“La ciudad y los perros”; la historia
como ambiente, sin atajos perezosos

Historiador Gerardo Caetano

La novela, traducida a más de treinta lenguas,
está ambientada en el Colegio Militar Leoncio Prado,
donde los jóvenes reciben formación
bajo una severa disciplina militar.

Cuando se cumplen cincuenta años de la aparición de la “La ciudad y los perros”, primera novela de Vargas Llosa, premio Biblioteca Breve, en el marco de la reciente 35º Feria Internacional del Libro se presentó una edición conmemorativa de la Real Academia Española y la editorial Alfaguara. Participaron comentando la obra los académicos, Wilfredo Penco, Gerardo Caetano y el Agregado Cultural de la Embajada de Perú Bruno Podestá. Lo que sigue a continuación son los tramos más salientes de la exposición del profesor e historiador Gerardo Caetano.

Como ustedes saben, mi oficio, mi metier, no es el de crítico literario y no voy a hacer un simulacro de algo que no soy. Yo quiero trabajar, a propósito de esta novela, que leí y releí con miradas distintas, la primera vez no hace cincuenta años, pero sí hace ya unos cuantos años y la segunda vez en este texto, acompañado además de otros textos complementarios realmente estupendos, que nos permiten reencontrar cosas nuevas… Yo voy a realizar, a propósito de “La ciudad y los perros”, a propósito de esta obra ya clásica de Vargas Llosa, sobre un vínculo entre historia y literatura, sobre texto y contexto. Que tiene que ver, tal vez, con una preocupación que se vincula con el auge contemporáneo de la novela histórica y con el auge contemporáneo, más preocupante aún, de ciertos géneros indescifrables que ni son novela, ni son historia, que son otra cosa.

Aquí, a mi juicio, muchas veces hay una tentación perezosa. Un historiador sabe de la angustia de no encontrar un documento y sabe que, frente a esa angustia, no hay atajo posible sino buscar, buscar, buscar y - mientras no se encuentra - tratar de interrogar, interrogar e interrogar a los documentos que se tienen. Pero no hay atajo para eso. Del mismo modo que el novelista, el narrador, el que maneja ficción, sabe que ningún documento le puede dar lo que la creación no logra, no genera. Y que cuando un narrador necesita de documentos para narrar, en realidad allí comienzan a haber problemas.

Mucho peor es cuando nos enfrentamos - como nos enfrentamos cotidianamente - a géneros indescifrables en donde, quienes no son historiadores y quienes no son narradores y quienes no responden a regla alguna, cuando les falta algún documento lo inventan y cuando les falta una pregunta, hacen el simulacro de una pregunta. Y fungen como narradores, pero en realidad no lo son y nos generan una lectura - como muchos han dicho - a veces, insólitamente, como elogio, una lectura cuesta abajo, que no es un buen elogio para un narrador.

Contra esa tentación, yo creo que vale mucho leer a Vargas Llosa. Porque Vargas Llosa - que es ficción pura - puede tomar la historia como ambiente, como suscitación, sin incurrir en atajos perezosos, de acuerdo a las reglas de la ficción. Y no legitima sus obras en ese atajo que puede generar un “best seller”, como lo genera. Hoy nos debiera sobrecoger, nos debiera preocupar, nos debiera conmover, el hecho de que muchos de nuestros “best seller” pertenecen a géneros indescifrables que refieren a atajos perezosos, que no dejan nada y que no prosperarán. Acá estamos frente a un libro que tiene cincuenta años y que cincuenta años después nos puede provocar, en un contexto completamente distinto, pero nos puede provocar y nos puede orientar en una perspectiva legítimamente creadora.

Yo no voy a abundar en datos respecto a la novela, que los ha dado y muy bien Wilfredo. Solamente registro que esta novela empezó a escribirse, en realidad, a fines de los años 50, en el año 58, de acuerdo a referencias del propio Vargas Llosa. Que tuvo un debate, una querella nominalista. Tuvo un debate en el que participó el propio Vargas Llosa, respecto a cómo titular la novela. Que rápidamente tuvo un impacto muy grande, lo cual no solamente se daba en el premio muy prestigioso que recibió en ese mismo año 62 en España - el premio “Biblioteca Breve”, luego recibiría en el año 64 el premio de la crítica - sino que generó un impacto en los lectores. Generó un impacto que tenía mucho que ver con un clima de época, con un contexto de época, que reunía una tradición ancestral - lamentablemente ancestral en América Latina: el tema militar, el tema de la militarización de la vida, el tema de los poderes opresivos, el tema de los contextos dictatoriales (grandes y pequeños), el tema del cruce entre educación y opresión - con otros temas que marcaban muy fuertemente al Perú de su tiempo.

