El entramado del poder
Por Raúl Legnani
Urumex80@gmail.com

No idealizo la política, pero tampoco la bastardeo. Me molesta cuando los más jóvenes dicen que tuvieron que “hacer política” (maniobras) para que les vaya bien en su trabajo o en el estudio.

Soy a la vez de los que creen que la política está estrechamente ligada a la idea del poder y eso no me molesta. Diría más: la esencia de la política apunta a tener el poder, tanto para una comunidad social o política, como para el propio individuo. Por eso me molesta que algunos digan, porque quedaron lejos de la carrera, que todo se reduce, por parte de los ciudadanos, a quedarse con zonas de ese poder, por más estrechas que sean.

A la vez soy de los que sostienen que no es un pecado aspirar a zonas del poder, ya sea chico o grande, pero a la vez entiendo que la política no se puede reducir a la distribución de esas zonas del poder.

Si la política y la vida se reducen a la lucha por las parcelas de la burocracia del poder, no cabe la menor duda que el poder democrático se deteriora y se transforma en una cloaca de intereses a conquistar.

El drama surge cuando la política se reduce a la conquista del poder individual, incluso sectorial, lo que necesariamente lleva a una “guerra interna” donde nadie quiere quedar afuera de la conversación (del reparto de los cargos). En ese momento ya no importa qué es lo mejor para el colectivo (partido, sector, clase social, sindicato), en tanto la prioridad es la suerte del actor político (del militante).

Cuando esto pasa, más tarde o más temprano, todo se pudre y la lógica de la vida política se transforma en un verdadero barrial que desencanta a las mayorías ciudadanas.

Esto se agrava cuando un funcionario del Estado es desplazado, en el acierto o en el error, por razones políticas o de gestión y cae para arriba o al costado, pero jamás cae para afuera del sistema estatalista o partidario.

Estos peligros, que se manifiestan en todos los partidos, no tienen cura inmediata. Por lo general demoran o se consolidan. La única solución es que la democracia interna de los partidos - todos- domine la vida de esas colectividades, por lo cual se necesita una nueva cultura ciudadana alejada, lo más posible, de la pequeñez humana.

En este sentido, para saber como estas pequeñeces influyen en los partidos, es recomendable que en las próximas elecciones nacionales los ciudadanos lean con atención las listas de votación electorales, donde quizás valgan más los suplentes al Senado o a Diputados que los titulares, porque estos pueden terminar ocupando algún espacio en el Estado.

A la vez rechazo esa buena idea que aparece y reaparece cada tanto en el Frente Amplio, para crear un instituo de capacitación de funcionarios de la coalición de izquierda, para que sean buenos gestores en el Estado. Si la izquierda llega a confirmar esta iniciativa, será el intento de hacer viable una nueva burocracia de izquierda, esta vez con título académico.

*Maestro y periodista
Columna publicada en La República el 9 de setiembre

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