Las mujeres uruguayas hablan
contra el olvido y la tortura

Por Edmundo Gómez Mango

Reunión organizada en Paris por
¿Dónde están?: Luchar contra el
olvido, liberar la palabra

Fue conmovedora la reunión organizada por ¿Dónde están? el martes 25 de junio, en el ciclo de manifestaciones de “40 años después”.

Se cruzaron en ellas las voces de mujeres uruguayas militantes que han tenido el coraje de liberar su palabra par volver a denunciar la tortura y la violencia sexual, de hombres de Iglesia solidarios de la causa de la víctimas, de hijos de exilados que buscan la verdad de sus raíces.

El obispo Marc Stenger fue claro en condenar el silencio que se hace cómplice de los que torturaron, y que inflige a las víctimas un nuevo suplicio. Insistió en la necesidad de oponerse a quienes tienden a dar vuelta la hoja, a organizar el olvido. Manifestó su acuerdo con la liberación de la palabra que permite aliviar el sufrimiento padecido y que reclama justicia.

Es necesario recordar, insistió, en las razones de las luchas que permitieron a muchos mantenerse de pie, y exorcizar los demonios de la humillación y de la culpa. La memoria es vivir, el olvido es morir.

Madelon Aguerre recordó que el Servicio Paz y Justicia (Serpaj) fue fundado en Uruguay en 1981 para apoyar y acompañar a los familiares de desaparecidos y a las víctimas del terrorismo de Estado. La lucha contra la impunidad fue una orientación central de sus actividades. Recordó que Uruguay, con sus tres millones de habitantes y sus casi 7000 presos políticos durante la dictadura, fue el país latinoamericano con mayor proporción de detenidos por razones políticas, y que la tortura se aplicó a la casi totalidad de ellos de manera sistemática e indiscriminada.

Destacó el apoyo que esa organización brindó a las víctimas en la denuncia de los vejámenes perpetrados contra ellas por el terrorismo de Estado, especialmente a las 28 compañeras que denunciaron con coraje la violencia sexual ejercida por militares, policías y colaboradores.

Lucía Bernstein, joven franco uruguaya, comentó el filme Prison Liberté del que es autora, visionado por los asistentes. Explicó que para muchos hijos de refugiados políticos o de emigrantes uruguayos de su generación, es muy importante intentar comprender los sucesos que acontecieron en las vidas de sus padres.

El film muestra distintas entrevistas con familiares y amigos que responden de manera diversa a sus preguntas. Bellas y sugestivas imágenes de barrios de Montevideo o del campo las acompañan. Insistió en la necesidad de la transmisión entre las generaciones, otra manera de romper el silencio persistente sobre el horror dictatorial.

Yvonne Klingler Larnaudie representó a las 28 mujeres expresas de Punta Rieles, que, después de dos años de trabajo grupal, pudieron lograr el difícil objetivo de presentarse a la justicia uruguaya para denunciar las torturas padecidas e insistir particularmente en la violencia sexual de las que fueron víctimas.

El relato de Yvonne fue conmovedor. Destacó el esfuerzo que cada una de las compañeras tuvo que realizar para recordar lo sucedido y poder comunicarlo, para evocar la atroz realidad del pasado, compartirlo primero en el grupo, para luego ser capaces de presentarse ante los jueces y efectuar las denuncias correspondientes. Su palabra resonó en el profundo silencio de la asistencia. Se escuchó la descripción de las vejaciones, el odio de los torturadores contra la sexualidad femenina, el intento de aniquilarlas a cada una de ellas como personas y como militantes, la intención de humillarlas hasta el aniquilamiento de sí mismas como sujetos. Detrás de la mentirosa misión de salvar la patria de inventados peligros internacionales, abusaron vergonzosamente de mujeres, de madres, de esposas, de hermanas de su propio país. Evocó también la solidaridad tan particular que se creó entre ellas, y que las ayudó a no quebrarse en prisión. Destacó la importancia de la ayuda que recibieron de familiares, amigos, psicólogos, instituciones de derechos humanos en el proyecto necesario pero doloroso de denunciar ante la justicia la tortura y la violencia sexual.

El público participó en repetidas ocasiones haciendo preguntas y dando manifestaciones de apoyo. Alicia Dujovne Ortiz, conocida escritora argentina, presente en el acto, anunció que un grupo de mujeres francesas y latinoamericanas residentes en Francia, se presentaban como Madrinas de las compañeras ex presas para acompañarlas y alentarlas en su lucha contra el olvido y la impunidad.

