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Una maravilla
El nuevo Mercado Agrícola
Por Niko Schvarz*
Estuve en la inauguración para el público del nuevo Mercado Agrícola, hablé con su directora, con responsables de la Intendencia, de organismos que participaron en la reestructura y con muchos visitantes, del barrio y de otras zonas de Montevideo. El sentimiento general era de una enorme alegría y satisfacción. Todo el mundo - me incluyo- piensa que es una verdadera maravilla. Da gusto pasear, recorrer los puestos, comprar, comer allí. Los padres llevan a sus hijos, es un paseo precioso, hay espacios para juegos infantiles. El día de la inauguración hubo espectáculos artísticos, juegos malabares, música y canciones. Literalmente, el nuevo Mercado Agrícola no da abasto. Habrá que ver la manera de ampliar las plazas de comida, porque se forman colas enormes y mucha gente tiene que desistir. No sé si además habrá posibilidad de aumentar la capacidad de los 107 puestos, porque hay que esperar mucho para ser atendido, como lo comprobé en otra visita en un día de semana.
La remodelación del antiquísimo local ha sido magnífica. Se ha conservado muy bien lo que es su sello de identidad: la elevada arquitectura de hierro que viene desde principios del siglo pasado. Se mantuvo asimismo, en algunas partes, el empedrado de los viejos tiempos, que conserva su antiguo encanto. En el resto se ha modernizado con buen gusto, con cerámica y vitrales de colores, por ejemplo. La Intendencia y los múltiples organismos y personas participantes en esta ardua empresa, que insumió años de trabajo, pueden sentirse contentos. Su esfuerzo ha fructificado de manera espléndida y se ha ganado el reconocimiento general. No hay dos opiniones al respecto. Pocas veces he visto un sentimiento y una opinión tan coincidente respecto a una obra de este tipo. Todo eran sonrisas y exclamaciones de júbilo, vinieran de quien vinieran. Brindó además la ocasión para múltiples reencuentros, que apreciábamos a cada paso.
Este esfuerzo estuvo muy concentrado en el tramo final. Cuando hablábamos con responsables de la Intendencia y les trasmitíamos esas impresiones, nos decían que no hubiéramos pensado lo mismo si hubiéramos visto la situación imperante apenas 48 horas antes de la inauguración. Pero todo se resolvió en tiempo y forma. Es justo criticar a la Intendencia por deficiencias en su labor, pero también es justo reconocer sus aciertos y sus virtudes. Es lo que ocurre en este caso, que podríamos calificar de emblemático.
A mi personalmente el Mercado Agrícola me trae grandes y profundos recuerdos, por estar muy ligado a mi temprana adolescencia. En las conversaciones con amigos y conocidos a las que antes aludí, ahí mismo, en el mismo ámbito que recorría hace más de 70 años (aunque no lo crean), recordé con emoción algunas de estas vivencias, y me instaron a reproducirlas. Voy a cumplir ese pedido.
Yo vivía con mis padres y mi hermano mayor en un pequeño apartamento de la calle Joaquín Requena entre Isla de Gorriti y Rivadavia, y un día por semana acompañaba a mi madre en la mañana a hacer compras en el Mercado Agrícola, que quedaba a 14 cuadras. Las teníamos bien contadas. Caminábamos por Joaquín Requena hasta Cuñapirú (hoy Juan José de Amézaga) y por ésta hasta José L. Terra, la primera paralela a General Flores. Sobre todo era en el período de vacaciones (yo estaba al principio del liceo), pero a veces también entre semana, de mañana temprano, en época de clases. Lo ubico en el tiempo a finales de la guerra de España, que vivíamos intensamente. Teníamos vínculos con la colectividad española, Indalecio Prieto habló en el Estadio Centenario (yo estuve), se hacían festivales a beneficio de la República Española con Romeo Gavioli. En el camino hacia el Mercado, por Cuñapirú, pasábamos por la casa de la familia Weinberger, varios de cuyos numerosos hijos fueron mis compañeros, entre ellos Ismael y Luciano (hoy fallecidos) en la redacción de El Popular. Mi madre iba a hacer sus compras de frutas y verduras en los puestos de sus “marchantes”, como ella los llamaba, y yo la esperaba en el puesto del pescador. Ver trabajar a este hombre canoso, que recuerdo como si lo tuviera enfrente, era un espectáculo aparte. A mí me subyugaba, y el encanto se reproducía cada vez. Preparaba así los bifes de pescado, principalmente corvina y brótola: con un cuchillo largo y filoso cortaba de un tajo la cabeza, de otro la cola, lo descamaba rápidamente, lo abría para sacarle las vísceras, luego la piel y quedaban listos los dos bifes. Los gatos, que eran parte integrante del puesto, se repartían sin pelea las tripas y alzaban la cabeza a la espera de las próximas vituallas.
Llegaba mi madre y nos regresábamos con el siguiente cargamento: ella llevaba una bolsa en la mano derecha, entre los dos llevábamos otra bolsa, y yo cargaba además un cajón de fruta en el hombro izquierdo. Mi padre tenía verdadera pasión por las frutas, gusto que me trasmitió hasta el día de hoy. Dejo un dato para el final. ¿Saben cuánta plata llevaba mi madre? Un peso. Y traía de vuelto algunos centésimos. ¡Qué tiempos aquéllos!
¡Enhorabuena y larga vida al nuevo Mercado Agrícola! Vayan a visitarlo. No se sentirán defraudados, todo lo contrario.
* Escritor y periodists uruguayo
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