Batlle y Ordóñez, creía en
el continuo derecha-izquierda

Profesor e historiador Gerardo Caetano

José Pablo Torcuato Batlle Ordóñez –
Montevideo, 21 de mayo de 1856 - 20 de octubre
de 1929-, político y periodista de Uruguay.
Presidente de la República por dos períodos:
1903 - 1907 y 1911 - 1915.

En el marco de nuevas reflexiones que se vienen realizando sobre el alcance y vigencia del ideario batllista, el pasado 25 de octubre se realizó en una de las salas de Palacio Legislativo una mesa redonda sobre el tema.

Uno de los intervinientes fue el profesor historiador y politólogo Gerardo Caetano, autor del “La República Batllista”. En esta oportunidad Caetano reafirmó la idea de que cuando se habla de batllismo “los uruguayos, tienden a una asociación con el batllismo de don Pepe”. Los que sigue a continuación son algunos de los tramos más salientes de la exposición de Caetano, tomados de la versión grabada por La ONDA digital.



En primer lugar, coincido con respecto a que hay versiones políticas, hay figuras que una vez que concretan su aventura, si bien pueden estar radicadas en un partido, al mismo tiempo comienzan a formar parte de un patrimonio republicano nacional. Es el caso de José Batlle y Ordóñez, es el caso de Wilson Ferreira Aldunate, es el caso del general Líber Seregni. Y me parece que en el caso del batllismo esta idea de inspiración de un conjunto de la sociedad, es una idea que hasta el día de hoy, más allá de que hay que evitar los anacronismos, es una idea que está presente. Equipos Consultores realiza cada tantos años una encuesta en donde pregunta a los uruguayos: ¿Cuál es la ideología que prefiere? Y en muchísimas oportunidades - casi en la totalidad de las oportunidades en las que se ha hecho esta encuesta - los uruguayos, en un porcentaje enorme, dicen: “El batllismo de don Pepe”. Incluso, en esa encuesta, se diferencia el “batllismo de don Pepe” del “batllismo actual”. Pero las referencias ideológicas del conjunto de los uruguayos, tienden a una asociación con el batllismo de don Pepe, con lo que eso significa. Wilson Ferreira decía: “En Uruguay hay tres millones de batllistas”. Por cierto que eso no quería decir que hubiera una dirección político partidaria, sino que estaba queriendo registrar la influencia que el batllismo había suscitado en su momento.

Lo primero que me gustaría señalar en esa dirección, es que don Batlle Ordóñez y los batllistas del ala izquierda de su partido - de la que él formaba parte (no todos los batllistas se sentían de izquierda) - creía en el continuo derecha izquierda. Y allí ustedes pueden buscar en “Batlle y el Batllismo” - cuya primera edición es del año 1928 (sus autores eran Giúdice y González Conzi, que eran jóvenes militantes batllistas) - una cita en donde ellos decían: “El batllismo tiene que romper con la matriz tradicional. Tiene que liderar la conformación de una coalición de las izquierdas, para confrontar una coalición de las derechas”. Esa primera edición del año 28 se le dio a Batlle y don Pepe la corrigió. Y en la segunda edición que es del año 59, es decir, más de 30 años después, aparecen las correcciones con la pluma de don Pepe. Esa cita no la corrigió, la dejó así. Lo cual no implica, de modo alguno, reitero, la idea es que no hay que apropiarse de las tradiciones políticas. Las tradiciones políticas, se radican en partidos que al mismo tiempo, permean al conjunto de la sociedad - y el batllismo es un ejemplo de ello, como hay otras tradiciones que son ejemplo de ello. Lo importante es que el batllismo ya aceptaba - y los batllistas de su tiempo aceptaban - el continuo derecha izquierda. Y en esto hay que ser muy claro. ¿Quiénes aceptan el continuo derecha-izquierda? ¿Quiénes se preguntan sobre el continuo derecha-izquierda? ¿Quiénes reconocen que una manera de definirse frente a los problemas de la sociedad tiene que ver con posicionarse a la derecha o a la izquierda? Quijano decía: “Miren, cuando alguien niega que haya derecha-izquierda, es derecha”. Lo que caracteriza a alguien de derecha es negar que haya derecha e izquierda. Es, justamente, negar - desde una visión del hombre - que haya la posibilidad de transformar la realidad, la posibilidad de superar la desigualdad natural, la posibilidad de construir una utopía social. Entonces niegan que hay izquierda, niegan el continuo derecha-izquierda.

