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El General Aguerre y un Cíclope
De la construcción del enemigo
Por Héctor Valle* vallehec@gmail.com
“Tener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor.” Umberto Eco, Construir al enemigo, editorial Lumen, Págs. 14 y 15.
El General Aguerre y un discurso En ocasión de celebrarse un nuevo aniversario de la Batalla de Las Piedras, el Comandante en Jefe del Ejército Nacional, General Pedro Aguerre Siqueira, fue el encargado de proferir el discurso para tan magna ocasión.
Se trató de una pieza oratoria en la cual se evidencia la búsqueda del centro pasando por una mirada retrospectiva de nuestra contemporaneidad - no exenta de juicio propio - y una búsqueda honesta de un presente mejor desde el que construir, desde su lugar de privilegio en la composición misma del Estado uruguayo, un porvenir de paz y apego a la Constitución y las leyes.
Así, pues, el General Aguerre Siqueira cumplió a cabalidad con la misión que le asignara el Señor Presidente de la República, Don José Mujica Cordano, cual es la de buscar en los suyos la veta proactiva y, consecuentemente, rehuir la mera ostentación de odios y visiones maniqueas, de forma tal de crear civilidad desde una óptica castrense superior.
Es por ello que creemos del caso destacar algunos pasajes de su alocución.
Dice el General Aguerre Siqueira: “El ´enemigo´ no debe ser el que disiente, quien piensa diferente, sino quien dentro o fuera de fronteras, atente contra nuestra Constitución, nuestras leyes o nos agreda.”
Para agregar, seguidamente, lo siguiente: “Señores, nuestros hijos merecen una mejor circunstancia, y nosotros sus padres, debemos actuar con coraje, valor, hidalguía y coherencia. Confrontemos sí, en el campo dialéctico, y que de cada resultado fluya la convivencia armónica entre orientales. Las cosas no son blancas o negras, sino que hay una enorme gama de grises. Continuemos con el legado de valores de nuestro Prócer.”
Pero dice más: “Nuestra orientalidad nace con el General Artigas en los campos de Las Piedras, se nutre de sus Instrucciones del Año XIII y se afianza en 1815 cuando es nombrado “Protector de los pueblos libres”. El camino está definido y en nosotros el construirlo.” Como en toda reflexión que realizamos, les invitamos a hacerse con el texto completo de su discurso y así poder contextualizar las citas arriba mencionadas bien como conocer el resto de su alocución.
Se trata, en suma, de un discurso digno, republicano y democrático, al tiempo que su autor, al proferirlo, buscó cohesionar a sus mandos en una tarea nacional basada en la educación republicano-democrática, la disciplina y todo ello desde una doctrina que, como la artiguista, no deja espacio ni a la mendicidad ni tampoco a las bravuconadas de oscuros personajes hambrientos de rapacidad.
Por otra parte, manifestamos que, en tanto la democracia parece ser la coexistencia armónica, desde objetivos comunes, de personas y voces diferentes, es dable destacar que, en lo personal, somos defensores, serenos, pero firmes y honestos de que también haya Verdad en las atrocidades cometidas, Memoria, en la reparación, léase aparición, de los desaparecidos del último período dictatorial, bien como Justicia, con mayúscula - claro está, pues nos es ajena la venganza -, para que nunca más se den lugar atrocidades del calibre de las vividas en nuestro país, no hace tanto.
Pese a lo cual, este discurso nos deja una sensación clara de coherencia con la preeminencia de la civilidad en todos los cuerpos societarios, tanto civiles como militares, en aras del bien superior de la República.
Otra lectura del mismo discurso Hemos leído un artículo publicado un día viernes por otro ciudadano de esta República, a propósito del citado acto con la pieza oratoria ya comentada por nosotros.
En dicho texto, se da una lectura distinta al discurso anteriormente comentado, lo cual no es en modo alguno condenable, por cuanto cada quien está en su derecho de opinar según su leal saber y entender.
Ahora bien, lo que motiva nuestra perplejidad, y ojalá estemos engañados, es la búsqueda que tal texto deja traslucir, en la búsqueda y definición (o sea, en su necesidad) de un supuesto enemigo interno.
La misma, creemos, se expresa, además, con un talante dogmático. Lo hace al criticar una y otra vez, machaconamente, sea en cuanto al lugar elegido para realizar el homenaje a tan célebre ocasión, como así también el intentar agenciarse de la realidad como algo que sólo el redactor de tal visión mereciera poder juzgar y acotar, colocándole unas fronteras por él estipuladas y visualizadas.
