Rogelio Frigerio: el ideólogo
de la Patria Grande

Por Alfredo E. Allende*

Rogelio Julio Frigerio nace en Buenos Aires el 2 de noviembre de 1914, fallece el 13 de septiembre de 2006. Fue periodista, político y figura clave del gobierno de Arturo Frondizi, (1958-1962), fundador junto a él, del Movimiento de Integración y Desarrollo, y principal animador de la corriente de pensamiento desarrollista en Argentina. Aquí el destacado intelectual y ex ministro de Frondizi el Dr. Alfredo E. Allende analiza la personalidad de Frigerio a partir de la reciente publicación del libro; “El ideólogo de Frondizi”.

“El ideólogo de Frondizi”, título de un libro recientemente publicado, es un encabezamiento adecuado, perfecto, para Rogelio Frigerio en su papel de forjador de un ideario nacional de desarrollo integral del país. También pudo ser acertado denominarlo creador de la doctrina moderna de la Patria Grande -sin hiperbólicas manifestaciones de superficial y formal nacionalismo-, que fuera realizador de su propia concepción, de la cual se hizo eco el estadista por antonomasia, Arturo Frondizi.

Como integrante de su primer gabinete, tengo presente los esfuerzos de Rogelio por hacer entender a legisladores, dirigentes políticos, sindicalistas, a los empresarios, militares, la tarea formidable de la obra a realizar, su sentido y la transformación que sobrevendría en beneficio del conjunto de la comunidad, de sus sectores sociales y geográficos. El embrollo, la caliginosa atmósfera surgida de los enfrentamientos partidarios e institucionales, frustraron en buena medida el proyecto generado por entonces, como asimismo interfirieron los intereses en pugna. Quienes, desde el interno del país medraban con las ingentes importaciones de petróleo, de las máquinas para la industria, de los medios de transporte, conformaron un entramado con agentes económicos externos y se dedicaron a incitar a las FFAA y a los gremialistas, a fin de hacer imposible el desemboque democrático del gobierno.

El inicio genial y sencillo de esa política desarrollista consistió en producir recursos mayúsculos con el agro y el petróleo, a fin de sentar las bases de un crecimiento sustentado en las propias riquezas, con miras a incorporar la tecnología y ciencias avanzadas a los procesos productivos como también a los educacionales, todo lo cual comenzó a hacerse de inmediato, simultáneamente con las medidas adoptadas en escasos meses. La inserción de la nación en el comercio mundial haría el resto, con reglas sólidas hacia la inversión local y extranjera y mediante la ayuda de la competividad, líneas de créditos orientadas y un mercado interno sólido. Libre empresa dentro de un marco de pautas que tuvieran estos objetivos, permitiría no sólo mayores incorporaciones creativas, integraciones de las regiones y de las clases sociales, sino también un bienestar fundado en sólidas bases dinámicas en continuo crecimiento.

Y, claro, la democracia se vería reforzada de manera irreversible a la vida interna, porque no habría resquicios para asonadas o golpes dentro de un cuerpo nacional reunido en el trabajo con ocupación plena, justicia social, elementos insoslayables de una cultura nacional liberal, abierta a las orientaciones futuras de un mundo en el que las divisiones entre las grandes potencias ya era avizorada como una situación de coyuntura, en declinación, otro aspecto de la visión lúcida de Frigerio que compartió con entusiasmo el Presidente Frondizi, no sin resistencias de líderes políticos embretados en un pasado sin retorno y en un presente que estaba atado a un pretérito en plenas vías de superación.

Nos han dejado esos dos ilustres patricios de la contemporaneidad un legado inmensamente rico de enseñanzas prácticas, a partir de la visión nacional que compartieron y de la que no hicieron un compartimento cerrado; los perfiles de la doctrina no lesionan las aspiraciones legítimas a una discusión de sus aspectos históricos a los fines de la adecuación a los tiempos; de todos modos, sus bases generales, la consistencia y coherencia global del pensamiento desarrollista mantiene sin fisuras la verdad y aplicabilidad de sus asertos que conforman su meollo.

Me permito congratular a personalidades como la de Mauricio Macri, la de Gustavo Posse, y de aquellos militantes que los acompañan, por ser políticos que visualizan la realidad sin anteojeras de facción, que también quieren la conformación de movimientos populares con metas como las elaboradas hace 60 años por Rogelio Frigerio, el ideólogo de Frondizi y de la república que todos ambicionamos. Hay que tener coraje cívico para proclamar la adhesión a una causa que fue objeto de penosas agresiones de todo tipo, causa que se consideró perimida y que, en cambio, conserva la lozanía de su capacidad innovadora, siendo hoy día la única visión, en su esencia, manifiestamente transformadora, progresista sin hipocresías ni máscaras.

Quienes transitamos los últimos tramos de la vida, desde nuestra vejez, temblamos de emoción al saber que la posta está en excelentes manos, de vigorosos atletas de la política nacional, que harán sin duda realidad en un futuro cercano esa Patria delineada en la década del 50 del último siglo, que había sido de alguna manera soñada por roas de manera un tanto rústica, por San Martín y Belgrano, por Sarmiento, Pellegrini, y otros grandes, como asimismo por los generales Mosconi, Savio y Guglielmelli.

Si la siguiente anécdota la he relatado otra vez pido disculpas: estando yo asignado en Oriente, en realidad en ese momento en Las Filipinas, el jefe militar de la que había sido la más poderosa masa bélica de la historia mundial, Dwight Eisenhower, y siendo Presidente de los Estados Unidos, me retiró insólitamente de una fila protocolar de diplomáticos para decirme que había estado en la Argentina, y que había encontrado a uno de los mayores estadistas del mundo, Arturo Frondizi, jefe de Estado de nuestro país. “Cuídenlo” me exclamó mirándome a los ojos; y agregó: “No suelen existir hombres de ese nivel en los comandos democráticos de las naciones todavía no plenamente desarrolladas, ni en ninguna parte”.

Así como ello era cierto, también era cierto que no conocía en plenitud Eisenhower, que el ideólogo fundador de la doctrina que guiaba y acompañaba los pasos del estadista, era, precisamente, Rogelio Frigerio.

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