Artigas las instrucciones del año XIII
y los historiadores “aguafiestas”

Profesora y historiadora Ana Ribeiro*

TEMA VINCULANTE

En el la Intendencia de Montevideo, el pasado miércoles 11 de diciembre, con la presencia del Presidente de la República, José Mujica y de los ex presidente Luis Alberto Lacalle y Jorge Batlle, fue presentado el libro; "Las Instrucciones del Año XIII. 200 años después", coordinado por los historiadores Ana Ribeiro y Gerardo Caetano. El evento conto con numeroso publico, autoridades nacionales y departamentales y la representación de un fragmento de la obra “Instrucciones para un pueblo libre” de Carolina Cerruti y Ana Rico. Al finalizar el acto la historiadora y profesora Ana Riveiro, dijo entre otros conceptos lo siguiente.

Las actuaciones que me precedieron al hablar y todas las palabras tan lindas y elogiosas que ustedes dijeron - incluso la obra de teatro -, pueden darles a ustedes una idea equivocada del proceso por el cual este libro nació. Ustedes pueden pensar que este es un libro que cumple con una efeméride y que - para hacerlo - siguió el camino habitual. Y el camino habitual es el de la celebración. Una celebración que se suele impulsar desde el mundo político y que suele hacerse - como el mundo político hace las cosas - con un discurso de celebración del presente y, muchísimas veces, de apropiación del pasado para legitimar el presente.

Los historiadores - disculpen la tan brutal confesión, sobre todo delante de autoridades tan solemnes - tenemos pánico de eso, porque nuestro trabajo es exactamente lo contrario. Nuestro trabajo es lo contrario a la fiesta, lo contrario a la celebración. Nosotros somos “aguafiestas” profesionales. Nosotros venimos con la pinza y con la lupa a complejizar las cosas, a problematizarlas, a quitarles el bronce y todo el brillo y a buscarle las patas ocultas a todos los héroes impolutos e, incluso, algún costado humano - si se puede -, algún antihéroe aborrecible. Lo hacemos porque es parte de un oficio muy viejo y muy digno y del cual nos sentimos orgullosos.

Este libro siguió el proceso opuesto de lo que esta Mesa aparenta. A nosotros nos llamó lo que ustedes bien podrían calificar como una “multinacional”, la editorial “Planeta”. No una editorial nacional, de esas que nos inspiran el alma sólo con nombrarlas. No. Esas editoriales que campearon todos los buenos y malos tiempos, cuando los libros eran aburridos - en color sepia - y nunca había plata para mejorarlos un poco. No. ¡Una multinacional, “Planeta”, que es un imperio! Nos llamó y nos convocó a escribir para algo que, una editorial que está atenta al número desde el punto de vista económico porque debe hacerlo así, dijo: es el año de las Instrucciones y hay que escribir algo que se corresponda. Y ahí cometieron el primer error, nos llamaron a Gerardo y a mí.

Y, ¿por qué digo el primer error? Porque nosotros no podemos sino cumplir con nuestra naturaleza y nuestra naturaleza es cumplir con nuestro oficio. Y para cumplir con nuestro oficio - y si no es lo que nuestro tiempo requiere - que se haga con las Instrucciones del año XIII. Y nuestro tiempo es el 2013 y no el 1913, en el cual Miranda escribió un libro estupendo, en el cual abundaba en la comparación de los artículos de las constituciones norteamericanas con los artículos de las Instrucciones. En el cual abundaba en calificar a Artigas como un constitucionalista y un rousseauniano estupendo, olvidando probablemente (como le reprochó brillantemente José Pedro Barrán algunos años después, un reproche afectuoso, un reproche de discípulo a los maestros que nos han enseñado), que él no supo ver en Artigas la complejidad, la cintura, la capacidad de dialogar y de ser elástico con su tiempo - que él si tuvo, por lo cual, lejos podía estar de ser un constitucionalista, cuando lo que estaba haciendo era campeando con la realidad más compleja, en un estado de guerra permanente.

