Una universidad tecnológica nos conducirá a una nueva concepción, del conocimiento científico
Entrevista a la profesora Adriana Marrero

La Comisión de Educación y Cultura del Senado continúa el análisis del proyecto de ley que crea la Universidad Tecnológica (UTEC) en el interior y que ya tiene media sanción de la Cámara de Diputados. La ONDA digital entrevistó sobre el tema a Adriana Marrero, doctora en sociología, Magister en educación (FCS-U) de la República, Profesora de Educación Media y autora de numerosas publicaciones y artículos para conocer la posición de una especialista en educación sobre la futura UTEC.

-¿Cómo ve la iniciativa aprobada en general en Diputados de Crear una Universidad Tecnológica Publica, en el interior?
- La iniciativa me parece francamente positiva. Hace tiempo que nos hace falta una verdadera universidad tecnológica, en el mejor sentido del término, donde no sólo se trasmitan técnicas -constructivas, administrativas, etc.- sino un lugar de generación de conocimiento tecnológico, donde se ejerciten formas novedosas y críticas de creación de aplicaciones tecnológicas sobre la base del conocimiento científico. Es imprescindible que le demos a la enseñanza y al desarrollo tecnológico el reconocimiento y el lugar que merece. Ha habido durante demasiado tiempo un menosprecio del trabajo que no es puramente intelectual, respondiendo a una división del trabajo que veía en lo técnico, la expresión de la subordinación del trabajo manual al intelectual. Formar una universidad tecnológica podría conducirnos a una nueva concepción, donde el conocimiento científico (en todas sus formas) y sus desarrollos tecnológicos y prácticos se refuerzan y sostienen recíprocamente.

- ¿Qué opinión le merece el que la propuesta sea de una Universidad Tecnológica y no se mencione a la Ciencias Sociales?

- No me parece mal. Creo que es correcto que se haga énfasis en el carácter específico del conocimiento que se vaya a crear y a trasmitir en esta universidad. Por cierto, las ciencias sociales, y más concretamente, los debates incluso filosóficos y políticos sobre el tipo de aplicación tecnológica que deseamos para nuestro país y para el mundo en el que vivimos, deberán estar presentes, y no dudo que lo vayan a estar. No es posible renunciar al carácter crítico de la ciencia, y de la tecnología y de los impactos diversos que pueden tener esas aplicaciones en nuestra vida cotidiana. Hoy, las consideraciones éticas, sociales, y políticas tienen un lugar obligado en cualquier centro tecnológico, o de creación de conocimiento, porque tienen que ver también y sobre todo, con proyectos de país y de desarrollo a largo plazo. ¿En qué tipo de ambiente queremos vivir? ¿qué tipo de comidas queremos comer? ¿qué tipo de bienes culturales queremos producir para nosotros, nuestros hijos y el resto del mundo? ¿qué tipo de país queremos tener y por qué medios?

Quiero remarcar que estas son cosas que no están definidas de antemano y es necesario discutir, sabiendo que ninguna respuesta que podamos dar ahora, será válida para siempre, porque el conocimiento es lo más dinámico que existe hoy en el mundo. ¿Cómo podíamos imaginar hace unos años, que Uruguay podía podría convertirse en un exportador de software? Cómo imaginarnos tal cosa cuando todavía usábamos máquinas de escribir mecánicas? Y eso no fue hace tanto tiempo. Por eso, también los centros de enseñanza tecnológicos suelen tener comisiones de ética, donde se dirimen cuestiones que tienen ver con la problematización sistemática de las consecuencias prácticas y políticas de las tecnologías que se han de desarrollar. Pero hay que tener presente, y subrayar, como en efecto se hace en la iniciativa parlamentaria, que el núcleo central alrededor del cual podrán darse o no estos debates, es la ciencia y la tecnología y sus aplicaciiones.

- ¿Cómo imagina la estructura de gobierno de esta nueva Universidad?
- Bueno... Aquí la posibilidad de imaginar entra en colisión con el conocimiento sociológico y la posibilidad política en un país como Uruguay, que hace tiempo que no cuestiona sus mitos fundantes. Me explico. En educación, se dan por sentados algunos principios que pocas veces son pensados con seriedad. Se los reverencia como algo serio, querido e intocable, es verdad. Pero nuestra tarea no es reverenciar. Como socióloga de la Educación, y educadora, no puedo dejar de someter a la crítica, de problematizar, de preguntarme, sobre aquello que para otros es algo casi sagrado. Decía Bourdieu que la Sociología es una ciencia que incomoda, porque cuestiona todo aquello por lo cual estamos dispuestos a morir. Y también decía: la sociología desencanta: le quita el carácter encantado, mistificado a todo aquello sobre lo que reflexiona. Entonces, es comprensible que me cuestione: ¿por qué consideran muchos uruguayos que principios como el de la autonomía, o el cogobierno, son sagrados, y por lo tanto no se los puede ni cuestionar, como un creyente no cuestiona la voluntad de su Dios, o la autoridad moral de los textos sagrados?

