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Ganzúa, la revista que le dio alegría a la lucha
Entrevista a Alvaro Rodríguez y Diego Damián
- ¿Cómo comenzó la Revista “Ganzúa”? - Era un momento muy especial donde había “mano de obra desocupada”. Salíamos de las cárceles, se llegaba del exilio, empezábamos a emerger de la clandestinidad. Se trataba de generar un proyecto de trabajo, con gente de diversas fuerzas políticas, con gente de los partidos tradicionales, el objetivo era generar una publicación juvenil. Una publicación juvenil en el marco de toda una batería de acciones y de instituciones destinadas a darle cohesión a ese movimiento estudiantil tan amplio y tan arrollador que venía surgiendo. Fue una iniciativa que la tomamos con muchísimo entusiasmo. Lo que nos sorprendió a nosotros, en primer lugar, es como una cosa que surgió sin que tuviéramos mayor experiencia específica, ni dominio pleno, se transformara en un fenómeno, por sí mismo, con calidad, que duró bastante (más de dos años). Y eso se debe a una serie de factores que se dieron. Uno de ellos, era el momento de efervescencia, una ola en la cual - como nosotros estábamos en la cresta - y te llevaba, te arrastraba y junto contigo a una cantidad de gente de esta sociedad.
- Estaba cayendo la dictadura, pero se vivía una realidad ambigua… - Sí. En realidad nosotros, los primeros encuentros que tuvimos con el equipo que después se iba a quedar al frente de la publicación, fue en el 83, donde estaba cayendo la dictadura, pero también estaban cayendo compañeros presos y todavía se torturaba. A mediados del 83, el 2 de agosto, fueron las famosas medidas en que salió Rapela a hablar por televisión, para imponer la censura previa. O sea que hubo otro ajuste de tuerca. No estábamos todavía en la apertura más abierta. Es también cuando se da el golpe a la UJC universitaria y se llevan presos a un montón de compañeros. O sea, la dictadura estaba galgueando, pero estaba pegando todavía.
- Y las primeras reuniones, ¿de qué carácter son? - De carácter clandestino, muy reducidas, promovidas por Luigi Bazzano, buscábamos mediante la conversación y el diálogo con la gente de los partidos tradicionales, con Miguel Barandiarán, con Marquitos Gutiérrez Ruiz, con Diego López y Miguel Petit del Partido Colorado, con J.P. López del Partido Nacional (que después se vino para el Frente Amplio) y con otros compañeros que estaban trabajando en la resistencia contra la dictadura, que estaban coordinando actividades y nosotros los conocíamos de esos años.
- ¿Tenían experiencia o manejo del periodismo? - No, no había experiencia previa. Se puede decir que alguno de nosotros teníamos un perfil que tiraba para el lado propagandístico, porque habíamos tenido ese tipo de tarea antes y durante la clandestinidad. Pero no había experiencia concreta en prensa. Alguno de nosotros llegamos a hacer en ese ínterin algún tipo de cursillo que nos dio Efraín Churi Iribarne o José María Pasquini Durán, pautas de trabajo periodístico que nos fueron muy útiles. Pero sin mayor profundidad. (Alvaro Rodriguez acota). Por otro lado yo tenía un grupo de amigos vinculados a la gráfica, a la publicidad y cuando me hicieron la propuesta yo les propuse a ellos incorporarse a este proyecto. Y se incorporaron. Y ellos tenían en la parte gráfica, si bien era gente muy joven, alguna experiencia laboral y esa fue la gente que hizo la diagramación.
- ¿Te acordás de alguno de los nombres? - ¡Si, como no! Yamandú Cuevas (que sigue siendo un gran amigo), Miguel de los Santos, Salvatore…
- ¿Consiguieron fotógrafo? - El fotógrafo era Nelson Wainstein. Y ninguna de esa gente cobraba ni un peso. Nada. Salvo alguna vez por algún viaje al interior, algún viático y nada más. Era todo absolutamente así y se mantuvo así hasta que terminó.
