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LIBRO
Leonardo Padura: la perversión de la utopía
Por Jeferson Miola*
Leonardo Padura, escritor cubano, es autor de la magnífica obra “El hombre que amaba a los perros”. En la 1ª edición de este libro, en agradecimiento a su esposa Lucía, que “me soportó en estos cinco años de tristezas, alegrías, dudas y miedos, en los cuales dediqué mañanas, tardes, noches y madrugadas a gestar, a dar forma y a arrancar de dentro de mí esta historia ejemplar de amor, de locura y de muerte”, Padura revela la confianza en que el libro “aporte algo sobre como y por qué se pervirtió la utopía...”.
El autor de “El hombre que amaba a los perros” es transparente en cuanto a la motivación intelectual para la realización del libro: “utilizar la historia del asesinato de Trotsky para reflexionar sobre la perversión de la gran utopía del siglo 20”, quiere decir, la degeneración totalitaria y la degradación ética y moral de la Revolución Rusa de 1917 que siguió al régimen stalinista, y que vinculó indeleblemente [y en forma nefasta] el ideal socialista a la experiencia del llamado “socialismo realmente existente”.
Con una técnica narrativa magistral, el libro relata la biografía simultánea de la vida del revolucionario bolchevique Leon Trotsky y de su verdugo, el agente soviético Ramón Mercader Ríos - catalán de nacionalidad y dueño de muchos pseudónimos: Jacques Monard, Frank Jacson, Jaime López, Ramón Ivanovitch López, Ramón Pavlovich ... [*] Ramón Mercader fue reclutado en 1936 por el servicio secreto soviético al frente de la Sierra de Guadarrama en la Guerra Civil Española, y conducido hacia Moscú, donde recibiría un entrenamiento especial. En los años de preparación para la macabra operación, Mercader se metamorfoseó en un ser espantosamente siniestro, dueño de muchas personalidades y ardides, adiestrado para ejecutar la “noble tarea en nombre del proletariado mundial”. La planificación meticulosa, la arquitectura y el timing para el asesinato de Trotsky obedecieron a órdenes directas y al monitoreo de Joseph Stalin.
El asesinato fue finalmente consumado en agosto de 1940. Ramón Mercader, infiltrado en el círculo de relaciones personales de Trotsky a partir del involucramiento afectivo calculadamente establecido con la militante trotskista Sylvia Agelof en París algunos meses antes del asesinato, se tornó confiable frente a la seguridad personal de Trotsky, y pasó a gozar de una relativa facilidad de ingreso en la casa de Coyoacán.
En la tarde del 20 de agosto, bajo el pretexto de llevar para la revisión de Trotsky un artículo sobre disidencias trotskistas en los EE.UU. que fue deliberadamente mal escrito, Ramón provocó el encuentro fatal con el viejo revolucionario. Mientras Trotsky leía el artículo sentado en el escritorio de su oficina, Ramón lo golpeó mortalmente por detrás, alcanzando su cabeza con un gancho de alpinismo.
Ramón fue sorprendido por la increíble reacción de Trotsky. Incluso herido mortalmente, Trotsky profirió un grito desgarrador de rabia y dolor, y le mordió la mano con la que Ramón sostenía el gancho, para prevenir un nuevo golpe. Cuando sus guardaespaldas entraron en la oficina, Trotsky ordenó los que deben haber sido sus dos últimos pedidos: que impidiesen que su nieto asistiese a la escena, y que mantuviesen a Ramón vivo, porque así podrían conocer la verdad sobre la trama orquestada de forma enfermiza por Stalin.
Irónicamente, Ramón Mercader sobrevivió gracias a la decisión de su propia víctima, de dejarlo vivo. No sin el castigo, todavía, de oír todos los días, hasta los últimos días de su vida, aquel perturbador aullido estridente, y de ver siempre aquella cicatriz en la mano derecha como una lava incandescente para recordar el horror estalinista. En los 20 años de prisión en México después de haber sido condenado por homicidio, se mantuvo leal y devoto a la “causa”: ocultó su verdadera identidad y protegió a los autores intelectuales y demandantes del crimen. En 1960, una vez liberado y expulsado de México, se radica en la URSS - el único país del mundo que le concedió abrigo.
A lo largo de los últimos 70 años, se produjeron importantes obras biográficas sobre León Trotsky. Vale destacar la trilogía de Isaac Deutscher [El Profeta Armado,El Profeta Desarmado y El Profeta Desterrado] y varios escritos de Pierre Broué.
Sin embargo, la exención teórica e ideológica del autor de “El hombre que amaba a los perros” distingue este libro por la fidelidad histórica de raro valor - a diferencia de los otros dos excelentes autores citados, Padura es un intelectual no afiliado a la tradición trotskista, y que por décadas no pudo tener acceso a la literatura trotskista en su Cuba natal.
Este distanciamiento de Padura con relación a Trotsky y al trotskismo asegura a la narrativa una mirada crítica y no romantizada de la trayectoria del líder de la Revolución Rusa y del Ejército Rojo. “El hombre que amaba a los perros” describe varios errores cometidos por Trotsky en los años iniciales de la Revolución Rusa, deteniéndose especialmente en el examen del papel desempeñado por el Ejército Rojo en la masacre de millares de marineros durante la Revuelta de Kronstadt, en marzo de 1921.
“El hombre que amaba a los perros” es un libro primoroso y atrevido, que interpela la historia en busca de la verdad sobre uno de los hitos del siglo 20 y que involucró a uno de los mayores personajes del socialismo de toda la historia. Es, incluso, un eficiente alegato contra la falsedad ideológica que, deshonestamente, busca confundir la experiencia trágica del terror stalinista con los ideales de una democracia socialista aún no vivenciada verdaderamente por la humanidad.
[*] Fue Coordinador Ejecutivo de las ediciones del Foro Social Mundial realizadas en Porto Alegre, Brasil, en los años del 2001 al 2005.
Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte
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