Hannah Arendt, una mujer moderna
Por Héctor Valle
vallehec@gmail.com

A partir de la exhibición del filme alemán “Hannah Arendt”, dirigido por la señora Margarethe Von Trotta, que fuera presentado en el reciente Festival de Cine Alemán, han reaparecido los comentarios sobre la pensadora alemana.

Ante todo, convengamos, que la presencia internacional de Arendt es muy anterior a su la puntual labor periodística investigativa que acordada con la revista americana The New Yorker de seguir paso a paso el extenso juicio que se llevara a cabo en Jerusalén al criminal de guerra Adolf Eichmann, secuestrado por la inteligencia israelita (más conocida por Mossad) en la República Argentina y trasladado secretamente a suelo israelí.

Para presentar a esta vital mujer, nos pareció apropiado valernos de la definición que da el suizo Carl Gustav Jung sobre la persona moderna.

Dice Jung al respecto que: “(…) Quien alcanza a tener consciencia del presente es por necesidad un solitario. El hombre ´moderno´ es solitario todo el tiempo, pues cada paso hacia una consciencia más elevada y amplia le aleja de la originaria participation mystique, puramente animal, del rebaño, ese estado de inmersión en una inconsciencia común.” Y agrega, un poco más adelante: “Es, en efecto, plenamente moderno cuando llega al confín del mundo, dejando atrás lo abandonado y superado y teniendo por delante la nada asumida, a partir de la cual todo puede devenir aun.”

Creemos, sin temor a equivocarnos, que Hannah Arendt es, ciertamente, una mujer moderna. Y lo afirmamos porque su pensamiento vive en y desde la criticidad de un sentido de lo verdadero, basado en datos duros y constatables, que la mantuvieron alejada en todo momento y lugar de los prismas subjetivos que pueden deforman la realidad.

Es, en este sentido, el de hacer un culto por lo verdadero que Hannah fue la más judía de los judíos de su tiempo y por ello le tocó vivir al descampado cuando, por ser honesta consigo misma, presentó aspectos que podían herir la susceptibilidad de comunidades afines.

El juicio a Eichmann fue, para ella, eso: Un juicio a un individuo y no el juicio al nazismo, aunque estuviera comprendido. Es decir, atendió, tan exhaustiva como crítica y documentadamente, las peculiaridades de ese proceso, sin medir costos de especie alguna, para ofrecer, al término del mismo, una visión de conjunto que aun hoy muchos se niegan, por pereza intelectual y desidia societaria, a estudiar en profundidad y a cabalidad.

Es por esta sencilla razón, la de vindicar a la persona de Hannah Arendt, en su justa medida histórica, que destacamos su pertenencia a la intelectualidad internacional mucho antes del juicio antes mencionado.

No es posible entender a Hannah, por ejemplo en su pensamiento, si no nos hemos tomado el trabajo, por cierto que fermental y enriquecedor, de leer algunas de sus obras anteriores.

Hay 3 destacadísimas que al menos queremos citar:
1) “El concepto del amor en San Agustín: Ensayo de una interpretación filosófica”, que fuera su tesis doctoral y estuviera dirigida por el gran Karl Jaspers y publicada en 1929;
2) en 1951 publica la monumental obra “Los orígenes del totalitarismo”,
3) y en 1958 publica la que para nosotros es su obra central de la que se expanden rayos, a modos de publicaciones que irán sucediéndose con los años y que llevara por título “La condición humana”.

La obra sobre el juicio a Eichmann fue publicada en el año 1961.

Continuando con la conferencia que diera Jung allá por el año 1928, en la ciudad de Praga, sobre “El problema anímico del hombre moderno”, podemos decir que el hoy es un proceso, una transición que separa el ayer y se dirige al mañana.

Tal fue la consideración vital que la propia filósofa judío-alemana (aunque ella prefería que se la tuviera, antes que por filósofa, por teórica política) tuvo para sí y para su obra, en constante tensión con el devenir.

Respecto del detritus humano de la persona y del funcionario Adolf Eichmann, fiel exponente de una tribal concepción de la vida y de las cosas, nos permitimos recordar cómo el hombre común, ese mismo ser que deposita su servidumbre voluntaria en la figura del tirano es, él mismo, un tirano.

Es un tirano enano que proyecta su propia inmundicia en el tirano enano al que coloca en la cúspide del poder, junto con los otros, en este caso el pueblo alemán de la época, en su inmensa y abrumadora mayoría.

Arendt, contracara de aquel, fue una mujer moderna que, adelantándose en pensamiento y consciencia a los suyos, a su época, supo ser enteramente ella misma, aunque delante de sí tuviera a la nada, en el sentido de no tener certeza alguna sobre las “repercusiones” de su hacer, ni querer tenerla, tampoco, se entiende, valorando antes que esto el hecho de ser veraz.

Esta mujer, mujer del mundo, mujer que permanece en todo aquel que tenga consciencia y ansias de superación humana, se agiganta con el tiempo desde el valor intrínseco de sus actos, siempre sujetos a un deber ser tan crítico como exigente en función de la consciente responsabilidad que supo vestir con elegancia, y no poca femineidad, en todo momento de su vida.

Hannah sabía, además, que debía ser específica en el tratamiento de Eichmann (al que tildó de sujeto ahistórico), en el sentido de atender pura y exclusivamente su persona y el juicio al que fuera llevado.

Hoy, y a la distancia, nosotros se lo agradecemos porque al serlo, supo dejar un legado y así en esta época y en nuestros lugares podemos sopesar de mejor forma, siempre en un sentido tan riguroso como crítico, a nuestros propios Eichmann, esas larvas humanas que desde el poder, fueran políticos, como militares y ciertamente no pocos civiles, se valieron de la noche y la ausencia de conciencia para perpetrar atrocidades, cercenando vidas, inundando de hiel tantos corazones.

Los Eichmann de toda época, pues, deben de temer a personas que, como nuestra Maestra Hannah Arendt, supieron retratarles hasta en los trazos más finos, aunque para ello tuviera que dejar a un costado su propio corazón y su propio padecimiento. En esto, también, Hannah sentó doctrina.

Una doctrina del deber ser que a pesar de tener que pisar guijarros, recibir golpes y padecer noches sin estrellas, progresa en la mente de todo hombre, como de toda mujer, con vergüenza de sí mismo y con el anhelo, esto recogido de una antigua enseñanza judía, de ser, siempre y en todo lugar, un sistema abierto. Pues siempre estaremos esperando, contemplando y cobijando, si fuere menester, al otro, al disidente, al desconocido, al diferente. Porque en ello nos va la vida, la que vale la pena ser vivida: la vida sintiente que es mucho más que la nuda vida.

* Historiador y geopolítico uruguayo.

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