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“Fórmula para el caos” Una historia del presente
Por Adolfo Coronato*
El "toque" brasileño del golpe a Allende
“Cuando parecía que nada podía agregarse a la biografía sobre el gobierno de Salvador Allende, un texto demoledor y cautivante ilumina las razones que lo hicieron fracasar”. Dice en este valioso comentario sobre el libro de Moniz Bandeira el periodista, e investigador Adolfo Coronato* en el siguiente artículo publicado inicialmente, en Le Monde diplomatique Nº 159.
“Fórmula para el caos. La caída de Salvador Allende (1970 -1973)(1), es una escrupulosa y monumental investigación del eminente historiador y catedrático brasileño Luiz Alberto Moniz Bandeira sobre este episodio siniestro del Occidente contemporáneo, a la vez ejemplo emblemático de la injerencia estadounidense en los países de su "patio trasero".
En esta obra, el autor sostiene que el socialismo en Chile era imposible, y entre sus razones destaca: a) la real magnitud de la conspiración montada por Estados Unidos y su Central Intelligence Agency (CIA), que? ponía en vigor los parámetros de la Guerra Fría en América Latina, tendiente a impedir ese "ejemplo" y, de hecho, un eje con Cuba y la Unión Soviética, situación no debidamente denunciada y contrarrestada por el gobierno de Allende; b) que no había en Chile condiciones objetivas, materiales, internas o externas, para ninguna experiencia de estatización de la economía, completa o parcial, como existieron en la Unión Soviética v en Cuba por lo que tentativa de implantar el socialismo, ya sea por la vía pacifica, como querían Allende, el Partido Comunista PC y buena parte del Partido Socialista PS, o por la vía armada, instigada por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), un ala del PS y otros grupos radicales, estaba condenada al fracaso; c) la falta de mayoría parlamentaria para la envergadura de los cambios previstos, amén de disensos irreconciliables dentro de la Unidad Popular y la ausencia de políticas para las clases medias y la oficialidad militar.
Residente en Alemania, hoy con 77 años, profundamente marcado Por la dictadura que derrocó a Joáo Goulart en I964,varias veces prisionero y exiliado con vida clandestina, Moniz es autor de más de una veintena de libros sobre Cuba, Brasil, sus vínculos con Estados Unidos, Argentina y otros países vecinos; también del extraordinario La formación del imperio americano. De Ia guerra contra España a la guerra contra Irak (2), tal vez su obra mayor.
Acaso sin proponérselo, con Fórmula para eI caos... el autor actualiza un debate postergado sostiene que los años fueron en el Cono Sur de una aguda ideologización, donde ser anti o pro comunista definía las posiciones de un antagonismo cerril, que cegaba una más clara y profunda visión política de los acontecimientos. Para abordar la complejidad de la época, Moniz parte de las luchas por la independencia en el sur americano y el rol de los nacientes Estados Unidos, penetra en textos sobre los golpes de Estado (Maquiavelo Malaparte), el uso de la violencia política (Bakunin, Kautsky) y las vías al socialismo (Rosa Luxemburgo, Lenin. Trotsky). Orientado por el principio gramsciano de que la ciencia política no puede prescindir de la historia, sin quererlo convirtió esta obra en una historia del presente.
Hegemonía de Brasilia El título alude al modo en que el jefe de la CIA en Santiago, Henry Heckscher, designó a un conjunto de operaciones encubiertas (boicot económico, sabotajes, asesinatos, desestabilización, "propaganda negra'), un plan fríamente delineado en el Departamento de Estado y el Pentágono, instigado directamente por el presidente Richard Nixon (quien pidió a la C IA hacer "gritar de dolor a la economía" chilena).
Moniz prueba que fue pergeñado antes de la asunción de Allende, lo que pone en evidencia que la experiencia democrática chilena era vista como un modelo aun más peligroso que el de Cuba. Fue, dice Moniz, el "Vietnam frío de Nixon".
El autor abrevó en documentos estadounidenses, desclasificados en tiempos de William Clinton por el profesor Peter Kornbluh, director del Chiles Documentación Projet de la George Washington University, y en informes del Senado estadounidense sobre la ITT en Chile. También en los nuevos archivos electrónicos chilenos del Centro de Estudios Miguel Enríquez (CBVIB). Con todo, y a pesar de la destrucción previa de más de 80 mil documentos, es en los papeles secretos de Itamaraty, la cancillería brasileña, desclasificados por el mismo Moniz con aval de Luíz Inácio Lula da Silva, donde se revela el vasto accionar conspirativo de los militares brasileños, junto con la CIA, a partir del putsch que derrocó a Goulart en 1964 e instaló a Humberto Castelo Branco, seguido por Emílio Garrastazu Médici.
