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El vuelo del Águila
La guerra contra el Derecho Internacional
Por Héctor Valle vallehec@gmail.com
Mientras los bufones travestidos de futurólogos callan y se esconden, tan renuentes como temerosos a ofender a los cíclopes del mundo, quien tiene por faena el pensar crítico no ve cómo no salir a lo público y hacer oír su voz (aunque tan sólo la escuche con nitidez su conciencia) para no ser cómplice, desde el silencio, de las tropelías que en el poder, en este caso “global”, se cometen so pretexto de una responsabilidad de proteger tan traída de los pelos, como fundamentalista y hueca de sentido humano.
Quienes conducen los destinos de la Nación norteamericana, determinan, cada tanto, dónde está el mal y lo combaten. Ahora está en Siria, donde ayer estaba una nación con la que ellos operaban en la zona. Y así sucedió antes con otras naciones. Es decir, primero su lógica no está basada en principios o valores inmutables sino que estos lo son según la ocasión y de acuerdo a una serie de intereses que están antes que aquellos. Pero, además, en todas estas ocasiones, a lo largo de los últimos lustros, los EUA han avasallado el Derecho Internacional Público y, expresamente, la Carta Fundacional de las Naciones Unidas.
No es baladí, ciertamente, detenernos en uno de los símbolos patrios de esta Nación, como lo es el águila de cabeza blanca, símbolo central del escudo norteamericano.
El águila planea sobre un nuevo enemigo, divisándolo a una distancia prudencial, en tanto prevé un ataque fulminante. Anticipa, así, una jugada que está más allá del horizonte aparente. Ella sabe que el impacto no estará en el golpe sino en la reverberación del mismo, esto es, más allá de su impacto primero y devastador.
De sus garras ha dejado caer el laurel que simbolizaba la paz y ahora sólo agarra flechas de guerra, instancias de horror. Por fin, en su visión fundamentalista y maniquea, ha determinado por sí y ante sí seguir la pulsión de muerte que venía oscureciendo su mirada en los últimos lustros.
Esta Nación que vive un gnosticismo a ultranza, se dispone a emprender una nueva guerra, llamada, palabras más, palabras menos, de “intervención acotada” en medios a emplear, objetivos a destruir y tiempo a permanecer disparando, sin que le importe en lo más mínimo el avasallar, groseramente, el Derecho Internacional. Sólo vale su lógica imperial y belicista.
Está en juego, pues, la vigencia y preeminencia del Derecho Internacional Público y, expresamente, la ONU.
Por ello, es que las naciones no integrantes del esquema operativo y belicista de los EUA, debemos defender a ultranza la vigencia y preeminencia de la ONU, ante un embate tan determinado y permanente para pasarle por encima y crear otro orden internacional a imagen y semejanza del imperio hoy actuante.
Como bien dice el teórico italiano del Derecho, Luigi Ferrajoli/1 , ellos procuran una refundación del órden mundial basada en el dominio estadounidense y en la guerra perpetua como instrumento de solución de las controversias internacionales, con la consiguiente militarización de la política internacional.
En este sentido, además, Ferrajoli viene alertando, desde hace años, a través de las diversas guerras llevadas a cabo en nombre de la Responsabilidad de Proteger, que no son sino momentos de la puesta en marcha de un Golpe de Estado Internacional cuya principal víctima será la ONU y su Carta fundacional y con ello la derrota del Derecho Internacional y de la Paz, desde el respeto irrestricto al otro.
Por consiguiente, y mientras escuchamos y leemos a los más variados especialistas dar argumentos jurídicos de peso, en cuanto a la peligrosidad del avance de esta lógica belicista emprendida desde el más burdo gnosticismo, nosotros dejamos registrada nuestra palabra escrita como testimonio de rebeldía y como un voto por un mañana de libertad responsable, sin distingos de especie alguna en el mundo entero.
Apelamos, concomitantemente, a que cada hombre, cada mujer, salga de la intimidad de su hogar y grite al cielo, haga oír su voz, para dejar constancia de su defensa irrestricta de la libertad responsable.
Lo hará, así, en tanto esa persona sabe - pues es consciente de ello - que se es responsable desde la asunción de su responsabilidad para con el otro, se es humano si no acallamos nuestra voz interior ante tamaña demostración de barbarie.
Y lo hacemos, recordémoslo, no porque la víctima es inocente, sino porque la convierten en víctima, salteándose, impunemente, las instancias a recorrer, en el ámbito del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, para determinar acciones a emprender contra aquella nación sospechosa de haber incurrido en delitos de lesa humanidad, por ejemplo.
Lo hacen, por si fuera poco, con su antiguo aliado, como antes lo hicieran con Irak, etcétera, sin siquiera mostrar pruebas convincentes. Hasta tal punto ha llegado la desfachatez imperial.
Pareciera que sólo hay y vale su verdad, su interés, su cosmovisión, que ni siquiera es la de los suyos, el pueblo norteamericano de a pie, sino y tan solo la de los grupúsculos que comandan un Estado policíaco que pretende hacer del mundo su lugar en donde solo valga su supuesta verdad, que es la verdad del más fuerte.
Suele decirse, ya que recordamos a Ferrajoli, que el pacifismo jurídico, para sus detractores, es casi como una injuria, como un signo de rendición. Sin embargo, el pacifismo jurídico, es decir, la prohibición de la guerra y su lógica - en palabras de este gran filósofo del Derecho - es en la actualidad la única respuesta realista a la gravedad de los problemas globales y, más que nunca a la explosión del terrorismo.
En la lucha contra el terrorismo -remarca el italiano - no existen alternativas al derecho, puesto que el principio de la paz es la norma constitutiva del orden jurídico, tanto interno como internacional.
Por tanto, la batalla por la paz y sus garantías - del desarme generalizado al reforzamiento de las Naciones Unidas - es hoy principalmente una batalla de la razón, que debe discurrir sobre todo en el plano cultural y que ciertamente puede encontrar apoyo en el creciente repudio de la guerra en la conciencia civil de la gran mayoría del género humano./2
Con tales palabras culmina, Luigi Ferrajoli, una de sus principales obras. Es, qué duda cabe, un alegato vibrante y cargado de sentido por la paz, desde el Derecho Internacional.
Así también nosotros hemos querido llegar al final de nuestro testimonio en pro de iguales ideales y caminos para hallarlos, desde estas páginas.
Decimos, entonces, no, pero un NO rotundo, al avance de la sinrazón.
Sabemos, intuimos, y esperamos, fervientemente, que, pese a todo, en un recodo del camino, en un momento en medio del avance de la bestia, la razón sensible prosperará y el hombre, tanto como la mujer, avanzarán a pesar de centuriones y títeres, de advenedizos y bufones, pues la vida es mucho más, muchísimo más que un supuesto dominio de la nada.
Ese dominio que hoy la bestia cree tener pero que en la praxis demuestra su angustia existencial por alcanzar. Solo que ha perdido el rumbo que antes otros prohombres y mujeres de su Nación vislumbraran para sí y los otros, desviándose del camino de la recta razón y transitando la pendiente peligrosa de la deshumanización creciente de sus elites.
La bestia parece estar ciega. Confiemos que, en realidad, sólo tenga su vista nublada y, despejada ésta, pueda volver a la senda de la que nunca debió salirse.
1/ Ferrajoli, Luigi; Razones Jurídicas del Pacifismo, Editorial Trotta. 2/ Ferrajoli, Luigi; Democracia y garantismo, Editorial Trotta.
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