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Aquella semana de 1983
Por Joselo González Olascuaga*
Han pasado casi veinticinco años desde la Semana del Estudiante del 83, y vuelvo a mirar en el diario El País de hoy, 10 de marzo de 2008, la foto de aquella marcha, ilustrando un artículo de Eduardo Delgado titulado «La generación 83, ex ASCEEP, con peso en el Gobierno». Escribió Delgado: «Son 250 personas, profesionales y de izquierda, con entre 45 y 53 años. Muchos tienen cargos públicos: ministros, subsecretarios y legisladores. Los une la vieja ASCEEP-FEUU. Son la ‘Generación 83’ e influyen. Algunos los tildan de secta...»
A esta foto la habían enviado a mi casilla de correo electrónico cuando el vigésimo aniversario, «mirá qué coquetos estamos», decía el mail, «cuánto pelo teníamos». Era una foto del portal oficial de la conmemoración y había sido cedida gentilmente por los servicios de inteligencia, según me había enterado por la televisión (que había presentado el evento como un agradecimiento al Ministro Stirling por los videos). «Fila uno de la marcha del estudiante: al lado de Mario, Antonio; al lado de Antonio el Chupete; al lado del Chupete, el Felo; al lado del Felo, el Nelson; al lado del Nelson, el Polilla; al lado del Polilla, yo; a mi lado Armando; al lado de Armando, Sebastián, y al de Sebastián, Pepe». Y en un blog, las discusiones, las mismas de veinte años atrás.
El Tato con Samuel, Gilberto con Marcelo, el Gordo con Roberto, Hoenir con Gustavo... Si la FEUU clandestina era la FEUU o la UJC con otro nombre, si la ASCEEP era una respuesta al Partido Comunista o a la dictadura o ambas cosas, y había quien hablaba de mezquindades, de vencidos, de errores...
«Si siguen tratando de averiguar quién tenía razón, traten de olvidarlo, muchachos», les escribí. «Todos teníamos razón. Porque ninguno cayó en el único error irrazonable: no luchar. Porque discutimos, y sobre todo porque enquilombamos».
Teníamos razón, y yo tenía un pegotín por el «NO» y estaba en una célula de apoyo de la Ujota para hacer trabajos de carretera, pintadas, distribución de prensa y hasta le había dado un poema a Nelson, el secretario de la célula, para publicar en Liberarse.
Yo cursaba la Escuela Municipal de Arte Dramático y mi amigo Álvaro, compañero de célula, la del Circular. Pero como el Partido no consideraba necesario tener organización en teatro, en cuanto tuviéramos otra inserción nos iban a pasar a un círculo.
La inserción que me indicaron fue la Facultad de Derecho. Nelson y yo nos anotamos y completamos un círculo con Macedonia, Oscar y Luigi. Verano del 81. Para la Semana del Estudiante del 83 éramos cincuenta y siete en el círculo y más de cien en FEUU-ASCEEP, con dos golpes represivos de por medio. En el invierno del 81 «cayó» Ana. «Cayeron» cien, pero Ana era quien atendía a Macedonia. Quemamos todos los papeles y «saltamos». Yo ocupé una casa de un tío de Álvaro en Belvedere, medio abandonada, porque el tío hacía diez años que estaba viviendo en París. Yo no tenía responsabilidad mayor que la de mi propia e inconsciente seguridad. Aquel «salto» fue para mí una continuación de la bohemia, con algo de película de misterio.