Batlle y muchos batllistas de su tiempo realmente creían en que había derecha y había izquierda, porque eran de izquierda. Obviamente que el batllismo creó muchas izquierdas en el siglo XX. Inspiró a Julio César Grauert que era un marxista que buscaba algo muy difícil, imposible, que era asociar marxismo y batllismo. Él pensaba que el batllismo era la pista de aterrizaje del marxismo en el Uruguay y se figuraba a Batlle y Ordóñez como la figura emblemática del proletariado latinoamericano. Pero Batlle no era eso. Sus fuentes ideológicas eran otras. Grauert, que funda la agrupación “Avanzar” en vida de Batlle y que incluso escribió un libro junto con Pedro Cerutti Crosa “Los Dogmas, la Enseñanza y el Estado” en 1927, en el que proponía la estatización, el monopolio estatal de la enseñanza. No de la enseñanza pública, de la enseñanza. Porque desconfiaba de la enseñanza privada ya que, según él, nadie sino el Estado, podía proyectar una enseñanza sin dogmas. (visión extraordinariamente polémica, pero que muestra hasta qué punto era radical) El nombre de su agrupación, “Avanzar”, no fue una casualidad, sino que era una consigna de los batllistas de izquierda de su tiempo. Domingo Arenas era otro batllista de izquierda y había confesado que, si no hubiera habido batllismo, él hubiera sido socialista e, incluso, anarquista y que era un republicano libertario. Y el batllismo, que sí tenía programa, dejaba exprofeso la última página en blanco bajo esa idea, la idea de que siempre había que avanzar y siempre había un nuevo derecho que incorporar, siempre había una nueva discusión sobre la que tomar partido.

En esa perspectiva es que el batllismo - que fue la ideología de Líber Seregni, los militares estaban obsesionados con que Líber Seregni era comunista y realmente creían (en su prontuario está) que el batllismo de Líber Seregni era una pantalla para ocultar su comunismo intrínseco.

¡No, no, no! Líber Seregni siempre se dijo batllista y era un batllista muy clásico, muy clásico. Y la convocatoria es a eso, a pensar en el batllismo y las izquierdas en el siglo XXI. En realidad, lo primero que hay que decir es que el batllismo ocupó toda una tradición, una tradición político ideológica muy influyente en el Uruguay, que trascendió a su partido y que, en términos de tradición - sin pretensiones de apropiación político-partidarias - hoy es una tradición que fluye. Es una tradición que, de alguna manera, forma parte del patrimonio nacional y que - en términos de inspiración y no como una receta para restaurar - es una propuesta que está allí y que nos interpela.

El batlllismo originario lideró, en las primeras décadas del siglo XX, una de las dos grandes familias ideológicas que confrontaban. Ahí había dos grandes familias ideológicas: estaba el liberalismo conservador, o el liberalismo individualista, cuya figura emblemática pudo ser Martín C. Martínez, o Irureta Goyena o Luis Alberto de Herrera (en términos políticos la lideró el herrerismo), que tenía una concepción de la sociedad, una concepción del mundo, una concepción de la democracia; y luego había otra familia ideológica que era la del republicanismo solidarista, que tenía una visión de la libertad completamente distinta, una visión de la democracia diferente, alternativa.