Del lugar: como si lo que importara centralmente fuera el apego a una tradición que en si misma, esto es, con la mera presencia en EL lugar, se cumpliera con el rito anual, no importando, como suponemos debe ser, la reflexión castrense del momento, salvo que la misma, para algunos, fuera un exceso de la razón.
Del discurso: puesto que al no atacarse a nadie, no haciendo gala de la teoría de los dos demonios, se insultara al supuesto ser nacional que dice relación, desde el talante y el discurso público de algunos, de la necesidad en encontrar a un enemigo interno en el cual proyectar las miserias de otros y así convalidar la “necesidad” de contar con salvadores de la tradición y el decoro de aquellos que, por su propia mezquindad y cortedad de miras, ya no nos gobiernan.
Finalmente, el articulista parece querer dibujar con su pluma una suerte de espadita, al decir que el general tiene limitaciones para hablar, en un doble juego de palabras que no son de recibo pero que debemos condenar abierta y firmemente.
Olvida el redactor del artículo, al hablar de Justicia laudada, de plebiscitos rotundos, que quienes no sólo votamos sino también apoyamos la permanencia de la ley de caducidad de la pretensión punitiva del Estado, creímos a pie juntillas, y en esto aun hoy nos duelen prendas y conciencia moral, sobre el texto de la ley que sería no sólo respetado sino cumplido en todos los extremos posibles. Léase, por ejemplo, su artículo 4º, el que fuera groseramente incumplido.
Pero que además, en aquel entonces, el Parlamento actuó, y la sociedad acompañó mayoritariamente, hostigados y amenazados por la posibilidad (cierta, se nos hizo creer) de una sublevación castrense.
En eso tuvieron arte y parte, cuándo no, connotados civiles, cuando crearon una suerte de caja fuerte virtual donde estaba guardada y defendida la garra con la que se atacaría si el pueblo, es decir sus gobernantes y parlamentarios, osaban “atacar” al poder fáctico.
Dice este articulista que lamentablemente hay grupos que nunca van a aceptar la realidad. Y eso, exactamente, es lo que nosotros decimos de grupos cercanos a esta persona que resiente no sólo de la verdad histórica sino de la coexistencia entre disidentes. Sólo debe ser buena y aceptada su realidad, su verdad.
No. Que quede claro: damos un no rotundo tanto a una ley pergeñada en las sombras y desde el poder, colocando al pueblo en la disyuntiva de aceptarla o volver a caer en la noche de una democracia que, por aquel entonces apenas atisbaba a regresar (lo que llevó lustros, por otra parte) sino también a dar por palabra “santa” lo expresado en el resultado del plebiscito primero, en el cual se nos engañó a sabiendas de algo que luego no se iba a cumplir a cabalidad, como jamás se cumplió.
La diatriba de los mamuts enanos Para el mamut enano, el enemigo no es sólo el extranjero, sino el diferente, el disidente, aquel que parece estar en las antípodas de lo comúnmente aceptado por la sociedad de su época.
Crear al enemigo resulta pertinaz para todo aquel que busca un chivo expiatorio a males y defectos que la sociedad en su conjunto debiera buscar resolver desde una autocrítica tan profunda como metódica y variada en sus planos y alcances.
Claro está, tal búsqueda pueda traer aparejada la aparición de algunos hacedores de oscuridades que prefieren anestesiar toda posibilidad de autocrítica, o visión crítica, fomentando lo que Étienne de La Boétie llamara la servidumbre voluntaria. Esto es, el delegar en un líder nuestra propia responsabilidad ciudadana.
Es así que con la sumatoria de tales servidumbres es que aparecen los iluminados y, cuándo no, los constructores de enemigos. Iluminados que han buscado, y no pocas veces conseguido, a través de la historia, crear una normalidad en donde el cinismo, la perversión y, por qué no, la esquizofrenia puedan despuntar a partir de seres que, creyéndose portavoces del soberano, gustan de practicar una doble moral, la del discurso y la del día a día, alejados de las luces públicas, es decir, de la conciencia crítica de su sociedad tomada como un todo y no segmentada de acuerdo a los que mandan y a los que obedecen.
De esa tarea, por ejemplo, que podríamos tildar de “faena”, se encargan los cíclopes de cada tiempo; los de la segunda generación, esto es, la tribu descubierta por Odiseo y en la que se encontraban tanto a Polifemo, quien se enfrentó a Ulises, como a su hermano Telemo, ese azaroso vidente (¿?).
