Para cambiar la educación, hay que ser rebelde. José Pedro Varela lo era en grado extremo, hasta la pasión
Por Gerardo Caetano

Un hombre que tenía un sentido profundo
de la laicidad. No la laicidad como neutralidad.
La laicidad como un compromiso con la libertad.
Un transgresor,

El pasado 21/3, se presentó "El hombre de marzo” la segunda parte de la biografía de José Pedro Varela escrita por Tomás de Mattos y editada por Alfaguara. Con este volumen Mattos, cierra la novela biográfica sobre José Pedro Varela, el gran reformador de la enseñanza en nuestro país. En el evento que conto con la sala Gómez Ruano, llena, del Museo y Biblioteca Pedagógicos, hablaron Jacobo Varela, bisnieto de José Pedro, el historiador Gerardo Caetano y el autor del libro. A continuación los tramos más salientes de la exposición del historiador y politólogo Gerardo Caetano al presentar esta obra.

…En primer lugar, quiero agradecerle a Tomás la invitación a acompañarlo en la presentación de este libro. Pero a acompañarlo en esta aventura titánica de estos dos libros que han valido la pena. ¡Claro que han valido la pena! Entre otras cosas, porque estos dos libros - como decía Jacobo - vuelven a traer a José Pedro Varela y a “La Educación del Pueblo” al 2013. No es que no esté en el 2013 “La Educación del Pueblo”. No es que en el 2013 hoy, una vez más, el Uruguay, sea hijo de su educación y que la educación sea el primer tema del futuro. Sólo que la renovada vigencia que estos dos libros nos traen es, justamente, la mirada de José Pedro Varela sobre los desafíos del presente. Los historiadores una y otra vez - también los narradores, creo - buscamos hablar con los muertos. Buscamos hacer contemporáneos nuestros a quienes han vivido hace mucho tiempo. Y realmente - con métodos distintos, con oficios distintos - buscamos ese pasaje por el otro lado del espejo y buscamos transferirlo, comunicarlo. Obviamente es una utopía, pero es una utopía necesaria. Y leyéndolo a José Pedro Varela y leyéndolo a Tomás de Mattos, vuelvo a creer que eso es posible.

Cómo podemos renovar la vigencia de “La Educación del Pueblo” como el primer tema de los uruguayos - particularmente, de los uruguayos del futuro - a partir del prisma de un hombre que murió en el siglo XIX.

El primero de los tres asuntos de los que quiero hablar es el género de este libro. Obviamente la historia no es la literatura. Y hay un auge contemporáneo de la novela histórica que, muchas veces, yo creo que revela la crisis de la ficción, la falta de la capacidad creadora de la ficción. No es este el caso. Yo debo confesarles a ustedes mi profundo desagrado respecto a esos géneros indescifrables, que hablan sobre personalidades y que, cuando se les preguntan, dicen: “no, no soy historiador”. ¡Pero usan documentos! “Ah, sí. Pero no soy historiador”. Porque, entre otras cosas, cuando les falta un documento, lo inventan. Entonces uno dice: “bueno, pero ¿sos narrador?”. “Ah, no. Yo no soy narrador”. “Y, ¿cómo? Este diálogo que hiciste para probar tal cosa, ¿es una ficción?”. “Si, pero no soy narrador”. “Entonces, ¿qué sos?”. “Bueno, yo escribo libros en bajada”. No estoy hablando de cosas muy distantes. Si repasamos los best-sellers de los últimos años en el Uruguay, veremos muchos de estos géneros indescifrables.

No es este el caso. Porque aquí, ante lo que estamos, es ante ficción de la buena. Aquí estamos ante el narrador extraordinario que es Tomás de Mattos, sin atajos perezosos que - desde la ficción - puede utilizar los documentos de manera muy distinta a cómo los utiliza un historiador. Y no necesita inventar historias inverosímiles - que son simulacros - sino que, desde la ficción, puede interpelar y puede convocar a reconstruir el pasado desde otra manera. La buena ficción, la buena literatura, es - y uno lo comprueba leyendo a Tomás de Mattos - una buena ruta para descubrir e interpelar los pliegues de una biografía y de una historia. No se necesita entrar en esos géneros indescifrables, en donde no se hace ni historia ni literatura y, lo único que se hace, es tomar atajos perezosos y escapar al rigor conceptual del abordaje de una figura tan inmensa, como la de José Pedro Varela.

En primer lugar, Tomás de Mattos nos vuelve a traer a José Pedro Varela al 2013 por su rigor intelectual. Porque nos ofrece ficción, ficción de la buena. No hace una suerte de simulacro de pseudo-historiador o, de alguna manera, hace una ensalada con las reglas de un oficio y del otro oficio. No, hace ficción y, desde la ficción, nos revela - de manera completamente diferente a un personaje - y nos vuelve a demostrar los límites y los alcances de la tarea del historiador.

