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En la muerte de Henri Alleg, el autor de “La Tortura”
Por Niko Schvarz*
El 17 de julio falleció en París a los 91 años Henry Alleg, un luchador de primer plano por la independencia de Argelia y conocido en el mundo entero como autor de “La Tortura”, un libro escrito en prisión que denuncia los crímenes y torturas perpetrados por los colonialistas franceses y las bandas de los “paras” de Massu contra los combatientes por la libertad.
El hecho nos toca muy de cerca. En nuestro país, en el año 1971 (o 1972) la Unión de la Juventud Comunista (UJC) publicó ese texto, y yo tuve el honor de redactar el prólogo. Ahora no pude recuperarlo, porque desapareció en la requisa de mi biblioteca al comienzo de la dictadura, y tampoco lo tienen ahora en sus manos antiguos miembros de la organización consultados. La publicación por parte de la UJC en aquel momento no era casual. Estábamos en pleno desborde del pachequismo y sus formas múltiples de represión contra el movimiento obrero y popular, persecución y cárcel para gremios enteros, censura y clausura de prensa, entre otras. El libro de Henry Alleg, de suma crudeza en la descripción de las torturas, era a la vez un ejemplo señero del comportamiento de un militante ante las formas extremas de la represión.
Recuerdo además que el libro fue citado en varias ocasiones, principalmente por Zelmar Michelini, en los debates de la Asamblea General en ese período cuando Pacheco imponía reiteradamente las medidas prontas de seguridad (y las volvía a implantar al día siguiente que la Asamblea General las levantaba); y también cuando se debatió, en lo que fue un preámbulo del golpe de Estado de 1973, el estado de guerra interno y el asalto a la sede del PCU.
Henry Alleg (cuyo verdadero nombre era Henry Salem) nació en Londres en 1921, de padres judíos ruso-polacos. Poco después su familia se trasladó a Francia, a la banlieue norte de París. Adquirió más adelante la ciudadanía francesa. En 1940 se fue a Argelia, se incorporó al Partido Comunista Argelino (PCA), integró la redacción de Alger Républicain (que era el diario de Albert Camus y de Kateb Yacine) y pasó a ser su director en 1951. En junio de 1957, en pleno despliegue de la lucha independentista, es detenido por las fuerzas colonialistas en el domicilio de su amigo y correligionario, el matemático Maurice Audin. Ambos son sometidos a torturas espantosas, que provocan la muerte de Audin (desaparecido). Alleg sobrevive y es trasladado a la prisión de Barberousse.
Es allí donde se pone a escribir sobre los suplicios que los “paras” (originalmente destacamentos de paracaidistas) le hicieron sufrir: el submarino, la picana, el electroshok. Su abogado, Léo Matarasso, colabora con él en esa tarea y saca las hojas escritas de la cárcel. Su esposa Gilberte Serfaty las pasa a máquina. (Ella fue una historiadora emérita y destacada militante, que se comprometió con la causa de los esposos Rosenberg. Vale la pena recordarlo ahora, cuando se cumplen 60 años del día en que Ethel y Julius Rosenberg fueron ejecutados en la silla eléctrica, en pleno desenfreno macarthista. Gilberte Serfaty falleció en 2011).
Cuando el texto estuvo pronto, se entregó a las Éditions de Minuit. Apareció en febrero de 1958 con el título La Question. Este vocablo reviste en francés un significado especial, que no tiene en otras lenguas. Desde la Edad Media, “mettre quelqu’un à la question” (poner a alguien en cuestión) significaba someterlo a la tortura. La publicación del libro tuvo una repercusión extraordinaria. Fue considerado un nuevo “J´Accuse”, el inolvidable texto de Émile Zola en relación con el proceso Dreyfus. Unas semanas más tarde, fue prohibido. De inmediato se desplegó una campaña de prensa y en la esfera pública contra la prohibición, en la que participaron también los escritores André Malraux, Jean-Paul Sartre, François Mauriac, Roger Martin du Gard, que se dirigieron al presidente de la República, René Coty, para solicitar el levantamiento de la censura. Fue en vano. El libro reaparece entonces en Suiza, con un postfacio de Sartre. Lo publicó el editor Nils Andersson, en un formato reducido. Valijas enteras con los ejemplares pasaron entonces clandestinamente a Francia por la frontera. De inmediato se hizo una traducción al inglés, que se publicó en Londres y luego en Estados Unidos, por lo que adquirió resonancia internacional. Fue traducido posteriormente a 28 lenguas y circuló por el mundo entero.
El propio Henry Alleg describió años más tarde en un reportaje de L’Humanité (el diario del Partido Comunista francés a cuya redacción se incorporó posteriormente, cuando retornó a Francia) la conmoción que provocó en la prisión de Barberousse, donde estaba recluido, la publicación del libro en 1958. En medio de la noche llegaron grupos de policías militarizado (CRS) a la prisión, con uniformes negros y metralletas al hombro, irrumpieron en todas las celdas, hicieron desnudar a los presos, requisaron y se llevaron todos sus papeles, cartas de sus familiares, etc., todo ello en un clima de extrema violencia, al punto que él pensó que no iba a sobrevivir. En 1960 fue condenado a 10 años de cárcel por “atentado a la seguridad del Estado”, y transferido a Francia, a la prisión de Rennes. Estando en tratamiento en un hospital, al año siguiente, se evadió y logró refugiarse en Praga. Después de la firma de los tratados de Évian con Argelia por parte de De Gaulle en 1962, volvió a Francia y posteriormente en varios períodos a Argelia. Su último retorno dio lugar a la publicación de un libro notable titulado “Memorias argelinas” publicado en 2005.
Un analista argelino dice sobre el libro y la descripción detallada de las torturas: “La escritura es seca, precisa, rigurosa. Cada línea tiene un filo aguzado. Cada palabra, una punta acerada contra el ejército francés, la colonización, esta guerra que Francia lleva a cabo, en el fondo, contra sus propios fantasmas”. Agrega que, después de la aparición del libro, ya nada sería como antes en relación con la guerra de Argelia. Ya nadie podría decir: “Yo no sabía”. Considera que Henry Alleg “se esforzó durante toda su vida en seguir la lucha secular de los oprimidos, de los ´condenados de la tierra’ (en la expresión de Franz Fanon) para que al fin nazca otro mundo, un mundo de libertad y fraternidad verdaderas”.
El propio Henri Alleg hizo referencia, en el reportaje aludido, a la repercusión de su libro medio siglo después de su publicación. En conferencias pronunciadas en Inglaterra, en Estados Unidos y otros países, señaló que “las atrocidades cometidas por el ejército francés durante la guerra de Argelia no se diferencian de las atrocidades cometidas por el ejército norteamericano en Irak, en Afganistán y en otras partes”. En otro lugar dice que los derechos humanos y los principios pisoteados por los colonialistas franceses en Argelia, son los mismos que están siendo pisoteados hoy en la cárcel de Guantánamo y en Afganistán. Todo lo cual proyecta el significado de este libro ejemplar a la candente realidad del mundo de hoy.
*Periodistas y escritor uruguayo
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