la ciudadanía a las mujeres puesto que “la mujer necesita un amo”, y varias pueden tener el mismo. Están destinadas a obedecer, es su ley esencial. ¡Que cesen entonces de reclamar respetos y derechos!

III.- Kant: Emmanuel Kant (1724-1804) incorpora desde el nivel intelectual, en este sucinto y parcial sumario de la pertinaz misoginia moderna, una feroz crítica a la mujer, enmascarada con una terminología casi cortés si comparamos su discurso con el desenvuelto por los anteriores pensadores.

Para el gran filósofo, las mujeres instruidas “emplean los libros como lo hacen con sus relojes; los llevan para que veamos que los tienen” y no les importa si funcionan correctamente: exhiben la maquinita como un adorno, algo que se agrega a su atavío. También el saber lo utilizan, según él, para embellecer su apariencia. Existirían dos sentimientos o virtudes en todos los seres humanos, una dirigida a lo bello, virtud en rigor “adoptada” y que prevalece entre las mujeres, y otra a lo sublime, virtud “genuina” y que se manifiesta en el campo masculino. Esta última está regida por principios que informan a los hombres, por contraposición a los estimados bellos acogidos por las mujeres y no practicadas. Ellas evitarán el mal no por injusto sino por feo: actos virtuosos son para las mujeres los moralmente bellos. “Nada de deber, nada de necesidad, nada de obligación”. En verdad, el saber pertenece naturalmente a los varones; ellas tienen inteligencia igual a la de los varones “sólo que es un bella inteligencia, mientras que la nuestra debe ser profunda, lo que significa sublime”.

Está claro: el cuerpo impera en las mujeres sobre el espíritu. Más aún, si la belleza física es superada por el entendimiento en algunas, sus encantos se debilitan, encantos que en su plenitud “tienen una gran fuerza sobre el otro sexo”/5. No importa que así estén establecidas las diferencias; al contrario, es bueno que el hombre se haga más perfecto como hombre y la mujer como mujer. Es conveniente no alterar nada, y no empecinarse en una lucha contra la naturaleza que desfigura los encantos del bello sexo. En las reflexiones de Kant surgen visiones clasistas, como ha sucedido entre otros pensadores burgueses; él sólo tenía en cuenta y exageraba las imágenes que resaltaban en su derredor, la de mujeres de las capas medias (imágenes, por lo demás, construidas desde un frívolo androcentrismo), y se olvidaba de las integrantes del “bello sexo” hundidas en las minas, arrumbadas en los prostíbulos, abandonadas por maridos, atadas a los hijos, maltratadas por esposos golpeadores, relegadas por las creencias religiosas, desprovistas de libertades mínimas para elaborar su personalidad, parturientas doblegadas por la debilidad y el sufrimiento, celosas guardianas de sus hijos contra cualquier adversidad, seres a los que por hábito, arbitrariedad e incluso por comodidad y temores, se vedaba todo intento serio de progreso intelectual. Sufrió Kant de condicionamientos apriorísticos -para utilizar de alguna manera sus famosos conceptos- que fueron los provenientes de su formación típica de burgués de su tiempo y espacio, embebidos culturalmente de misoginia. No alcanzó entonces a ver el fenómeno femenino, sino que sólo obtuvo lo que sus sentidos, atravesados por sus condicionamientos -y prejuicios- le transmitían a su cerebro. Se le escabulló la realidad objetiva, como el “noumeno” a los filósofos según afirmaba que acontecía.

IV.- Kierkegaard y otros pensadores modernos: Uno de los elementos primarios de la lógica del poder, a través del tiempo, ha sido el apartar a las mujeres de las lecturas que no fueran anodinas, a lo sumo debían ser hagiográficas, vidas de santos ¿Cómo no iba a inquietar un tema que traía aparejado el desbloqueo de dominio de los varones sobre el saber y, por lo tanto, del propio imperio que ello comportaba sobre la hembra, es decir sobre la mujer despojada de formación, reducida a su naturaleza reproductora y maternal?

