|
Chile: misterios sacramentales del Partido Comunista y la Democracia Cristiana
Por Ascanio Cavallo*
CONSULETE AQUÍ MAS SOBRE EL TEMA
La decisión del Partido Comunista de apoyar a Michelle Bachelet en las primarias de la Concertación del 30 de junio disparó una pregunta que viene dando vueltas al menos desde el 2009, cuando un pacto por omisión permitió al PC elegir a tres diputados: ¿Será factible que la DC pueda entenderse con ese partido? O, lo que es lo mismo, ¿será posible que ambos integren un mismo gobierno?
Dado el ritmo galopante de la carrera electoral, el oficialismo ha sido, por supuesto, el primero en poner el grito en el cielo. Pero es un hecho que la misma alarma recorre a amplios sectores independientes o moderados.
Un análisis desapasionado tendría que comenzar con los hechos: el PC dio su apoyo a la ex presidenta y así confirmó que ella es, por ahora, la candidata de la izquierda en la Concertación, en un arco que comienza con el PPD y el PS, y alcanza a tres grupos externos a la coalición, el MAS, el PC e Izquierda Ciudadana. El PC tomó su decisión con no poco desgarro, porque un sector importante prefería al radical José Antonio Gómez, que después de esto perdió la opción de representar a la izquierda “dura”. No hay que ser vidente para entender que el PC privilegió sus necesidades parlamentarias por sobre sus instintos programáticos.
Si Bachelet tomó compromisos con los comunistas a cambio de su apoyo, no es de momento muy relevante, porque luego tendrá que negociarlos con los otros bloques de la Concertación que llevan precandidatos: el PRSD, la DC y los independientes de Andrés Velasco. En ese cuadro debe entenderse su afirmación de que no existe el “giro a la izquierda” denunciado por el gobierno.
Tampoco es correcto decir todavía que el PC entró a la Concertación -aunque esto está más cerca-, porque esa decisión corresponde a los partidos, no a la precandidata. El apoyo comunista es un paso muy importante, pero no definitivo. La idea de una “nueva mayoría” planteada por Bachelet sugiere la incorporación de otros partidos, aunque también de grupos aún no especificados.
Así están las cosas por hoy. Pero si después del 30 de junio evolucionan como se ha anticipado, si el PC opta por una instalación más sistémica -más institucional- dentro de la coalición de centroizquierda, persiste la interrogante sobre la compatibilidad con la DC. Desde el punto de vista ideológico, no la hay: el antagonismo entre cristianismo y marxismo, entre “democracia burguesa” y “democracia popular”, entre Estado subsidiario y Estado dirigista, persiste como base de las oposiciones doctrinarias de ambos partidos.
Pero desde el punto de vista histórico, las cosas son algo diferentes. En una época tan temprana como la década del 40, el gran prócer de la DC, Eduardo Frei Montalva, aceptó participar como ministro en un gobierno elegido con votos comunistas. Aunque es cierto que Juan Antonio Ríos tuvo gabinetes con aplanadora presencia del Partido Radical -y ningún comunista-, la de Frei fue una de las primeras herejías de la Falange en contra de la ortodoxia de su partido madre, el Conservador.
En los años 50, los parlamentarios de la DC lideraron bulliciosamente la derogación de la Ley de Defensa de la Democracia, que proscribía al PC por decisión del Presidente Gabriel González Videla, que aprovechó la votación comunista para ser elegido y luego la persiguió por una conveniencia o una convicción de circunstancias. En los 60, Frei fue el primer presidente en establecer relaciones diplomáticas con la Unión Soviética.
A pesar de esto, Frei nunca fue sospechoso de procomunismo (excepto para la extrema derecha, que lo motejó como “el Kerensky chileno”), y su feroz oposición a la Unidad Popular a partir de 1970 se dirigía más hacia lo que consideraba “la frivolidad” del Presidente Salvador Allende que hacia un partido en particular. Cuando Radomiro Tomic llamó, en contra de la opinión de Frei, a la “unidad del pueblo” en torno a su candidatura, el PC proclamó a Pablo Neruda, una especie de portazo literario a las pretensiones políticas de quien se proponía suceder a Frei no con uno, sino con varios pasos hacia la izquierda.
En los años dramáticos de la Unidad Popular, el PC apoyó a Allende en sus esfuerzos por entablar diálogo con la DC y después del golpe de 1973 se empeñó en crear un “frente antifascista” integrando a los democratacristianos, tal como había ocurrido en la Italia de la Segunda Guerra Mundial. El rechazo de la DC fue uno de los factores -no el más importante- que llevaron a los comunistas a impulsar la insurrección armada en los 80, un barranco del que no pudo salir sino hasta comienzos del nuevo siglo.
Para el plebiscito de 1988, la DC se negó a incorporar a los comunistas a la amplia coalición por el No por razones tácticas -en ese momento introducían más incertidumbre que seguridades entre los votantes moderados-, pero esto casi no fue necesario, porque el PC insistió en negar al plebiscito como una salida posible y siguió empeñado en que un fraude masivo desencadenaría -¡por fin!- el asalto al Palacio de Invierno.
Durante la segunda mitad del siglo XX, los democratacristianos nunca condonaron al PC chileno su sumisión a la estrategia mundial de la Unión Soviética -prueba de su voluntad totalitaria-, pero tampoco pudieron desprenderse completamente del amparo que les entregó a ellos mismos Estados Unidos -prueba de su servicio al imperialismo-. Ambos fueron peones en el ancho tablero de la Guerra Fría.
En el mundo posideológico del siglo XXI, las ideologías no han perecido -decir esto sería un atrevimiento-, pero se han convertido cada vez más en marcos interpretativos que se acomodan a los reclamos ciudadanos para conservar el músculo de los partidos que las representan. ¿Quién podría extrañarse de que las ideologías, los autos sacramentales de estos tiempos, que alguna vez fueron llamados misterios, puedan sobreponerse en función de esas demandas?
* Fuente: latercera.com
LA ONDA® DIGITAL
|
|