La naturaleza, que es buena
Por Jaime Secco*

Parece tan evidente que hay que “respetar” a la naturaleza, que no se encuentran argumentos para racionalizar los debates donde entra ese precepto religioso. Mirarlo como lo que es, una posición ideológica entre otras, determinada en tiempo y espacio, creemos que ayuda.

La genetista argentina María Antonia Muñoz, al publicar su libro Biotecnología, observó que una “imagen distorsionada es la de la naturaleza buena, según la cual toda intervención humana es peligrosa y debe ser evitada. O que abre la caja de Pandora. Además de ignorar la existencia de tsunamis y volcanes, esta visión olvida que la interferencia humana en la naturaleza remonta a la Edad de Piedra, hace unos diez mil años, y que le debemos un aumento notable de la esperanza de vida del ser humano”.

Por supuesto que la naturaleza no es ni buena ni mala; no le caben adjetivos morales. Tampoco merece exactamente “respeto” en el sentido literal de la palabra. ¿De dónde salen estas prosopopeyas, este atribuir cualidades humanas a las cosas?

Seguramente tenga muchos antecedentes. Es pertinente citar uno. Se cuenta que François Quesnay, cabeza de la escuela de economistas fisiócratas del siglo XVIII escuchó un día al heredero del Rey de Francia quejarse de lo pesado de las tareas reales. “¿Usted qué haría si fuera rey?”, preguntó el delfín. “Nada”, respondió el filósofo. “¿Y quién gobernaría?”, insistió el joven. “Las leyes”, concluyó Quesnay. Se refería a las leyes del orden natural. La conclusión de Quesnay, dice la anécdota, fue la famosa frase “Laisses faire”: dejad hacer, que en seguida se convirtió en lema de los liberales.

La idea de que no hay que molestar a la naturaleza es hermana de la de no molestar a la economía, donde espontáneamente todo se arreglaría solo de una manera óptima.

Se difunde con insistencia un video en que se ve un campo, donde pastan ovejas, un hombre alimenta gallinas con un balde y suena una guitarrita; al fondo, cerros pelados. ¡Oh!, la naturaleza. Quieren destruir este paraíso original mediante la sucia actividad de la piqueta fatal. Pero fijémonos bien. Esos cerros, seguramente no eran pelados antes de la introducción de esas ovejas, ¡oh fatal progreso del siglo XIX! Ese campo no era una llanura pelada, sino una sabana alta antes de la introducción de los vacunos a comienzos del siglo XVII. En realidad, ni se sabe qué bacterias había antes en el suelo. ¡Oh tempore! La lata y las gallinas solo dan cuenta de la bajísima productividad de esos campos en particular. Y la guitarrita, los invito a ir a ver si la escuchan sonando gracias a la naturaleza.

“Si Dios quiso que el hierro estuviera bajo tierra, ¿quién es el hombre para sacarlo?” Esa es una sentencia religiosa, sin dudas. Pero no tiene diferencia con “Si la naturaleza acumuló polvo sobre el hierro, ¿quién es Aratirí para desempolvarlo?” Ambas funcionan con una lógica religiosa.

Eso no implica que no haya problemas. La Ley de Megaminería intenta resolver algunos de ellos y se adelanta a discusiones que nuestra sociedad no se llegó a plantear debido al ruido generado por los sloganes ecologistas vulgares, mezclados con un puñado de intereses menores y una alianza antifrenteamplista promovida por la derecha y la ultraizquierda. Y es una lástima, porque se están tomando decisiones que afectarán por muchas décadas y merecían un tratamiento más racional.

*Periodista uruguayo

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