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Uruguay la marihuana vs. el narco Pablo Escobar, en la TV
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“Pablo Escobar, El patrón del mal” en Uruguay
Pablo Escobar, El patrón del mal, la telenovela que se trasmite desde hace varias semanas en Uruguay por Montecarlo TV, con emisiones de 1 hora los martes y jueves a las 22:30. La serie se refiere a la historia de Pablo Escobar, el narcotraficante que afectó a Colombia con sus acciones violentas enmarcadas en miles de asesinatos, secuestros y atentados. Es una versión libre del libro “La parábola de Pablo”, alimentada de una buena dosis de ficción, de varios documentos periodísticos y testimonios reales. Grabada cien por cien en exteriores con técnica de cine, la serie cuenta con 1300 actores y cerca de 450 escenarios en Bogotá, los Llanos Orientales, Medellín, la Costa Atlántica y Miami.
Hasta el momento ésta producción de Caracol TV Internacional, catalogada como una de las más costosas del país, ya que cada capítulo está narrado como una película. es dirigida por Carlos Moreno y Laura Mora. Ha logrado batir récords de audiencia en Colombia, Estados Unidos y Ecuador. Protagonizada por Andrés Parra, Angie Cepeda, Christian Tappan, Nicolás Montero, Ernesto Benjumea y Vicky Hernández.
Lo que sigue a continuación es un material periodístico preparado y publicado inicialmente por la destacada revista colombiana Semana sobre lo que denominó: 'El patrón del mal', una ficción muy real.
“A la fuerza de un personaje como Pablo Escobar, así como a la historia de su violento ascenso, se le suman las calidades actorales y el parecido físico de Andrés Parra, el protagonista de la serie.
Con el éxito de audiencia de la serie sobre Pablo Escobar, se abren varias polémicas. ¿Terminará el narcotraficante con más ‘glamour’ que condena y qué tanto ha cambiado Colombia 20 años después de la muerte del capo?
“Quien no conoce su historia está condenado a repetirla”. Ominosa y sobre un fondo negro, esta frase original del filósofo George Santayana ha aparecido en el pantallazo inicial de los primeros capítulos de la serie Escobar: el patrón del mal de Caracol Televisión. Además, los episodios concluyeron con una secuencia de imágenes reales de archivo que documentan el terror que el protagonista desató sobre Colombia. La intención de los realizadores de recordar al televidente que detrás del personaje de ficción se encuentra una dolorosa realidad aún tangible para miles de víctimas es muy palpable.
Cuando no han transcurrido más de dos décadas de la muerte del máximo jefe del cartel de Medellín, muchas heridas generadas por sus actos de barbarie siguen abiertas. Aunque para las nuevas generaciones de colombianos Pablo Emilio Escobar Gaviria sea una figura fantasmal o un ícono para estampar en camisetas, los mayores de 25 años alcanzan a recordar la zozobra de las bombas, el miedo a los atentados y los magnicidios de los mejores colombianos. Por ende, emitir una serie de televisión en horario triple A que cuente la vida del más poderoso y desalmado narcotraficante de la historia del país disparará no solo las audiencias para el Canal Caracol, sino también no pocas polémicas.
En una semana de estar al aire y tras una ambiciosa campaña de expectativa, Escobar: el patrón del mal encendió tanto televisores -el primer capítulo más visto de la televisión nacional- como debates. Para unos no es más que la continuación del exitoso formato de ‘narconovelas’ como El Capo que termina dibujando el crimen como una opción atractiva y glamorosa. Para otros, constituye una buena oportunidad para recrear y contextualizar unos de los periodos más convulsionados de la historia de Colombia. Otras voces, como las del exalcalde de Medellín Juan Gómez Martínez, se preocupan por las consecuencias sobre la capital antioqueña: “Volver sobre estos hechos recordará elementos que hemos trabajado por superar”.
En reciente entrevista con SEMANA, los creadores de la serie, Juana Uribe y Camilo Cano, reconocieron que “queremos que se dé un debate sobre el pasado: no revivirlo por revivirlo”. Para Camilo, hijo de Guillermo Cano, director de El Espectador, asesinado por sicarios de Escobar en 1986, “se debe mostrar lo que pasó para nunca volver atrás”. Uribe, por su parte, hija de Maruja Pachón, secuestrada por el capo, y sobrina del inmolado Luis Carlos Galán, afirma “una de las cosas más impresionantes de la serie es ver esos 20 años en su conjunto…¿Cómo logramos sobrevivir?”.