Viene al caso el teólogo y filósofo danés Sören Kierkegaard (1813-1855) que expresaba: “Y si encuentras una lectora, confíale: amable lectora, hallarás en este libro (se refiere a una obra suya) ciertas cosas que tal vez no deberías saber y otras cuyo conocimiento, sin duda, te será útil; así, pues, lee unas de manera que -tú que las has leído- sea como quien no las leyó”. El saber filosófico puede resultar riesgoso para el orden imperante. En pleno siglo XIX, el saber debía seguir siendo patrimonio del hombre, y del hombre filósofo. Este autor se enredó también en un problema piloso. En realidad el asunto del cabello en las mujeres ha desvelado a los varones religiosos, desde san Pablo que se ocupó del tema con tesón pues ordenó que ellas se cubrieran en las reuniones piadosas, o de lo contrario se raparan. La preocupación continuó a través de los siglos llegando hasta la edad moderna y así Kierkegaard se preguntó: “¿Qué hay de más bello que la abundante cabellera de una mujer, que esa profusión de bucles?" El danés sufría ante la sexualidad femenina que tenía una de sus manifestaciones en los pelos cabelludos. Continuó, atormentado: “Mira a la mujer inclinándose hasta casi tocar el suelo con sus pesadas trenzas, parecidas a sarmientos floridos que la unen a la tierra”. Con malicia de intelectual obseso por la misoginia, vinculó la tierra a la mujer, a diferencia del hombre que “tiene la mirada vuelta hacia el cielo” y sólo toca el suelo. Toda una inteligente simbolización de las disparidades entre la telúrica personalidad femenina y la luminosa y elevada imagen varonil. El autor lamentó que “sin embargo, esa cabellera” fuera su belleza y el medio de cautivar al hombre, encadenándolo a la tierra. ¡Ah, ese pelo, según Kierkegaard, era fatídico, no dejaba elevar el espíritu del ser superior, del varón, lo sujetaba a la materia terrestre! Fue coherente el angustiado pensador, que así llegó al apogeo de su concepción antifeminista y liberadora del esclavo varón: “Quisiera decirle a uno de esos tontos que predican la emancipación: mírala, aquí la atienes en toda su imperfección, más débil que el hombre; si tienes el coraje de hacerlo, corta esos bucles abundantes, rompe esas pesadas cadenas y déjala correr, como una loca, como una criminal, para espanto de todos”/7. Hay que eliminar las amarras que impiden volar; el cabello femenino simboliza la maroma de su carne, de su belleza que nos fuerza de manera instintiva a quedar sujetos como las plantas, con las raíces metidas en el subsuelo físico sin probabilidades de ascensos a las esferas celestes de la poesía, del pensamiento, de la filosofía y religiosidad del pío Sören. Las féminas son sólo capaces en definitiva de sacrificios por otros de su círculo, por sus hijos y su familia, en tanto el creador verdadero de la vida, el macho, se dedica a las grandes cosas; ellas se labran una vida de trabajo, de esfuerzos por las menudencias de la existencia diaria, mueren en los partos, quedan solas con sus crías abandonadas por sus inquietos amantes, y si se dedican al conocimiento, al estudio traicionan su naturaleza que consiste en ser servidoras. Deberíamos unirnos al ilustre danés y gritar: ¡Qué se corten los bucles y nos dejen en paz!.

Pero aun cuando fuere una persona común, la mujer siempre ha sido peligrosa, como lo refrendó José P. Proudhon, (1809-1865) socialista-anárquico -se diría hoy, un progresista extremo-; aconsejó con prudencia: el varón debe dormir con un ojo abierto si tiene una cualquiera de ellas en su lecho, pues hasta tal punto son temibles las integrantes del sexo femenino. En la mujer más encantadora siempre “hay disimulación, es decir, una bestia feroz. En definitiva es un animal domesticado que vuelve a su instinto”/8. Los teólogos medievales hubiesen querido ser los autores de esta descripción y de esta advertencia, provenientes de la izquierda agnóstica dirigida a los hombres asustados por el peligro de la femínea presencia en su entorno.