- ¿Se acuerdan del primer número cómo fue y alguno de los temas que abordaba? - Si, el primer número tenía en la tapa a un preso. También fue la primera gran discusión sobre los nombres para la revista. Si, en principio se iba a llamar “El Picaporte”…Se manejaron varios nombres hasta que vino, la iniciativa de la madre de Alvaro, que sugería llamarla “Ganzúa”. Mi vieja nos dijo: “esta puerta no la van a abrir con un picaporte, la tienen que abrir con una ganzúa”.
“Ganzúa” prendió enseguida y quedó. Saltamos de los nombres más esotéricos a los más ridículos, a los más sobrios, a los más idealizados y llegamos a éste. Después hicimos publicidad en radio, grabada por nosotros mismos, en la 30.
- Para aquellos días un preso en la primera tapa era más que audacia… - Teníamos a un preso y decía: “hace tiempo que estaba esperando la ganzúa”. Ahora salieron. O sea que ya, notoriamente, apuntaba para ahí, ¿no? Era un momento terriblemente fermental, de entusiasmo, teníamos muchas ganas de hacer cosas y hubo una rápida receptividad a lo que hacíamos por parte de la gente. No fue difícil pedir las colaboraciones, periodísticas o, en el plano económico también. Lo complicado era que se trataba de actividades permanentes y de continuo. Conseguir dinero de un momento para otro. Las colaboraciones en el plano del material gráfico, de notas, de abrirnos puertas para llegar a concretar los reportajes, que no siempre es sencillo, encontramos mucha receptividad. Esto se daba en momentos en que la agenda de la gente que queríamos entrevistar, andaban muy completas, porque en ese momento estaba renaciendo el Uruguay - de alguna manera - y aquello hervía, bullía. - Dado el momento (salida de la dictadura) las publicaciones del momento tenían corta historia… - Bueno, no había ninguna publicación con historia en ese momento. Eran todas nuevas y las experiencias eran muy nuevas. Tú también nos preguntabas por el equipo. Ese equipo generó “Ganzúa”, pero también después “Ganzúa” moldeó a ese equipo y funcionaba de manera muy democrática, funcionaba casi en estado de asamblea. Fuimos intuitivamente hábiles para distribuirnos las tareas de acuerdo a las características de cada uno y a las posibilidades y a los rasgos personales. A lo que era saber que uno podía dedicarse a los números, el otro podía dedicarse a vender, el otro podía dedicarse a la gráfica, el otro podía dedicarse a pensar. Teníamos momentos muy divertidos en el transcurso del mes en el que estábamos haciendo la publicación, como era, por ejemplo, el día de la titulación. Había dos momentos que eran casi orgásmicos: uno era el de generar el contenido del próximo número, pensarlo, pelotearlo, definir los temas y salir como “perros” atrás de esos temas para conseguir lo que se pudiera conseguir, siempre fuera de hora, siempre fuera del horario de trabajo de cada uno. Eran los tiempos que faltaban, no los tiempos que sobraban, restando tiempo a la familia, al trabajo, al estudio (porque todos éramos jóvenes y todos estábamos estudiando en ese momento); y el otro momento era el de la titulación, que era como la síntesis de todo lo que habíamos logrado. El darle el “toque” de que aquello que habíamos puesto ahí, que sabíamos que era bueno, que podía ser más o menos bueno o, de repente, no tan bueno, de llamarle la atención a ver cómo se presentaba gráficamente - que en eso nos descansábamos en Alvarito, fundamentalmente, que tenía que darle la pincelada final, pero en otra parte muy divertida era la titulación y el armar títulos y subtítulos que deberían generar interés por lo que estábamos diciendo. Eso hace un poco también a lo que tú decías que era el estilo de cómo nosotros veníamos trabajando. Le dedicábamos el tiempo a eso y nos gustaba hacerlo. Una cosa es lo gráfico, porque todo el contenido tenía que tener su diferente forma. En aquel entonces la parte de fotomecánica era muy complicada.
Por ejemplo en aquel momento había letraset y otras cosas que la gente joven no sabe ni de qué se trata. Pero teníamos problemas con eso, con toda la parte de pasaje de lo que habíamos escrito a máquina a la tipografía de imprenta. Y entonces, otra cosa que apareció como una solución, fue escribir los titulares a mano. Y entonces medio que inventamos ahí una letra que era muy característica. Y eso también le dio una soltura y un perfil propio que traducía el contenido.