Reflejar episodios de la historia nacional y recrear graves problemas sociales no ha sido ajeno a la televisión colombiana, desde el propio narcotráfico como en la telenovela Amar y Vivir a finales de los años ochenta hasta la violencia intrafamiliar en la más reciente El último matrimonio feliz. Las grandes producciones de la pantalla chica han tocado desde la historia de los ingenios en Azúcar, la colonización antioqueña en La casa de las dos palmas o los medios de comunicación en La alternativa del Escorpión. Dentro del subgénero del melodrama ‘narco’, las historias han girado en torno a sicarios (Rosario Tijeras), la lucha interna de los traficantes (El cartel de los sapos) y los impactos sociales de la cultura mafiosa (Sin tetas no hay paraíso).
La diferencia es que Escobar: el patrón del mal no solo está basada en una seria investigación periodística, La parábola de Pablo de Alonso Salazar, sino también incluirá con nombre propio algunos mártires que se enfrentaron al poder del cartel de Medellín como Luis Carlos Galán, el exministro Rodrigo Lara y el periodista Guillermo Cano. Los familiares de estas víctimas no solo aceptaron el uso de los nombres en la serie, sino también asistieron a la premier de la semana pasada. Pasar de un producto de pura ficción a un libreto que retratará a figuras históricas contemporáneas es un desafío delicado para los creadores, el libretista, los directores y hasta para los actores.
Una cosa es tomar algunas libertades narrativas para pintar un personaje de la época de la Independencia como Policarpa Salavarrieta, importante pero lejana, que construir para televisión una representación de Luis Carlos Galán, un ícono tangible de la política. En términos dramatúrgicos, ¿los personajes ‘buenos’ tendrán la misma fuerza que el famoso villano? ¿El Estado será, como en las ‘narconovelas’ anteriores, débil y corrupto? ¿Será capaz la serie de contar la evolución ideológica de Galán o el compromiso con la libertad de prensa de Cano con la misma atracción que el macabro ingenio empresarial de Escobar? ¿Serán los discursos galanistas, el desempeño ministerial de Lara y los editoriales de Cano tan impactantes y atractivos como los embarques, las fiestas, los atentados y las mujeres de los narcos?
Basándose solo en los primeros episodios, no es fácil emitir una opinión. Los hechos han estado exclusivamente centrados en los inicios de la carrera delincuencial del jefe del cartel de Medellín sin mayor aparición de los otros personajes con nombre propio. Sin embargo, cabe recordar que en ese mismo momento cronológico Luis Carlos Galán acababa de desempeñarse como uno de los ministros más jóvenes de la historia y Guillermo Cano llevaba varias décadas de ejercicio periodístico en El Espectador. Más que registrar el punto de vista de las víctimas, el complicado reto para los realizadores al incluir a Galán, Lara y Cano es lograr que no terminen reducidos a buenos ‘personajes de reparto’. Solo con el transcurrir de los episodios se podrá saber.
La creciente preocupación por la apología a uno de los delincuentes más famosos de Colombia y del mundo tiene fundamento. No solo como eje central de la producción, sino también por la fortaleza del personaje, Escobar seguramente se tragará la historia. La atracción que genera el capo antioqueño es tan grande que ha sido protagonista de sendas obras de los dos artistas más importantes del país: el escritor Gabriel García Márquez y el pintor Fernando Botero. De hecho, junto con el Nobel de Aracataca, Escobar es lamentablemente el colombiano más reconocido allende las fronteras.
A esto hay que sumarle las calidades actorales de Andrés Parra, quien da vida al narcotraficante. Su parecido físico y lo que va de su interpretación le han ganado aplausos y han generado empatía con el público. Para el crítico de televisión Ómar Rincón, “se ha vendido que en la historia Escobar va a quedar como el villano que fue y hasta ahora es la de un joven que con ingenio, viveza y seducción típicos colombianos sale de la pobreza. Los sentimientos que se despiertan en los primeros capítulos son los que el televidente mantiene durante toda la serie”.