Friedrich Wilhelm Nietzche (1844-1900) indicaba que los filósofos de todos los rincones del mundo han repudiado a la sensualidad, con una irritación de la que Schopenhauer no sería más que el caso de mayor elocuencia; y la sensualidad “es” mujer, en tanto el filósofo, el hombre superior tiene como ideal lo ascético: sólo le interesa el “optimun” y alcanzar su “maximun”. En Nietzche no es sino el poder aquello por lo que vale la pena vivir, queriendo decir, sin duda, el dominio sobre sí mismo y el señorío sobre todo lo que lo rodea que nada tiene que ver con la felicidad; más aún, podría ser esta vocación de poder el camino hacia la tribulación. El horror a la sensualidad, y por ende hacia la mujer, no significa virtud en el sentido tradicional, “sino como las condiciones más propias y naturales de su existencia óptima, de su más bella fecundidad”. Estorbos contrarios a la tendencia hacia el poder -hacia lo dionisíaco agregamos nosotros tratando de interpretar a Nietzche- lo constituyen la sensualidad, el matrimonio, los hijos, el ruido perturbador de las muchedumbres, la charlatanería, la mansedumbre, la bondad, todos valores y sentimientos de los que debe despojarse el verdadero filósofo, en definitiva, el varón superior.

José Ortega y Gasset (1883-1955), admirado por más de una generación de intelectuales jóvenes de América latina -quizá de manera especial en la Argentina-, no dejó de indicar que respecto de la hembra, los varones presentimos que en el nivel perteneciente a la humanidad “es de un rango algo inferior al nuestro” y descubrió (¡vaya revelación misógina!) que no existe otro ser que posea la doble condición de ser humano “y de serlo menos que el varón/10”. Con tales presentimientos, se podría llegar muy lejos, por ejemplo tener, al contrario de Ortega, el augurio de que ciertos varones, siendo brillantes en algunas materias, padecen de escasez de visiones fundamentales en vastas regiones de la cultura y de la propia vida social.

*Intelectual argentino con militancia en el radicalismo,
ex ministro de la presidencia de Arturo Frondizi

1/Fenomenología del espíritu, sobre todo, “El espíritu” VI, ed. FCE, 2006. México, DF.
2/Conf. “Lección primera” de las Nueve lecciones sobre economía y política en el marxismo, del profesor mexicano José M. Aricó, ed. FCE, Buenos Aires, 2012.
3/Su obra básica: El mundo como voluntad y representación. Es útil Fragmentos para la historia de la filosofía. Extraemos citas del mismo autor en El amor, las mujeres y la muerte. Ed. Edaf, Madrid, 2004.

4/El lector curioso podrá apreciar las analogías entre estos pensamientos de Schopenhauer con la noción central de la visión budista denominada las “cuatro verdades”.
5/La primera cita kantiana pertenece a la consultada Anthropologie du point de vue pragmatique, Pléiade, pág. 1120. Las siguientes provienen de Kant en Lo bello y lo sublime, principalmente cap. III. Espasa-Calpe, 1984.

6/Conf. La diferencia de los sexos, Geneviève Fraisse, pág. 117, Manantial, 1996.
7/El párrafo transcripto de Kierkegaard proviene de una traducción al español de Ou bien…ou bien, ed. Trotta, Madrid, 2006.

8/La Pornocratie ou les Femmes dans les temps modernes, Lacroix, 1875. París. Se reproducen citas y fuentes, algunas hallables en La mujer fatal, obra ya mencionada, que tiene un breviario de los escupitajos varoniles contra el sexo femenino expelidos a través de los tiempos.
9/Si bien Genealogía de la moral nos suministra estas teorías de Nietzche, mejor es completar el estudio con el conjunto de su obra, en la que machaca a martillazos verbales ideas similares, por ejemplo en Así hablaba Zaratustra, y en Más allá del bien y del mal.
10/ Extraído de Herederas y heridas, María Antonia García de León, Cátedra, Madrid, 2002.

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