Los historiadores no monopolizan el estudio del pasado. Los historiadores no administramos la verdad sobre el pasado. Tenemos un oficio que es milenario, con ciertas reglas, reglas rigurosas, intransferibles. Pero también compartimos la tarea de interpelar el pasado con los narradores y con otros muchos oficios. ¡Nadie administra la verdad sobre el pasado! Pero desde oficios distintos, con reglas distintas - en este caso, desde la ficción - se puede descubrir - de manera diferente - un contexto. Y aquí hay una clave de porqué estos dos libros - y este segundo libro, en particular que presentamos hoy - es un libro necesario.

En segundo lugar, porque nos vuelve a probar la vigencia de esta figura. José Pedro Varela es un gigante. ¡Es tan gigante, que lo podemos reconocer en su valía a pesar de haber trabajado en una dictadura! Y créanme, para muchos de nosotros, para los cuales la dictadura es una marca indeleble, no nos resulta fácil. Y solamente desde el descubrimiento más radical de Varela, podemos reivindicar a Varela, incluso en esa opción tan difícil, tan políticamente incorrecta. Entre otras cosas, porque - y en esto el libro es formidable - se revela un hombre absolutamente excepcional. Un hombre que - efectivamente - no se ufanaba de la originalidad que muchas veces da el provincianismo. No. Era un hombre formado, en contacto con bibliotecas y con grandes figuras de su mundo. Para pensar “La Educación del Pueblo” uruguayo, obviamente estaba en contacto con el mundo. Y el mundo podía llamarse Alberdi, Sarmiento, los autores norteamericanos, los autores franceses, en donde él - justamente - recogía su ruta intelectual. Era un gran lector, pero era un hombre - también - muy influido por sus raíces, ¡que eran impresionantes!: sobrino nieto de Larrañaga, compañero de Berro, yerno de Acevedo, cuñado de Alfredo Vázquez Acevedo. Y al mismo tiempo - como lo señalaba bien Jacobo Varela - un gran reformador de la educación que no venía de la educación. Yo me acuerdo que Pivel, en sus clases, siempre nos destacaba este hecho y decía: “José Pedro Varela y Alfredo Vázquez Acevedo, son dos de los grandes reformadores de la educación uruguaya de todos los tiempos”. Y no eran docentes. Lo hubieran querido ser, pero no lo eran, lo cual - entre otras cosas - nos viene a señalar, hoy más que nunca, que la educación es demasiado importante para dejarla en manos solamente de los docentes.

Es un tema en el que - en primer lugar - lo tiene la preocupación ciudadana por el alumno y es el tema más ciudadano de todos. Por eso todos están convocados al debate de las ideas y a la conducción de la enseñanza. No es un tema para expertos. Es un tema para el debate de ideas de todos los ciudadanos. Y Varela nos lo vuelve a probar. Incluso muchas veces, tal vez su origen eminentemente ciudadano y su vocación republicana, lo lleva a un celo, a romper certezas, a romper bloqueos que - tal vez - a un docente le costaba más romper en aquel momento. Es un ciudadano que sentía la república como una pasión. Dijo muy bien Jacobo, no solamente discutió sobre la educación. Los debates de ideas sobre la educación, eran debates de ideas por el país, por la república. Era un hombre político. Su vida está cargada de política, en el mejor de los sentidos. Tenía un sentido muy potente de la ciudadanía, tenía un sentido muy potente del bien común. Estaba involucrado, cívicamente, en los grandes debates de su tiempo. Y por eso se involucró dando su vida por el tema que él, hace ya casi 150 años, consideraba el tema más importante del país: “La Educación del Pueblo”. Fue un transgresor, un absoluto transgresor: escuelas nocturnas para adultos (a finales del siglo XIX), capacitación docente, nuevos contenidos para los textos de estudio, regularización administrativa, gestión educativa, ciencias prácticas, jerarquización de las ciencias naturales y de la educación física, jerarquización de la enseñanza moral (el pleito moral), evaluación integral de la conducta, educación sexual. La escuela, como un mundo pequeño, en donde la dimensión institucional del curriculum establecía, ¡fíjense ustedes!: educación preescolar desde los 3 a los 6 años, un gran ciclo educativo de los 6 a los 15 y luego la educación abierta, la educación terciaria. ¡Uno se conmueve! ¡Realmente se conmueve! Pero al mismo tiempo, está su manera de concebir la conducción de la enseñanza y ahí hay temas, realmente, impresionantes.

