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Memoria con agujeritos
Por Jacobo Breakmann
Yair Lapid, figura de la televisión israelí y sedicente periodista, se ha transformado en la estrella fulgurante de la política en su país a partir del extraordinario resultado que obtuvo en las pasadas elecciones (individualmente fue el candidato más votado y su partido resultó segundo detrás de la coalición derechista que respaldó a Netanyahu). Lapid es el ejemplo viviente del “sueño sionista”, joven y bien parecido, muy popular por su actuación televisiva, laico (en oposición a los extremistas ultraortodoxos y la serie de sectas de fanáticos que actúan en la política israelí) y ahora capaz de ser el fiel de la balanza en una región donde los sueños se han transformado en una pesadilla para los pueblos, especialmente para los palestinos pero también para “el pueblo elegido”, los Herrenvolk del Medio Oriente.
Pero Lapid es también un manipulador inescrupuloso, un ignorante, un agresivo discriminador y un mentiroso. Ahora que los medios lo adulan como gran promesa un episodio de hace dos años y medio ha sido cuidadosamente olvidado pero conviene que los uruguayos reparemos este agujeritos de la memoria. En efecto, mientras se disputaba el Mundial en Sudáfrica, Lapid escribió en su columna del periódico Yediot Aharonot a propósito del partido Uruguay-Ghana: "Al inicio del segundo tiempo, la estrella de Uruguay, Forlán, cometió una falta. Cuando el árbitro la sancionó, Forlán levantó sus brazos poniendo cara de ¡qué hice! Mil millones de personas vieron ese foul en replay, pero él miente. No es su culpa; eso forma parte de la cultura uruguaya; allí todos son mentirosos; por eso los odian en todo el mundo. Además, Forlán es rubio, igual que todos los hijos de los criminales nazis que se fugaron a Sudamérica al terminar la guerra. Sobre el césped continúa tirado un inocente ghanés que lo único que aspiraba en la vida era salir del gueto y sustentar a su madre viuda, hasta que llegó ese antisemita uruguayo y le dio un puntapié" (Yediot Aharonot; 9.7.10).
Lapid ya era famoso en su país pero por acá sus agresivas y gratuitas declaraciones no tuvieron réplica. El Comité Central Israelita y otras organizaciones de la colectividad, siempre prestas a denunciar lo que ellos consideran antisemitismo y a criticar cualquier actitud que ellos consideran anti-israelí, se hicieron los distraídos. El aparato propagandístico se movió y el asunto desapareció inmediatamente de los medios al caer por un agujerito de la memoria.
Hubo que esperar las enfáticas denuncias del maestro y escritor israelí Alberto Mazor (nacido en Argentina) para que se hiciera justicia pero naturalmente si las declaraciones originales de Lapid tuvieron una difusión del 100%, la réplica no ha de haber alcanzado al 5%, lo que reafirma el “efecto Goebbels” (calumniar siempre que algo queda). “Omnipotencia, soberbia y desprecio son defectos de un sector muy importante de la sociedad israelí actual que pueden transformar en pesadilla el "sueño sionista" del cual tipos vulgares y engreídos como Yair Lapid aún se consideran sus auténticos representantes” denunció Mazor el 14 de julio de 2010 y lúcidamente profundizó: “La pregunta clave es ¿qué pudo llevar a Lapid a escribir lo que escribió? Para esbozar una respuesta conviene escarbar bien profundo y llegar a los valores de un sector cada vez más amplio de la sociedad israelí actual. No es difícil suponer que un país democrático que mantiene a más de dos millones de personas bajo gobierno militar, sin igualdad de derechos, desarrolle importantes síndromes de omnipotencia, soberbia y desprecio por todo lo que no es igual a uno”.
La agresión de la estrella de la política israelí es un buen ejemplo de la forma en que operan los agujeritos de la memoria. Sirven para discriminar, para distinguirse para sentirse o hacerse superiores. Fenómenos tan apasionantes y actuales no pueden pues reducirse al ocultamiento o desaparición de ciertos hechos, a las distorsiones del pasado, a la recreación de las historias personales o a la eliminación de determinados términos o expresiones. Los agujeritos de la memoria están operando permanentemente en los procesos de construcción y reconstrucción del continuo pasado/futuro.
En los últimos años se ha puesto de moda el intento de ciertas personalidades por “hacerse una historia”. Hay casos paradigmáticos como el del conocido locutor futbolístico transformado en estrella mediática en Argentina que tuvo necesidad de crearse un pasado antidictatorial o de tomar distancia de ciertas relaciones peligrosas en Uruguay.
