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¿Está el Frente Amplio en crisis?
Por Raúl Legnani* Urumex80@gmail.com
En estos días el Frente Amplio comienza a elaborar su nuevo programa de gobierno, instancia considerada crucial por sus componentes, en tanto se proponen no solo pensar en un posible tercer gobierno, sino también tener una mirada larga sobre el futuro del país para los próximos 20 o 30 años.
La pregunta que más circula entre sus electores, es si la coalición de izquierda goza de buena salud o está en crisis. La interrogante es importante si tenemos en cuenta que las encuestas ponen en duda si gana o no en primera vuelta, con un porcentaje importante de votantes en blanco.
Si aceptamos la información de las encuestadoras, debemos reconocer que la pregunta tiene validez. Un intento de respuesta es que en una primera mirada sobre el estado actual del Frente Amplio no hay signos de gravedad, en tanto la izquierda tiene una larga tradición de convivencia en crisis. Pero un análisis más profundo comienza a mostrar síntomas preocupantes, particularmente sobre la relación de la fuerza política con los bloques políticos- sociales que supo construir a lo largo de su historia.
La relación del FA con esos sectores de la sociedad que son parte del proceso del cambio, está deteriorada, con síntomas profundos de malestar.
Solo hay que ir al archivo para recordar que el tradicional bloque izquierda-médicos no tiene la potencia de antaño, lo mismo pasa con los actores de la educación pública - tanto en el nivel primario, como el secundario y el terciario-, así como con el conjunto de los profesionales universitarios.
No soy de los que creen que la responsabilidad de estas dificultades con actores de los distintos bloques sea de la fuerza política, en tanto hay cambios importantes en la nueva sociedad y en el comportamiento de sus gentes. Pero lo preocupante es que el Frente Amplio no encara con seriedad y autocrítica las dificultades que se van presentando, nos dicen muchos de los “malhumorados”,
No hace mucho tiempo el decano de la Facultad de Humanidades, Alvaro Rico, recordó que la preocupación por la Universidad y el estudiantado por parte de Rodney Arismendi (líder del PCU), “no se hizo en términos de política menor, intentando capitalizar para un partido o grupo la cuestión juvenil. Estuvo pensado en una perspectiva estratégica y visión a largo plazo”.
“En aquellos años 60 y 70, existía en Arismendi un esfuerzo muy grande por vincular la inserción juvenil que se desplegaba en el mundo, con América Latina y el papel de la Universidad y los universitarios. La insurgencia juvenil que irrumpió en 1968 con el mayo francés, pero también en EEUU, en México y tantos otros países, como Uruguay”, recordó Rico.
“Lo nuevo era la inserción de la universidad latinoamericana en el medio de dos procesos. Uno de esos procesos era la revolución socialista, democrática y de liberación nacional, antimperialista que, en América Latina, se abría paso. Que era éste un proceso y un elemento diferenciador fundamental en el paralelismo que podría establecerse entre las universidades latinoamericanas y los procesos de insurgencia juvenil que se vivían en otros contextos geográficos, caso Europa y EEUU”.
En segundo lugar , agrega Rico, “el otro proceso era la revolución científico-tecnológica y tres rasgos muy peculiares de la misma que - de alguna manera - se continúan en el presente. Esos rasgos, rescatados por Arismendi, eran la transformación de la ciencia en fuerza productiva directa, era la transformación de los científicos y docentes en trabajadores asalariados, y era el proceso de masificación de las universidades latinoamericanas. La conjunción de estos procesos y la inserción de la universidad en los mismos determinaba - en el pensamiento de Arismendi de aquel entonces - también una confluencia entre las leyes de la historia y de la política, representados por ese proceso de revolución socialista, democrática antimperialista, con el proceso de las leyes de la naturaleza, representada por la revolución científico-tecnológica”.
Si la conjunción de esos dos procesos realmente se produjo en aquellos años - percepción que comparto con el diario del lunes-, cabe preguntarnos si hoy tienen validez, pero para poder preguntarse y responder correctamente, hay que tener la valentía de reconocer que las últimas revoluciones fueron en Nicaragua (1979) y Africa, con la caída del colonialismo en la década del 70. Después de eso no hubo más noticias de las revoluciones, aunque surgieron movimientos pacíficos que se transformaron en gobierno, como pasó con las fuerzas progresista de Latinoamérica, incluidos los dos gobiernos progresistas del Frente Amplio.
Vale también preguntarse por qué esas capas medias vinculadas a la educación pública y al Estado (la burocracia estatal), se desinterezaron de la política o no se sintieron conmovidas por los nuevos liderazgos y proyectos de cambio. En cambio se fortalecieron los talantes corporativos.
De lo que no hay la menor duda es que la revolución cinético-tecnológica llegó para quedarse y que está influyendo en esas capas medias cultas.
Hace poco escribí en Iderario sobre la necesidad de que la izquierda tenga una mirada larga, donde defina si aún hay que seguir acumulando dentro del capitalismo o si hay que plantearse si hay condiciones para ir prefigurando una sociedad de tipo socialista.
Este debate es imprescindible para saber cuáles son las clases y capas sociales que se van a integrar al proceso de cambio, poniendo especial atención en esos sectores universitarios que ya no copan las calles, por lo menos en Latinoamérica, pero se sienten atraídos por el avance impetuoso de las nuevas tecnologías.
Se me puede decir que son muchas las interrogantes y no lo niego. Digo más: me faltan respuestas. Pero el que no duda, el que no se cuestiona, el que no ara en la realidad, puede ir lentamente a un fracaso en principio electoral, que en el caso del Uruguay sería la puerta de entrada a la restauración del neoliberalismo. Un verdadero retroceso histórico.
*Maestro y periodista
Columna publicada el 24 de marzo en el suplemento Ideario de La República
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