Que Pablo Escobar termine convertido en un símbolo de cultura pop como Betty, la Fea, en un malo de caricatura como Guadaña o en un villano ‘complejo’ como Tony Soprano o el doctor House, no es el único de los escenarios que deje la emisión de esta serie que rompe récords desde su primer capítulo. Otro es el inevitable paralelo entre la sociedad colombiana de los años ochenta, que la pantalla mostrará noche tras noche, y los tiempos actuales.
Con más impacto que una película de cine, las series de televisión, por su formato y duración, constituyen el espacio propicio para retratar con lujo de detalles épocas difíciles y periodos de cambios. Dos ejemplos recientes se encuentran en España y en Estados Unidos. Cuéntame cómo pasó, de Televisión Española, estrenada en 2001, muestra las vivencias de una familia ibérica de clase media en los años de transición de la dictadura de Francisco Franco a la democracia. Mad men de 2007 aprovecha una agencia de publicidad para reflejar las transformaciones sociales, políticas y económicas que atravesó la sociedad estadounidense durante la década de los sesenta. Esta serie norteamericana ha servido de excusa para debatir desde el racismo y la entrada de la mujer al mercado laboral hasta el consumo de cigarrillo y el alcoholismo. Otro caso, ya en clave de comedia familiar, es el clásico Los Años Maravillosos y la pubertad del entrañable Kevin.
Un debate de esta naturaleza podría ser generado por Escobar. Aunque a primera vista, el narcotráfico, el Estado débil, la corrupción, el dinero fácil y la violencia son protagonistas en la serie y continúan hoy día, no se trata de fenómenos idénticos. En algunos aspectos Colombia ha experimentado avances y se ha fortalecido como sociedad, mientras que tristemente en otros los tiempos del cartel de Medellín abrieron la puerta a peores dinámicas.
Un cuarto de siglo después de la guerra contra Escobar y sus secuaces, el Estado no es tan débil ni tan poco preparado como se viene mostrando en los primeros capítulos. A nivel central, el aparato gubernamental se ha fortalecido en su lucha contra el tráfico de drogas así como el entrenamiento de los organismos de seguridad. Mientras la Policía Nacional es hoy un referente mundial en combate contra este crimen transnacional, la infiltración del narco en las cúpulas de los poderes públicos es menos descarada y más perseguida. Esto no significa que estas redes delincuenciales hayan dejado de corromper a policías, jueces y fiscales ni que no existan nexos con algunos congresistas. No obstante, hoy es muy difícil que un capo del nivel de Escobar llegue al Capitolio, como seguro se verá en la novela, ni que el aparato estatal sea sobornado tan abiertamente.
En materia de violencia social, las cosas también han cambiado de tenor. Escobar aterrorizó tanto al colombiano del común como a la clase dirigente que se interpuso en su camino. Combinó la más brutal violencia como hacer explotar un avión de Avianca con el asesinato selectivo de sus contradictores como el magnicidio de Galán. Atacó tanto a policías rasos, a quienes puso precio por su cabeza en Medellín, como a dignatarios del Estado como el ministro Lara Bonilla y el procurador Carlos Mauro Hoyos. Construyó un aparato militar capaz de mantenerlo libre del brazo de la ley, de enfrentar de tú a tú al gobierno y de obligarlo a construirle una cárcel propia como La Catedral. A finales de los años ochenta, el Estado colombiano se encontraba arrinconado e incapaz de responder a la amenaza terrorista de los narcos.
Hoy la naturaleza del conflicto interno es muy diferente. Si bien los sucesores y contemporáneos de Escobar le inyectaron a la guerra el más potente de los esteroides, el dinero de la cocaína, la amenaza no se concentra en un solo individuo. De manera sistemática, la fuerza pública ha venido recortando la vida útil de los cabecillas narcos de décadas de dominio a pocos años. A diferencia de la época de los dos grandes carteles, el panorama del narcotráfico modelo 2012 es de muchos más capos, más fragmentados, menos poderosos y que, en vez de intentar arrodillar al Estado, le huyen o tratan de corromper sus mandos medios. La estructura misma del negocio se ha transformado, gracias en parte a la presión de las autoridades colombianas, y las organizaciones locales han cedido protagonismo a sus socios mexicanos. El puesto de Escobar, con similar crueldad pero menos importancia global, sería hoy ocupado por Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán del cartel de Sinaloa.