Desde entonces, golpes militares Y conspiraciones tuvieron en el Cono Sur "un toque" brasileño y se orientaron a sofocar la influencia de una corriente de nacionalismo militar (Juan Velasco Alvarado en Perú, Juan José Torres en Bolivia) y facilitar la hegemonía de Brasilia en la región. En ese contexto se inscribe "el giro en la dictadura argentina (iniciada con Juan Carlos Onganía en 1966), que hizo posible los encuentros del general Agustín Lanusse con Allende y el fin de las "fronteras ideológicas": para Chile fue oxígeno puroyparaArgentin4 ya en el fin del ciclo militar, la posibilidad de acercarse al Pacto Andino y ofrecer un contrapeso al expansionismo brasileño. En pocos años, la dictadura brasileña había "ayudado" a instalar a Onganía en Argentina, a Hugo Banzer en Bolivia, a Juan María Bordaberry en Uruguay, a Francisco Morales Bermúdez en Perú y trabajaba para el golpe en Chile. Estad dictaduras, educadas militarmente por Estados Unidos en la Escuela de las Américas en Panamá, desestabilizaron el Cono Sur, impusieron políticas de vaciamiento económico, reprimieron protestas sociales en nombre de la "seguridad nacional" y abrieron paso al siniestro Plan Cóndor, de intercambio de prisioneros, información y mano de obra para el terrorismo de Estado.
Estas acciones, advierte Moniz, deben escrutarse bajo el prisma de la Guerra Fría en America Latina. Así, cuando Allende viajó a la Unión Soviética con la esperanza de obtener un préstamo 500 millones de dólares, fue recibido fríamente por Brezhnev y regresó con la promesa de sólo l0O millones.
En tanto, debió enfrentarse en Chile a una vasta conspiración cívico-militar organizada y financiada por Nixon y la CIA, donde fuerzas militares, bancos y corporaciones brasileñas dieron fondos y entrenamiento a la ultraderecha chilena.
Moniz documenta que Garrastazu Médici, con información de primera mano brindada por su influyente embajador en Santiago, Antonio Cándido da Cámara Canto (t97o-t973), dejó en manos de sus militares la tarea de articular con sus pares chilenos y el grupo terrorista patria y Libertad (PyL) el operativo de desestabilización de Allende. Eduardo Díaz Herrera, dirigente de PyL, desarrolló en Brasilia un plan que involucró al Servicio Nacional de Información y a Inteligencia de las tres armas brasileñas.
De las tertulias participaron altos oficiales y el jefe de la Casa Militar (luego presidente de Brasil) Joáo Batista Figueiredo. El plan establecía que si las fuerzas armadas chilenas llegaban a dividirse en la intentona golpista los militares insurrectos y las brigadas paramilitares de P y L ocuparían las provincias del sur chileno, apoyadas secretamente por Brasil y Argentina, cuyas fuerzas armadas recibirían asistencia logística y el armamento necesario.
También destaca que tras el golpe del 11 de septiembre, en medio de la ola de terror, militares brasileños supervisaron interrogatorios a detenidos en el Estadio Nacional y en otros sitios. y que fue Brasil el primer país en reconocer al nuevo gobierno, y el primero en asistirlo: 2O toneladas en alimentos, provisiones y medicinas, y un crédito oficial por 200 millones de dólares. Lo siguió el transitorio gobierno de Raúl Lastiri: envió unas 15 toneladas de ayuda, lo que indicaba que algo había cambiado en Argentina.
En el plano doméstico, Moniz narra casi día a día el dramático y progresivo deterioro del gobierno de Allende, en gran medida desgarrado por el antagonismo ideológico en el seno de su coalición. Hubo un momento en el que no podía ni avanzar, como exigía su ala más radicalizada ("más y más poder popular'), ni retroceder, como aconsejaba su ala moderada (morigerar la toma de tierras, las planeadas 9l estatizaciones de empresas estratégicas, abrir el diálogo con la Democracia Cristiana). En dos instancias críticas, militares de las tres fuerzas integraron el gabinete, lo que no logró detener el plano inclinado de la crisis.
Chile estaba paralizado por el desabastecimiento y el caos. El gobierno de la Unidad Popular había afectado a la propiedad privada y a las clases medias y con ello a la propia oficialidad.
En el momento más delicado, sólo la fidelidad legalista del jefe del Ejército, general Carlos Prats, aparecía como el único escollo para el golpe. Ahí anidaba el enigma sobre una eventual división militar, y con ella, una segura guerra civil. Pero cuando Prats comprobó que había perdido predicamento en la cadena de mandos, y renunció, la suerte estaba echada.
Lo más estremecedor del relato de Moniz es ir descubriendo una situación inexorable: un gobierno democrático con apoyo popular marcha hacia su suicidio, mientras la única salida que aparece es un golpe y un gobierno militar. La fórmula para el caos había triunfado”.
1- Corregidor Buenos Aires, noviembre de 2011, 512 páginas.
2- Norma Buenos Aires
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