Un editor francés (M. René Dumont) ofreció colaborar con las mujeres uruguayas proponiendo el proyecto de publicación de un libro con los testimonios de las víctimas y reflexiones que puedan esclarecer los acontecimientos desde un punto de vista psicológico e histórico. También fue recordada la dificultad vivida por muchas familias judías después del genocidio perpetrado por los nazis, para poder transmitir la tragedia de los campos de exterminio.

Fue una reunión importante, una reunión a la que deberán sumarse otras muchas para horadar el impresionante muro de la impunidad existente en Uruguay.

A pesar del horror que atravesó al país entero, la mayoría de los culpables siguen aún sin ser juzgados. Cientos de militares, policías, y colaboradores cercanos, que participaron en esa empresa devastadora del terrorismo de Estado siguen impunes, sin haber rendido cuentas ante la justicia.

Solo 189 causas en los juzgados del país conciernen los derechos humanos, cuando se sabe y admite que la tortura fue generalizada como tratamiento considerado como necesario y generalizado a toda la población carcelaria bajo la dictadura. Esta reunión, en sí misma, demostraba el vergonzoso e indignante triunfo de los torturadores.

40 años después un puñado de mujeres violentadas en lo más íntimo de su ser deben peregrinar de país en país, llegar hasta París, para hacer escuchar sus voces, para mostrar ante el mundo el oprobio que significa la impunidad para la democracia recuperada en el Uruguay y que no ha podido vencerla.

Ya Juan Gelman y su nieta Macarena tuvieron que recurrir a la Corte interamericana de Derechos del hombre para denunciar al Estado uruguayo, por trabar y no hacer lo necesario para ahondar en la búsqueda de los culpables de la desaparición de la madre de Macarena Gelman. Estado uruguayo, es necesario recordarlo con vergüenza, gobernado por un frente democrático de izquierda desde 2004 : los actuales Presidente de la República y su Ministro de las Fuerzas Armadas padecieron la tortura como prisioneros de la dictadura.

El olvido, la impunidad, son una construcción política y sólo decisiones políticas podrán de-construirlo, desorganizarlo. Louis Joinet declaró: “el Estado no debe organizar el olvido”.

¿Porqué la mayoría de senadores y diputados del Frente Amplio, mayoría en el Poder legislativo, porqué el Poder ejecutivo que gobierna desde hace varios años en Uruguay, no ha podido derribar el muro que ampara todavía la mayoría de los culpables del terror de Estado?

¿Cómo explicar incluso una de las más destacadas organizaciones de la justicia, la Suprema Corte, descaradamente libra batallas en contra de las víctimas y defiende así a los verdugos, deroga los pocos avances hechos contra la impunidad, declara inconstitucionales leyes que permitían juzgar a los militares y sus cómplices por delito de lesa humanidad, destituye a jueces que no hacían más que cumplir sus funciones de indagar en las pocas causas abiertas por delitos contra los derechos humanos?

El actual Estado uruguayo no tiene derecho a seguir ignorando la gran decepción del pueblo oriental, la indignación de las víctimas y de sus familiares, la incomprensión de las naciones latinoamericanas democráticas de América latina y del mundo : ante ellas, la antigua “Suiza de América” se ha convertido en un reducto de militares impunes que han impuesto a todo un pueblo la “omerta” que los protege de sus terribles crímenes.

Yvonne Klingler Larnaudie planteó al final de su trabajo lo que podemos tomar como conclusiones que orientan los pasos a dar para proseguir esta penosa lucha contra el silencio, el olvido, la impunidad. Propuso:

1. declarar la tortura y la violencia sexual “crímenes contra la humanidad” , y por lo tanto imprescriptibles y no amnistiables.

2. la creación de tribunales especializados, sostenidos por fiscales y un equipo de investigación del Ministerio del Interior.

3. la creación de grupos de sostén psicológicos y de consejo jurídico destinados a ayudar a las víctimas y sus familiares.

Estas medidas, su simple enunciación, muestran lo poco que el Estado uruguayo ha hecho por la defensa de los Derechos Humanos en el Uruguay, la deuda inmensa que tiene todavía con aquellos que vivieron en carne propia o en la de sus seres más queridos, los vejámenes del terrorismo de Estado.

La palabra de Yvonne Klingler y de sus compañeras, que escuchamos estremecidos aún hoy, 40 años después, que representa la de todas las personas tan durablemente dañadas por la dictadura, no puede quedar sin respuesta.

Debemos, en torno a ella, aunar todos nuestros esfuerzos solidarios para continuar la lucha, tan dura, tan áspera, y tan necesaria, contra la impunidad.

Es imprescindible que sean oídas las voces de las mujeres uruguayas que exigen justicia, y en primer lugar, por las fuerzas políticas frenteamplistas que en el Uruguay de hoy tienen la responsabilidad histórica de hacer cesar, sin más esperas, el oprobio de la impunidad.

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