Vargas Llosa tenía - y yo me preocupé de registrarlo - un campo abierto extraordinario para hacer novela histórica de la peor o para incurrir en ese género que es indescifrable que, de alguna manera, proyecta la idea de sustituir la creación por los documentos, violando las reglas del oficio del creador, o fungir como historiador que inventa personajes, que cuando no tienen un documento lo inventa. Adviertan ustedes que el Perú de la época estaba viviendo acontecimientos dramáticos. Había vivido en los años 50 la dictadura del general Odría; había vivido aquellos duros enfrentamientos con Haya de la Torre; había vivido - una vez más - problemas de límites con Ecuador; había vivido en tema del peso norteamericano, del peso de la relación imperial. En el año 52 Perú firmó un tratado con los Estados Unidos concediendo bases a los Estados Unidos. Vivió también la lucha social. En el año 55 se otorgaba el sufragio femenino a las mujeres solteras, mayores de 21 años y a las mujeres casadas de 18. ¡Sorprendente, sorprendente! Pero real y efectivo. En el año 56, con el apoyo del APRA, el general Manuel Prado - vean cuántos generales en la vida política - se convertía en el candidato del Movimiento Democrático Pradista. Y aparecía Belaúnde Terry, que luego marcaría la política peruana, fundando la Acción Popular. En el año 57 Haya regresaría del exilio.

En el año 62 - que es el año de publicación de la novela - hay elecciones y ninguno de los candidatos logra la mayoría electoral, con lo que la decisión del presidente quedaba en manos del Congreso. Haya había sido quien había obtenido la minoría mayor, 33%, Belaúnde un 32% y el general Odría habría obtenido un 28%. Al otro año hubo un golpe de estado que impidió, básicamente, la posibilidad de que Haya asumiera las elecciones. Asumió la presidencia de la república, por poco tiempo, el general Ricardo Pérez Godoy. Hay una nueva convocatoria a elecciones y en el año 63, luego de un nuevo intento de golpe de estado y de una incipiente guerrilla, que tenía su centro de radicación en Cuzco, ganaba las elecciones Belaúnde Terry con el 39% de los votos.

En un contexto en donde en América Latina ya teníamos los umbrales que incorporaban la tradición de las dictaduras clásicas - del militarismo clásico norteamericano - con un nuevo signo de dictaduras que era la de la “seguridad nacional”, la primera de las cuales se daría con el golpe de estado del 31 de marzo del 64 en Brasil e iniciaba una época terrible, una época oscura, una época que incorporaría a las dictaduras tradicionales un nuevo sistema del terror, que era un terrorismo de estado fuertemente amparado por la política norteamericana en el continente. En ese Perú - aunque lo escribió entre Perú y Francia, lo empezó a escribir en Lima y lo terminó de escribir en una buhardilla parisina - Vargas Llosa incorpora el desafío de la historia para narrar. Y una vez más quiero repetir: no entró en el atajo perezoso de utilizar la historia, de utilizar el contexto para saltearse la angustia de la construcción, de la creación del texto, no. Utilizó ese contexto para generar el ambiente de una gran creación, de un gran mundo cuya autoría pertenece, radicalmente, al autor. En ese contexto “La ciudad y los perros”, realmente, es una maravillosa ficción. Allí está el mundo de los cadetes - los “perros”, como se les catalogaba - pero allí también están los oficiales. Y hay como un ritmo binario, persistente. Allí hay un “zoológico” que se traduce en los nombres de los distintos personajes, pero se traduce también en el rigor de la verosimilitud, que no quiere decir el atajo del “veísmo”, un realismo sin creación.

No, no. Allí, como bien lo señala uno de los análisis que acompaña a la novela en el análisis de esta nueva edición - y esta es una de las claves en la literatura - lo imaginario se vuelve un camino para conocer en otro sentido. La literatura no es un documento, en este caso. Puede serlo en otros, legítimamente. La literatura no propone las reglas del juego del camino de la historia, que trata de interpretar un tiempo, no. La literatura nos orienta a la invitación de entrar en un mundo imaginario, con las reglas de la ficción. Pero, desde allí, asumiendo las reglas de la ficción - que son otras reglas que las reglas de la historia, las reglas del historiador - sin embargo se puede reencontrar el camino para conocer la realidad histórica.

