Brasil: geopolítica y desarrollo
Por José Luís Fiori*

“La impotencia de los economistas no es culpa
de la economía, es culpa del “desarrollo”
que no cabe dentro de los límites estrechos
de la propia economía.”
J.L.F.

1. En la primera década del siglo XXI, Brasil comenzó a trazar una estrategia de afirmación internacional que retoma la iniciativa propuesta e interrumpida en la década del 60. De una forma todavía tambaleante, Brasil viene expandiendo su presencia en algunos tableros geopolíticos y viene intentando aumentar su capacidad de defensa autónoma de sus reivindicaciones internacionales. La nueva estrategia fue definida por el Plan Nacional de Defensa, y por la estrategia Nacional de Defensa, aprobados por el Congreso Nacional, en 2005 y 2008, respectivamente. En los dos documentos, el gobierno brasileño propone una política exterior que integre sus acciones diplomáticas, con sus políticas de defensa y de desarrollo económico, y al mismo tiempo, introduce un concepto innovador en la historia democrática del país, el concepto de “entorno estratégico”, donde Brasil se propone irradiar, preferentemente, su influencia y su liderazgo, incluyendo América del Sur, África Subsahariana, la Antártida, y la cuenca del Atlántico Sur.

2. Un país puede proyectar su poder y su liderazgo, fuera de sus fronteras nacionales, a través de la coerción, de la cooperación, de la difusión de las ideas y valores, y también, a través de su capacidad de transferir dinamismo económico hacia su “zona de influencia”. Pero en cualquier caso, una política de proyección de poder exige objetivos claros y una coordinación estrecha, entre las agencias responsables por la política exterior del país, que implica la diplomacia, la defensa, y las políticas económica y cultural. Sobre todo exige una sociedad más igualitaria y movilizada, y una “voluntad estratégica” consistente y permanente, o sea, una capacidad social y estatal de construir consensos en torno de objetivos internacionales de largo plazo, junto con la capacidad de planificar e implementar acciones de corto y mediano plazo, en conjunto con los actores sociales, políticos y económicos relevantes.

3. En lugar de todo esto, desde la II Guerra Mundial, e incluso después del fin de la Guerra Fría, hasta el comienzo del siglo XXI, la política exterior brasileña osciló en el tiempo, cambiando sus objetivos inmediatos según el gobierno, a pesar de que haya mantenido siempre su alineamiento - casi automático - junto a las “grandes potencias occidentales”. Y aún hoy, a pesar de la posición del gobierno, existen divisiones y resistencias profundas, dentro de sus elites y dentro de sus agencias gubernamentales, que siguen demorando la consolidación efectiva de la nueva estrategia brasileña. Como si el sistema político, la sociedad y la intelectualidad brasileña aún no estuviesen preparados para asumir los objetivos definidos por los documentos oficiales. La propia universidad brasileña sólo expandió recientemente su capacidad de investigación y formación de recursos humanos en el área internacional. Y algunas universidades del país no poseen ni centros ni unidades especializadas, como es el caso sorprendente de la UFRJ, la mayor universidad federal del país. Más allá de esto, existe una falta significativa de instituciones o think tanks que cumplan el papel de reunir las informaciones y las ideas indispensables para el estudio y la elección de alternativas, y para la orientación inteligente de la inserción internacional del país.

4. De cualquier manera, si Brasil consiguiera sustentar sus nuevas posiciones, tendrá que enfrentarse inevitablemente con una regla fundamental del sistema: todo país que se propone ascender a una nueva posición de liderazgo regional o global, en algún momento tendrá que cuestionar los “consensos éticos”, y los arreglos geopolíticos e institucionales que fueron definidos e impuestos previamente, por las potencias que ya son o fueron dominantes, dentro del sistema mundial. Esta regla no impide el establecimiento de convergencias y alianzas tácticas, entre la potencia ascendente con una o varias de las antiguas potencias dominantes, pero exige que la potencia ascendente mantenga su objetivo permanente de crecer, expandir y escalar posiciones, dentro del sistema internacional. Esto no es una veleidad ideológica, es un imperativo del propio sistema interestatal capitalista: en este sistema, “el que no sube, cae”.

5. Aún así, siempre existirá un inmenso espacio de libertad y de invención revolucionaria para Brasil: descubrir como proyectar su poder y su liderazgo fuera de sus fronteras sin seguir el molde tradicional de las grandes potencias. O sea, sin reivindicar ningún tipo de “destino manifiesto”, sin utilizar la violencia bélica de los europeos y norteamericanos, y sin proponerse conquistar el pueblo que sea, para “convertirlo”, “civilizarlo”, o simplemente controlar su destino.

*Profesor en la Universidad de San Pablo
Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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