Cuando hoy entrábamos a este lugar, sonaba una especie de banda de fondo que ambientaba el clima de la obra teatral tan estupenda que vimos hace unos minutos y había relinchos y caballos. Y yo pensaba: nada más apropiado. Porque las Instrucciones no nacieron en un ámbito docto y parecido a un laboratorio constitucional. Las Instrucciones nacieron en medio de un sitio, con gente que, mientras adentro se estaba viendo una escena parecida a la que nos representaron estupendamente ahí, lo que había afuera era gente acampada, bajo la lluvia, además, porque llovió torrencialmente durante tres días. Tanto que cuando terminó - el solemne día 5 de abril - y Artigas, muy satisfecho, pudo dar cuenta por medio de la correspondencia de que había sido una jornada estupenda y digna de la memoria, porque se había - entre otras cosas - nada menos que aprobado jurar y obedecer a la asamblea sólo mediante pacto y no mediante una obediencia ciega y sin ningún condicionamiento, cuando hace esos documentos y escribe las cartas correspondientes pidiendo - entre otras cosas - permiso para entrar a los campos de los Zúñiga y carnear para darle de comer a su gente, porque les recuerda que hace tres días que no comen y que están bajo la lluvia, cuando hace la síntesis de esa jornada, dice: “¡Fue un día estupendo!”. Fue un día estupendo y una jornada para la memoria. Ya entonces tenía presente que había sido un día excepcional y un día para recordar. Pero las circunstancias eran parecidas a esos sonidos que nos recibieron hoy: relinchos, niños, mujeres, carretas. Una situación de pueblo en armas, una situación de provisoriedad, una situación de peligro. Una situación de esas que - rara vez - recogen las páginas de los libros. Las páginas de nuestros libros suelen ser muy exactas, porque siempre escribimos con los documentos de la posterioridad. Entonces, nosotros sabemos lo que pasó. Tenemos ese terrible defecto y ese sino en contra de lo que hacemos. Siempre nos olvidamos de la inestabilidad, siempre nos olvidamos del miedo, siempre nos olvidamos de la incertidumbre. Como una especie de venganza, la incertidumbre se ha instalado entre nosotros en este siglo y cada vez más tenemos que convivir con ella, a diario.

Así que, con la incertidumbre como algo cotidiano, “Planeta” se animó y nos llamó a nosotros, a nuestro trabajo. Y nuestro trabajo es problematizar. Y cuando lo hicieron, nosotros dijimos: “para problematizar, nosotros no somos capaces - Gerardo y yo - de sentenciar como lo hacían con aquello que Tucídides muy bien proclamó como ‘método trágico’, esa especie de ausencia del historiador en la página que escribe”. No está. Simplemente cuenta la verdad de una vez y para siempre - como dijo Tucídides al fundar la historia -, para que no tengan el trabajo de volver a escribirla: “les voy a contar de una sola vez lo que sucedió”. Nosotros estamos muchos siglos después de eso y sabemos que tenemos que revisar en cada generación y volver a hacer nuevas preguntas en cada generación. Y no nos alcanzaba - siquiera - con las respuestas de dos historiadores puestos a conversar y sabíamos que para eso precisábamos miradas - de verdad - múltiples. Y convocamos a once colegas, conformando un número que luego terminó siendo clave, que fue el de 13. Nosotros no jugamos a la quiniela, pero si quieren hacerlo hoy, todos pueden, eh. El 13, hoy, es un número redondo. Y luego dijimos: pero tampoco alcanza con una mirada sólo sobre nosotros mismos.

La historiografía uruguaya sigue - una vez más - escribiendo sobre sí misma, prendada del nacimiento nacional como una suerte de predestinación, prendada de la palabra “excepcionalidad”. Nos encanta creer que somos “excepcionales”, pero ha llegado la hora de ver hasta dónde somos excepcionales y en qué cosas - de verdad - lo somos. Probablemente las Instrucciones son excepcionales. Pero no todo en la historia de este país lo es.