La primera noticia que llegó a la casa fue que Ana estaba en General Flores, en la máquina, en el cuartel de Blandengues. Había que esperar que la pasaran a Punta Rieles para saber qué le habían preguntado y qué había dicho. Pero el golpe había sido sobre todo al sector sindical, y ya pronto Nelson empezó a traer de nuevo Jornada, el órgano de la FEUU. Era una especie de Liberarse con otro título, hay que reconocerlo, y sin el dibujito de la Patricia. Pero se refería a la FEUU en términos favorables y uno sabía que eso era causal de que a sus impresores los colgasen de los ovarios. Antes del informe del Comité Central de noviembre del 80, lo comunista que yo había leído eran las piezas de Brecht en la biblioteca Florencio Sánchez y un librito de Wilhem Reich que me prestó el Bebe Cerminara, pero en la clande lo «comunista» era un molde cuando venía impreso, un «cassette» cuando venía dicho. «Unidad y convergencia para derrotar la dictadura», pará de contar. Me di cuenta cuando me tocó «montear» en una casa donde estaba «enterrada» la biblioteca de Carlos Real de Azúa y me leí las Marcha, las Estudio, Ortega y Gasset, Albert Camus... Ahí comprendí que la persona indicada para suceder a Rodney Arismendi era yo. Como primera praxis decidimos en el círculo que yo fuera a una reunión en la casa de Mitchel, una piba de la Corriente Batllista Independiente, donde elaboramos el plan ASCEEP-Derecho.
Éramos diez o doce y yo el único bolche. Recuerdo al Tato y al Lechuza porque me pareció que esos tenían organización. El de la idea era Hoenir, pero evidentemente era un independiente. El Tato me junó a su vez. Él y yo seríamos los jefes del asunto. Y para presidente, el Chileno. En una reunión posterior, mucho más amplia, en un salón del Juan XXIII, entrando por Gaboto, plasmamos luego la asociación civil. Pero en mi organización el capo no estuvo totalmente de acuerdo conmigo. Había otro pibe que también aspiraba a la secretaría del Comité Central y tenía pensado otros vínculos para presidir el gobierno revolucionario. Así que no tuve más remedio que crear una fracción. No sabían si llamarla «la fracción oportunista» o «aventurera». Era ambas cosas. Entramos de lleno a ASCEEP, desde el principio, desde la reunión fundacional en el Juan XIII, sin descuidar el gremio clandestino, que nunca fue una réplica del círculo. Al contrario, en la primavera del 83, después del último golpe represivo, hicimos un plenario en casa de Eduardo (de la Izquierda Democrática Independiente, hoy Vertiente Artiguista) de toda una noche (que culminó en un veoveostrip), donde el CED-FEUU era prácticamente una réplica del CED-ASCEEP. Era la primera reunión descompartimentada del gremio clandestino y se mataban de risa al ver que estaban casi los mismos que en las asambleas legales.
Hoy Pepe, Felipe, Mario y Carlos son ministros o vices, como lo sería el Sapo Kreimerman si viviese, y muchos de nosotros hemos logrado dedicarnos profesionalmente a cosas parecidas a las que hacíamos entonces. Yo a escribir.
Aunque quizá tampoco con el sabor a aquel pegotín del «NO» chiquitito para pegar en los ómnibus. Por eso prefiero recordar lo guapos que éramos, el pantalón stretch que calzaba Luisa, las tardes de mimeógrafo o planograf con Daniel y Gabriela y Alexandra, cuando Enrique me avisó que habían estado en su casa para llevarlo pero por suerte era la DEA, los campamentos en Balizas y en Punta Colorada, los polvos en las dunas y en las carpas, mi ignorancia de eyaculador precoz recién curado, la cabaña que consiguió el gordo Pablo, los curas que prestaban las parroquias, Silvia embarazada y p’alante, el «se va a acabar» coreado en las Llamadas, las sacadas de la cana en la última etapa, las idas y venidas con los «peladitos queridos», aquella escuelita en que Javier dijo que le encantaba Lenin porque explica las cosas como si uno fuese tarado y Adriana le preguntó con intención, «¿te encanta ser tarado?», la risa franca de Gilberto, la parsimonia del Chileno, el himno del gordo Juan, el arrojo del Macro, el prestigio de Bolani, «un bolche inteligente», la guitarra negra de Alfredo nombrando a los tupas rehenes, mis anarcos queridos, mis trotskos queridos, y por querer lo quiero hasta al gordo Gandini, mi enlace con los blancos por Convergencia... ¡tiempos aquellos! Y también nuestras miserias machistas que perduran.
