México está enfermo,
¿por las ENT?

Por María Cristina Rosas*

A la memoria de Lety Orellán y Alonso Lujambio.

México está gravemente enfermo y en peligro de perecer, no a causa de agresiones procedentes de otros países, ni por el intervencionismo de EEUU., como tampoco por obra del crimen organizado ni del terrorismo internacional. El mayor enemigo de México son los estilos de vida de su población. Su población total asciende a 112 millones de habitantes según el censo de 2010. El 70% se concentra en las ciudades.

Mafalda, en una recordada frase, afirmaba que “El mundo está enfermo”. Por supuesto que la célebre argentinita llegó a esa conclusión luego de ver las noticias del día, plagadas de información sobre conflictos armados y violaciones a derechos humanos. Sin embargo, desde el punto de vista médico, la frase de Mafalda tiene otro significado, dado que el mundo, en sentido estricto, padece diversas patologías.

A grandes rasgos, los males del planeta, en términos epidemiológicos, se pueden dividir en dos grandes categorías: las enfermedades transmisibles y las que no lo son. Las primeras son aquellas que “se originan por la entrada de un microorganismo al huésped (agente etiológico); se transmiten entre los seres vivos en forma directa (por contacto), o por vía indirecta (por vehículos químicos, físicos o biológicos), o la acción de vectores (intermediarios biológicos entre el agente y el huésped)”.1 Los avances en la ciencia y en la tecnología han permitido asestar un duro golpe a ese tipo de afecciones gracias, por ejemplo, al desarrollo de fármacos que actúan favorablemente sobre el sistema inmunológico. Es verdad que aún falta mucho por hacer para tener un planeta libre de enfermedades transmisibles, dado que todavía subsisten algunas muy letales -i. e. el VIH/SIDA y el ébola, por citar sólo las más conocidas- para las que no existe antídoto que supere definitivamente sus mortíferos efectos. Con todo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el número de defunciones provocadas por enfermedades transmisibles se reducirá en el transcurso de los siguientes 20 años.2 Esta es, por supuesto, una estupenda noticia.

Sin embargo, hay una segunda categoría de enfermedades, las no transmisibles (ENT), mismas que en 2008 fueron responsables del 63% -o 36 millones- de las defunciones totales -equivalentes a 57 millones- que se produjeron en el planeta.3 Una paradoja de las ENT es que si bien constituyen los problemas de salud más comunes y costosos en países desarrollados y crecientemente en los países pobres, son evitables. Baste mencionar que en ese mismo año, el 80% de las defunciones atribuidas a las ENT se produjeron en países de ingresos medios (como México) y bajos. Entre las ENT figuran las cardiovasculares, el cáncer, la diabetes mellitus, la artritis, el asma y las afecciones mentales, su desarrollo obedece, entre otros factores, a malos hábitos y estilos de vida que incluyen el sedentarismo, el consumo de alcohol y tabaco, una dieta a base de alimentos procesados y poco nutritivos, etcétera.4 Tanto las enfermedades transmisibles como las ENT demandan una erogación importante de parte de los Estados a fin de contribuir a reducir sus efectos adversos en la calidad de vida de la población. Lamentablemente en muchos países el gasto en salud es insuficiente, o se le emplea de manera deficiente.

El gasto en salud
En la carta constitutiva de la OMS que data de 1946, se establece que “el goce del grado máximo de salud que se pueda lograr es uno de los derechos fundamentales de todo ser humano”.5 También se explica que “la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”.6 Nadie podría estar en desacuerdo. En los hechos, sin embargo, el disfrute del grado máximo de salud, al igual que el goce de un bienestar amplio, no está al alcance de millones de seres humanos y las disparidades son enormes entre países. Considerando el desembolso per cápita incluyendo fuentes públicas, privadas e instancias externas- en Eritrea (Africa) se destinan apenas 11 dólares al gasto en salud, mientras que Luxemburgo eroga 8 mil 262 dólares.7 Por supuesto que un gasto en salud alto no significa necesariamente que los recursos sean empleados de manera eficiente, si bien lo que sí es entendible es que una baja asignación presupuestal al sector, compromete el acceso universal inclusive a un número limitado de servicios básicos/elementales en beneficio de la población.

Adicionalmente hay que repensar el concepto mismo de “gasto en salud”, toda vez que puede significar muchas cosas. El Banco Mundial, por ejemplo, explica que este es la suma del gasto público y privado en rubro, y que incluye además actividades de planificación familiar, nutrición y acciones de emergencia destinadas a la salud, pero que no contempla el suministro de agua ni de servicios sanitarios.8 Conforme a esta institución, Estados Unidos es el país que más gasta en salud en el mundo -en 2010 le destinó el 17.9% de su producto interno bruto (PIB). Países europeos como Alemania, Suiza, Francia y Dinamarca, por citar algunos casos, mantienen cifras de dos dígitos -11.6; 11.5; 11.9; y 11.4% del PIB, respectivamente-. México gastó en ese mismo año -tras el “susto” por la influenza A H1N1- el equivalente al 6.3% del PIB, una cifra que, en principio, no se ve tan mal, pero que es inferior a lo que destina Argentina -8.1%-; Chile -8%-; Brasil -9%-; Costa Rica -10.9%-; e inclusive países con niveles de desarrollo más bajos, por ejemplo, Ruanda -10.5%-; Burundi -11.6%-; Botsuana -8.3%-; Lesoto -11.1%-; y Liberia -11.8%.9 En América del Norte, México es el que menos gasta en el sector, dado que la Unión Americana, como ya se explicó, eroga alrededor del triple, en tanto Canadá, con su 11.3% del PIB, casi duplica lo asignado por los mexicanos. Si bien se espera que al finalizar esta década, México destine el 10% del PIB a la salud, existe también la imperiosa necesidad de que dichas erogaciones sean “sustentables”, dado que, hoy por hoy, el país tiene una de las tasas de “gasto de bolsillo” más altas del mundo.

