¿Intelectual o bufón?
Dialéctica del pensador y el poder
Por Héctor Valle*
vallehec@gmail.com

“A mi juicio, la cultura es la conciencia de una perpetua evolución que el hombre toma de sí mismo y del mundo en el cual vive, trabaja y lucha. Si esa toma de conciencia es justa, si no es sistemáticamente falseada, dejaremos, a pesar de nuestros errores e ignorancias, un legado valedero para los que nos sucedan. Pero si nosotros subordinamos nuestro trabajo a imperativos bélicos, haremos de nuestros hijos, que consumirán verdades emponzoñadas, fascistas o desesperados.”
“Los Intelectuales y la Paz”, Jean Paul Sartre.

1 - El intelectual
Al decir de Sartre, el intelectual es un hombre (o una mujer) de la cultura, puesto que coloca a la cuestión política como un aspecto central de la cultura, pero haciendo de ésta el bien supremo o, si lo prefieren, la atmósfera societaria por excelencia desde la cual arribar a lo político.

Ahora bien, el intelectual es una persona que, en la arena de lo público, atienda y escuche al otro, al diferente, al disidente, y que - en el silencio que le comprende como ser reflexivo y crítico - tome para sí la responsabilidad de pensar el mundo, desde su circunstancia de vida.

Lo hace a partir de su condición humana, sin vanidades que pretendan situarlo en un Olimpo tan inexistente como absurdo y contrario a lo que le impele a actuar: el otro, su comprensión y relacionamiento.

Pues bien, se preguntarán: ¿y dónde está la cuestión dialéctica que se pretende instalar ya desde el subtítulo de estos apuntes? En que, como bien dijera Max Weber, “el Estado moderno es una asociación obligatoria, que organiza el poder.” Por consiguiente, si el pensador es verdaderamente crítico, su relación con el poder establecido, de cualquier época y tenor, estará cargada de tensión, es decir, del espíritu crítico que se instala en una persona determinada a ser rebelde, en la acepción que Albert Camus le diera a este término.

Vayamos por partes.

Aprendimos con Camus, que el hombre rebelde es un hombre que dice que no. Pero si se niega, no renuncia: es además un hombre que dice que sí a la lucha desde su primer movimiento. Ese “no” es un “no” que afirma la existencia de una frontera: “hasta aquí llegué”; “hasta aquí llegaron”. Es, pues, un “basta”. Camus dice y enseña más: tal rebelión del hombre es metafísica, puesto que el hombre se alza contra su situación y la creación entera. Es metafísica, entonces, en tanto discute tales fines y presenta sus propias lecturas.

Camus nos instruye respecto del precepto que ese hombre tiene para sí de jamás caer en lamentaciones inútiles ante un estado de cosas que no puede ser evitado. Que la cuestión estriba en saber cómo preservar, por ejemplo, la libertad de prensa, la libertad de expresión.

En esto, el hombre rebelde juega su rol protagónico como persona, al no dejar en manos de “la comunidad” la defensa de sus derechos, puesto que concierne a la persona. Y que para la defensa de tales derechos es del caso atender 4 cuestiones centrales: lucidez, rechazo, ironía y obstinación.

1 - La lucidez, dice Camus, porque supone la resistencia a los mecanismos del odio, de la ira y del culto a la fatalidad. Podríamos resumirlo al recordar el dicho de Cayo Cornelio Tácito en su obra Anales, cuando advertía sobre “sine ira et studio”. Algo por cierto muy difícil - pues es arduo despojarnos de tan bajas, aunque naturales y primarias, emociones - pero que debemos intentarlo con determinación y altura de miras, viendo más allá de nuestra vanidad herida.

2 - Con relación al rechazo, como desobediencia, lo que va enrabado con la ironía.

3 - Al mencionar la ironía, debemos pensar desde la ironía socrática, permitiéndose así, el hombre rebelde, aun en las circunstancias más adversas oponer al poder despótico constituido, una desobediencia - junto otra opción de la mano más humana - utilizando para ello, burlando así la censura, giros y figuras que permitan al otro entender que es posible un camino diferente, que es viable que surja la luz, desde la noche de las libertades.

4 - La obstinación, es decir, el permanecer en la forma de un mañana mejor a través de la superación, mediante el esfuerzo y pese a todas las adversidades que se le antepongan y parezcan un muro inexpugnable.

Por lo tanto, el intelectual pretende ser una persona que ejerce el derecho a pensar y hace de tal derecho la faena principal de su vida. Ahora bien, lo hace con un agregado que lo marca a fuego: no sólo se trata de que piensa sino que, además, ejerce, sistemáticamente, su juicio crítico. Por ende, en lugar de tener una mera conciencia psicológica, adquiere una conciencia moral, porque propicia un diálogo interior tan fecundo como revulsivo y constante.

