Disparatario tradicional
Por Raúl Legnani*

La propia existencia de la democracia implica reconocer que hay en su seno diferencias. El desafío es saber canalizar esas contradicciones con el fin de que la ciudadanía pueda tener insumos para influir sobre las decisiones.

En un sistema de partidos, como es típico en las democracias liberales como la nuestra, se hace imprescindible que las fuerzas políticas sepan encontrar formas de confrontación de ideas que se realicen con respeto y con la necesaria altura de miras.

No hay democracia estable si los partidos políticos se agarran a las pedradas o a los empujones, con el vil intento de marcar perfil con la esperanza de cosechar votos para las próximas elecciones nacionales.

En la última semana, por cierto, el Partido Colorado, liderado por el senador Pedro Bordaberry, se ha mostrado agresivo con el gobierno progresista al grado que algunos políticos de su entorno se han mostrado alterados en su espíritu.

Como esta nota no es para agredir, pero sí para discrepar, no voy a dar nombres sobre algunos que se les escapó la moto, que llegaron a decir que el país está viviendo un clima político similar al de febrero de 1973, cuatro meses antes del golpe de Estado del 27 de junio de 1973.

A esa afirmación sin ningún sustento de datos de la realidad, uno no sabe si hay que responderles o dejarlos pasar, mientras caminan raudos a su fracaso electoral.

Confieso, desde el momento que escribo, que estoy a medio camino, porque no me puedo callar, como no puedo convocar al silencio ante tanto disparate.

La democracia necesita debates, confrontación de ideas y hasta picardías discursivas, pero no puede aceptar que haya dirigentes políticos, con pocos o muchos votos, que mediante el camino lingual sean constructores de fantasmas y de momentos apocalípticos que no existen.

Si alguien, en el juego político, quiere quedar identificado con los violadores de los derechos humanos, que lo haga, pero que lo explicite. Pero que no invente un clima político que no existe, porque a la larga o a la corta la mentira le va a caer sobre su propia testa, por su propia voluntad.

Si la dirigencia de los partidos tradicionales cree que su corrimiento a la derecha es un buen negocio, allá ellos, en tanto van a ir a las elecciones nacionales con un bloque muy lejano del wilsonismo, aunque le hagan grandes homenajes.

*Maestro y periodista
Columna publicada el lunes 4 de marzo en La República

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