En el ámbito universitario aparecen estrellas extranjeras que autobiografía mediante deben hacerse un pasado heroico o por lo menos “políticamente correcto” y entonces producen obras bajo el signo de “yo estuve allí” como si hubieran sido actores desde Tlatelolco a la Revolución Cubana. No nos vamos a detener ahora en la conocida crítica a la biografía y especialmente a la autobiografía como género literario o como fuente de información.
El “efecto Rashomon” (cada uno cuenta la historia según la vivió de modo que puede haber coincidencia pero nunca identidad absoluta) es beneficioso y necesario pero en todos aparecen, inevitablemente, los agujeritos de la memoria.
Estos se introducen cuando se apela a elementos del pasado para argumentar sobre el presente. Muchas veces consisten en olvidar piadosamente ciertos hechos inconvenientes al discurso que se está construyendo. Otras veces de lo que se trata es de reconstruir un pasado reciente tomando distancia de lo que ahora parece políticamente incorrecto. Un ejemplo reciente lo brinda el E3 (es decir el Nº3 del equipo económico), el Prof, Pedro Apezteguía, en una pieza titulada “Dos elefantes y las 21 condiciones”. Con loable intención y apelando generosamente al sarcasmo, el E3 apunta contra “los argumentos y métodos utilizados” en las discusiones de la izquierda.
De este modo, se la agarra con Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, a quien acusa de los peores pecados. El E3 ha apelado a los agujeritos de la memoria que, en su caso, asumen proporciones oceánicas. No es moda reciente pero recurrida entre ciertos sectores que hasta hace muy poco se proclamaban “marxista-leninistas” o “marxistas y leninistas”, que al cabo es lo mismo, el tomar distancia aceleradamente de su admiración por el revolucionario ruso.
La quiebra teórica de la socialdemocracia europea y la desintegración de la Unión Soviética, la caída del “socialismo real” provocó convulsiones, también muy europeas, donde se buscó afanosamente los culpables o el pecado original del desastre. Los crímenes de Stalin habían sido conjurados, los intentos por volver al “joven Marx” suficientemente descafeinado habían pasado de moda, Mao Zedong era un “problema chino”, el Che un loquito romántico y arrancado verde bueno para las camisetas, Trostky un viejo delirante, Fidel un porfiado tirano caribeño, etc.
La figura de Lenin aparecía como el gran culpable de una concepción autoritaria, totalitaria, inflexible, tramposa, exterminadora y su “dictadura del proletariado” debía ser exorcizada para merecer el respeto y la credibilidad de la nueva izquierda. Para gobernar había que ser demócrata y aplicar concienzudamente la teoría de los dos demonios. En estos agujeros negros alguna gente emplea el método del viejo cine continuado (“la película empieza cuando usted llega”) como forma cómoda y hasta chistosa de desprenderse de las responsabilidades del pasado. En estos ámbitos nunca nadie fue marxista, nadie leninista, nadie maoísta, anarquista o trostquista.
Cuando Alfredo Zitarrosa menciona a Batlle o al príncipe Kropotkin se le admite como licencia poética pero la “Guitarra Negra” no pasa por los agujeros de la memoria, no se disuelve ni se muere como la mariposa y por lo tanto se trata de cosificarla. A veces hay que defenderse de ese “pasado volvedor” apelando a los nombres que se vieron en las solapas, en algún viejo apunte o en los manantiales de la Wikipedia: Dietzgen, Rosa Luxemburgo, Bebel, Kautsky, Zinoviev, Gramsci, Mariátegui y de paso se posa como conocedor de un debate nunca dado.
Caricaturizar las 21 condiciones y la fundación de la Tercera Internacional es un gesto de soberbia. Tal vez el E3 pueda recuperar la trayectoria de viejo militante y tendrá que hacer un esfuerzo para restañar los agujeritos de su memoria, abandonar el autoengaño y mirar de frente a la realidad, pasada y presente, la misma que hizo que el 90% de aquellos socialistas de antaño se plegaran calurosamente a las tesis leninistas y acogieran las 21 condiciones para transformarse en el Partido Comunista integrante de la Tercera Internacional. No tenga miedo, ni siquiera Lapid puede hacernos creer que somos todos mentirosos, que Forlán es antisemita y que Lenin fue un maniobrero barato.
*Columnista y analista uruguayo.
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