La escuela pública y la democracia que queremos
Por Raúl Legnani*
Urumex80@gmail.com

En la década del 50, cuando un uruguayo salía al exterior era muy común que se nos preguntara de dónde veníamos y cómo era nuestro país. La respuesta no era sencilla, pero por lo general todos coincidíamos en decir que habíamos ganado en Maracaná el campeonato mundial de fútbol, que la inmensa mayoría habíamos pasado por la escuela pública (laica, gratuita y obligatoria) y que podíamos tomar agua de la canilla sin temor a equivocarnos.

Pasó el tiempo y nos quedamos sin ganar campeonatos de fútbol y ahora parece que hasta podemos llegar a tener problemas con el agua. Pero la escuela pública está allí, aunque ya no es la misma y por eso ha crecido la presencia de niños en la escuela privada, particularmente en Montevideo.

La escuela, la de José Pedro Varela, fue herida de gravedad durante la dictadura (1973-1985), régimen que desató una fuerte represión contra el cuerpo docente (destituidos, presos y exiliados), pero provocando un fuerte cambio en los contenidos y en las formas de enseñar.

Esto fue así porque los militares y un buen grupo de civiles con muy pocas luces instalaron el conductismo como filosofía educativa, transformando al acto educativo en una herramienta que coartó la libertad en las aulas con la intención de que todos los alumnos salieran igualitos, como pasa con la producción serial. Y con el fascismo.

Ante esta realidad amplios sectores de las capas medias comenzaron a huir hacia la enseñanza privada (no sin razón), donde la dictadura tuvo menos influencia. Las familias más humildes tuvieron que dejar a sus hijos en la escuela pública, donde también participaron sectores de las capas medias con un fuerte compromiso con Varela.

De esta forma el prestigio de la escuela pública comenzó a caer, dejando de ser un referente cultural. Retornada la democracia se recuperó la libertad en las aulas, pero hubo (hay) un estancamiento del debate educativo, donde los grandes temas pedagógicos y didácticos no están en la conversación, a pesar del esfuerzo que han hecho distintas autoridades de la enseñanza y dirigentes gremiales del magisterio.

Si bien la educación inicial y primaria no están ante una crisis generalizada, como puede pasar en la enseñanza media, se puede afirmar que todos sentimos que aún queda mucho por hacer y lo más interesante es que hay posibilidades ciertas de superación y no en un plazo muy largo.

En este sentido se puede decir que hay que trabajar sobre tres planos de un mismo fenómeno. Por un lado los progresistas, sean del lema que sean, entienden que el tema de la escuela pública es asunto sustancial de la democracia y que por eso hay que salir a ganar las cabezas de las capas medias que se acostumbraron a la escuela privada. Y esto que puede parecer radical es sustancial para definir el tipo de democracia que queremos. Vale la pena releer a Reina Reyes o incursionar en las escuelas experimentales de Malvin, Las Piedras y Progreso inspiradas en la Escuela Nueva.

Una democracia donde la sociedad, en sus distintas expresiones de nivel de vida, se encuentre en el banco de la escuela, a la vez que el maestro sea jerarquizado como profesional, lo que transcurre por mejoras salariales y necesariamente por su formación académica.

El otro plano es justamente este último: la necesidad de crecer en la formación del cuerpo docente, lo que hay que instrumentar con inteligencia y practicidad. El país necesita maestros mejor preparados, con la intención de que participen en la investigación educativa, pero que a la vez no se alejen del aula y del acto educativo concreto. Esto es una alerta porque ya lo viví y fue en México, donde los maestros se licenciaban a nivel universitario (gracias a la educación a distancia), pero huían de la escuela.

El tercer plano tiene que ver con el papel que deben jugar directores e inspectores, quienes tienen que dar la gran batalla educativa no solo controlando al “maestro de banquillo” (nominación mexicana), sino participando estrechamente en la base del acto educativo, para hacer un seguimiento diario de la marcha de las cosas. Seguramente esto obligue a aumentar el número de inspectores.

Una última reflexión, muy vinculada al tipo de democracia que queremos, es aceptar de una vez por todas que la escuela pública necesita publicidad de sus éxitos (no es una invitación a ocultar los errores y atrasos). Sin publicidad, la comparación con el sector privado, que tiene derecho a existir creando competencia, ya está ganada por los privados antes de que la pelota comience a rodar. Si no me creen, solo basta leer los diarios para ver que el Liceo Jubilar se ha transformado en un ícono de la excelencia, cuando no le conocemos una sola propuesta educativa innovadora.

•Maestro y periodista
Columna publicada el 19 de mayo en La República, suplemento Ideario

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