Hasta para Estados Unidos el tráfico de drogas de dejó ser prioridad en su lista de amenazas a la seguridad nacional después del 11 de septiembre de 2001. Mientras Pablo Escobar fundó su banda de Los Extraditables, que preferían “una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos”, los capos colombianos hoy negocian penas suaves y tratamientos generosos en las prisiones norteamericanas en vez de entregarse a la Justicia nacional. Aunque diferente en sus impactos, redes y violencias, el narcotráfico continúa hoy como principal protagonista del conflicto interno y como fuente de captura, corrupción y debilitamiento del Estado. De hecho, ese legado corrupto es el cáncer que sigue haciendo metástasis en el país 20 años después de muerto Escobar. Para Enrique Santos Calderón, exdirector de El Tiempo y testigo de primera mano en estos 20 años, “el Estado ha avanzado en su concepción jurídica y política, pero lamentablemente también lo ha hecho en su corrupción interna”.
Igual de agridulce es el balance de la infiltración social de los narcos en la sociedad colombiana. Por un lado, es menor la tolerancia a los dineros de la droga en la actividad política y a la ostentación de la riqueza que caracterizaron los años ochenta. Zoológicos privados, reparticiones de dinero en comunas populares cual Robin Hood -como lo denominó esta revista-, haciendas lujosas y aviones despertarían hoy sospechas. Sin embargo, cuatro décadas de tráfico de drogas han calado en la forma en que muchos colombianos de todas las clases sociales y orígenes ven el trabajo duro, conciben el progreso económico, valoran la honestidad y hasta perciben la belleza de hombres y mujeres.
Galán no ve a 'Pablo Escobar' Carlos Fernando Galán, hijo del inmolado líder liberal Luis Carlos Galán, no sigue la serie de televisión que arrasa en el rating: Pablo Escobar, el patrón del mal. Es tanto el trabajo que por estos días tiene como secretario Anticorrupción y de Transparencia de la Presidencia de la República, que los minutos que tiene de tiempo libre son escasos. Por eso, dice que no tiene elementos suficientes para valorar la calidad de la serie del capo de la droga que asesinó a su padre.
¿Quién diablos es Andrés Parra? Para interpretar a Pablo Escobar, Andrés Parra no solo bajó de peso. Llegó al extremo de aprenderse la firma del jefe máximo del cartel de Medellín.
Muchos están sorprendidos con el talento del actor que encarna a Pablo Escobar en la serie más vista de la televisión colombiana. Pero pocos conocen el camino que tuvo que recorrer para llegar a interpretar al mayor narcotraficante de todos los tiempos.
Desde que Andrés Parra supo que iba a interpretar a Pablo Escobar se obsesionó con parecerse a él. Aceptó someterse a una dieta estricta para perder 16 kilos y no descansó hasta conseguir el mismo timbre de voz, el mismo acento y las mismas pausas en la respiración. Recopiló un archivo de 24 minutos con declaraciones del capo, lo guardó en su celular y se dedicó a escucharlo día y noche. "Me la pasaba imitándolo todo el tiempo. A veces me grababa a mí mismo y luego comparaba ese audio con el original", le contó a SEMANA. El ejercicio le dio resultado y hoy ya no es solo Andrés, sino uno de los mayores criminales en la historia de Colombia. Al menos en la televisión.
Esa habilidad para meterse en la piel de todos sus personajes le ha permitido ganarse el aplauso del público y de la crítica durante las últimas semanas. Ya hay quienes aseguran que su papel en el seriado El patrón del mal, el programa más visto en la actualidad, es el máximo logro al que podía aspirar en su carrera. De hecho, mucho antes de que el proyecto -ideado por Juana Uribe y Camilo Cano- despegara, Andrés había dicho en una entrevista que soñaba con caracterizar a Escobar algún día. Ahora que lo consiguió queda claro que no se trató de una simple coincidencia, sino que le exigió años de preparación y disciplina.
"Yo no tenía ningún interés en hacer televisión; no era algo que estaba buscando, simplemente se dio. La vida me puso en el lugar y momento indicados", dice Andrés, de 34 años. Recuerda que descubrió su amor por la actuación el día que vio a un estudiante disfrazado de rey en una obra del Gimnasio Campestre. "Tenía 8 años y desde entonces empecé a participar en cuanto montaje aparecía". Quedó tan fascinado con los escenarios que, dos años después de su primer protagónico como Sancho Panza en El hombre de La Mancha, se retiró del colegio para dedicarse de lleno a las tablas.
