Brasil y la primacía del Sur
Una diplomacia ejemplar
Por Héctor Valle*
vallehec@gmail.com

El Brasil ha colocado a uno de sus diplomáticos al frente de la Organización Mundial del Comercio (OMC) el pasado día 9 de mayo del 2013. En tal sentido, el Embajador Roberto Azevêdo asumirá sus nuevas funciones el 1 de septiembre del corriente año.

El integrante de los BRICS ha conseguido esta nueva victoria diplomática a través de un proceso electoral tan claro como transparente y contundente.

Victoria ésta que se suma a la obtenida hace casi dos años, concretamente el 26 de junio de 2011, cuando el Brasil consiguiera llevar al frente de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (más conocida por su sigla en inglés, FAO) al Doctor José Graziano da Silva, quien tomó posesión de su cargo el 1 de enero de 2012.

Además de las características individuales de cada uno de los dos brasileños arriba citados - poseedores de sendas y proficuas trayectorias profesionales vinculadas notoriamente al servicio público - emerge la condición superior de una nación en saber mirar al mundo, interactuar en el mismo y progresar en la obtención de logros que van más allá de lo inmediato y contingente.

Ahora bien, tales logros son el resultado de un hacer prolongado en el tiempo. Vienen dados tanto por una cosmovisión peculiar cuanto por estructuras funcionales que, a través de su historia, han logrado construir antes que victorias efímeras o circunstanciales, cambios cualitativos en la toma de posición, tanto interna como externa, de un país que va a más en el concierto de naciones libres y pujantes de nuestro mundo.

El Brasil, pues, no ha “ganado” dos direcciones en organismos internacionales, no. El Brasil ha llegado a ambas direcciones a través de una labor tenaz de sus estructuras, tanto públicas como privadas, que convierten a estas victorias en señalizaciones elocuentes, para quien lo quiera ver, del avance de un Estado en el servicio al otro, al diferente, en un tiempo relativamente corto.

Y aquí conviene hacer un alto para presentar algo respecto de la cosmovisión brasileña. Siempre con la salvaguardia de que, en realidad, debiéramos hablar en plural, es decir de “las cosmovisiones”. Es así que una nación con la diversidad cultural de sus gentes, con esa riqueza y exuberancia de su geografía, bien como de la intensa historia en sus más de cinco siglos de vida, sería ilusorio el pensar que hubiera una sola cosmovisión, cuando en realidad son varias. Hablamos, entonces, en singular para circunscribirnos a algunos detalles de tan rica historia de las mentalidades de esta nación hermana.

Esta cosmovisión, trae consigo, en lo histórico, la mirada lusitana del mundo, acrecentada, luego, con el propio crecimiento y emancipación de un Brasil que observa un pragmatismo importante sin mengua de tener una escala de valores y principios caros a la observancia de la mejora de vida del otro. Lo cual puede ser nítidamente percibido al hacer un corte en su historia - pues restaría hablar de la década del sesenta, antes del golpe, por ejemplo - a partir de la Constitución de 1988. Y de ahí en más, profundizando y ampliando su base de sustentación y su alcance.

Más aun: El último decenio ha sido pródigo en conquistas en la profundización de la democracia, que han traído consigo no sólo la mejora notoria en la calidad de vida de millones y millones de brasileños, sino también el aggiornamento de esas estructuras que, hasta ahora, apenas hemos nombrado sin detenernos a una explicitación mayor y necesaria.

Entre los estamentos burocráticos del Brasil se destaca, con creciente complejidad y aciertos, su diplomacia. Esta corporación - también conocida por “Itamaraty” o la “Casa” - es selectiva y celosa custodia de sus funcionarios, tanto en lo que concierne a su preparación, teórica y práctica, cuanto a no dejarse permear por personalismos que, a la postre, conspiren contra la propia condición primera de la cancillería brasileña: la ejemplaridad de procedimientos, la rigurosa atención a las formas y al devenir funcional de sus miembros, como a su independencia de brisas coyunturales y subalternas de ciertos sectores alejados de todo interés de mejora de la nación.

Un diplomático brasileño no sólo tiene un sentido claro de la historia de su nación, de la progresión democrática de la misma, sino que es un fiel servidor del Estado y, cómo dudarlo, de su Casa.

Un diplomático brasileño antes que ostentar conocimientos intelectuales varios (que los tiene, naturalmente) es un conocedor acabado de la gramática de su lengua, bien como de la redacción precisa y analítica de los informes y demás documentos que deba elaborar y presentar a sus superiores.

Este funcionario tiene para sí que la mayor virtud de su carrera estará dada por la contundencia que ponga en su accionar funcional con discreción y lealtad inherentes a quien a la postre dirigirá en una u otra forma destinos superiores de su Ministerio, lo que es decir, de su Estado-nación, pero siempre mancomunadamente con el resto de sus pares, aun en situaciones en que las divergencias no sólo existen sino que son puestas a prueba, debiendo vencer el interés común por sobre la visión personalista de la cuestión en disputa.

Como en todo ámbito, en el lugar que fuere, hay excepciones a la baja, pero en este caso su destino es el silencio más pesado y permanente que traerá consigo su “retribución” por haber faltado - hasta podríamos decir “fallado” - en el cumplimiento estricto de su condición de funcionario público y diplomático.