Los uruguayos ya se debatían sobre lo que, entonces, era su gran utopía, que era la democracia. Esas dos grandes familias ideológicas, que de alguna manera han sido los dos grandes canales por los que el torrente de la historia uruguaya discurrió, tenían diferentes visiones de la libertad. Por ejemplo, los liberales creían que la libertad era la “no interferencia”, por eso sostenían que había que pensar en la libertad individual no interferida, por ejemplo, por el Estado. Los republicanos tenían otra idea. Los republicanos concebían la libertad como autonomía, como no dominación. Los liberales conservadores descreían de la política: “cuanto menos política, mejor”. Los republicanos solidaristas afirmaban que “la política era la vida del ciudadano”, que cuanto más política, mejor. Los liberales individualistas querían menos Estado, entre otras cosas porque desconfiaban del Estado como instrumento de construcción de la política. Los republicanos solidaristas afirmaban la necesidad de que el Estado fuera el gran instrumento de construcción de derechos porque, para ellos, los derechos no precedían a la “polis”, era la política y desde la política que se construían los derechos. Los liberales individualistas afirmaban lo privado como algo muy separado de lo público y desconfiaban de los ideales de “bien público”, porque tendían a interferir sobre la libertad individual. Los republicanos solidaristas afirmaban una concepción del hombre en donde el “bien público” consumía, de alguna manera, los valores. Por eso defendían tanto las virtudes y los valores del ciudadano.

En esa perspectiva, hay elementos de aquel batllismo originario que tienen una vigencia absolutamente sorprendente. En primer lugar, su visión democrática, su visión de la democracia, que era una visión extraordinariamente republicana. Su teoría política era republicana. El batllismo incorporaba la idea de los institutos de democracia directa, pero mucho más que los habilitados por la constitución vigente. Pensaban en institutos de democracia directa con una habilitación mucho más amplia. El batllismo creía en el mandato imperativo, decía que los cargos de representación le pertenecían al Partido y que - como hacían los legisladores de izquierda - los legisladores tenían que firmar la renuncia sin fecha. El batllismo reivindicó en su programa en la década de los 20 propuestas sorprendentes, como que los integrantes de la Suprema Corte de Justicia fueran electos por voto secreto por la ciudadanía. Por ejemplo, el batllismo aplicó un modelo de organización partidaria que era extraordinariamente participativo. Había una Convención Nacional que llegó a reunirse cincuenta veces en el año 1925. ¡50 veces! ¡Casi una vez por semana! Pero además de la Convención Nacional, había un Comité Ejecutivo Nacional y Agrupación Nacional de Gobierno, donde venían quienes ocupaban cargos públicos - ejecutivos, legislativos o departamentales - a la Casa del Partido, para discutir las propuestas. Y el Partido asumía qué propuestas iba a hacer y luego estaba el mandato imperativo. Había una Convención Departamental, un Comité Ejecutivo Departamental, clubes seccionales, incluso clubes por referencia profesional. Yo que he seguido la vida de Batlle y Ordóñez, había semanas en las que Batlle tenía hasta seis reuniones políticas públicas. ¡Ni qué hablar de las reuniones privadas o semi públicas que tenía! Es decir, reivindicaba la participación como un instrumento absolutamente central para la democracia. No la participación contra la representación - tentación en la que muchos caemos - no, no, no. La participación como un componente que calificaba la representación. Esa visión, esa impronta republicana en su perspectiva democrática, yo creo que es un elemento muy poco estudiado sobre el batllismo originario y que tiene una vigencia enorme.

