|
El siglo de Mandela, momento de victoria
Por Joselo Olascuaga
Siempre con manos libres y voz propia.
Uno puede detener la trayectoria del personaje en un momento de victoria y hacer una película épica con final feliz. En el caso de Nelson Mandela ese momento pueden ser muchos, desde el 30 de abril de 1975, cuando se enteró en la cárcel de la Revolución de los Claveles, que pocos días antes sacudió Lisboa y el jefe revolucionario negro adivinó enseguida que ese hecho sacudiría África hasta la liberación de todas las colonias portuguesas, que estaban en las fronteras de la Sudáfrica del apartheid, de la segregación racial y de la represión brutal de la población negra por el régimen de los afrikáners.
Pudo detenerse un cineasta entonces en aquella gesta y haber sido Carlos Saura, montando para Fados, las secuencias del pueblo lisboeta en las calles, tras los Capitanes de Abril. O pudo ser el momento del triunfo de las tropas cubanas en Namibia, derrotando las últimas esperanzas de Ian Smith (el discriminador de Rodesia que terminó refugiado en Ciudad del Cabo) y abriendo paso al poder del Congreso Nacional Africano en Sudáfrica. Sin esa victoria, jamás hubiese llegado Mandela al Gobierno. El líder sudafricano siempre lo reconoció y lo tuvo muy en cuenta en su política internacional, a la cabeza de la condena del bloqueo de Cuba por los Estados Unidos.
Clint Eastwood, acorde con sus objetivos, eligió en su momento para su película Invictus, un momento apenas posterior, el del mundial de rugby en que la inteligencia de Mandela, ya Presidente de Sudáfrica, transformó una gesta deportiva en un acto político a favor de la integración racial y nacional.
La intención de Eastwood fue poner a Mandela de protagonista de La cabaña del tío Tom, pero Mandela, cuyo verdadero deporte (por preferencia y práctica profesional) es el boxeo, le ganó por puntos. Sale de la película sin noquear (Eastwood tiene su gran oficio de operador político, después de todo), pero alzando los brazos ante un público que aplaude su técnica y sobre todo su temple, su paciencia, su saber estratégico y táctico, que aunque tergiversados en la película, se deducen del resultado.
A pesar de que en esa película, cuando le preguntan a Morgan Freeman (en el papel de Mandela) dónde invertir, el personaje dice -más en inglés que siempre-: “donde está el dinero, Estados Unidos, Arabia Saudí…(que en aquel momento era el aliado principal de la CIA de Bush, a través, ¡oh, misterios!, de Bin Laden)”. Es de esos pequeños diálogos que saturan la película de inexactitudes históricas y al espectador no informado, le dejan la sensación de que Mandela no fue revolucionario ni rebelde y ni siquiera africano, que fue más norteamericano que negro y un buen peón en la política de Washington. Nada más lejos de la verdad. Fue un pilar en la construcción del BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica) y del mundo multipolar en devenir.
Lo cierto es que el actual presidente electo de Sudáfrica, Jacob Zuma, fue elegido Presidente por el Congreso Nacional Africano, aunque es el primero de sus líderes de orígenes no comunistas que accede a tal mandato (aunque de todos modos reconoce a Mandela como jefe histórico).
Zuma fue electo porque se colocó a la izquierda de lo que venía siendo una gestión de gobierno demasiado poco efectiva en la distribución de la riqueza y el poder, e incluso del poder cultural y de la máquina de producción subjetiva de prestigios. Jacob Zuma salió a la tele cantando un viejo tema de la guerrilla del Congreso de Mandela, Alcánzame mi ametralladora y conquistó a las masas africanas con propuestas identitarias para recuperar al menos el orgullo y la dignidad y la esperanza de salir por fin de la miseria, ante las dificultades para acceder a ciertos niveles de justicia social, por pactos políticos todavía activos desde los tiempos de Botha y su sucesor De Klerc (el Congreso necesitaba una mayoría de dos tercios para cambiar la constitución que dejaron los afrikaners, pero con Zuma, en la cuarta victoria electoral consecutiva, por mayoría absoluta, con crecimiento electoral, se logra el objetivo).
No es el único objetivo logrado por el CNA en estos veintitrés años desde la salida de Mandela de la cárcel. Es un período suficientemente largo para poner en el haber del gran líder revolucionario mundial, una política exterior coherente, que nunca abandonó a los movimientos libertarios y la lucha por las soluciones de paz y diálogo, por alto que fuese el precio a pagar por su gobierno (incluso brindó sus servicios ante los requerimientos de la izquierda abertzale en su conflicto con el estado Español) y demostró que el experimento del apartheid, que Israel siguió en Sudáfrica muy de cerca (junto al Chile de Pinochet y la Brasilia de Geisel), abasteciéndolo, probando su aplicación posterior en Medio Oriente, no solo está destinado al fracaso, sino que es derrotado precisamente por la integración y la paz. Ni aquel Mundial -ni el siguiente de fútbol- fue, como lo planteó Eastwood, el tema fundamental de la política de Mandela, ni mucho menos, ni como caricatura y ni siquiera para una película de Hollywood previsiblemente engañosa. La política de Mandela no fue centrista. Fue de izquierda inteligente y neta, aunque no logró reducir significativamente la pobreza de su pueblo. Y fue victoriosa en lo fundamental, un sostén para los dificilísimos procesos de la región, incluyendo a Mozanbique, Angola, Guinea Biseau y Cabo Verde.
Hoy, con 94 años, el Espartaco del siglo XX, el que marca el gobierno y la subjetividad popular de la libertad para este nuevo siglo y milenio: Nelson Mandela, está internado con cáncer al único pulmón que le quedó en la cárcel, donde la tuberculosis le hizo perder el otro.
Como parte de su legado, en el concierto de Live 8 de Johanesburgo, Mandela intercambió con las congregaciones mediáticas la idea de “mundo libre” por la de “cárcel de la pobreza”. “Trabajemos para convertir la pobreza en pasado -dijo-; la pobreza no tiene causa natural alguna; ha sido creada por los hombres y millones de hombres se encuentran atrapados en ella como en una cárcel. Es el momento de liberarlos”. Volvió a reclamar para nuestros países “comercio más justo, la condonación de las deudas externas, ayuda cualitativamente mejor”. Pero no sólo pidió, produjo subjetividad para lograrlo. Es un hecho, son muchos millones de dólares que cuentan distinto.
Mandela logró posicionar el tema y seguirá avanzando (incluso después que muera, porque ha resuelto bien republicanamente las reconversiones en su Congreso Nacional Africano). El éxito está en que para finalizar marcó el tiempo político de su exigencia de libertad, “es el momento”, pero empezando por su voluntarioso siglo de construcción de poder popular nacional africano.
Siempre con manos libres y voz propia. Así cuando evitó a Bush en cruce de aviones al inicio de la invasión a Irak o cuando advirtió a Collin Powell (no a otro) que están llevando el mundo al holocausto.
Hasta siempre, Nelson Mandela, caraí guazú de la dignidad humana.
LA ONDA® DIGITAL
|
|