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Medio ambiente: usted elige
Por Raúl Legnani* Urumex80@gmail.com
La sociedad uruguaya vive nuevos tiempos y uno de ellos es la conservación del medio ambiente. Por eso los ecologistas, especialistas y aprendices, han cobrado un protagonismo importante. Están en su derecho.
Ahora ¿por qué nuevos tiempos? Por una razón muy sencilla: van dos gobiernos que tienen perspectivas de futuro y que han hecho una gran apuesta al desarrollo de la economía, así como la implantación de políticas que permitan mejorar las condiciones de vida de los habitantes en esta vieja “provincia” del Virreinato del Ría de la Plata.
Si ahora aparece con agudeza la conservación del medio ambiente es porque el país tiene nuevas y renovadas perspectivas de dejar de ser una economía monoexportadora de carne vacuna y sus derivados.
La minería, la producción forestal y el puerto de aguas profundas son parte sustancial de esa estrategia de soñar para adelante. Si no existiera esa voluntad política de cambiar la estructura de la producción y de la exportación, los ecologistas ya habrían emigrado.
El debate que está planteado hoy, si lo vemos solo en el escenario de la ciencia y del impacto tecnológico, oculta intereses de clase, propuestas programáticas y condicionantes ideológicas.
Los que se oponen a las nuevas formas productivas, son parte de un operativo muchas veces no consciente, que busca poner palos en la rueda a los gobiernos progresistas que no quieren quedar atrapados en la economía del monocultivo, como en la época de Hernandarias.
El latifundio improductivo y retardatario, es parte de esos intereses de clase que no quieren competencia y que buscan mantener el statu quo, para mantener las relaciones de dependencia en el mundo laboral y del trabajo.
La protesta contra la diversificación de la producción, donde se conjugan intereses menores y estrechos con nuevas utopías parciales, tiene mucho que ver con la Revolución Industrial del Siglo XIX que llevó a miles de personas a creer que el único camino a recorrer era provocar el infarto del nuevo sector empresarial que emergía impetuoso. Ese gesto, por cierto pleno de amor por las condiciones de vida, mostró que era un verdadero freno y retroceso para la posible evolución de la humanidad.
Si no prosperan las plantas de celulosa, si no avanzamos en la minería, si no hay - por lo menos- un puerto de aguas profundas, terminaremos siendo una sociedad cansina, tristona, viviendo debajo de un árbol, absolutamente aislados del mundo. Con la única esperanza de que algún gringo viejo, cansado del mundo moderno, venga por nuestros paisajes para disfrutar del andar de las hormigas y del vuelo corto de las perdices. Usted elige.
*Maestro y periodista Columna publicada en La República el 21 de octubre
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