En realidad, esta lectura mitológica sería una mirada por fuera de la racional elaborada por los descubrimientos arqueológicos: el cíclope no es otra cosa que la presencia lejana sobre la tierra de mamuts enanos con un gran orificio en el centro de su cara en donde en lugar de un ojo iría una trompa. Es decir que, en vez de ver, absorbían y exhalaban líquidos y gases varios.
Moraleja: cuidémonos de estos seres, mitológicos o reales, previniéndonos en ser antes que individuos, personas sociopolíticamente comprometidas con nuestra comunidad y nuestra identidad más elevada, por ejemplo, la de nuestro referente primero, el General José Gervasio Artigas.
Que a otros les toque visitar en su propio espejo de pobre azogue, a los Terra que cíclicamente, el Uruguay ha padecido y sólo unos pocos han apoyado (generalmente fuera de la luz pública y a la lumbre del hogar).
En suma, en cuanto a lo ciclópeo de la condición humana y uruguaya, decimos que en cada quiebre institucional se optó por denigrar al uniformado, al tiempo que se escondía a los civiles que fueron, cuando menos y cada quien con diversas responsabilidades y funciones, cogestores del rompimiento institucional de su época.
Esa necesidad de buscar enemigos para aparentar ser los buenos y leales defensores de la moral pública, que trágicamente puede devenir, entonces, en moralina, nos alerta cuando alguien azuza, queriéndolo o no, a los sectores más reaccionarios de la esfera militar, cuya gran mayoría están retirados.
Así, con tales artimañas, quienes incitan lo hacen con la aspiración de ser portavoces de tales sectores, sea continuar siéndolo, sea y esto es lo grave, buscar dividir a la interna militar en la ya mencionada teoría de los dos demonios.
Y en la división, se sabe, tales “genios” hacen su negocio, que está a contrapelo de los mejores objetivos de nuestra Nación, es decir, de nuestro pueblo.
El General Artigas y la guarda de su espada Ya a punto de culminar nuestras reflexiones, digamos que, a nuestro entender, al General José Gervasio Artigas se le guarda respeto y custodia, en ideario y actitudes cotidianas, antes que en la noche profunda iluminados por la mortecina y trémula luz de una vela, a mediodía en punto y a cara descubierta, sable en mano, bien parados en la conciencia de nuestra corresponsabilidad en la defensa irrestricta de las libertades cívicas de nuestra Nación que son siempre y en todo lugar, la libertad del otro, la del disidente, la del diferente.
La espada de nuestro General, el Conductor, se la guarda al tomar para sí la defensa sin cortapisas de nuestra Constitución y sus leyes, sabiendo como sabe todo ser que trasmutó de individuo a persona, que es en la República democrática donde se asienta y defiende la libertad responsable y el derecho a disentir, en la construcción de un presente en el que se fragua, además, un mejor porvenir para nosotros como para las generaciones que nos sucedan.
La espada, esa particular y noble espada, sólo es dable blandirla, desde la geometría en movimiento que trazan 3 de los dedos de una de nuestras manos, para la defensa del ideario artiguista.
Así, con esa construcción geométrica, vital y sin retorno, procederemos a ejecutar la quinta posición, la que al decir de los esgrimistas, “defiende las ideas”, pues el arma permanece horizontal a nuestra frente, el filo contra el agresor, salvaguardándola del ataque soez, para luego de defendidas tales ideas, bajar sin conmiseración mostrando a quien quiera verlo que hay derecho a establecer lecturas críticas desde la asunción que en la tierra de Artigas que “naides es más que naide”.
En suma, toda vez que un General de la República - con el que ciertamente no opinamos igual en todo, algo por demás innecesario en democracia - es atacado vil y arteramente, siempre habrá de tener esta pluma/espada, o la de otro que nos sustituya, sin mucha alharaca, en la defensa del otro, del disidente, del que lejos de buscar crear enemigos va en procura de un mejor horizonte para sus conciudadanos, sin distingo de clase alguna.
Los movimientos trazados por la espada del General Artigas, que en su tiempo fueron operativos, hoy lo son especulativos, siempre desde una común filosofía primera, tanto la de Artigas como la de quienes somos custodios de su superior legado: la Ética.
Y a ella y en ella nos plantamos; firmes pero siempre abiertos a la consideración del otro, y a su defensa, claro está.
* Historiador y geopolítico uruguayo.
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