La Esencia; relato de una milonga
Por Andrés Capeluto*

“La sangre tiene razones que hacen engordar las venas,
Pena sobre pena y pena,
hacen que uno pegue el grito.
La arena es un puñadito
pero hay montañas de arena”.
(Atahualpa, Yupanqui; El payador Perseguido)

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Entre tanta hipocresía, liviandad e histeria colectiva, fue como un volver a lo básico, a lo esencial, a lo que no debe olvidarse. Por eso lo compré. Entrar a un centro comercial y ver un signo más sobre la extinción de la tecnología del disco en formato CD: ofertas de discos y recopilaciones de mala calidad. Entre ellos, como alguien que está en un sitio, pero que no pertenece a él, se encontraba “El Payador Perseguido” de Atahualpa Yupanqui.

Su nombre verdadero fue Héctor Roberto Chavero Aramburu, de madre origen vasco y padre mestizo, nació en el mes de Enero de 1908 cerca de Pergamino, en el campo de la Cruz, en dónde vivían unos tíos abuelos vascos. Su padre trabajaba en el ferrocarril británico, según entrevistas dadas por Atahualpa “…era un pobre con libros, siempre llevaba cuatro caballos y en las alforjas algunos extraños libros…”. Como trabajo extra poseía el oficio de domador, iba a los potreros y amansaba a los potros salvajes. Atahualpa y su hermano recibían las enseñanzas de su padre, por ejemplo como se debe hacer al domar, para caer blando -para no lastimarse- sobre los pastos altos. Su primera juventud la pasó entre caballos, su primer música como asegura: “…fue el magnífico ruido de la espuela”, la que para él era espejo de la noche, en ella se reflejaban las estrellas, haciéndole guiños a uno, parecen anunciar que el adolescente que monta ya está dejando de serlo, lo que condice con un viejo dicho de la Pampa: un hombre de a pie sólo es la mitad de un gaucho, un gaucho entero es el que está a caballo.

Su incursión seria en la música fue a través de Bautista Almirón -amigo de su padre- que fue el que le enseñó a poner sus manos en la guitarra, a sus siete años de edad. Con él empezó a estudiar algo más allá de las danzas que él tocaba -triunfo, gato, malambo, etc.- Entre los autores que lo deslumbraron: Mozart, Granados, Bach, Scarlatti, etc. Fueron los que lo llevaron a la entrada de un mundo nuevo, completamente atractivo y desconocido para él, pero sin olvidar la aflicción por los cantos del paisanaje, por ejemplo aquellos que cantaban los peones cuando trabajaban con el maíz. Años más tarde, cursando el secundario en Junin -cabalgando 16 kilómetros hasta allí- comenzó a escribir sus primeros sonetos, firmándolos con el apodo de “Yupanqui”, sólo por aquello de no escribir su nombre completo, que significa: hazte contar, narrarás. Luego lo antecedió de Atahualpa; Ata: venir, Hu: lejos, Alpa: tierra, en suma el nombre completo significa: “Viene de lejanas tierras, para decir algo”.

Así como el caballo Tobiano -blanco, con manchas rojas o negras- que cuándo está en su estado salvaje o potro, siempre esconde un secreto, una maña oculta. El secreto que desde las frases del Payador Perseguido exorciza a quién las escucha, provienen de nuestra herencia literaria más profunda, de cómo dijera Borges, Shakespiere es para los británicos, así como Goethe para lo germanos o Cervantes para los castellanos, lo que es José Hernández con su “Martín Fierro” para nosotros los río platenses, junto con toda la región de la Pampa, del Sur argentino. El desenlace de dicha obra versa que después del encuentro de Martín Fierro con sus dos hijos, sumado al de Cruz -su amigo- , es que éstos cuatro se dividen dirigiéndose cada uno por separado a los cuatro vientos. Y que además decidieron allí, cambiar de nombre. Esta metáfora lo que nos indica es que nacen o son descendientes de Fierro, los criollos provenientes de cada punto cardinal que conozcan en carne propia los rigores de la pobreza y los castigos de la injusticia.

Nexo de ello es que comienza este relato encarnado un personaje sin nombre, pero que dice provenir desde cuatro provincias y con indios “mesturaos”, haciendo mención a sus descendientes los cuales se curaban con “yuyos” y por más humildes que fueran en su casa nunca faltó una “encordada” -guitarra- a través de la cual y con el canto, los más viejos contaban sus experiencias de vida, las enseñanzas que deja el “rodar” a los otros. Fragmentos destacables de esta obra son las sextinas narrativas que usa Atahualpa para pintar las realidades de lo que el considera sus hermanos: buenos, malos, picapedreros, peladores de caña, leñadores, recopiladores de canciones ajenas, etc. Con la forma de contar sus experiencias, se transforma en uno más cumpliendo con la tradición oral del traspaso de conocimiento, es a través de ese “rodar”, que resume la realidad de la región. Simboliza con su canto, no sólo la realidad del criollo. Sino que por momentos agudiza sobre los valores intrínsecos del ser humano, “…lo que nos hizo dichoso, tal vez se pueda olvidar, los años en su pasar mudarán los pensamientos, pero angustias y tormentos son marcas que han de durar.” Yupanqui fallece en Nimes, Francia, en 1992, a la edad de 84 años, y sus restos fueron incinerados y dispersados en su querido Cerro Colorado, el 8 de junio de 1992.

*Andrés Capeluto dibujante y periodista uruguayo // capeandres@hotmail.com // andrescapeluto.worpress.com
Fuente: El payador Perseguido; Emi, ODEON, Argentina 1980.
Entrevista “A fondo”, Juan Soler Serrano.

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