El intelectual es, aunque no lo desee, un hombre público, pero no un figurín mediático, entiéndase la diferencia sustantiva. El intelectual, en el acierto como en el error, toma para sí su vida, despejando toda posibilidad de “entregarse al destino manifiesto”, otro nombre para la sumisión del individuo en pro del mandamás de turno.

El intelectual debe mantenerse libre y alejado de la burocratización de la cultura, de manera tal de permanecer crítico y presentar lecturas diferentes al monólogo oficial de turno siempre, claro está, que éste sea lesivo para las libertades del ser humano, en una democracia participativa.

Tal independencia no deja de ser difícil, una vez que el intelectual, hombre o mujer, debe subsistir y para ello debe contar con medios apropiados para llevar su vida, y la de los suyos, por senderos de dignidad. Pese a tales dificultades, se debe perseverar en el intento de lograr tales medios, limpiamente, por uno mismo y nunca como moneda de cambio. Además, una persona con tal conciencia moral y juicio crítico requiere para subsistir él y los sujos sólo de lo necesario, no teniendo apego a un consumismo alienante.

En suma, el intelectual deviene político toda vez que, sin caer en el circo, se permite salir de su “torreón” y confundirse con la gente en la arena de lo público, dando cuenta de su condición de persona al levantar de la calle, como dijera Nietzsche, aquellas grandes cuestiones que permanecen tiradas y expuestas a todo el que las quiera ver. Y así, mancomunadamente con los otros, ir en pos de soluciones tan reales como viables para erradicarlas progresivamente.

Así, en las luchas sociales, y desde el llano, el intelectual estará, codo a codo, con cada persona de su colectividad que se atrevió a dejar de ser mero individuo y colocó su ser en pro del otro, poniendo para ello su personal faena, la que fuere, como aporte fecundo para el fomento de cambios sustantivos que tornen la vida de los hombres y las mujeres de a pie, dignas, posibles y dadora de sentido.

La sociedad, así, ganará cohesión en la diversidad, al tiempo que el poder, sin relegar su potencial, sabrá que tiene ante sí, dialécticamente, una contienda que, por el bien de todos, es del caso sopesar para arribar a comunes y mejores entendimientos.

2 - El bufón
Luego, y de regreso a la pregunta que da nombre a estos apuntes, no sólo está lejos sino que es refractario al bufón, al que utiliza las palabras (no le llamemos “pensamiento”) como meros clichés donde acomodar su triste ropaje humano, en bien del titiritero que lo controla y seduce.

Seamos claros y sintéticos: el bufón es una caricatura grotesca del intelectual.

El bufón es, en suma, tomando como propias las palabras del pensador brasileño Leonardo Boff, aquel “que abdica de su derecho a pensar, en nombre de la ambición de escalar los peldaños del poder, de mantener una función pública, de disfrutar de la amistad de poderosos, abdica del pensamiento crítico, traga en seco abusos de sus superiores, hace la vista gorda a la corrupción, se abre en sonrisas para quien, en lo íntimo, desprecia.”

Es decir, un verdadero factótum. Un perrito faldero a quien mostrar en o ante los medios de comunicación ejerciendo su “capacidad” de hacer futurología, “talenteando” a diestra y siniestra, cara de canchero, mientras disfruta de esos breves minutos de exposición pública. El poder, agradecido.

3 - La persona humana vs. el individuo alienado
Ya próximos a finalizar, recordamos las expresiones de la filósofa brasileña Marilena Chaui cuando, al discurrir sobre el mito de la Caverna, advierte que “el conocer es un acto de liberación y de iluminación”.

Asumir la condición de persona es un acto de suprema humanidad. Y lo hacen muchísimos seres humanos, sean o no intelectuales, puesto que alcanza con tener vergüenza y voluntad de ser, junto con los suyos, una persona que respeta y pide ser respetado.

El intelectual, desde su faena del pensar crítico, tiene, junto con aquel, responsabilidades iguales pero al mismo tiempo un arma de lucha ciertamente poderosa: su mente crítica y su preparación cultural.

Esto, se entiende, para que realmente sea un ser responsable y digno, debe siempre ser puesto al servicio del otro, luego de la causa suprema de la humanización progresiva del hombre, sea donde fuere. Por cierto, comenzando desde su lugar, pero proyectándose, indisimulablemente, al resto del mundo, puesto que la precondición del intelectual consiste en ser un ciudadano del mundo. Aquel que no se deja encerrar en las fronteras que el hombre coloca para sobresalir, luego oscurecer, al otro hombre, al desconocido, al diferente, al disidente.

El intelectual hace campamento en cualquier provincia del mundo pues no es extranjero ni cree que los otros lo sean, al menos nunca como entidades opuestas y contrarias a su individual circunstancia de vida. Él sabe - y vaya si lo sabe - que el otro lo complementa. Así, además, ambos se alejarán ambos de la cosificación del hombre, logrando una mayor y mejor humanización de sus vidas. Y las de los otros, se comprende.

* Historiador y geopolítico uruguayo.

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