Asimismo, es indudable, casi de retorno a este nuestro presente, que la última década ha traído no sólo nuevos y refrescantes aires a la Casa en cuanto a dejar que la democracia - vista desde una participación más plural y expresiva de las gentes del Brasil en sus cuadros - haya entrado de la mano de quienes por 8 años condujeron los destinos del Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Federativa del Brasil. Nos referimos, claro está, a los Embajadores Celso Amorim y Samuel Pinheiro Guimarães.

Estos hombres, canciller y vice-canciller, respectivamente, en los dos períodos presidenciales del Señor Inácio Lula da Silva, lucharon, con el decidido apoyo de su Presidente, en pro de tales reformas bien como de otras complementarias en el quehacer mundial. Hablamos, por ejemplo, de la apertura de nuevas embajadas y otras misiones diplomáticas en un número muy expresivo de países a lo largo y ancho del mundo. Vaya si hoy, luego de tan contundente victoria diplomática brasileña en la OMC, no se les debe recordar muy especialmente, al haber obtenido el Brasil votos de países que antes no tenían trato diplomático directo y ahora sí, merced a aquella política de alcance mundial desplegada por el binomio Amorim- Pinheiro Guimarães.

Hicieron estas y otras reformas, como por ejemplo el necesario estudio de determinadas obras históricas y analíticas del Brasil, en lo interior; la búsqueda a partir de instrucciones expresas de la Presidencia de entonces, en lograr posiciones consensuadas que pudieran dar mayor espacio a los procesos de pacificación en varios e intensos conflictos internacionales. Todo lo cual mereciera, cuándo no, furibundas críticas, comenzando por algunos connotados mandarines, tanto retirados como en actividad funcional, de la propia Casa.

Desde ahí, podríamos afirmar no sin bases ciertas, por otros logros contundentes en su política económica y social, que el Brasil dejó de ser el país “del futuro”, para pasar a ser una realidad desde un presente crecientemente activo y en evolución.

A la postre, la evidencia resulta ser la mejor sentencia contra las más venales agresiones: El Brasil avanza teniendo consigo el elemento potencialmente generador de cambios sustantivos y favorables para el Brasil como para el resto de las naciones del Sur: el despliegue de una diplomacia ejemplar.

Diplomacia ésta que ha marcado rumbos, desde una identidad progresivamente defensora de los derechos del otro. Sea desde la “Política Externa Independiente”, como de las posteriores, y más recientes, “Política de la No - Indiferencia” y la “Responsabilidad al Proteger” en lugar de la “Responsabilidad de Proteger”.

Esto último merece una puntualización: Al celebrarse el debate general de la 66ª Asamblea General de las Naciones Unidas, en la ciudad de New York, el día 21 de septiembre de 2011, la Presidenta del Brasil, Señora Dilma Rousseff, manifestó en su discurso inaugural, entre otras consideraciones, lo siguiente: “Mucho se habla sobre la responsabilidad de proteger, poco se habla sobre la responsabilidad al proteger. Son conceptos que precisamos madurar juntos. Para ello, la actuación del Consejo de Seguridad es esencial, y ella será tanto más acertada cuanto más legítimas fueren sus decisiones, y la legitimidad del propio Consejo depende, cada día más, de su reforma.”

Es decir, la Presidenta del Brasil traía a colación la divergencia existente en los foros internacionales de dos concepciones de actuación: la “Responsabilidad al Proteger”(Responsibility while Protecting) versus la “Responsabilidad de Proteger” (Responsibility to Protect).

La divergencia, convengamos, no es menor. La “Responsabilidad al Proteger” trae consigo la responsabilidad para quien pretende proteger. En tanto que la “Responsabilidad de Proteger” puede traer consigo no sólo determinismo, incluso de carácter gnóstico, sino también dogmatismo.

Digamos finalmente, sobre este punto en concreto, han circulado documentos de trabajo. En este sentido, vale destacar el presentado por la cancillería brasileña a propósito del concepto “Responsabilidad al Proteger”, en New York, en noviembre del año 2011, en oportunidad del debate abierto sobre Protección de Civiles en Conflicto Armado, dado en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Una muestra más de los asuntos intrincados pero existencialmente sensibles y muy vigentes, en los que el Brasil hace oír su voz en los más elevados foros internacionales.

Respecto de la campaña electoral para la Dirección General de la OMC, quedan atrás las acciones desplegadas en contra del candidato brasileño tanto por los EUA, como por Europa y, singularmente, por parte de México, cada vez más dependiente de la política doméstica de la nación estadounidense.

Por todo ello, el logro del Brasil nos habla y alecciona respecto de la necesidad de conocer más y mejor las mentalidades de esta nación porque, sin que sea la panacea del mundo, ciertamente nos muestra una complementariedad que debiéramos querer conocer y poder franquear rumbo a una consustanciación, efectiva e histórica de nuestra América de Sur.

*Columnista y conferencista uruguayo

LA ONDA® DIGITAL

Portada


Contáctenos

Archivo

Números anteriores

Reportajes

Documentos

Recetas de Cocina

Marquesinas


© Copyright 
Revista
LA ONDA digital