El desafío de la izquierda
Por Raúl Legnani
Urumex80@gmail.com

“1 de cada 10 uruguayos asume una actitud de desafecto hacia todos los partidos políticos, y esos desafectos son fundamentalmente frenteamplistas. [...] lo realmente significativo es que los frenteamplistas disconformes no miran hacia los partidos tradicionales, ni a otras opciones, sino que se quedan en una actitud de rechazo, refractaria. [...] Pese a todo su desencanto, piensan más cerca de los frenteamplistas puros que de blancos y colorados. Eso les impide atravesar la frontera”.

Lo transcripto es parte de uno de los últimos análisis del politólogo Oscar Botinelli, que muestra que la crisis electoral de la coalición de izquierda no es producto del buen accionar de la oposición, sino de carencias propias.

Sin entrar en detalle de por qué se presenta esta situación en base al comportamiento electoral de la ciudadanía que se manifiesta por primera vez en las urnas, adelantamos que desde nuestra sensibilidad tenemos la misma impresión sobre lo que está pasando.

Por un lado el Frente Amplio pierde electores muy próximos a los frenteamplistas “puros” por eso no se trasladan a los viejos partidos, quienes no crecen electoralmente e incluso el algunos casos caen.

Estamos, entonces, ante un deterioro de la imagen del sistema político, pero no ante una derechización de la sociedad, sino ante un descreimiento de las instituciones políticas. Y eso es siempre peligroso, porque muchas veces los descreimientos son la antesala de cosas peores.

Estas apreciaciones del politólogo, provocan la necesidad de saber si ese descontento es producto de los problemas de gestión del gobierno, de la inoperancia de la fuerza política que está intentando remontar con el esfuerzo de Mónica Xaviera o de la carencia de líderes que sean capaces de capitanear el proceso de cambios. No se puede descartar tampoco que haya en ese sector electoral una apreciación negativa sobre el programa de transformaciones que se está llevando adelante, siempre visto desde una óptica de izquierda.

Lo más seguro es que haya una combinación de estos factores y otros, pero de lo que no cabe duda es que no hay una política de izquierda que hegemonice el pensamiento de la izquierda, que necesariamente debe recoger la diversidad para construir una unidad de nuevo tipo.

Falta, entonces, un gran esfuerzo colectivo para pensar el país con sentido de izquierda y progresista, sabiendo que no solo hay que ir a buscar a ese electorado malhumorado, sino también a nuevas capas sociales y políticas que deben ser captadas para el proceso de transformaciones que se inició en 2004 y que debe apuntar al 2030.

La izquierda parece estar necesitando un gran “escándalo teórico” con los siempre lentos cambios en el pensamiento, por cierto algo muy uruguayo.

Cambios que no impliquen tirar al niño con el agua sucia de la bañera, pero que tire el agua sucia. Y esto se hace si hay líderes dispuestos a exponerse ante la opinión pública, que sepan convocar a las bases, ya sean presenciales o virtuales.

Claro que esto se deberá dar mientras se gobierna en un mundo en crisis que golpea en nuestras, lo que no es tarea sencilla para un país pequeño, con poco peso económico y poblacional. Pero la aventura vale la pena y no hay ningún indicador que nos diga que es imposible pensar, elaborar y gestionar un país.

* Columna publicada el 6 de agosto en la República

Maestro y periodista

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