- ¿Y en qué imprenta lo hacían? Porque lo hicieron en más de una… - Primero en “El País” y después en “Polo”. Pero en todos los casos quedamos sin deber un peso. A pesar de que tuvimos que cerrar por problemas financieros, seguimos funcionando un tiempo después que la revista había cerrado, con todo el dolor que teníamos, porque la cuestión era dejar todas las deudas saldadas. Y así quedó.
- ¿Se acuerdan de los temas que abordaban? - Mirá, voy a matar dos pájaros de un tiro. La revista surgió - como decía Diego hace un rato - como una aglutinación de diferentes sectores políticos, con mucha fraternidad. Después la vida nos fue separando porque fueron cambiando los tiempos políticos. Hubo elecciones, cada uno empezó a trabajar para su partido y aquel proyecto inicial quedó como descolocado, en ese sentido y seguimos prácticamente sólo los comunistas. Sin embargo, nunca caímos en el sectarismo o en encerrarnos, o en el adoquinismo. Seguimos manteniendo la preocupación porque estuviera presente el tema de la educación sexual, de la homosexualidad, del aborto - fijate, temas que están hoy tan presentes - la marihuana, la vida de los jóvenes en la calle, el Interior.
Regularmente, casi sin recursos, íbamos al Interior. Todos los números salían con un departamento del Interior, para reflejar qué era lo que pasaba con la gente joven en esos lugares. La historia del movimiento obrero, para los compañeros que estaban haciendo sus primeras armas sindicales. ¡Un montón de temas! Temas nacionales, temas históricos, temas de denuncias respecto a la represión que estaba vivita y coleando, todavía. Y sacábamos fotos del penal de Punta Rieles, sacábamos denuncias sobre la Dirección Nacional de Inteligencia, sobre el 300 Carlos, sobre un montón de cosas donde fuimos, sino pioneros, anduvimos ahí. A veces, éramos pioneros por un mes o dos. Y después, por supuesto, otros medios más importantes tocaban esos temas.
Pero ser punta de lanza en esos temas, no era poca cosa. ¡Y lo éramos, muchas veces! Y esa amplitud y esa valentía generó una simpatía, como contrapartida, que hizo que - por ejemplo - fueran colaboradores más o menos permanentes (económicamente) de la revista, gente como Benedetti, como Joan Manuel Serrat, creo que también Pablo Milanés la primera o la segunda vez que estuvo acá nos hizo un aporte económico.
- Pero, además, ustedes reflejaban a estas personalidades en la revista, en los contenidos. - Les hicimos reportajes a todos ellos. Siempre teníamos un reportaje principal que era a alguien de destaque, que pudiera ser quien fuera pero que despertaba interés: a Seregni, Cathy Gularte (que nos peleamos para estar todos en ese reportaje) (risas), la trova cubana, el “Negro” Rada, “Tato” López… Era muy amplio. Prácticamente, pasaron todos los personajes emergentes y no emergentes de esa época. Tipos que eran recontra estrellas.
Cuando vino Serrat acá por primera vez después de la dictadura, exhibiendo aquella famosa escarapela del Frente Amplio, que generó polémica, se defendió diciendo; “me fui con esta escarapela y vuelvo con esta escarapela”, dio dos entrevistas. ¡Dos! Una a Canal 10 y otra a nosotros. ¡Y a más nadie! Chico Buarque, también. Y eso era fruto de eso y nos habían identificado con esa corriente. ¡No sé explicarlo bien! Justamente aquí vale recordar una anécdota. Cuando vino Silvio Rodríguez, que vino al acto de asunción de Sanguinetti, vino con Pablo Milanés. Diego Damián lo fue a recibir al aeropuerto en auto. Iba en nombre de “Ganzúa”, pero ya estaba hecho el contacto y él sabía que lo iban a ir a buscar. Entonces a Diego siempre lo jorobábamos en la revista. Le poníamos el perfil de la nariz en la fotito de los reportajes y la cortábamos. Le dejábamos que se viera sólo la nariz y poníamos una flechita que decía: “la nariz de Diego”. Siempre aparecía y jorobábamos con eso: la nariz de Diego, la nariz de Diego… Cuando Diego se encuentra con Pablo Milanés que nunca había estado en Uruguay y - por supuesto - no conocía a Diego y Diego le dice: “mirá, te vengo a recibir de la “Ganzúa”, el loco lo mira y le dice: “¡ahh, vos sos el de la nariz!” (Risas) Cómo sacó que era el de la nariz no tengo idea, pero le había llegado. El tipo lo había leído y ya conocía la “Ganzúa”. Entonces, además de todo lo que hablamos de la corriente positiva y todo lo demás, ¡esto nos estimulaba! Había una receptividad a todo lo que tenía que ver con la revista, que era brutal.
