¿“Las calles” lograron el objetivo;
“derretir a Dilma”?

Por Jeferson Miola*

La historia es una pródiga profesora. A través de ella conocemos las consecuencias trágicas cuando la división de la izquierda y el sectarismo fueron ubicados por encima de exigencias históricas y estratégicas. También es preciso observar lo que ocurrió en 2005. Ahora, el momento pide un fortalecimiento del gobierno Dilma a partir de la arena pública; fuera de ella la derecha nos devora.

Se corrieron los velos; las máscaras que cubrían las reales intenciones de los medios de prensa y de la derecha fueron quitadas, y el juego conspirativo finalmente quedó al desnudo. Para la derecha, las manifestaciones multitudinarias que dejaron las calles brasileñas insomnes durante el mes de junio ya cumplieron su rol. En lo sucesivo, las calles no lo necesitan y, sobre todo, no deben ser oídas, porque lograron el objetivo de “derretir a Dilma”.

La presidenta había captado lo esencial de los acontecimientos: la necesidad de reformar la política. El actual sistema político, concebido en el contexto de la transición conservadora de la dictadura cívico-militar hacia la democracia liberal-burguesa, fue pactado hace 25 años entre las distintas facciones de la clase dominante en la Constitución de 1988 para blindar el país del “riesgo” de transformaciones democrático-populares radicales. [*]

Dilma anunció la propuesta de decidir mediante un plebiscito si la reforma sería realizada por una Asamblea Nacional Constituyente [ANC] específica. Menos de 24 horas después, por razones no determinadas, la retiró. El plebiscito pasaría a ser, entonces, para definir el contenido de la reforma a ser elaborada por el Congreso que, como se sabe, es electo por el poder económico y está comprometido con el mantenimiento del sistema, no con su cambio.

El combate a la propuesta de instalación de una ANC no partió solamente de la oposición [PSDB, DEM, PPS, Ministros del STF y medios de prensa], sino que sufrió una fuerte oposición por parte del propio vicepresidente de la República Michel Temer, del PMDB.

Derrotada la tesis de la ANC, en seguida sobrevino el combate al plebiscito por todos lados. El ministro tucano en el STF Gilmar Mendes consideró la propuesta “temeraria” y “de difícil puesta en práctica” - el TSE confirmó la militancia por su tesis. Merval Pereira, del diario “O Globo”, lo tilda de “tentativa de golpe antidemocrático” que hace del país “una semblanza de la república bolivariana”. Michel Temer, luego de oficializar la entrega de la propuesta a los Presidentes de la Cámara de Diputados y del Senado, en las entrelíneas de su declaración, es como se dijese: “¡todo el Poder a Henrique Alves y a Renan Calheiros!”. Léase: son oceánicas las chances que el plebiscito vuelva atrás como la mayonesa.

Para el gobierno, esta coyuntura se complica aún más por la variante económica. Las dificultades políticas se cruzan con las complicaciones de la economía brasileña derivadas de la crisis mundial. Después de los tsunamis de las calles, son las placas tectónicas del capital las que entran en frenesí.

La conexión entre las dificultades económicas y los impasses políticos está hecha. Con sutileza, vehículos de comunicación pasaron a publicar encuestas de opinión que instrumentan la narrativa para debilitar a Dilma también en la gestión de la economía. El capital financiero internacional es el nuevo actor que sale del subterráneo para unirse abiertamente a la farra conspirativa promovida por la derecha y sus monopolios mediáticos.

A estas alturas, en el debate agendado por los medios de prensa, lo que menos cuenta es la racionalidad y la honestidad política e histórica. No importa invocar la mayor capacidad de recuperación de Brasil ante una de las peores crisis del capitalismo; como tampoco hace ninguna diferencia recordar los colapsos de Brasil en la era neoliberal de FHC en crisis infinitamente menos graves.

La evolución complicada de la coyuntura podrá ser destructiva. Existe una grave urgencia política en el aire. La disputa real que se libra en este momento es por el destino de la séptima economía mundial y por el direccionamiento de sus fantásticas riquezas hacia la orgía financiera neoliberal. Los actores de la derecha están bien posicionados institucionalmente y políticamente. Al apelar por la preservación del stablishment y del status quo de la clase dominante, consiguen sellar alianzas con sectores de la coalición de gobierno del PT.

La posibilidad de reversión de las tendencias está en las calles, si supiésemos canalizar su enorme energía movilizadora. ¿Por qué no instalar en todas las ciudades del país aulas públicas, espacios de deliberación pública y de participación directa para construir con el pueblo propuestas sobre la realidad nacional, el plebiscito, el sistema político, la tributación de las grandes fortunas y del capital, la progresividad tributaria, la pluralidad de los medios de comunicación, aborto, unión entre parejas del mismo sexo, sustentabilidad social, ambiental y cultural, reforma urbana, reforma republicana del Estado y tantas otras demandas históricas del pueblo brasileño, para apoyar e influir, de esta manera, en las políticas del gobierno Dilma?

El PT y el conjunto de la izquierda partidaria y social de Brasil se deben esforzar para construir una plataforma común capaz de animar vigorosas movilizaciones callejeras en defensa de los cambios en marcha, pero especialmente en la exigencia de las transformaciones democrático-populares refrenadas por el enredo en alianzas pragmáticas.

La historia es una pródiga profesora. A través de ella conocemos las consecuencias trágicas cuando la división de la izquierda y el sectarismo fueron puestos por encima de exigencias históricas y estratégicas. El momento pide fortalecimiento del gobierno Dilma a partir de la arena pública; fuera de ella la derecha nos devora. El PT no puede caer en la trampa de los medios de prensa, que con sus encuestas quieren herir de muerte a Dilma, es verdad, pero fundamentalmente quieren traer a Lula hacia el epicentro de los acontecimientos, para así poder desangrarlo.

Durante la hecatombe de 2005, aprendimos que la respuesta a la virulencia de la derecha fascista, profeta del “fin de la raza de los petistas”, estaba en la radicalización de nuestra presencia en las calles y en el esclarecimiento del pueblo en cuanto a los intereses de clase en disputa. Fue con este arsenal que Lula derrotó a Alckmin en 2006, impidiendo el retroceso neoliberal en Brasil.

[*] El PT, recién nacido, ya representaba una amenaza a la transición conservadora para la “etapa democrática” de la dominación capitalista, y sería potencialmente el principal beneficiario de las aspiraciones democráticas y transformadoras. En 1989, la derecha interceptó dicha trayectoria del PT y, en un golpe de la Red Globo, cometió un fraude contra la voluntad popular a favor de Collor de Melo.

*Jeferson Miola es analista político

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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