Lilí, la mujer con aquella mirada
Por Raúl Legnani*
Urumex89@gmail.com

Soy de los que van a 18 de Julio cada tres años. Hace unos meses fui por El Galpón debido a que Rúben Yánez era designado ciudadano ilustre, por las autoridades de Montevideo.

Salí en búsqueda de un ómnibus para volver a mi casa. En eso una mujer bajita con cara de conocida salió de un supermercado o de algo parecido con una bolsa en su mano, con la intención de cruzar hacia la vereda de enfrente. Era Lilí Lerena de Seregni. Confieso que tuve la intención de ayudarla a cruzar, pero preferí no hacerlo. Es que aquella señora no necesitaba ayuda, cosa que me lo demostró sin que recordara quien era yo. Por cierto que no necesitaba recordarme.

Lilí falleció el pasado viernes y de inmediato la triste noticia corrió como un reguero de pólvora. A quienes más o menos estamos informados no nos sorprendió, pero el golpe fue fuerte. Fueron apenas unos segundos de lágrimas, el nudo en la garganta y la aparición de su imagen, particularmente de su mirada pícara y severa.

Es que Lilí hablaba más con sus silencios y su mirada, que con las propias palabras, que por cierto las supo usar en momentos oportunos y adecuados.

Las circunstancia de la vida le dio un destino: acompañar al general Líber Seregni en su transitar por la política, donde los momentos más agudos fueron durante el enfrentamiento a la dictadura.

Supo ser sencilla, para fortalecer la imagen de su compañero. Pero esa sencillez no la desvalorizó, por el contrario la volvió imprescindible cuando había que salvar a Seregni, para también salvar la democracia, la libertad y al propio Frente Amplio.

Recuerdo a la pareja en Costa Azul con sus paseos por la rambla y en los arenales. Los dos juntos, casi sin hablar, pero siendo ella la que divisaba el horizonte y estaba atenta a los posibles saludos de los veraneantes.

Seregni tenía la costumbre de sentarse de espaldas al mar, mientras ella lo hacía mirando al mar y a los que recorrían la costa a pie. De esa manera, lo mismo pasaba en la puerta de su casa, Lilí le informaba a Seregni quiénes eran los que lo saludaban. Era una forma de administrar la popularidad.

Insisto: los dos fueron gente muy sencilla, parte de ese grupo humano pequeño pero imprescindible, que no gusta del elogio fácil, pero tampoco del compartir el anecdotario personal.

En las comidas nocturnas de Costa Azul y de Bello Horizonte, Seregni no hablaba de Seregni y Lilí no hablaba de Lilí. Por lo menos eso es lo que me cuentan.

Conversaban sobre lo que hace la gente común en verano: la paya, el estado del agua, las estrellas, el pasaje de los satélites, la suerte del pescador, las tormentas de verano, los llantos de algún niño vecino. De estos hablaban dos héroes y sus amigos, sin apoyo publicitario, por cierto.

Con la muerte de Lilí se cierra una etapa de la historia del Uruguay, la vida de una pareja que encabezó a la izquierda, proviniendo del Herrererismo en el caso de ella, y del batllismo con influencia anarquista, si hablamos de él.

Si bien la muerte es siempre dolor, con la desaparición de Seregni y Lilí hay en nuestros sentimientos un profundo reconocimiento por lo que fueron, por lo que seguirán siendo.

Uno día de estos voy a ir a la rambla de Costa Azul a la hora del atardecer. Estoy seguro que allí estarán los dos, disfrutando del ciclo de la vida. Esperando el amanecer.

*Maestro y periodista
Columna publicada el 20 de agosto en la República

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