Teníamos por regla, en ese funcionamiento democrático, casi de asamblea, asistir regularmente a un recital… Muchas veces o siempre en los recitales otorgaban una o dos acreditaciones para que fuera un cronista y un fotógrafo para dejar grabado el material, hacer un registro - en definitiva - de la actividad. Pero nosotros nos dábamos maña para terminar entrando todos. Todos al área de prensa, todos al lado del estrado. ¡Y sucedía que no era nada difícil eso, porque se nos abrían las puertas fantásticamente! Ese entusiasmo que teníamos nosotros, que se reflejaba en cómo funcionaba el equipo, de alguna manera estaba instalado también del otro lado.
Cuando vino el comandante nicaragüense Daniel Ortega, que vino con una seguridad del “carajo”, nos pusimos a conversar con los custodias y a regalarle revistas. En determinado momento echaron a toda la prensa - el momento previsto para la prensa ya había pasado - y llegó el comandante Ortega. ¡Los custodias de Ortega a nosotros nos tenían escondidos adentro de un ascensor! ¡Cuando Ortega nos vio se quería morir! (risas) Y ahí le hicimos la nota. Porque había ese “feeling”, esa cosa que te daban pa’delante. Pero podemos agregar otra… Cuando vinieron “Los Olimareños” al Estadio Centenario, uno de los compañeros gráficos - que es fallecido ahora, Miguel de los Santos - trabajaba operando el tablero electrónico del estadio (que no es el mismo que hay ahora) que estaba todo copado por Coca Cola. Y el loco dijo: “yo voy a mechar a la “Ganzúa”. Entonces pasaban avisos de Coca Cola y de “Ganzúa” (risas). Decía: “bienvenidos al paisito, Ganzúa”. Y la gente empezó a gritar. “Ganzúa sí, Coca Cola no” (risas). ¡En el Estadio Centenario! ¡Estábamos con “Los Olimareños”! ¡No se puede creer!
- Corremos el riesgo de olvidarnos de alguno, pero sería muy bueno conocer los nombres de aquellos mentores de Ganzua… - Claro, claro. Yo creo que en ese equipo convivían diferentes personalidades, diferentes habilidades, que se mezclaban mágicamente. Teníamos a Alvaro Cerchiari que como nuestro secretario de redacción bajaba los temas a tierra. El redactor responsable, Pedrito Vera, siempre con perfecciones y con una mirada que iba un poquito más allá de lo que estábamos haciendo, ¿no? Seguramente porque, entre otras cosas, se jugaba los calzoncillos o terminar en una celda, o con una demanda, que era la otra chance que había. (ya que había que animarse a ser redactor responsable de una revista en dictadura). Había quienes tenían alguna experiencia en prensa, como Evana Tost. Había alguien más que alguna vez había escrito algo para alguien, pero que también era muy incipiente su experiencia. Estaban Marina Peréz, Jorge Pelúa, Juanita Canosa, Ewe Vaz, Leonor, el Gallego Garabal, Gonzalo “El Duche” Ross, Arlés Galli, Sandro Davisogno y Davis Bogacz, los dos perfilados para el lado de la música, conocedores, fascinados por la música y siempre buscando la pata que nos faltaba en ese sentido. Graciela Lignelli, que se puso a estudiar y escribía sobre sexo. Después como colaboradores - que no participaban tanto en la diaria - el “Macu”, “Macunaíma”, el “Corto” Buscaglia y Pablo Escobar.