Por fortuna contó con el apoyo de sus papás, quienes lo animaron a validar el bachillerato y presentarse a la Escuela de formación del Teatro Libre. Allí actuó en clásicos como Marat/Sade y En la diestra de Dios padre y tuvo el privilegio de trabajar al lado del cineasta Clive Barker. Cuando se graduó decidió probar suerte en varios oficios: fue desde profesor de colegio e integrante del grupo de actores del restaurante Andrés Carne de Res, hasta mayordomo de una mansión y lavador de carros en Estados Unidos.
"Después de un tiempo me aburrí de la inestabilidad y de que nunca me quedara ni un peso. Yo no soy hijo de actores ni de productores, así que me puse a hacer mi propio 'book'. Lo curioso es que el mismo día que lo terminé me encontré con Humberto Rivera, el entonces jefe de 'casting' de Caracol Televisión". Humberto le propuso que fuera a una audición de la novela Por amor a Gloria, donde obtuvo el papel de reparto de un abogado petulante y arribista llamado Lorenzo de la Pava. "Al principio los productores y el director casi no lo tienen en cuenta porque no tenía palanca de nadie. Por poco y lo sacan del 'casting', pero demostró que era capaz de ponerle cierta mística al personaje", dijo Humberto a esta revista.
Y es que Andrés tiene un método específico para preparar sus papeles. "Compro un cuaderno donde anoto todos sus detalles físicos y mentales. Me lleno de toda la información posible y cargo esa bitácora a todos lados". A la hora de representar a Escobar, le fue muy útil revisar archivos históricos y ver documentales que se han hecho sobre él, pero cuando se trata de alguien que no existe la técnica es distinta, pues no requiere tantas horas de estudio frente a un computador, sino más trabajo de campo.
Ese es el caso de Wilson Tenorio, el policía mediocre que interpreta en Sanandresito, su más reciente película. Como es un personaje ficticio, se valió únicamente de su imaginación para crearlo y lo máximo que hizo fue hablar con un par de coroneles que le enseñaron la jerga de la institución. Algo parecido le sucedió con Gabriel, el cura de vereda con el que ganó el premio a Mejor Actor Iberoamericano en el Festival de Cine de Guadalajara en 2009. En esa ocasión acompañó a un sacerdote de pueblo durante semanas porque le intrigaba entender qué hace que una persona se levante un día y decida entregarse a Dios.
"Me causa curiosidad la gente, esa es la esencia de mi actuación. Me interesa saber qué se siente ser tú", esa frase de Meryl Streep, que Andrés copió en su cuenta de Twitter hace unos días, es quizás la mejor explicación de la forma en que suele aproximarse a sus personajes. Antes de Escobar, en el medio ya era conocido por interpretar a narcos y villanos como Anestesia del Cartel de los sapos y Jaime Cruz de La bruja. "Los buenos al fin y al cabo tienen una sola misión: la de ser buenos. Los malos, en cambio, viven en mundos más complejos", admite.
Su apariencia ha sido una ventaja para ganarse ese tipo de roles en sus cerca de 20 años de carrera. "Mi fisonomía no la tienen muchos actores, entonces siempre voy a la fija. Si fuera un galán de telenovela, tendría que pelearme el papel con otros 5.000. Yo compito por talento, no por músculos ni por número de horas en el gimnasio". Las verdaderas maratones empiezan cuando se le cruzan las sesiones de rodaje con las temporadas de teatro. Porque, pese a que se ha hecho famoso en la televisión, Andrés se niega a abandonar sus orígenes.
The Pillowman, dirigida por Pedro Salazar, es su obra más reciente. Se estrenó en 2010 y tuvo tanto éxito que volvió a presentarse el año pasado en el Teatro La Castellana. "Andrés es un actor con una organicidad animal espontánea y una inteligencia escénica anormal -explicó Salazar a SEMANA-. Para hacer de Katurian, el protagonista, se aprendió unos relatos largos y difíciles con una disciplina casi militar". Pero así como se obstina con cada personaje nuevo, también lo olvida con facilidad. Cuando termina, solo queda un poco desubicado porque pasa de trabajar entre 12 y 15 horas diarias de lunes a sábado, incluidos festivos, a no hacer nada. "Después de grabar Escobar, supongo que al otro día me levantaré sin saber qué hacer".
Fuente: Revista Semana.com
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