Un segundo elemento era la centralidad que Batlle y Ordóñez le daba - y los batllistas de su tiempo le daban - a discutir la moral privada y la moral pública. Los batllistas creían que para ser batllistas tenían que ser hombres nuevos. Por ejemplo, era mal visto que los batllistas se casaran por iglesia. Luis Batlle le pidió a Matilde Ibáñez - que era muy católica - por favor, que no le pidiera casarse por iglesia, porque no le podía darle ese disgusto a Batlle y Ordóñez. Estaba esa idea de que las personas tenían que encarnar lo que pensaban. Yo los convoco a que lean - en el Diario de Sesiones parlamentarias - la discusión por el divorcio, el proyecto de Ricardo J. Areco y de Domingo Arenas que, inicialmente, fue el divorcio por sola voluntad de uno de los contrayentes. Discusión parlamentaria que se inicia en 1911 y culmina en 1912 cambiando el sentido del proyecto, a partir de la cátedra de Filosofía de Carlos Vaz Ferreira de la Universidad de la República, por la del divorcio por la sola voluntad de la mujer. ¡1911, 1912! Allí Domingo Arena, en pleno parlamento, señaló - por ejemplo - que él creía que el matrimonio no podía ser concebido como un contrato, que cuando desaparecía el amor, desaparecía el contrato. Él estaba por la unión libre. El libro favorito de Batlle y de Domingo Arena sobre estos temas, era el libro “Por la unión libre”, de un teórico anarquista francés. Domingo Arena decía: “Yo sé que la unión libre no puede ser todavía reconocida por esta sociedad. Entonces, propongo el divorcio”. Pero asumía la discusión frontal por el tema moral y ese debate sigue vigente, aunque en contextos completamente distinto. Llega a haber propuestas de un fundamentalismo insólito. Un diputado batllista llegó a proponer la uniformización de las ceremonias de la muerte, porque así como había que buscar la igualdad en vida, había que buscar la igualdad en la muerte. Entonces, todos los féretros y todas las ceremonias, debían ser iguales. Obviamente que ahí lo que se buscaba era - en el no particularismo de los féretros - desapareciera la cruz, desaparecieran los ritos religiosos.

Julio César Grauert llegó a proponer en este parlamento un proyecto de ley por el cual el Estado - para mantenerse neutral en la lucha entre el capital y el trabajo - financiara al débil. Porque la lucha entre el débil y el fuerte, solamente así se podría establecer una pugna equiparable. ¡Por favor, que esto no trascienda! Imagínense lo que podría ser hoy estas propuestas. Lo que quiero decir es que, más allá de los múltiples proyectos que se podrían citar, había un afán igualitarista, solidarista. Había un afán por aprovechar estos tiempos de formación y por ahí está una carta donde Batlle le decía a Arena: “Aprovechemos estos tiempos de formación para hacer el país modelo, donde los pobres sean menos pobres y los ricos, menos ricos”. Y yo pregunto: esta visión de los pobres menos pobres y los ricos menos ricos, que está contemplada en plena dictadura por quien había nacido en el batllismo, como era Alejandro Vegh Villegas, que dijo: “Para que los pobres sean menos pobres, los ricos tienen que ser más ricos”. ¡Era definir la racionalidad del capitalismo! Bueno, yo me pregunto, 100 años después, ¿tenemos planteado, no solamente en el Uruguay, sino en Occidente - incluso desde la perspectiva cristiana - que hay que pelear porque los pobres sean menos pobres y los ricos sean menos ricos? ¿O muchas veces desde los gobiernos progresistas, o desde los gobiernos de izquierda, casi que hay como una resignación en que, para que los pobres sean menos pobres, los ricos tienen que ser más ricos? Pero la tiene la inspiración de izquierda que, en más de un sentido, es post capitalista, era post capitalista. Es decir, iba más allá del capitalismo.

Batlle, entonces, nunca se definió socialista, pero sus lecturas eran lecturas socialistas y muchos batllistas se definían socialistas. Esos batllistas que decían: “soy batllista, pero no soy colorado”. Justino Zavala Muniz, Julio César Grauert, Enrique Rodríguez Fabregat y tantos otros, se definían “socialistas”. Y en cualquier hipótesis, el batllismo originario se caracterizaba por ir más allá de la racionalidad capitalista clásica, que era la que señaló Vegh Villegas en la dictadura: “Para que los pobres sean menos pobres, los ricos tienen que ser más ricos”.

Entonces, si nosotros creemos en la vigencia de aquellos proyectos… Yo acá tengo un proyecto, por ejemplo, en donde en sus artículos finales, planteaba la participación de los trabajadores en las utilidades de las empresas. Esta iniciativa le fue presentada al parlamento. Pero además, Batlle y Ordóñez la incorporó en el diario “El Día”. Aquí está el reglamento - para que en el diario “El Día”, los trabajadores y empleados participaran del 30% de las ganancias. Y durante mucho tiempo se le discutía: “¿Y por qué sólo el 30%?” Yo pregunto: ¿qué pasaría si mañana el presidente José Mujica dice: “vamos a tomar este proyecto que tiene 100 años?. La participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas”. ¿Qué pasaría? Y yo me pregunto: ¿es tan loco este proyecto? ¿Es tan radical? ¿Es tan fuera de lo concebible? ¿O es una iniciativa - entre otras muchas - que está en la agenda de cualquiera que sienta que hay izquierda y derecha y que, para construir el porvenir, vale la pena arriesgar? Nadie me dirá que esto no es discutible.