Los dibujantes, que trabajaban en gráficos. Yamandú Cuevas, Miguel de los Santos, yo (Alvaro Rodriguez), José Estévez. Los que estuvieron más tiempo, sobre todo Yamandú y yo. Y después iba y venía gente. En fotografía teníamos a Nelson Wainstein y colaboradores como Casacuberta y, después, había mucha gente que nos arrimaba notas. Teníamos, nada más ni nada menos, al que fue jefe de informativos del Canal 4, Nelson Fernández, haciendo la página de deportes. Ese fue un buen colaborador, también. Ya te digo, no iban a las reuniones, no participaban del Consejo de Redacción, pero arrimaban sus notas y no cobraban ni un mango, porque sabían que era trabajo voluntario.
Había varias parejas constituidas que trabajaban en el equipo, muchas veces traían a sus hijos que terminaban durmiendo arriba de bancos o diarios mientras trabajábamos. Pero todo se hacía con mucho entusiasmo y afinidad con lo que estábamos haciendo. Encarábamos los actos del Frente o de lo que fuera para hacer finanzas. Salíamos en barra, en patota, hacíamos bonos, hacíamos rifas, hacíamos actividades múltiples y estábamos ahí, metiendo cara y metiendo trompa. Y muy parejos todos.
- Y migraron a varias casas y locales… - ¡Uhh! Bueno, empezamos al inicio en una casa medio clandestina. Después en una casa en la que vivía uno de nosotros, prestada por Willy Vázquez, por General Paz. Una casa con una historia un tanto compleja, estaba medio abandonada, ya que había sido “tatucera” del MLN, había quedado como “tierra de nadie”. Después estuvimos en la casa de los suegros de Pedro Vera, en 18 de Julio, arriba de la fotomecánica, Fotomec. En mi casa hicimos algún número indica Alvaro. Después estuvimos en Maldonado y Yaro, arriba de la pensión de Roberta (risas). Era la pensión de todos los travestis y al lado estábamos nosotros, existe todavía.
- Y económicamente, el esfuerzo era grande… - Económicamente era una batalla dura. Teníamos una parte de la distribución que la hacíamos a través del esquema de distribución comercial y otra parte mano a mano y vía vínculos.
- ¿Estaban en los quioscos? - Si, estábamos en los quioscos. Pero otra parte importante en determinado momento se hacía a través de la UJC y de los seccionales de ésta, con un retorno de dinero muy complicado y esa fue una de las cosas que nos marcaron y lo hicimos una sola vez. Mirá, nosotros tuvimos dos eventos que marcaron el cierre de la “Ganzúa”. La batalla que perdimos fue la económica. Nosotros la veníamos remando, empatábamos la guita medio justa, tirábamos lo justo, sabíamos que no íbamos a tener retorno, pedíamos (cada tanto) alguna bocanada de oxígeno, conseguíamos publicidad (a gomería Luco, a la agencia de viajes “Rumbo”, Agencia Central, la pescadería “Comercio” de los padres de Graciela, una pinturería…). Había un espectro de anunciantes. Pero ya te digo: siempre estábamos ahí, bordeando la línea de flotación. Y hubo dos eventos que marcaron el cierre: uno de ellos fue un baile impresionante que hicimos en el Palacio Peñarol (el “Baile del Gusano”) que lo hicimos a medias con la UJC, o sea que la recaudación iba a ser a medias. Llenamos toda la cancha del Palacio Peñarol y el primer anillo. Un tipo que hace cabezudos para el carnaval (o hacía, porque era un hombre mayor) se ofreció por cuenta de él. Apareció un día a tocar timbre, que quería hacernos un cabezudo con el gusano. Llego el dia y se nos apareció el hombre con el cabezudo, con el gusano. Con ese cabezudo hicimos una farándula recorriendo todo el Palacio Peñarol. ¡Fue un baile espectacular! En determinado momento cayó una inspección del INAU y no teníamos permiso, no teníamos nada. Por lo tanto, puso una multa. Cuando fuimos a hablar con los compañeros de la Juventud para que nos dieran la mitad que nos correspondía, descontando la multa, obviamente, nos dijeron: “¡no, no sabés! ¡La multa fue tremenda! ¡No quedó nada!” ¡Y no nos dieron nada! Años después nos enteramos que eso no era cierto. Esa fue la Secretaria de Finanzas nacional quien nos planteó eso. Esa fue una. Y la otra fue que un día vinieron y nos dijeron: “¡No, compañeros! Esta revista hay que difundirla por la estructura”. Nosotros veníamos tirando 2500 ejemplares. Tiramos 4000, se los dimos a la Juventud, ¡y no vimos un peso! Pero la deuda que generó imprimir 4000 había que pagarla. Después se pidió apoyo económico para salir de esa situación y ya se notaba que había una decisión expresa de que no se vendiera la revista, porque el apoyo fue nulo.