En México lo que destinan las familias a su salud equivale a la mitad del presupuesto total en salud. Gastar en salud, entonces, puede tener efectos empobrecedores y de declive de la calidad de vida de las familias, dado que gran parte de sus ingresos deben canalizarse a ese terreno, debiendo sacrificar la satisfacción de otras necesidades básicas./10 Esta situación se contrapone a los postulados de la OMS, la que pugna porque el financiamiento de la salud se base en la justicia, la calidad y la protección financiera, temas, todos ellos, que aun siguen pendientes de solución en México.11 Ciertamente la creación del seguro popular a partir de 2003 apuntaba a disminuir la carga financiera que les representa a muchas familias mexicanas de escasos recursos el acceder a servicios de salud, pero las cifras actuales colocan al gasto público y al de bolsillo en proporciones equivalentes -48% para cada uno-, con lo que, de nuevo, sale a relucir que la población es la que, a través de recursos propios, paga directamente las consultas médicas, los medicamentos y tratamientos a los que no tendría acceso, por diversas razones, a través del sector público.

Asimismo, hay una distinción importante en la manera en que suele operar el gasto en salud en los países ricos frente a los que no lo son, dado que los primeros privilegian un enfoque preventivo, en tanto que en segundos, se suelen asignar partidas presupuestales para atender problemas en marcha, esto es, con un cariz profundamente reactivo, lo cual es costoso y evita generar las condiciones para contar con sociedades sanas en el mediano y largo plazos. México ejemplifica una política de salud encaminada a atender enfermedades en curso, no a prevenirlas, al revés de lo que se observa en países con alto desarrollo humano como Noruega, Suecia, Finlandia y otros más.

México y sus patologías
La demografía de México ha cambiado. La población total asciende a 112 millones de habitantes según el censo de 2010 realizado por el Instituto de Estadística y Geografía (INEGI).12 En 2030, se calcula que la tasa de crecimiento demográfico será de 0.69%, por lo que la población llegará a 120 millones de habitantes.13

La población mexicana tiende a envejecer. Esta situación obedece a factores como el incremento de la esperanza de vida;/14 el declive de la tasa de fecundidad;15 y la disminución de la tasa de mortalidad.16 Aunado a ello figura la urbanización, proceso que ha llevado a que más del 70% de la población se concentre en las ciudades, con los estilos de vida poco saludables que ello conlleva. Así, el país ha vivido una transición epidemiológica de enfermedades transmisibles a ENT. Baste mencionar que a mediados del siglo XX, la mitad de los decesos obedecía a enfermedades infecciosas, problemas de desnutrición y reproductivos. En el siglo XXI, esas afecciones apenas llegan al 15%, siendo reemplazadas por el auge de las ENT, responsables del 75% de los decesos en el país.17

En consecuencia, se ha producido un giro en las principales causas de muerte en México dado que, por ejemplo, en la década de los 40 del siglo precedente, la primera de ellas eran las enfermedades gastrointestinales, mientras que hoy es la diabetes mellitus.18 Asimismo, es importante destacar que, a diferencia de los países desarrollados donde las enfermedades transmisibles prácticamente son inexistentes, en México éstas coexisten con las ENT y que, en ciertos estados y regiones, aquellas tienen una alta incidencia como resultado de la prevalencia de condiciones de pobreza, marginación y falta de acceso a servicios de salud. También se observa el resurgimiento de enfermedades infecciosas antes controladas, como la tuberculosis y el dengue.19

En cualquier caso, el escenario al que se enfrenta México en el futuro cercano, es el de una población más longeva pero con baja calidad de vida dado que, en general, está y estará gravemente enferma, con padecimientos cuya atención es y seguirá siendo muy costosa. Vale la pena analizar la problemática de la diabetes mellitus en el país.

La diabetes mellitus no figuraba entre las principales enfermedades mortales en México sino hasta 1990, cuando experimentó una espiral ascendente que supera, por ejemplo, a otras causas de muerte en el país, incluyendo los homicidios. En el cuadro anexo se observa que, inclusive, desde los 80, las víctimas fatales de la diabetes mellitus no han parado de crecer. De hecho, esta enfermedad ha sido responsable, a lo largo del gobierno de Felipe Calderón, de 482 mil 140 decesos, cifra, por mucho, superior a las 60 o incluso 70 mil víctimas fatales del crimen organizado en el mismo período. Para ponerlo más claro: en esta administración, por cada deceso provocado por la violencia del narcotráfico y el crimen organizado, hay siete provocados por la diabetes mellitus.20 Lo que es más: respecto a la administración de Vicente Fox, cuando la diabetes mellitus cobró la vida de 361 mil 514 personas, la de Calderón, con las cifras ya expuestas, tuvo un incremento del orden de las 120 mil 626 personas fallecidas, lo que sugiere que las autoridades han fracasado en las políticas de prevención y gestión de esta letal enfermedad. Así, sumando los decesos de los dos sexenios, la diabetes mellitus h