El batllismo, como tradición, nos sigue interpelando. No solamente al Frente Amplio, sino que creo que es una interpelación nacional que hay que registrarla con esa magnitud, porque esas interpretaciones son nacionales. Obviamente, después está el texto político-partidario que es muy legítimo. Pero cuando son nacionales, dan ciertos espacios para construir cosas que son mayores. ¡Ojalá hubiera más batllismo en todos los partidos! Entre otras cosas porque habría más inspiración para discutir estos asuntos.

¿Cuáles son estos asuntos? Estos asuntos son la solidaridad, el solidarismo. Irureta Goyena - el gran ideólogo conservador que ha habido en el Uruguay, uno de los grandes del Uruguay - en su discurso de ingreso a la Academia Nacional de Letras, leyó una conferencia magistral, pero profundamente conservadora, que se llamaba “El Peligro de la Fraternidad” (para el al igual que para Batlle y Ordóñez la Gran Revolución era la Revolución Francesa) en esa oportunidad Irureta Goyena decia: “Por supuesto que la libertad no es problema. Tampoco es problema la igualdad, porque la igualdad debe ser entendida como la igual libertad. El problema es la fraternidad, que es la solidaridad. El problema es la idea que, desde la solidaridad, se puede transformar la sociedad”. Y decía también en ese discurso: “Para cambiar cualquier sistema hay que cambiar la mente y el corazón de las personas”. Y terminaba, desde el liberalismo conservador, cuestionando la democracia, y decía (textualmente): “La democracia, que es una forma de organización de los poderes públicos, sin embargo - con el solidarismo - se ha convertido en la máscara de los gobiernos izquierdistas”. ¡Esta era la democracia! Como diría Frugoni: “las tres dimensiones de la democracia”. El socialismo nos sigue interpelando.

La construcción de debate democrático, que entre otras cosas supone debatir sobre conceptos diferentes de democracia. Hoy es esta interpelación de cómo combinar participación y representación, esta idea de avanzar.

Don Pepe miraba lejos. Vean ustedes todos los centenarios que se están celebrando en estos cuatro años, la segunda presidencia de Batlle. Por ejemplo, se citaba la ley de creación de los liceos departamentales, que es un proyecto de ley enviado en 1911 y que se concreta a finales del 11 y se promulga a comienzos del 12. Establecía que esos liceos departamentales debían ser públicos, porque solamente así podían incorporar a los pobres, serían el embrión de 19 universidades. Él pensaba en una universidad por departamento. Esa generosidad para pensar el porvenir llevó a que a Batlle lo acusaran de “porvenista”, de estar mucho más preocupado por el futuro que por el presente y, sobre todo, de negar el pasado. Y Batlle, cuando le discutían respecto a que el colegido no había sido practicado prácticamente por nadie, les decía: “Si no hay antecedentes, mucho mejor. Seremos los primeros”. Esa inspiración, ese coraje para pensar, comenzó en este Palacio. En las cartas a Domingo Arena hay una carta en la que le dice: “Arena, hay que hacer el Palacio Legislativo y cuando lo hagamos (él ya había puesto la piedra fundamental, era una de sus obsesiones), hagamos un edificio para los siglos”. Incluso lo pensó en este lugar. ¿Por qué? Porque este lugar, en un Montevideo mucho más plano, sin grandes edificios, era la Acrópolis de Montevideo, era esta idea del Palacio de las Leyes.

Por supuesto que podríamos decir mucho más, pero la fuerza de esa inspiración creadora, sigue interpelando al Uruguay de hoy.

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