Hay que revisar cada cosa, ver a qué nos parecemos. Ver ese rasgo, un perfil, un gesto, que - como en un parentesco familiar - nos une, por vínculos de sangre, por vínculos de época, por vínculos de región, con los países vecinos. Hay que entender cuál era la clave geopolítica del continente y hay que entender la clave de época de todo el planeta, en el llamado: “Siglo de las Revoluciones”. Y para eso no podíamos hacerlo solos. Así que convocamos a nuestros amigos. Por suerte Gerardo y yo tenemos una agenda, producto de esa actividad impertinente y antifestejo y antimemoria y anti discurso político que hacemos los historiadores, que tenemos más millas en las líneas aéreas que nadie. Porque vivimos viajando a los congresos en donde, cada vez que venimos, venimos con la cabeza más abierta y más amplia, porque una y otra vez nos provocan nuestros colegas. Así que sacamos las agendas respectivas y encontramos un buen número de colegas dispuestos, desde Italia, desde Estados Unidos, desde España, desde Brasil, desde Ecuador.

Ahí sí escribimos - y lo hicimos, además, en el lapso de este año - porque la fecha redonda era el año 13 y tenía que quedar para esta fecha. ¿Qué hicimos al convocar a tanta gente? A cada uno le hicimos una pregunta específica. A cada uno le preguntamos lo que sabíamos que podía contestarnos mejor. Y a veces hicimos la trampa terrible de hacer la misma pregunta a dos personas que ya habíamos conocido y que nos iban a dar la respuesta exactamente opuesta. Para darles un ejemplo y ponerlo con nombre y apellido: le hicimos la misma pregunta a Lincoln Maiztegui y a Vázquez Franco.

Porque la pluralidad implicaba que nosotros teníamos que darle permiso a don Vázquez Franco para que venga con su habitual impertinencia a este país - unánimemente artiguista - a decirle que él le encuentra defectos y que - además - manejara argumentos que a veces son - desde el punto de vista académicos - estupendos, y a veces nos deja enojadísimos, porque nos dice cosas como: “Usted se da cuenta. Yo no puedo ser argentino, no puedo ir con mi tarjeta de crédito a Buenos Aires a comprar”. Y lo dice con la misma seriedad con la que desempolva un estupendo documento, lo pone sobre la mesa y argumenta en un ámbito académico y con seriedad.

Pues nosotros invitamos a Vázquez Franco a estar, porque pensábamos que esa era la tensión ideológica que este libro precisaba. Era la tensión y el tipo de respuesta verdaderamente plural, abierta, revulsiva. No necesariamente cerrada, sino un libro abierto, lleno de dudas, lleno de preguntas, ahijado del cual las Instrucciones no son solamente esas dos hojitas - Dr. Lescano - que usted ha mostrado. Es más complicada la historia. ¡Hay cuatro juegos! Cuatro que se conocen. Y esas - oh, casualmente - son las que se encontraron donde podían encontrarse. Cuando allá, en 1878, un historiador argentino (no podría ser de otra manera) dijo: “Eran célebres, pero, ¿por qué fue? Sé que hicieron un escándalo bárbaro, que metimos preso a uno, que rechazamos a los demás, pero, ¿por qué eran tan célebres? ¿Qué decían?”. Y cuando Mariano Pelliza se hizo esa pregunta y salió a buscar la respuesta, el primer ejemplar que se conoció y que hizo posible la publicación de las Instrucciones, lo encontraron en los archivos documentales que se habían conseguido - luego de la Guerra del Paraguay - en el saqueo generalizado sobre el Paraguay. Aquel país que ofrendó lo último que tenía - en una resistencia dolorosa hasta el día de hoy de invocar -, tuvo una capital con un presidente y un archivo ambulante, en donde estaba la papelería del dictador Gaspar Rodríguez de Francia, de los López y del último de los López, el que a los pocos días moriría en el campo de batalla en un acto de resistencia a la guerra que habían promovido tres países contra Paraguay.

Cuando la derrota llegó en esa capital ambulante que pasó por Piribebuy, que pasó por Luque, cuando cae, caen no solamente vidas de soldados jovencitos - que se pintaban la cara con carbón para que creyeran que estaban peleando contra hombres -, sino que cae también el archivo, como una víctima más de la guerra. Y, entre esos papeles, estaban las Instrucciones del año XIII, que Artigas le había mandado a la Junta paraguaya. Porque Artigas confiaba en aquel año 1813, que se podía dar lo que él le comentó al dictador paraguayo: “Hagamos el juego de los sufragios. Mis seis votos, con los siete suyos, más dos de Córdoba, y tenemos el número exactamente necesario para que la próxima Constitución que rija el Río de la Plata sea federal y no un servicio político al unitarismo feroz de Buenos Aires”, que ya se dejaba ver con toda claridad en aquel año 13 y ya desde el año 10 en adelante.