El golpe del 83 fue una etapa de mi vida en la que me cuesta reconocerme. Nunca había sido ni volví a ser un tipo ordenado, organizado y disciplinado como entonces. Me tomó distinto que el del 81, porque en el 83 yo tenía ya decenas de gurises a mi cargo y mi temor personal era mayor. Los cuidé y me cuidé de un modo antes desconocido. Repasamos contraseñas, macetas en balcones y en ventanas, cortinas bajas o altas, la duración de los contactos en las esquinas. Más cuidadosos que yo eran Melania, Aldo y Nadia, los compañeros de la Dirección a quienes ya había conocido. Especialmente Nadia, por tranquila, fue muy importante para mí en ese momento. Lo pasamos bastante mal. Había que conseguir casas y caminar mucho, evitar las calles concurridas, saber que en cada contacto podía haber una «pinza» y en cada casa una «ratonera» y seguir caminando. Elegir bien los bares. Yo recalé en una casita de la calle La Gaceta, de un dormitorio, donde vivía un matrimonio amigo con un bebe de brazos. Y de día, a caminar. Tomamos especial cuidado con Armando, porque había hecho contactos con Hugo, de Medicina, por la FEUU. Se sufría.
Sabíamos que a los compañeros «adentro» los estaban torturando y se sufre más cuando se conocen los detalles y se ha conocido a las personas. De los que cayeron ese invierno, yo conocía a Henry y a Lucía por amigos de familiares. No recuerdo cuántos eran. Eran muchos.
En el 83 todos veíamos que la dictadura se acababa realmente, que muy probablemente ese golpe fuera el último. Teníamos bastante organización, pero lo que en aquel momento me pareció muy organizado comparado con el 81, se quedó bastante atrás en la imagen cuando conocí lo que era Buenos Aires. Una película de espionaje, tres o cuatro contraseñas antes de llegar al Benja, una confitería, dos apartamentos, varios rodeos por las calles del microcentro. Aldo me había encargado un enganche, donde conocí por fin a un verdadero conspirador, Roberto, a Benjamín y a una gurisa que no volví a ver ni sé cómo se llama ni me enamoré de ella; me enamoré siempre en Uruguay.
La Semana del Estudiante empezó para ASCEEP-FEUU en el 82, con las murgas, los grupos de teatro, las chorizadas, y siguió con cientos, miles, decenas de miles de reuniones. «Mi vida es una reu-nión» decía el Termo Daniel. Y estaba bien, había que resolver el mundo y en teoría lo resolvimos, pero en la práctica funciona el que resolvió el enemigo. Nos quedamos con las ganas de una democracia que habíamos imaginado distinta (con decir que cuando vi Fresa y chocolate sentí nostalgia de aquella manera de creer, ingenua, a pesar del agobio). Distinta de esta democracia que me dice: «más despacio, imbécil, que mañana es lunes y anoche llovió».
Claro que sigo haciendo lo posible. Pero a veces descanso, me da por querer lo que queríamos, lo otro. Cierta manera de quererlo me pareció que podía ser intentar una novela divertida que recuerde aquello, y de paso unas cuantas otras cosas nada divertidas. De eso trata.
En cuanto al personaje Pipo, es una fusión de acertijo simple para cualquier periodista deportivo y, en su peor parte, alter ego, aunque jugando al fútbol soy un perro.
También hay generación 83 en el fútbol, porque ése fue el año en que volvimos a ganar la Copa América, después de dieciséis de no ganarla, con Enzo Francescoli, Pato Aguilera, Víctor Diogo, Wilmar Cabrera, Tano Gutiérrez, Eduardo Acevedo, Chifle Barrios, Chicharra Ramos, Fernando Morena hasta la fractura... Aquel equipo era un correlato de lo que le pasaba al país. Y también el básquetbol tuvo su gran salto ese año, con aquella selección de Tato López, Fefo Ruiz, Carlos Peinado... En fútbol y en básquetbol se les llamó «la generación de los 80». Pero incluso en política, la ahora llamada «del 83» fue la generación del 80.
Será por eso que estoy mirando para atrás en la foto de aquel mediodía de domingo del 83 bajo ese tremendo sol de primavera.
*Escritor y periodista uruguayo, prólogo de la novela “1983”, libro editado por Fin de Siglo, 2008
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