Yo tuve un maravilloso profesor en el IPA que se llamaba Rogelio Brito Stífano. Y Rogelio Brito Stífano, que era un maravilloso profesor, que marcó a generaciones de profesores, nos invitaba una y otra vez a leer literatura, como un buen camino para enseñar historia y, al mismo tiempo, para escribir historia. Él, que a su vez, se decía que era un ágrafo, que no podía escribir (escribió apenas un artículo). Y siempre nos reclamaba que para hacer buena historia había que leer mucha literatura. Pero no para eludir las reglas, sino para encontrar esto que “La ciudad y los perros” - como una obra clásica - nos permite. Para encontrar el camino imaginario, para interpelar la realidad histórica de una manera diferente. Para observar la realidad desde otro sentido, radicalmente diferente. Por eso él nos invitaba a leer, por ejemplo, “La ciudad y los perros”, lo recuerdo perfectamente. Y él nos invitaba a leer “Los pasos perdidos” de Alejandro Carpentier, como una vía absolutamente insoslayable para entender a América Latina.

“La ciudad y los perros”, con esa radicalidad de los filtros rigurosos de la imaginación, nos propone personajes, nos propone conflictos, nos propone la incorporación de esas dimensiones de la crueldad, del terror. El terror que generan los oficiales - desde su estructura rígida, militarizada del colegio. Pero también del terror que genera ese círculo de los “perros” que, a su vez, para enfrentar la crueldad, replica crueldad. Efectivamente la obra, afincada muy claramente en un ambiente, tiene un ritmo binario, tiene dos partes, tiene un afuera y un adentro. Pero claramente, en ese afuera y en ese adentro, entre sus similitudes y diferencias, hay un desplazamiento permanente entre la imaginación y el ambiente de época: el ambiente y la imaginación. Como dice Marco Martos, él prefiere calificarla como una “novela de ambiente”, en donde, por supuesto que la historia está, por supuesto de que hay un contexto histórico que inspira a los personajes, a la creación, al autor, pero siempre desde reglas de juego rigurosas. No es tampoco el narrador que - Vargas Llosa nunca lo ha sido - quiere eludir la demanda de la creación a través del acopio de la técnica. Ni la historia sustituye a la ficción, ni la técnica sustituye a la ficción.

En ese contexto y volviendo a esa preocupación inicial que planteábamos, yo creo que esta novela leída hace 50 años - por lo menos lo que a mí me suscitó - me vuelve a reencontrar con la literatura. A la mayoría de los historiadores nos les gusta la novela histórica, precisamente porque muchas veces tiene límites indescifrables. Pero puede hacerse novela con la historia como ambiente, como ambientación, como suscitación, sin rehuir ni “un tranco de pollo” - como se señala - las reglas de la creación más profunda.

Muchas veces creo advertir que el auge de la novela histórica encubre una crisis de ficción. Y en particular, creo que esos otros géneros indescifrables que no son novela histórica, no son novela, que son historia, que son géneros indescifrables, encubren una profunda crisis - ya no de ficción, sino - de profundidad. Que tienen mucho que ver con los simulacros de esta época de simulacros.

La buena literatura - como es “La ciudad y los perros” - siempre nos propone una ruta alternativa, absolutamente indispensable para descubrir e interpelar los pliegos de la historia. Y esto se siente. Yo, por lo menos, lo he sentido, no cincuenta años después de la primera edición de “La ciudad y los perros”. Veinte años después de haber leído por primera vez “La ciudad y los perros” desde una mirada distinta, he vuelto a sentir la misma atención. Esto quiere decir que esta obra - efectivamente - ha sobrevivido al tiempo, se ha convertido en una obra clásica. Y muchas décadas después de su primera lectura, puede empujarnos a frotar la lámpara y a que el milagro de leer un buen relato desde la ficción, finalmente se produzca entre nosotros. Por eso yo creo que vale la pena, para aquellos que ya han leído la novela, releerla con una mirada nueva. Seguramente encontrarán - por lo menos yo lo encontré - una fascinación. Que no será la misma, que será otra, pero que - igualmente - nos propondrá ese camino maravilloso de la ficción.


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