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Aportes contaminación de aguas en el Río Santa Lucía
Por Carlos Perdomo y Fernando García Préchac
Esta columna, fue publicada en el Portal de la Facultad de Agronomía con motivo del Día Mundial del Agua celebrado el pasado 22 de marzo, se titula «Aportes sobre el problema de contaminación de aguas superficiales en la cuenca del río Santa Lucía», y los autores son Carlos Perdomo y Fernando García Préchac.
Esta breve contribución, intenta ser un aporte a la discusión pública sobre la calidad de las aguas, generada por el reciente evento de mal sabor en el agua potable que OSE suministra al área metropolitana. Lo hacemos desde nuestra experiencia de trabajo científico en Fertilidad y Química de Suelos y Aguas, el primero de los firmantes y en Manejo y Conservación de Suelos, el segundo. Pero ello es a título personal, sin involucrar a la institución en la que trabajamos, que como tal, no se ha expresado sobre esta temática, aunque nos sentimos al amparo y en cumplimiento del mandato establecido en el artículo 2 de la Ley Orgánica de la Universidad de la República, en cuanto contribuir a la comprensión de los temas de interés general.
Hasta el momento, el principal mensaje que ha recibido la población a través de la prensa ha sido que se trata de un efecto negativo de la intensificación de la agricultura. En parte de lo divulgado por la prensa, se asume que la principal causa de esta problemática se relaciona con el incremento reciente del área agrícola, particularmente la destinada a cultivos de verano. Este incremento de la agricultura habría aumentado la descarga de nitrógeno (N), y sobre todo fósforo (P), a los cursos de agua, provocando el evento de crecimiento de algas registrado en la cuenca del Río Santa Lucia.
Estos supuestos, sin embargo, en función de nuestro conocimiento y experiencia (parte de ella generada en trabajos dentro de la cuenca en cuestión) no son del todo correctos. En primer lugar, en la cuenca del Santa Lucía no predomina la agricultura, sino la actividad lechera y también la ganadería de carne. Esto puede corroborarse con la información oficial disponible (consultar la página web de la DIEA del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca). Estas actividades pecuarias, sobre todo cuando se realizan con altas cargas animales y en base a praderas mejoradas, son tanto o más contaminantes, en términos de aportes de nutrientes, que las agrícolas. A su vez, en estos sistemas productivos, los cursos de agua reciben aportes de fuentes puntuales de origen orgánico, como son las salas de ordeñe y sus zonas adyacentes, donde se concentran los animales y se los raciona, generando concentraciones importantes de deyecciones ricas en nutrientes. Aunque el efluente pueda tener algún tratamiento (por ejemplo, piletas de decantación), no se asegura que el mismo no llegue a las aguas superficiales con una importante carga de nutrientes.
En la cuenca del Santa Lucía hay también aportes de otras fuentes puntuales, como las derivadas de las industrias, los centros urbanos y los pozos negros de las poblaciones rurales dispersas. Por lo tanto, resulta muy aventurado asegurar que la fuente principal de aporte de nutrientes es la contaminación difusa de las áreas agrícolas, siendo más razonable plantearse la hipótesis que las fuentes puntuales indicadas también sean causa importante del problema. Se trata, sin dudas, de un problema multicausal. En los países más desarrollados se ha hecho énfasis en el control de las fuentes difusas de contaminación solo después de que se han controlado las fuentes puntuales.
De todas maneras, la información disponible indica que la contaminación difusa, derivada sobre todo de la agricultura forrajera para la producción lechera, estaría haciendo un aporte significativo de P y N a las aguas superficiales de la cuenca en cuestión. Los resultados de algunos relevamientos realizados en la cuenca indican que los niveles de P disponible en el suelo (P lábil) se han elevado mucho en los últimos años, sobre todo debido a la fertilización fosfatada en estos sistemas de producción agropecuaria. Los niveles actuales de P lábil sobrepasan en muchos predios los asociados a la máxima productividad, lo cual constituye una pérdida económica para el productor y un riesgo para el medio ambiente.
La llegada del fósforo del suelo a las aguas superficiales se produce por dos caminos. Uno de ellos es la erosión, que arrastra las partículas de suelo más ricas en P hacía el agua, y el otro vehículo es el agua de escurrimiento superficial, que al entrar en contacto con el suelo se enriquece en P disuelto. En los suelos con niveles bajos de P asimilable la erosión constituye el camino principal, pero a medida que el nivel de P asimilable se incrementa, el escurrimiento empieza a cobrar cada vez más importancia.
Para conciliar el uso lechero predominante de la cuenca con la calidad medioambiental, se debe, en primer lugar, disminuir el riesgo de erosión, prestando especial atención a lograr que las rotaciones forrajeras empleadas y su utilización, generen una importante cobertura de la superficie. Si bien en la agropecuaria lechera se practica la siembra directa en forma mayoritaria, existe evidencia de que la erosión aun sigue activa, porque no se logra suficiente cobertura del suelo. Se debería, además, fertilizar con P solo en las situaciones con niveles de este nutriente en el suelo, iguales o inferiores a los niveles críticos establecidos para diferentes cultivos y pasturas por la investigación nacional. La implementación de estas medidas de manejo, sumadas a otras como la conservación de la vegetación ribereña y la limitación del acceso directo de los animales a los cursos de agua, disminuiría, seguramente, el riesgo de esta contaminación difusa.
Por lo tanto, una importante contribución al logro de mitigar la erosión y el escurrimiento superficial sería extender a las actividades agropecuarias predominantes en la cuenca del Santa Lucía la exigencia de trabajar sobre Planes de Uso y Manejo de Suelos que generen tasas de erosión tolerables, como las que empieza a aplicar el MGAP este año a los sistemas de agricultura cerealera. El control de la fertilización excesiva, que mitigue el aumento de fósforo en los suelos deberá ser también implementado por los servicios públicos que se entiendan competentes.
Finalmente, deberán encararse trabajos multidisciplinarios de monitoreo e investigación a largo plazo, que permitan comprobar o rechazar las diferentes hipótesis planteadas sobre la importancia relativa de las causas, así como también evaluar la eficacia de las medidas de manejo recomendadas, o fundar el desarrollo de otras que pudieran ser mejores.
Ing. Agr. (PhD), Profesor Titular (G5) del Dpto. de Suelos y Aguas, Facultad de Agronomía de la Udelar, Nivel I del Sistema Nacional de Investigadores ( chperdom@fagro.edu.uy). Ing. Agr. (PhD), Profesor Titular (G5) del Dpto. de Suelos y Aguas, Facultad de Agronomía de la Udelar, Investigador Emérito del Sistema Nacional de Investigadores ( fgarciap@fagro.edu.uy).
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