Teníamos claro para quienes trabajábamos, había mucho entusiasmo de la gente con la que trabajábamos - que es la gente de la UJC - , Es más, en algunos momentos podía llegar a pensarse - sin que nos diéramos cuenta - que estábamos en una situación casi de “glamour”, por decirlo de alguna manera. ¡Estábamos con un nivel de exposición, de visibilidad que nosotros ni sospechábamos que teníamos! Nosotros estábamos haciendo lo que estábamos haciendo. Aunque de alguna manera no éramos del todo conscientes. Y había también mucha receptividad de la gente que aún hoy te dicen: “¡Ahh “Ganzúa”, como no. Si yo siempre la esperaba a “Ganzúa”! Y en la UJC nos encontrábamos con que había muy buena receptividad, pero no sucedía eso con todo el mundo, ¿no? Y menos sucedía con alguna gente del Partido. Y esas fueron muchas de las dificultades con las que nos fuimos enfrentando en los diferentes momentos y creo que fueron las dificultades que llevaron al cierre de “Ganzúa”. Un compañero - cuando ya estábamos en las últimas en que no se nos daba el dinero para que saliera la publicación - me dijo: “pero plantéaselo a León. Planteale a León que hay decisión o que vos pensás que está habiendo una decisión política de no apoyar…”. Y me animé a decírselo, con todo lo que significaba decirle una cosa así al Secretario de la Juventud, que algo no estaba funcionando y que habían decisiones de esas características que nos parecían mal y que así iban a matar a ese proyecto. Y se lo dije, me animé y en una reunión se lo dije. Y me llamaron la atención dos cosas: una es que se dormía mientras se lo decía y después me salió con que había que militar más y no sé qué otras cosas…
Pero lo que sí se puede decir es que hay que saber que desde lo más alto de la Juventud, hubo una intención o no se entendió el proyecto en su cabalidad, lo estratégico del proyecto, lo maravilloso, lo generador. O se entendió y no se compartía. Pero no hay duda que ese proyecto lo generó la UJC y lo mató la UJC, a pesar de nosotros.
- ¿Cómo recibían esta publicación los políticos de aquella época? - Entrevistamos a muchos políticos. A Seregni lo entrevistamos en la casa a poco de salir de la cárcel, a Germán Araújo, a Arana que era un político emergente y ya era candidato a intendente. Pero también a Arismendi, que nos recibió en la Casa del Partido y nos hizo traer del boliche lo que quisiéramos: cerveza, whisky, caña. Durante el tiempo que duró esto, venía y se asomaba Jaime Pérez y se asomaba Enrique Rodríguez por la puerta (porque se pasaban el dato y venían a ver) porque no podían creer que el tipo nos estuviera atendiendo así (risas). Por supuesto que hubo otras interesantísimas. En cierta medida porque todos los veteranos son receptivos. Si no son unos viejos cascarudos son receptivos y les entusiasma ver jóvenes que salen empujando y peleando y buscando un espacio y disfrutando de esa búsqueda y de ese logro. Y en esa medida, sería muy raro que alguien se negara o que no se contagiara de ese entusiasmo. Pero además estaba lo otro: que todo lo que pudiera venir de nuevo en esos momentos en que estábamos desprendiéndonos de lo viejo, era una buena noticia. La receptividad era muy buena. No nos fracasaban los pedidos de entrevista. Te proponías hacer una entrevista y la hacías, punto. Era hacer el contacto adecuado, buscar, llamar y coordinar. En eso, confesemos que ya nosotros éramos medio sesgados, no le pedíamos entrevista a Sanguinetti. Tampoco le íbamos a dar palo por gusto, pero tratábamos que las figuras que entrevistáramos fueran más afines a nosotros.