La mayoría de países con mucho mejor desempeño educativo que el nuestro, esos principios no se aplican. Los gobiernos -democráticamente electos por la ciudadanía- ponen en práctica sus propuestas políticas y orientan el rumbo de las instituciones, tal como se hace en materia de salud. Este es un buen ejemplo: la salud es tal vez la más importante política social, de lo que depende todo lo demás. Pero no concebimos una salud sin el MSP o una salud pública cogobernada y autónoma, donde los médicos puedan hacer lo que quieran, y defender sus intereses a toda costa. Estos, de la autonomía y el cogobierno, son principios que en su momento tuvieron su razón de ser, pero no son una receta infalible e inevitable para nada. Hay que reconocer, en el cogobierno, las dificultades que entraña y las exclusiones que genera. Y debatir con seriedad si eso es lo que queremos.

Hay que pensar que ambos principios, el de la autonomía y el del cogobierno, son principios por sí, excluyentes: El cogobierno, excluye de las decisiones educativas (universitarias o preuniversitarias), la voluntad de la mayoría de la gente, expresada en las urnas. Tomando como ejemplo la UdelaR, si alguien no es egresado, ni estudiante, ni docente, (y la gran mayoría de los uruguayos no lo es) no puede tener incidencia alguna en las políticas de educación superior. Hace poco escuché decir que eso de que “la soberanía reside en la nación” es algo muy vago, que carece de sustancia, porque ¿qué es la nación? Entonces es hora de leer la Constitución, que dice exactamente eso: la soberanía reside en la nación: tenemos elecciones libres donde elegimos soberanamente, todos, de forma obligatoria, el proyecto político que más nos convence y en otros campos, formas más participativas y cercanas de generar propuestas de cambio. Y la paradoja, es que entre esos proyectos políticos, hay propuestas de mejora educativa, que los candidatos hacen, y nosotros aceptamos, o rechazamos, sin ser plenamente conscientes de que poco podrá hacer el candidato ganador para llevar adelante las políticas educativas que propuso, porque los entes de la enseñanza son autónomos, porque sus decisiones tienen que ver, inevitablemente, con los intereses de los órdenes (a veces simple sinónimos de sindicatos), y porque casi nada puede el MEC. Como observó la otra vez un periodista de La ONDA digital, en tono de pregunta: ¿será por esta forma de cooptación que los estudiantes pocas veces protestan?

Se han levantado voces, recientemente, en contra del cogobierno, señalando el carácter corporativo de un sistema cogobernado, donde se incluyan empresarios y trabajadores, por ejemplo. Lo más curioso de ese pseudo-debate es que las posturas, han quedado invertidas y tergiversadas: el partido que supuestamente debería ser el más progresista, de izquierda, el más inclusivo, termina defendiendo formas de organización que se asocian históricamente a posturas fascistas, como la de la Italia de Mussolini o la constitución promovida en su día por Bordaberry. Es, claro, incómodo decir esto. Pero es algo que merece mayor reflexión.

Por último, en una universidad tecnológica, debería ser la lógica de la generación de conocimiento y la reflexión práctica de sus posibles desarrollos tecnológicos lo que guíe las líneas a impulsar, las carreras a implantar y el conocimiento a desarrollar, y no los intereses empresariales o de los trabajadores, que son, por definición particularistas y sobre todo, inerciales. Con esto quiero decir que debería ser la ciudadanía la que optara por proyectos de desarrollo compartidos y sostenibles.
¿Qué empresarios, y trabajadores? ¿de qué ramas? ¿de las ya existentes y poderosas en Uruguay? ¿Cómo adoptar la innovación y el desarrollo, limitando en los hechos, espacios para el desenvolvimiento de conocimientos científicos y tecnológicos que hoy ni siquiera somos capaces de imaginar? Dentro de diez años vamos a vivir inmersos en tecnologías mucho más avanzadas que las que conocemos hoy. ¿Cómo organizar un gobierno universitario de un instituto tecnológico gobernado por grupos de personas que pertenecen mayoritariamente a un mundo que se va y que no pueden -porque nadie puede- aventurar el mundo que viene, y además, olvidar sus propios intereses y puntos de vista? Creo que este problema es mucho más sensible en esta nueva universidad que en el de la UdelaR.

-¿Cuál sería el mejor proyecto académico de esta nueva Universidad, para no repetir ni chocar con la propuesta ya existente en la UdelaR?
- No me parece que sea un problema el de la redundancia con la UdelaR, y no creo que la haya. En primer término, esta es, propiamente hablando, una universidad tecnológica, cosa que no es la UdelaR, que conserva carreras que son muy profesionalistas y tradicionales, junto con Ingenierías, Ciencias Básicas, Humanidades y Ciencias Sociales, etc., la mayoría de muy alta calidad académica.

