Las fuerzas del sueño y de la
utopia, cuarenta años después

Por Jose Luis Fiori*

“Aprendan la lección…(porque) mucho
más temprano que tarde, se abrirán
nuevamente las grandes alamedas por
donde pasará el hombre libre,para construir
una sociedad mejor.. Tengo la certeza
que mi sacrificio no será en vano.”
(Salvador Allende 09:30 hs.11/9/73)

El golpe militar, la muerte de Salvador Allende y el fin del gobierno de la Unidad Popular, en la mañana nublada, fría y melancólica de Santiago de Chile, de aquel 11 de septiembre de 1973, fue un momento trágico de la historia política de la izquierda latinoamericana, y fue también un momento de cambio irreversible del pensamiento crítico y progresista del continente.

En los años 60, e incluso a comienzos de la década del 70 del siglo pasado, América Latina vivió un momento de intensa creatividad intelectual y política. Fue el período áureo de la revolución cubana y de su influencia sobre los movimientos de lucha armada del continente, en particular, en Brasil, Uruguay y Argentina, y un poco más tarde, en América Central. Fue el tiempo del reformismo militar de Velasco Alvarado en Perú, y de Juan José Torres en Bolivia; de la vuelta del peronismo y de la victoria de Juan Domingo Perón en Argentina; de la primera experiencia reformista demócrata cristiana en Venezuela, y por encima de todo, del “reformismo cepalino”, de Eduardo Frei, y del “socialismo democrático”, de Salvador Allende en Chile. Teniendo como telón de fondo, como desafío político e intelectual, el “milagro económico” del régimen militar brasileño.

En este período, Santiago se transformó en el punto de encuentro de intelectuales de todo el mundo, y se convirtió en el epicentro de lo que tal vez haya sido el período más creativo de la historia política e intelectual latinoamericana, del siglo XX. Revolucionarios y reformistas, demócrata cristianos, socialistas, comunistas y radicales, tecnócratas e intelectuales, líderes sindicales, sacerdotes, artistas y estudiantes, discutieron intensamente, sobre la revolución y el socialismo, pero también, sobre el desarrollo, la industrialización y la reforma agraria, sobre la democracia y las reformas sociales, y sobre la propia especificidad histórica y la inserción internacional del capitalismo latinoamericano, dentro del sistema internacional.

La concentración de este debate en la ciudad de Santiago tuvo un motivo muy claro: Chile fue el único país del continente donde se intentó - de hecho - combinar democracia con socialismo, nacionalizaciones con capitalismo privado, y desarrollismo con reforma agraria, durante el período del Frente Popular, entre 1938 y 1947, y durante el gobierno de la Unidad Popular, entre 1970 y 1973, pero también, de cierta forma, durante el gobierno demócrata cristiano, de Eduardo Frei, entre 1964 y 1970. En la década de 1930, los socialistas y comunistas chilenos formaron un Frente Popular con el Partido Radical, vencieron las elecciones presidenciales de 1938, y después fueron reelectos tres veces más, antes de ser separados por la intervención norteamericana, a comienzos de la Guerra Fría, en 1947.

Los gobiernos del Frente Popular chileno, bajo el liderazgo del Partido Radical, pusieron su énfasis en los programas de universalización de la educación y de la salud pública, pero también en la infraestructura, en el planeamiento y en la protección del mercado interno y de la industria. Pero fue recién en 1970, que el gobierno de la Unidad Popular propuso explícitamente un proyecto de “transición democrática hacia el socialismo”, como estrategia de desarrollo y sin destrucción de la economía capitalista. Antes de Allende, los demócrata cristianos “chilenizaron” el cobre, y comenzaron la reforma agraria, pero el gobierno de la UP aceleró la reforma agraria y radicalizó la nacionalización de las empresas extranjeras productoras de cobre, y fue más allá, al proponer crear un “núcleo industrial estratégico”, de propiedad estatal, que debería ser el líder de la economía capitalista y el embrión de la futura economía socialista. Este fue, además, la manzana de la discordia que dividió la izquierda durante todo el gobierno de la Unidad Popular, llegando hasta el punto de la ruptura, entre los que querían limitar las estatizaciones industriales a los sectores estratégicos de la economía, y los que querían extenderlas, hasta originar un nuevo “modelo de producción”, sobre la hegemonía estatal. Pues bien, este proyecto absolutamente original de “transición democrática hacia el socialismo”, del gobierno de la Unidad Popular fue interrumpido por el golpe militar del general Pinochet, con apoyo decisivo de los EE.UU. y del gobierno militar brasileño.

Pero, tal como lo previo Salvador Allende en su último discurso, “mucho más temprano que tarde”, el Partido Socialista volvió al gobierno de Chile, en 1989, aliado con los demócrata cristianos. Sólo que en aquel momento, los socialistas chilenos ya habían adherido al consenso neoliberal, hegemónico durante la década del 90, y habían dejado de lado sus sueños socialistas. Una década después, sin embargo, a principios del siglo XXI, la izquierda avanzó mucho más y conquistó el gobierno de casi todos los países de América del Sur. Y en esta oportunidad, un gran número de jóvenes de las décadas del 60 y 70, que escucharon las últimas palabras de Allende, en el Palacio de la Moneda, fueron llamados a gobernar.

Por todo lado, en varios puntos de América del Sur, la izquierda volvió a discutir sobre el socialismo, el desarrollismo, la igualdad y las nuevas estrategias de transformación social, para el siglo XXI. Pero después de una década, la izquierda latinoamericana se dio cuenta que la palabra “socialismo’ hoy tiene connotaciones absolutamente diferentes en las Montañas Andinas, en las Grandes Metrópolis, en los pequeños pueblos, o en los vastos campos ocupados por el éxito exportador del agrobusiness; que el “desarrollismo” se transformó en un proyecto anodino y tecnocrático, desprovisto de cualquier horizonte utópico; que defender la “industria” o la “re-industrialización”, se convirtió en un lugar común de la prensa, que puede significar cualquier cosa según el economista de turno; y el “reformismo social” fue disuelto en un conjunto de políticas y programas inconexos originarios del Banco Mundial, más preocupado con su “costo-efectividad” que con la lucha por la igualdad social.

Sumando y restando, hoy, exactamente cuarenta años después de la muerte de Salvador Allende, el balance es muy claro y desafiante: la generación de izquierda de los años 60 y 70 llegó finalmente al poder, pero ya no tiene más de su lado la fuerza del sueño y de la utopía que llevó a Salvador Allende a la resistencia, al silencio y a la muerte, en aquella mañana violenta e inolvidable del 11 de septiembre de 1973, en la ciudad nublada, fría y melancólica de Santiago de Chile.

*José Luis Fiori: Profesor en la Universidad pública de Río de Janeiro sobre economía y ciencia política.

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