- ¿La revista tenía un perfil frenteamplista, pero con un carácter muy amplio? - Si. Yo creo que tenía un énfasis muy grande en rescatar lo que había sido la historia de la resistencia de la dictadura. Teníamos un espacio que era justamente el de las tres vertientes: que era la de afuera, la de adentro y la de más adentro. Que en definitiva eran: el exilio, los que habían estado clandestinos y los que habían estado “guardados”. Y de alguna manera se buscaban siempre anécdotas, cosas que pintaran coloridamente - a veces con un viso trágico, porque los hubo y no podíamos negar eso - que pintara cuáles habían sido esas situaciones, que se escribiera la historia - que no se ha escrito, - a través de esas pinceladas.
-Ustedes recordaban que hubo un día que los militares propusieron clausurarlos y que, por casualidad o confusión, al final le toco a otros... - No recuerdo si fue en el primer número o en el segundo, que por esos días sale otra revista llamada “Tribuna Amplia”. Salió casi junto con nosotros. Y se conoció una orden del Ministerio del Interior: “clausuren 5 Días” (que era un diarop que ya venía saliendo). Y “esa revista”(¡que éramos nosotros!). Se confundieron y clausuraron la otra… No tuvieron ni pena ni gloria. Murieron al nacer (risas). A los dos o tres meses la situación era muy distinta.
- Eran días complejo, confusos…. - Sí, pocos meses antes de nosotros estar generando “Ganzúa” habían puesto una bomba en los avisadores de “ 5 Días”. Entre ellos en una mueblería donde trabajaba uno de nosotros.
- Cómo abordaron la llegada de los que estaban en el exilio, “los Olimareños”, Zitarrosa, por ejemplo… - La entrevista que le hicimos a Zitarrosa, recién llegado, fue maravillosa. Primero porque él no daba muchas entrevistas, porque era un tipo muy hosco. Todo el mundo nos decía: “¡Pa, loco, Zitarrosa! ¡Mirá que es muy bravo!”. Lo cierto es que fuimos a la casa, le hacemos la entrevista y - entre las cosas que él cuenta - nos dice que un día había ido a Nicaragua a hacer un trabajo sobre la Revolución Sandinista y entonces él quería mezclar reportajes con sonidos, las campanas de la catedral, la marcha de las milicias y llevaba un técnico de grabación argentino. Le van a hacer la entrevista a Ernesto Cardenal y cuando vuelven al hotel a escuchar la grabación, no se entendía nada. Y entonces el tipo estaba enfurecido con el porteño: “¡que era un tarado, un irresponsable!”.
Salimos de su casa. Vamos a desgrabar la entrevista a Zitarrosa y nos pasa lo mismo (risas). Entonces Diego, que es el más rostro de todos, lo llama a Zitarrosa a la casa y le dice: “mirá Alfredo, nos pasa esto (risas)”. Y el tipo dice: “estoy en el cumpleaños de 15 de mi hija, pero, ¿dónde están que yo voy para ahí?”. Y estábamos a dos cuadras. ¡Y el tipo se vino de traje y corbata, salió del cumpleaños de 15 de la hija y le hicimos una segunda entrevista! ¡Lo quebramos, vo! ¡Eso es de película! Eso es una muestra más de lo que generaba esa revista. El espíritu era ese, nos colábamos y nos metíamos en todos lados. Y siempre nos metíamos en barra.