En segundo lugar, hay algo en este proyecto que es a la vez auspicioso y desafiante: el de una especie de división del trabajo entre una Universidad Tecnológica que sólo va a existir en el Interior, y una Universidad como la UdelaR, que pese a sus importantes esfuerzos de descentralización, continúa siendo vista como una universidad montevideana, con una enorme mayoría de estudiantes y docentes en Montevideo. Uruguay, que es un país relativamente pequeño en términos territoriales, no tiene una fuerte tradición descentralizadora. El ideal para muchos uruguayos es tener centros de estudio de nivel universitario en su propia ciudad. No hay, como en otros países, aunque sería bueno desarrollarlo, un sentido común que señale que si alguien quiere ser el mejor profesional o científico en un área determinada, deberá viajar y vivir en una ciudad cuyo centro universitario se especialice en el área de su elección.

Sigue existiendo la idea de que, si se vive en el Interior, para estudiar hay que venir a Montevideo. Pero si se vive en Montevideo, es raro -tal vez porque la descentralización es reciente- que los jóvenes y sus familiares se planteen una migración formativa hacia el Interior. Ese es un problema para una universidad tecnológica que corre el riesgo de convertirse en una universidad puramente local, como lo es también, en un marco urbano más central, la UdelaR. Por último, la diversidad y multiplicidad de ofertas académicas no es algo que debamos rechazar por sí. Esta universidad no rompe con el monopolio de la UdelaR; más bien, la complementa. También tenemos que recordar, que nuestros países vecinos han logrado expander la matrícula universitaria a través de la creación de nuevas instituciones, y hoy nos van superando en el porcentaje de jóvenes con formación universitaria. Cualquier país que se quiera desarrollar, necesita desarrollar y hacer llegar a todos una educación buena, sólida, inclusiva y democrática.

- En su opinión Uruguay tiene los recursos humanos para una segunda universidad publica?
- Sin duda. Pero esto también dependerá de dos factores importantes: el primero, es el del sistema de incentivos que deberá generarse para favorecer la radicación de personal calificado en las distintas ciudades universitarias. El personal experto debe, en efecto, estar radicado en la ciudad o el departamento donde imparte clases, investiga, o hace extensión. Tenemos la ocasión de generar una universidad donde los docentes e investigadores pueden ser mayoritariamente funcionarios a tiempo completo. Pero esto significa también un proyecto que a veces es personal, pero también frecuentemente familiar y afectivo. ¿Qué oportunidades e incentivos vamos a ofrecer a quienes van a radicarse en el Interior del país y van a generar una institucionalidad nueva, van a crear de cero una comunidad y una vida universitarias nuevas, y van a pagar al principio todos los precios de no verse favorecidos con las mejores oportunidades culturales o recreativas. Este es un punto importante.
El otro aspecto, es la desmitificación de “el nivel” o “la calidad”.

Nuestra UdelaR es una universidad muy exigente, con estándares muy altos de calidad, en la mayoría de las disciplinas. Por cierto, esto no puede evaluarse sin relación a otras instituciones. Pero cuando comenzamos a comparar los programas educativos de las distintas carreras universitarias con otras de la región, e incluso del mundo, encontramos que la UdelaR tiene carreras con contenidos más complejos y profundos que los de las demás. Esto es, por un lado, muy bueno; por otro, no tanto. Altos niveles de exigencia, obligan a estudiantes que provienen del bachillerato, a dar saltos hacia niveles que no pueden alcanzar, porque sólo puede llegarse a ellos poco a poco. En investigaciones anteriores, muchos universitarios no dudaban en decir que sus Licenciaturas, eran verdaderas Maestrías. Entonces, la idea de que hay un nivel que defender, no debe hacernos olvidar que ese nivel está situado, a menudo por estándares que no son alcanzables por todos los egresados de bachillerato. Eso, claro, se refleja en abandono, en bajas tasas de escolarización, y en sentimientos de frustración e impotencia por parte de la juventud. Tal vez, esto sea también, una oportunidad para alinear mejor nuestros grados de exigencia con lo que es hoy en el mundo, una Licenciatura, o una Maestría o un Doctorado.

Si vemos la pregunta dentro de esos parámetros, no es difícil imaginar que haya jóvenes bien formados que quieran ser parte de un proyecto como este, insertarse institucionalmente en el mundo universitario, desde una perspectiva más realista y menos elitista del conocimiento. La pregunta que queda pendiente es, una vez más, cómo incidirá la voluntad y los intereses de los integrantes del gobierno universitario, en la expansión de egresados con nuevos y más profundos conocimientos sobre las cuestiones de interés de sus miembros. Pero esto dependerá de la formulación final de la Ley.

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