Entonces, cuando se publican esas Instrucciones, se las saca de un olvido muy largo. Y allí comienza - lentamente - un proceso por el cual una vez tras otra la fuimos dorando y convirtiendo en una cosa que terminó en la boca de Zorrilla de San Martín, junto al adjetivo “evangélicas”. Un adjetivo del cual hoy tendríamos pavor casi todos los historiadores y los no historiadores. Nos parece - creo - claramente un exceso. Sin embargo, en el Uruguay de 1911, no era un exceso, era una necesidad del relato de la nación. Y Zorrilla de San Martín supo dotar a aquel momento de reivindicación de quienes éramos y de regodeo con la república democrática que estábamos apuntalando y construyendo, lo supo dotar de una emocionalidad que hace a la identidad, poderosamente, como todos lo pudimos comprobarlo hoy aquí. Porque todos - colectivamente - sentimos emoción frente a ese fragmento estupendo de la obra de teatro. Una labor de ese tipo es la que Zorrilla de San Martín hizo desde sus libros y se aunó a la tarea de los historiadores. E investigaron y escribieron sobre las Instrucciones, Justo Maeso, investigaron y escribieron sobre las Instrucciones, Miranda y muchos otros colegas. Pero nosotros estamos a cien años de aquel momento celebratorio. Nosotros precisábamos algo distinto.

Lo que hicimos, no tiene en la persona de Gerardo ni en la mía, más mérito que haber sacado la agenda correcta y haber llamado a las personas correctas. Lo maravilloso de este libro está en la segunda fila. En la primera están las autoridades, en la segunda están las autoridades académicas presentes, todos los colegas, los del país que nos acompañan esta noche y que con mucha generosidad colaboraron con nosotros e hicieron este libro del cual sentimos especial orgullo. Los extranjeros - hoy temprano - nos llamaron, nos enviaron mails y todos dijeron, unánimemente: “Quisiéramos estar ahí. Pena que no podemos”.

Yo siento tres orgullos muy personales esta noche y quiero confesárselos antes de darle la palabra a Gerardo, que va a ser un poco más serio que yo. El primero es haber participado, junto con veinticuatro colegas de fuste y con cuatro expresidentes y un presidente en ejercicio, de la tarea de escribir este libro. Esa pluralidad es preciosa y ha sido un privilegio. Ha sido un privilegio la confianza que nos entregaron cada uno de los colegas que participaron. El segundo es muy personal, y es haber podido coordinar esto con Gerardo, un querido amigo pero - por sobre todas las cosas - un admirado colega, al cual le doy las gracias. Y el tercero, es mirarlos a todos desde acá. Son un precioso paisaje esta noche, tan plural y variopinto como nuestro libro. Y debe ser cierto lo que dijeron aquí antes: “Artigas sigue uniéndonos siempre”. Por suerte, en la complejidad, en la tensión, en la discusión, en lo más fermental que el mundo académico puede aportar en estas efemérides. ¡Ojalá lo hayamos hecho bien!

TEMA VINCULANTE

* "LAS INSTRUCCIONES DEL AÑO XIII - 200 AÑOS DESPUÉS”: Este libro cuenta con seiscientas páginas de texto y cincuenta de bibliografías. La presentación y coordinación general es de los historiadores Gerardo Caetano y Ana Ribeiro. En los capítulos siguientes escriben; Javier Fernández Sebastián,Lincoln Maiztegui,Guillermo Vázquez Franco, Inés Cuadro Cawen,Carlos Demasi, Ariadna Islas, Manuel Chust e Ivana Frasquet, Enrique Ayala Mora, José Portillo, José Carlos Chiaramonte, Noemi Goldman, Joao Paulo Pimenta, Jerry Cooney, Juan Marchena Fernández, Juan Carlos Luzuriaga, Charles Esdaile, Ana Frega, Óscar Sarlo, Romeo Pérez, Julio Sánchez Gómez, Wilson González Demuro, Alejandro Sánchez, Giovanni Levi, Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle, Jorge Batlle, Tabaré Vázquez, y el actual presidente de la República José Mujica.

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