“La Educación del Pueblo” no era una educación centralizada, no era una educación estatista. Era una educación en donde, entre otras cosas, la conducción educativa estaba en manos de distritos donde había figuras que conducían la enseñanza - hombres y mujeres, no eran solamente los derechos políticos de la mujer, era la posibilidad de que la mujer, a finales del siglo XIX, fuera elegible, nada menos que para conducir la enseñanza - a nivel de lo que hoy podemos llamar distritos que planteaban una visión revolucionaria de descentralización educativa. Un hombre que tenía un sentido profundo de la laicidad. No la laicidad como neutralidad. La laicidad como un compromiso con la libertad. Un transgresor, un transgresor. Un transgresor que no fue neutral frente a ninguno de los temas de su tiempo y - en el error o en el acierto - asumió, con un celo misionero, su debate frente a todos esos temas. Con el telón de fondo de la lucha de las ideas por la educación, pero peleando el país. Y demostró - en 31 meses de gestión al frente de la educación nacional - que, en menos de tres años, se podía transformar la educación uruguaya.

¡Claro, claro! ¡Era otra educación! Fíjense ustedes: el censo de 1908 nos revela que, en 1908, sólo el 49% de la cohorte de niños llegaba a la educación pública, a primaria. Menos del 1% llegaba a secundaria y menos del 0,3% llegaba a la universidad. Ese 49% era un salto gigantesco que había logrado la reforma valeriana y que fue como el soporte para la otra revolución - que vino 30 años - impulsada - entre otros, pero protagónicamente - por alguien que había debatido fortísimamente con Varela, que era José Batlle y Ordóñez. Que no le perdonó el haber asumido la difícil opción de ser el jerarca de la educación bajo la dictadura de Latorre, pero que luego recogió su legado y, desde el legado, hizo esa revolución que fue la ley de los liceos departamentales. Don Pepe sí, era estatista, y decía: “un liceo tiene que ser público, porque si es privado, los más pobres no van a ser incorporados”. Un liceo público que sea el embrión de una universidad. ¡19 universidades! ¡Hace 102 años!

Hoy Tomás de Mattos nos vuelve a traer a este republicano, nos vuelve a traer a esta peripecia y nos vuelve a narrar - con maestría absoluta - el fragor de aquellas asambleas. Entonces, uno se siente transportado al Congreso de Durazno de los inspectores, uno se siente transportado al Banquete de la Juventud, uno se siente transportado a ese Varela, ya enfermo, que está peleando por lo que cree la República futura. Y efectivamente, uno toca a Varela y Varela vuelve a ser un prisma necesario que, además, está cargado de ideas absolutamente vigentes. No para restaurarlas. Esa es la vigencia de un hombre del cual nos pueden separar 140 años. La vigencia no es restaurar. La vigencia es poder sentir la inspiración de aquello como un empujón hacia el futuro, hacia inventar cosas nuevas. No le podemos pedir al bisnieto de José Pedro Varela - Jacobo - que hoy recite como una letanía el programa de José Pedro Varela a finales del siglo XIX para el siglo XXI. No se trata de eso.

José Pedro Varela sería el primero en decir que no. Se trata de recoger aquella inspiración de pasión para traerla a hoy, para buscar nuevas respuestas y para que la educación pueda volver a ser el primer tema, que lo es, pero encontrar aquella capacidad revolucionaria de poder llevar - junto con un grupo de jóvenes, porque esto es otra cosa imponente: la juventud… José Pedro Varela era un joven en un país joven, pero al mismo tiempo arremetió en esa vida corta - que parece una vida que contuvo varias vidas - con la intensidad de los jóvenes. Y los convocó. Los buscó denodadamente, con eso que aparece en uno de los capítulos, diciendo: “el calor sagrado de la juventud”. ¡El énfasis por la juventud! Sus inspectores eran jóvenes. Ese José Pedro Varela es el que nos trae, a través del camino riguroso de la ficción verdadera, genuina, Tomás de Mattos.

Y el tercer asunto; ¿cuáles son los énfasis de la recuperación de José Pedro Varela de Tomás? Porque en esto está Tomás, está la búsqueda de Tomás, está la curiosidad de Tomás, está la pasión de Tomás de Mattos. Y hay algunos énfasis muy claros que, además, son una ruta certera para reencontrarnos con el corazón de aquella vida de pasión. En primer lugar, Tomás de Mattos nos conduce a reconocer al transgresor, al rebelde. El José Pedro Varela al que llegamos es un rebelde, es un francotirador que puede arremeter - él que quería tanto la educación del pueblo - contra el que sea. No se casa con nadie. Adela, que decía: “esa Elvira Reyes”, que se creía condenada a ser otra novia eterna - como había sido Elvira Reyes la novia eterna de Julio Herrera y Obes - nos lo muestra en esas conversaciones (en realidad Tomás, que entrevista a Adela, a través de ese camino maravilloso de la imaginación), nos proyecta a un rebelde. Y, en realidad, aquí hay un tema muy importante: para cambiar la educación hay que ser rebelde. Entre otras cosas, porque la educación tiene una posición conservadora, legítima, pero conservadora. Para cambiar la educación, hay que ser rebelde. José Pedro Varela lo era. Y lo era en grado extremo, hasta la pasión.