- Era otro Uruguay si lo comparamos con el de hoy, ¿no? Ustedes hablaban de la efervescencia, de la creatividad. Pero también, la receptividad… - Si, la gente estaba dispuesta. Se venía de muchos años terriblemente duros y cualquier cosa que sonara bien era bienvenida. Cualquier cosa que fuera diferente, cualquier cosa que te liberara del miedo, que te liberara de lo gris, ¿verdad? Y la verdad era que había muchos estímulos y que funcionaba todo. La sociedad estaba generando millones de estímulos. Fue una época muy fermental. Lo fue, sin duda, y nosotros pudimos - por suerte - con el entusiasmo que teníamos, generar uno de esos espacios. No fue difícil hacerlo. Desde el punto de vista anímico, no era difícil desde el punto de vista de receptividad, se la buscó y se la obtuvo. Lo único que no era sencillo, que era bastante complicado de resolverlo era el tema económico. Pero en otros planos, no era nada difícil. O sea, un equipo similar al nuestro, lo hubiera hecho tan bien o mejor que nosotros. Tuvimos la suerte que nos tocara a nosotros (risas).
- ¿Las preguntas que les hacían a los entrevistados también tenían un perfil que no era clásico? - No era clásico, no. Buscábamos justamente no convertir a la entrevista en obvias y aburridas, en algo que fuera lo que se esperaba normalmente de esa persona, sino que buscábamos otros aspectos, otras facetas. Más de una vez nos metimos en algún lío por esa razón… Digamos una cosa que era verdad, también… En ese entonces estaba “La Guambia”, en su época de oro y que había impuesto un estilo. Es decir, nosotros no inventamos todo. Hubo cosas que aprendimos de otros.
- Cuando ustedes salieron, ¿”El Dedo” ya había salido? - Sí. Y ya había cerrado y ya estaba saliendo “La Guambia”. Pero obviamente, “mamábamos” de donde podíamos. Y en eso de los reportajes… ¡Claro, después hay que hacerlos! Porque vos decís: “hacen reportajes más desenfadados”. ¡Pero hay que hacerlos! Pero la escuela, digamos, era esa. Los reportajes son testimonio de eso, cuando ves las fotos siempre somos cuatro, cinco o seis personas que participábamos. Había uno o dos que llevaban más o menos el hilo o el esquema. Pero más o menos había un trabajo de equipo.
El día de la entrevista a Silvio Rodríguez en el Hotel Del Lago, creo que fuimos diez o doce, pero las mujeres, que se estaban matando por hacer finanzas, nos decían: “ta, loco, yo no hago la parte periodística, pero si a mi no me llevás a la entrevista con Silvio Rodríguez, ¡te mato!” (risas). Y se quedaban sentaditas ahí y éramos como ocho. (risas).
- ¿Cuenten alguno de los enojos durante unas entrevista? Hay algún caso como el del “Tato” López, porque con “Tato” López cometimos una indiscreción… “Tato” López en ese momento iba a jugar con su equipo a las Olimpíadas y hubo un malentendido. Se jugaban en Estados Unidos y nos contó en la entrevista que iba a llevar una camiseta que después que ganara un partido o hiciera un tanto o algo por el estilo, se subía la camiseta uruguaya y mostraba una camiseta que decía: “Yankees go home”, o “no a la dictadura”, o algo por el estilo. El tema quedó en la publicación. Y claro, al publicar nosotros eso antes de que sucediera, le quemamos la acción, que la hizo igual… Y en el primero de los dos libros que sacó ahora, autobiográfico, sobre su viaje a la India, etc., él nos recuerda de manera poco simpática por ese gesto. Diciendo: “la gente de la revista Ganzúa me esquilmó…” Pero fue, ya te digo, más un malentendido, porque no lo íbamos a hacer por gusto el quemarlo. ¿Qué sentido tenía? Malentendido de fechas, o de que nos pidió discreción y no le entendimos. Con Darnauchans tuvimos alguna cosita, también, pero fue una buena nota la que se le hizo a Darnauchans en aquel momento. Sinceramente, de problemas, no recuerdo ninguno. Generalmente, cuando no te querían contestar algo, se reían y decían: “No, no te puedo contestar”. Y tá. Pero era raro eso y nada más.
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