En segundo lugar, José Pedro Varela era un ciudadano. Tenía esa cosa republicana que venía de la Revolución Francesa, que venía de la libertad de los antiguos, que venía de las virtudes de Roma y que planteaba una concepción de la libertad que no tenía nada que ver con la convención del liberalismo conservador. Esa idea de que la libertad es del individuo, que lo único que hay que hacer es respetar la no interferencia de los derechos del individuo y que hay que recelar del bien común, porque eso puede transgredir la libertad del individuo. Concepción de la libertad que no era la de José Pedro Varela. José Pedro Varela era un republicano. Ser republicano no es solamente adherir a un régimen de gobierno, es adherir a un eto cívico, a una forma de concebir la libertad, mucho más proactiva, con una visión ciudadana en donde la virtud y el ideal del bien - con absoluto respeto por la libertad - es, sin embargo, una convocatoria al debate de ideas, a la construcción de la república futura. Ese compromiso cívico que, por otra parte, está en la pintura maravillosa de las Asambleas. Aquella época era una época de Asambleas, de pasión, de debate. Todo estaba por construirse. José Pedro Varela convocaba a esas asambleas, era protagonista de esas asambleas. Por tanto era un orador formidable pero, al mismo tiempo, le gustaba debatir. Hasta advertía que, para construir, había que debatir. Y advertía también que, para construir, había que estar con otros. Por eso la obra de la Asociación de Amigos de la Educación Popular. No era un hombre solo, no era un átomo. Sabía desde esa visión republicana de la libertad, que tenía que construir.

En tercer lugar, lo que ya hemos dicho: él énfasis por la juventud. Hay figuras que uno no se las puede imaginar viejas y José Pedro Varela es uno de ellos. Fue un joven, murió joven. Pero probó que la intensidad de la vida no se mide por los años. La intensidad de las cosas se puede traducir en una obra muy fecunda en muy poco tiempo. ¡Era un joven! Era un joven y lo fue hasta el último día de su vida y, por eso, convocó a jóvenes.

Su obsesión - el cuarto énfasis que Tomás de Mattos nos plantea como hoja de ruta para su Varela - la obsesión ciudadana por la educación del pueblo. La certeza sobre que la República del futuro se jugaba allí. La primacía del alumno, el debate ciudadano. Esa idea de que las ideas eran, de alguna manera, el escenario más fecundo para construir la mejor gestión educativa. Esa idea de que la educación podía ser - y aquí Tomás toma… Es muy impresionante ver cómo un narrador trata los documentos distinto que un historiador. Una de las cosas que más me apasionó esa otra manera de registrar los documentos. Y esa es una fascinación, porque son reglas distintas. Y un historiador - que también tiene que apelar a la imaginación para interrogar a los documentos, sólo que desde otras reglas - aprende mucho cuando un documento es reconocido, es registrado, recortado, seleccionado, desde otra mirada por un gran narrador, en este caso.

Por eso, por el rigor de su género - que es ficción de la mejor -; por el registro pormenorizado de esa vida apasionada de un hombre excepcional que es una fuente de inspiración para lo mejor de la república, sobre todo de la república que viene; por esos énfasis, que son hojas de ruta estupendas para reencontrarnos con José Pedro Varela, estos dos libros - pero en particular este último - nos hace contemporáneos de José Pedro Varela. Porque José Pedro Varela vuelve a estar entre nosotros, nos vuelve a interpelar, nos vuelve a ayudar y nos vuelve a dar algunas pistas de inspiración para recoger el primer tema de la República que hoy sigue siendo el de la educación. El tema más difícil que hoy sigue siendo el de la educación y, al mismo tiempo, advertir que no se puede pensar el Uruguay del futuro sin La Educación del Pueblo, sin la transformación educativa.

No se trata de restaurar ideas. Si hay algo que este libro no es, es restaurador. ¿Cómo traer a un reformador desde la restauración? ¡Imposible! Este libro, en modo alguno, adormece el eco de los empeños y de las pasiones de este hombre de pasiones. Incluso este libro no oculta lo que José Pedro Varela fue de manera emblemática: alguien muy polémico. Que no buscó el atajo de los consensos fáciles. ¡No, no! Que fue a las polémicas desde la lucha de ideas, justamente, desde la convicción. Que no era solamente una convicción intelectual, sino que - en la mayor parte de las veces - era una convicción moral.

Por eso creo que este José Pedro Varela de Tomás de Mattos - que de eso se trata - es un gran aporte al compromiso de todos los tiempos y de todos por la educación del pueblo. En esa dirección, me parece que hay que celebrar este libro y hay que decirle a Tomás - a pesar de todo lo que costó - que valió la pena. ¡Valió mucho la pena!

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